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Críticas ordenadas por utilidad
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2
5 de enero de 2016
5 de enero de 2016
14 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
La película abre con una escena de telenovela en la que vemos a tres personajes discutir por medio del plano general de una habitación. Más tarde, cuando la cinta se dedica a presentar a los diferentes personajes con los que Joy cohabita, vemos cómo su madre contempla en la televisión esa misma escena pero filmada por medio de plano-contraplano. No mentiría si digo que hubiera preferido ver esa misma escena desde un número indefinido de puntos de vista diferentes antes que Joy. Esto es para que os hagáis una idea de lo que para mí ha supuesto el visionado de esta cinta, sin duda lo peor que ha hecho David O. Russell en su carrera.
Sin ser ni mucho menos fan del director neoyorkino, más que nada porque creo que sus cualidades como director no son demasiadas, hasta ahora no había hecho una película que me disgustara y que no disfrutase. Repito, hasta ahora. Porque, digámoslo ya, Joy es un absoluto despropósito. Una de esas películas que le hacen preguntarse a uno si de verdad el director confiaba en su idea, o más bien en el desarrollo de la misma. Joy desprende un aroma de película inacabada que hace de ella una sucesión de escenas que, a modo de espiral, nos introducen en una burbuja de hastío en la que asistimos a la problemática de una mujer en el seno de una familia totalmente descompuesta.
No es nada nuevo que una película de David O. Russell circule sin rumbo fijo durante gran parte de su metraje, pues sus tres anteriores trabajos adolecían ciertos problemas en sus tramos centrales, pero en Joy esto se acentúa al desaparecer las virtudes habituales de su cine. Pero claro, llamamos virtudes a un dinamismo o frenetismo que, unido a personajes medianamente atractivos y bien interpretados, hacía de sus películas entretenimientos más que dignos. Aquí los personajes acusan una excesiva contención, a pesar de que en su presentación dé la sensación de que son las mismas personalidades excéntricas de otras veces. El único cometido de los secundarios es estorbar a una Jennifer Lawrence que está sola contra el mundo -y contra la propia película-.
Si se puede acusar al director de una alarmante faltas de ideas, que podría evidenciarse a través de la facilidad con la que echa mano de historias basadas en hechos reales, aún más preocupantes son sus problemas para desarrollar las mismas. Ante estructuras caóticas en su totalidad, las obras salían a flote con las virtudes mencionadas anteriormente, además de algunos diálogos ingeniosos que facilitaban el trabajo de sus notables repartos. Sin embargo, aquí esos diálogos brillan por su ausencia, derivando en un compendio de situaciones y discusiones vulgares que, más allá de pertenecer a una época que en cierto modo lo justifica, denotan su incapacidad para profundizar en toda problemática social a tratar.
Ante la principal y seductora idea de mostrar que no existen límites a la hora de cumplir tus sueños, O. Russell prefiere dar importancia a las reiterativos y poco productivos problemas familiares de Joy, cuyo exceso de dedicación prohíbe construir un personaje más potente -y coherente- y con el suficiente interés como para salvar la película. Un flashforward final a modo de epílogo resume en escasos cinco minutos esa incoherencia en el desarrollo del personaje protagonista, cuya historia y logros reales quedan eclipsados por su patetismo y el de todos los de su alrededor. Jennifer Lawrence cumple, e incluso brilla, ante tamaño desastre de David O. Russell.
Sin ser ni mucho menos fan del director neoyorkino, más que nada porque creo que sus cualidades como director no son demasiadas, hasta ahora no había hecho una película que me disgustara y que no disfrutase. Repito, hasta ahora. Porque, digámoslo ya, Joy es un absoluto despropósito. Una de esas películas que le hacen preguntarse a uno si de verdad el director confiaba en su idea, o más bien en el desarrollo de la misma. Joy desprende un aroma de película inacabada que hace de ella una sucesión de escenas que, a modo de espiral, nos introducen en una burbuja de hastío en la que asistimos a la problemática de una mujer en el seno de una familia totalmente descompuesta.
No es nada nuevo que una película de David O. Russell circule sin rumbo fijo durante gran parte de su metraje, pues sus tres anteriores trabajos adolecían ciertos problemas en sus tramos centrales, pero en Joy esto se acentúa al desaparecer las virtudes habituales de su cine. Pero claro, llamamos virtudes a un dinamismo o frenetismo que, unido a personajes medianamente atractivos y bien interpretados, hacía de sus películas entretenimientos más que dignos. Aquí los personajes acusan una excesiva contención, a pesar de que en su presentación dé la sensación de que son las mismas personalidades excéntricas de otras veces. El único cometido de los secundarios es estorbar a una Jennifer Lawrence que está sola contra el mundo -y contra la propia película-.
Si se puede acusar al director de una alarmante faltas de ideas, que podría evidenciarse a través de la facilidad con la que echa mano de historias basadas en hechos reales, aún más preocupantes son sus problemas para desarrollar las mismas. Ante estructuras caóticas en su totalidad, las obras salían a flote con las virtudes mencionadas anteriormente, además de algunos diálogos ingeniosos que facilitaban el trabajo de sus notables repartos. Sin embargo, aquí esos diálogos brillan por su ausencia, derivando en un compendio de situaciones y discusiones vulgares que, más allá de pertenecer a una época que en cierto modo lo justifica, denotan su incapacidad para profundizar en toda problemática social a tratar.
Ante la principal y seductora idea de mostrar que no existen límites a la hora de cumplir tus sueños, O. Russell prefiere dar importancia a las reiterativos y poco productivos problemas familiares de Joy, cuyo exceso de dedicación prohíbe construir un personaje más potente -y coherente- y con el suficiente interés como para salvar la película. Un flashforward final a modo de epílogo resume en escasos cinco minutos esa incoherencia en el desarrollo del personaje protagonista, cuya historia y logros reales quedan eclipsados por su patetismo y el de todos los de su alrededor. Jennifer Lawrence cumple, e incluso brilla, ante tamaño desastre de David O. Russell.

7,6
18.004
3
29 de noviembre de 2016
29 de noviembre de 2016
25 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Han pasado ya doce años desde que Park Chan-Wook se diera a conocer internacionalmente con Oldboy, la película más aclamada de su filmografía, ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes. Ahora llega a nuestros cines La doncella (The Handmaiden), una nueva historia de venganza que también tuvo su presentación en la Sección Oficial del festival de la costa azul francesa. Si hay algo en lo que coinciden los aficionados y detractores de su cine, es en que nos encontramos ante un provocador nato, un amante de la manipulación visual y narrativa con un estilo único e irremplazable.
La doncella supone la definitiva depuración estética, que no ética, de su cine. Tomando como punto de partida la novela Falsa identidad de Sarah Waters, el coreano desarrolla un ejercicio de estilo en torno al ámbito candente y erótico de temas como la dominación y la sumisión. El contexto victoriano de la obra de Waters pasa a ser la Corea de los años 30 en la película, en plena ocupación japonesa del país natal del cineasta. La joven Sooke es contratada como criada de Hideko, una dama aristocrática que vive bajo el yugo de un tirano sexualmente perverso en una gran mansión. Sin embargo, nada es lo que aparenta ser, y las imágenes se contagian del engaño al que se/nos someten unos personajes que buscan la supervivencia y el beneficio propio a cualquier precio.
La película respeta los tres actos de la obra literaria, y las sorpresas se suceden sin control desde que el primero de ellos (y sin lugar a dudas el mejor) llega a su fin. Lo que prometía ser un estudio con mayor o menor profundidad sobre la lucha de clases, los efectos de la colonización y el sometimiento de los personajes femeninos ante las despiadadas e hipócritas figuras masculinas, no logra trascender el simple, grotesco y estrafalario juego de manipulación que propone Chan-Wook desde las primeras escenas. Este juego de manipulación es entendido a nivel narrativo como un sinfín de piruetas virtuosas que, paradójicamente, consiguen cualquier cosa menos narrar. Entre continuos y mareantes movimientos de cámara (presten especial atención a unos horribles zooms de retroceso), las posibilidades de disfrutar con esta locura sin pies ni cabeza, superficial y sin más pretensiones que epatar al espectador con la falsa belleza de sus sobrecargadas imágenes (pese a todo, bellas en interiores e incomprensiblemente cutres y artificiales en exteriores), desaparecen de inmediato.
Como decíamos, la funcionalidad narrativa del virtuosismo en la dirección es cuando menos discutible, siendo clarividente al respecto la necesidad de que una engañosa voz en off marque en todo el momento el camino, incluso cuando son repetidos los acontecimientos que ya hemos visto desde una nueva perspectiva. Por lo tanto, la supuesta y pretendida belleza de las imágenes es un fin en sí mismo. La acumulación de planos detalle es inoportuna y no hace sino subrayar el destino de los personajes y los subsiguientes giros de guion, que tienden con mayor frecuencia al ridículo que a la sorpresa.
En la cinta se esconde un fútil e insignificante trasfondo feminista, en cuanto a la subversión de los roles de dominación/sumisión y a la pasión que subyace a la relación ama-sirvienta. Aunque son pocas las imágenes que arrojan algún tipo de significado que logre trascender el esteticismo de la propuesta, hay una que lo hace con contundencia: cuando la segunda parte de la película nos ofrece un nuevo punto de vista de una situación ya visionada y que creíamos controlada, es definitorio respecto a las intenciones del director que el único plano repetido sea el más vulgar y gratuito de todo el metraje. Así pues, el suave y mal entendido discurso a favor de la liberación de la mujer, tanto en el ámbito social como en el sexual, deja de ser tal en el momento en que la forma de filmar determinadas escenas responde a las fantasías sexuales de un cineasta que se siente realmente cómodo ofreciendo una mirada hipermasculinizada de la homosexualidad femenina; mientras lo erótico roza lo pornográfico, lo bello se vuelve vulgar.
La doncella ofrece un juego de ambigüedades y alianzas cuyas formas lo echan todo a perder, destapando así las carencias de un guion tan estúpido como superficial. Entre los pocos aspectos rescatables de la cinta, hay que destacar el conveniente uso de la ecléctica banda sonora de Cho Young-wuk, influido por los sonidos de Phillip Glass y por algunos trabajos de Hans Zimmer. Por otra parte, el trabajo de montaje consigue transmitir la fluidez buscada por el coreano, que con un poco de autoconsciencia podría haber creado un divertimento de calidad. No obstante, lo que queda es un ejercicio de estilo fallido y grotesco a partes iguales.
La doncella supone la definitiva depuración estética, que no ética, de su cine. Tomando como punto de partida la novela Falsa identidad de Sarah Waters, el coreano desarrolla un ejercicio de estilo en torno al ámbito candente y erótico de temas como la dominación y la sumisión. El contexto victoriano de la obra de Waters pasa a ser la Corea de los años 30 en la película, en plena ocupación japonesa del país natal del cineasta. La joven Sooke es contratada como criada de Hideko, una dama aristocrática que vive bajo el yugo de un tirano sexualmente perverso en una gran mansión. Sin embargo, nada es lo que aparenta ser, y las imágenes se contagian del engaño al que se/nos someten unos personajes que buscan la supervivencia y el beneficio propio a cualquier precio.
La película respeta los tres actos de la obra literaria, y las sorpresas se suceden sin control desde que el primero de ellos (y sin lugar a dudas el mejor) llega a su fin. Lo que prometía ser un estudio con mayor o menor profundidad sobre la lucha de clases, los efectos de la colonización y el sometimiento de los personajes femeninos ante las despiadadas e hipócritas figuras masculinas, no logra trascender el simple, grotesco y estrafalario juego de manipulación que propone Chan-Wook desde las primeras escenas. Este juego de manipulación es entendido a nivel narrativo como un sinfín de piruetas virtuosas que, paradójicamente, consiguen cualquier cosa menos narrar. Entre continuos y mareantes movimientos de cámara (presten especial atención a unos horribles zooms de retroceso), las posibilidades de disfrutar con esta locura sin pies ni cabeza, superficial y sin más pretensiones que epatar al espectador con la falsa belleza de sus sobrecargadas imágenes (pese a todo, bellas en interiores e incomprensiblemente cutres y artificiales en exteriores), desaparecen de inmediato.
Como decíamos, la funcionalidad narrativa del virtuosismo en la dirección es cuando menos discutible, siendo clarividente al respecto la necesidad de que una engañosa voz en off marque en todo el momento el camino, incluso cuando son repetidos los acontecimientos que ya hemos visto desde una nueva perspectiva. Por lo tanto, la supuesta y pretendida belleza de las imágenes es un fin en sí mismo. La acumulación de planos detalle es inoportuna y no hace sino subrayar el destino de los personajes y los subsiguientes giros de guion, que tienden con mayor frecuencia al ridículo que a la sorpresa.
En la cinta se esconde un fútil e insignificante trasfondo feminista, en cuanto a la subversión de los roles de dominación/sumisión y a la pasión que subyace a la relación ama-sirvienta. Aunque son pocas las imágenes que arrojan algún tipo de significado que logre trascender el esteticismo de la propuesta, hay una que lo hace con contundencia: cuando la segunda parte de la película nos ofrece un nuevo punto de vista de una situación ya visionada y que creíamos controlada, es definitorio respecto a las intenciones del director que el único plano repetido sea el más vulgar y gratuito de todo el metraje. Así pues, el suave y mal entendido discurso a favor de la liberación de la mujer, tanto en el ámbito social como en el sexual, deja de ser tal en el momento en que la forma de filmar determinadas escenas responde a las fantasías sexuales de un cineasta que se siente realmente cómodo ofreciendo una mirada hipermasculinizada de la homosexualidad femenina; mientras lo erótico roza lo pornográfico, lo bello se vuelve vulgar.
La doncella ofrece un juego de ambigüedades y alianzas cuyas formas lo echan todo a perder, destapando así las carencias de un guion tan estúpido como superficial. Entre los pocos aspectos rescatables de la cinta, hay que destacar el conveniente uso de la ecléctica banda sonora de Cho Young-wuk, influido por los sonidos de Phillip Glass y por algunos trabajos de Hans Zimmer. Por otra parte, el trabajo de montaje consigue transmitir la fluidez buscada por el coreano, que con un poco de autoconsciencia podría haber creado un divertimento de calidad. No obstante, lo que queda es un ejercicio de estilo fallido y grotesco a partes iguales.

6,9
37.109
6
5 de septiembre de 2016
5 de septiembre de 2016
14 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aunque la madurez y la experiencia son un grado, hay algunas cosas que no se aprenden, que se tienen o no se tienen. Por lo tanto, no es tan extraño que un cineasta debutante posea cualidades que otros jamás tendrán, por muchas películas que escriban y/o dirijan. Y es que el caso de Raúl Arévalo es digno de elogio, pues sin ningún tipo de experiencia tras las cámaras, únicamente acompañado por unas ganas y atrevimiento que desembocan en ira, en furia, consigue un resultado que no puede sino dejarnos boquiabiertos. Tarde para la ira es la carta de presentación soñada, una película que no parece un debut, y si lo parece es, precisamente, por el empeño y el descaro que demuestra tener el actor y ahora cineasta mostoleño.
Tarde para la ira es un trabajo primerizo que firmarían la inmensa mayoría de directores consagrados, un viaje a través de la España profunda y de la periferia madrileña que se apropia de los códigos del thriller e incluso del western para narrar una primaria -en el mejor de los sentidos- historia de venganza. Arévalo se pone como objetivo principal mantener la tensión en todo momento, sabedor de la importancia que tiene poner al espectador en una situación de completa indefensión. Para ello no necesita diálogos de más, simplemente poner la cámara en el lugar adecuado, moverla solamente si es menester, y esperar a que los silencios, las miradas y toda la rabia que subyace tras las imágenes hagan su parte. Y como nada falla, brilla el conjunto.
Por poneros en situación, aunque la claridad y fuerza narrativa de la película no pone trabas al espectador para seguir la trama, Curro (Luis Callejo) sale de la cárcel ocho años después de haber sido encarcelado por haber participado en un robo con homicidio. Cuando sale, decidido a emprender una nueva vida junto a su novia Ana (Ruth Díaz) y su hijo, se encuentra con la inquietante presencia de José (Antonio de la Torre), que da la sensación de estar entrometiéndose en sus vidas. El resto, y aunque Tarde para la ira no es precisamente una película de sorpresa, conviene que lo vayáis descubriendo vosotros mismos mientras veis la cinta. Y es que el trabajo de guion de Arévalo, que contó con la ayuda de David Pulido para escribirlo, es preciso y realmente cinematográfico. Aunque la trama se cuece a fuego lento, la tensión se palpa en cada plano desde la portentosa secuencia inicial, que sin necesidad del virtuosismo hollywoodiense consigue su propósito con brillantez: introducirnos de lleno en la película. Y aunque hay algún giro, como es habitual y como, queramos o no, esperamos siempre en este tipo de trabajos, no hay nada que se sienta forzado o que no encaje. De hecho, la sorpresa más importante de la película es más que predecible, pero su forma de introducirla, en mitad de una escena de morderse las uñas, hace que su aparición sea sencillamente exquisita.
En esta cinta el trabajo actoral es indispensable, ya que desde el principio acompañamos, cámara en mano, tanto a Antonio de la Torre como a Luis Callejo. Los dos están excelentes en sus respectivos roles, pero sería un sacrilegio no destacar, una vez más, las cualidades del primero, para un servidor el mejor actor nacional. Aquí, con unos matices muy similares a los del personaje que interpretó en la estupenda Caníbal, alterna esa contención con una expresión desencantada, indicativo de la ira que guarda en su interior y que le mueve a actuar de esa manera. Ruth Díaz compone con delicadeza un personaje con mucho más peso del que aparenta, y Manolo Solo brilla y consigue quedarse en nuestra retina con tan solo cinco minutos en pantalla. Teniendo en cuenta su experiencia como actor, Raúl Arévalo logra sacar de cada intérprete todo lo que tiene dentro, pues no hay ninguna interpretación que chirríe lo más mínimo.
Pero los elogios deberían dirigirse, sobre todo, a su espectacular dominio del lenguaje cinematográfico. Narrando prácticamente la primera mitad de la película mediante elipsis, concretamente hasta que llega el segundo acto, donde las cartas se ponen sobre la mesa y termina lo que entendemos por presentación, Arévalo maneja el tempo narrativo con maestría, dosificando la violencia e incluso dejando fuera de campo algunos momentos que, probablemente, no necesitaban ser mostrados. Filmada de forma seca, violenta y ruda, la sucia fotografía de Arnau Valls Colomer tiene un peso fundamental en la narración, sacando el máximo partido posible de cada escena y localización. Al mismo tiempo, la discreta pero funcional banda sonora de Lucio Godoy se convierte en otro elemento clave en la narrativa, que acompaña a las imágenes sin subrayar.
El debut de Raul Arévalo tras las cámaras es sencillamente impresionante. Tan arriesgada como certera, Tarde para la ira presenta a una serie de personajes con los que cuesta empatizar, que responden a instintos primarios y que tienen muy claras sus pretensiones. En este aspecto, y dentro de la superficialidad que podría transmitir la propia historia o su temática, esta ópera prima consigue incluso resultar dolorosa en su conclusión, pues hace que cada personaje, independientemente de su comportamiento, sea complejo en su sencillez. Una carta de presentación apabullante, de un director con estilo y que dispone los elementos a la perfección a la hora de narrar, haciendo de esta historia tan corriente una experiencia vibrante, enérgica y desoladora.
Tarde para la ira es un trabajo primerizo que firmarían la inmensa mayoría de directores consagrados, un viaje a través de la España profunda y de la periferia madrileña que se apropia de los códigos del thriller e incluso del western para narrar una primaria -en el mejor de los sentidos- historia de venganza. Arévalo se pone como objetivo principal mantener la tensión en todo momento, sabedor de la importancia que tiene poner al espectador en una situación de completa indefensión. Para ello no necesita diálogos de más, simplemente poner la cámara en el lugar adecuado, moverla solamente si es menester, y esperar a que los silencios, las miradas y toda la rabia que subyace tras las imágenes hagan su parte. Y como nada falla, brilla el conjunto.
Por poneros en situación, aunque la claridad y fuerza narrativa de la película no pone trabas al espectador para seguir la trama, Curro (Luis Callejo) sale de la cárcel ocho años después de haber sido encarcelado por haber participado en un robo con homicidio. Cuando sale, decidido a emprender una nueva vida junto a su novia Ana (Ruth Díaz) y su hijo, se encuentra con la inquietante presencia de José (Antonio de la Torre), que da la sensación de estar entrometiéndose en sus vidas. El resto, y aunque Tarde para la ira no es precisamente una película de sorpresa, conviene que lo vayáis descubriendo vosotros mismos mientras veis la cinta. Y es que el trabajo de guion de Arévalo, que contó con la ayuda de David Pulido para escribirlo, es preciso y realmente cinematográfico. Aunque la trama se cuece a fuego lento, la tensión se palpa en cada plano desde la portentosa secuencia inicial, que sin necesidad del virtuosismo hollywoodiense consigue su propósito con brillantez: introducirnos de lleno en la película. Y aunque hay algún giro, como es habitual y como, queramos o no, esperamos siempre en este tipo de trabajos, no hay nada que se sienta forzado o que no encaje. De hecho, la sorpresa más importante de la película es más que predecible, pero su forma de introducirla, en mitad de una escena de morderse las uñas, hace que su aparición sea sencillamente exquisita.
En esta cinta el trabajo actoral es indispensable, ya que desde el principio acompañamos, cámara en mano, tanto a Antonio de la Torre como a Luis Callejo. Los dos están excelentes en sus respectivos roles, pero sería un sacrilegio no destacar, una vez más, las cualidades del primero, para un servidor el mejor actor nacional. Aquí, con unos matices muy similares a los del personaje que interpretó en la estupenda Caníbal, alterna esa contención con una expresión desencantada, indicativo de la ira que guarda en su interior y que le mueve a actuar de esa manera. Ruth Díaz compone con delicadeza un personaje con mucho más peso del que aparenta, y Manolo Solo brilla y consigue quedarse en nuestra retina con tan solo cinco minutos en pantalla. Teniendo en cuenta su experiencia como actor, Raúl Arévalo logra sacar de cada intérprete todo lo que tiene dentro, pues no hay ninguna interpretación que chirríe lo más mínimo.
Pero los elogios deberían dirigirse, sobre todo, a su espectacular dominio del lenguaje cinematográfico. Narrando prácticamente la primera mitad de la película mediante elipsis, concretamente hasta que llega el segundo acto, donde las cartas se ponen sobre la mesa y termina lo que entendemos por presentación, Arévalo maneja el tempo narrativo con maestría, dosificando la violencia e incluso dejando fuera de campo algunos momentos que, probablemente, no necesitaban ser mostrados. Filmada de forma seca, violenta y ruda, la sucia fotografía de Arnau Valls Colomer tiene un peso fundamental en la narración, sacando el máximo partido posible de cada escena y localización. Al mismo tiempo, la discreta pero funcional banda sonora de Lucio Godoy se convierte en otro elemento clave en la narrativa, que acompaña a las imágenes sin subrayar.
El debut de Raul Arévalo tras las cámaras es sencillamente impresionante. Tan arriesgada como certera, Tarde para la ira presenta a una serie de personajes con los que cuesta empatizar, que responden a instintos primarios y que tienen muy claras sus pretensiones. En este aspecto, y dentro de la superficialidad que podría transmitir la propia historia o su temática, esta ópera prima consigue incluso resultar dolorosa en su conclusión, pues hace que cada personaje, independientemente de su comportamiento, sea complejo en su sencillez. Una carta de presentación apabullante, de un director con estilo y que dispone los elementos a la perfección a la hora de narrar, haciendo de esta historia tan corriente una experiencia vibrante, enérgica y desoladora.

7,0
68.402
4
6 de octubre de 2015
6 de octubre de 2015
13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tras llevar alrededor de una década repleta de estrepitosos fracasos, encadenando tres cintas como Prometheus, El consejero y Exodus, Ridley Scott parece haber conseguido levantar el vuelo con The Martian, su nueva película. Me parece digno de destacar el hecho de que este proyecto sea diametralmente opuesto a casi toda su obra anterior, repleta de cintas cuya ambición y grandilocuencia -a veces acompañando a la historia, otras por puro placer- eran una constante. The Martian, lejos de seguir la estela de recientes dramas espaciales como Gravity o Interstellar, se confirma como un divertimento sin demasiadas pretensiones, lo que a mi parecer termina por convertirse en un pequeño inconveniente. Eso sí, prefiero esto antes que un blockbuster espacial con ínfulas de cine trascendente, como me gusta describir el último trabajo de Christopher Nolan.
En una misión tripulada a Marte, el astronauta Mark Watney es dado por muerto tras una feroz tormenta y es abandonado por su tripulación. Por suerte o por desgracia, Watney sobrevive y se encuentra atrapado y solo en el planeta. A pesar de la escasez de suministros, el astronauta deberá ingeniárselas para sobrevivir y encontrar la manera de comunicar a la Tierra que está vivo. Por suerte es botánico, por lo que podrá aplicar sus conocimientos para salvar su propia vida.
Cuando uno lee la sinopsis, lo último que podría esperar es encontrarse con un marcado tono ligero que inunda todo el metraje. Lo que se preveía como una sufrida historia de supervivencia, más cercana al dramón que a una cinta de ciencia ficción, termina siendo una divertida y amena historia de aventuras, cuyos apuntes científicos son suministrados de manera espontánea, esquivando así una innecesaria densidad de información. El mayor atractivo de The Martian es a la vez su mayor problema: el tono. Y es que, tanto en los aspectos científicos como en los humanos, el nuevo trabajo de Ridley Scott denota superficialidad. La odisea de este astronauta -un Matt Damon al que pocas veces he visto tan convincente- nunca llega a trasmitirme la desasosegante sensación que debiera, pues las adversidades que encuentra son mínimas y se solventan siempre con éxito. Uno se contagia del optimismo que irradia el protagonista, lo que deriva en una preocupante frialdad -tanto en el espectador como en las propias imágenes- cuando las escenas deben ser dramáticas y/o emotivas.
En cualquier caso, The Martian es una película sobre la que difícilmente haya consenso a la hora de criticar sus fallas. La mayoría de cosas negativas que puedo sacar de ella se encuentran en el terreno personal, en la más pura subjetividad. Y digo la más pura porque, evidentemente, todo lo que yo aquí diga está basado en mi propia opinión. Igual que veo complicado objetarle demasiadas cosas a la cinta, me parece que conforme se va desarrollando adquiere un mensaje que la acerca peligrosamente a las más que denostadas “americanadas”. Y no lo digo sólo por su molesto epílogo, sino por esa sensación que transmite de que los americanos -en este caso la NASA- son los mejores y nada puede con ellos. No existen apenas confrontaciones entre los compañeros de tripulación ni entre los que operan desde la Tierra, y yo no me creo que todo sea tan bonito. Toda problemática que surge -porque claro, tiene que haber algo de tensión- se resuelve en un abrir y cerrar de ojos, algo que personalmente acaba molestándome.
Pero la cinta es tan agradable y bienintencionada que uno acaba obviando sus patinazos. El constante uso de música de archivo y las divertidas grabaciones de vídeo que realiza Watney, con el inestimable apoyo de un dinámico montaje que no muestra nunca sensación de atropello, facilitan nuestra diversión y hacen que las casi dos horas y media de duración nunca pesen más de la cuenta. Y por si fuera poco, todas las caras conocidas del reparto tienen cierta relevancia en la historia, lo que no quita que se echen en falta más minutos para la mayoría. De entre todas las apariciones destacaría las sorprendentemente comedidas interpretaciones de Kristen Wiig y Jeff Daniels, cuyos papeles son probablemente los más serios de una cinta en la que abundan los alivios cómicos.
The Martian destaca por ser un entretenimiento honesto, cuyo despliegue de medios siempre está al servicio de su interesante historia. Una película por momentos emocionante de la que, sin embargo, nunca llega a brotar emotividad. Es la mejor película de Ridley Scott en años -no era demasiado difícil-, lo que demuestra que el éxito no reside en proyectos de ambición desmedida con tratamientos superficiales de sus historias. En cualquier caso, quizá por su inesperada liviandad, no es una película que vaya a aguantar demasiado tiempo en mi memoria.
En una misión tripulada a Marte, el astronauta Mark Watney es dado por muerto tras una feroz tormenta y es abandonado por su tripulación. Por suerte o por desgracia, Watney sobrevive y se encuentra atrapado y solo en el planeta. A pesar de la escasez de suministros, el astronauta deberá ingeniárselas para sobrevivir y encontrar la manera de comunicar a la Tierra que está vivo. Por suerte es botánico, por lo que podrá aplicar sus conocimientos para salvar su propia vida.
Cuando uno lee la sinopsis, lo último que podría esperar es encontrarse con un marcado tono ligero que inunda todo el metraje. Lo que se preveía como una sufrida historia de supervivencia, más cercana al dramón que a una cinta de ciencia ficción, termina siendo una divertida y amena historia de aventuras, cuyos apuntes científicos son suministrados de manera espontánea, esquivando así una innecesaria densidad de información. El mayor atractivo de The Martian es a la vez su mayor problema: el tono. Y es que, tanto en los aspectos científicos como en los humanos, el nuevo trabajo de Ridley Scott denota superficialidad. La odisea de este astronauta -un Matt Damon al que pocas veces he visto tan convincente- nunca llega a trasmitirme la desasosegante sensación que debiera, pues las adversidades que encuentra son mínimas y se solventan siempre con éxito. Uno se contagia del optimismo que irradia el protagonista, lo que deriva en una preocupante frialdad -tanto en el espectador como en las propias imágenes- cuando las escenas deben ser dramáticas y/o emotivas.
En cualquier caso, The Martian es una película sobre la que difícilmente haya consenso a la hora de criticar sus fallas. La mayoría de cosas negativas que puedo sacar de ella se encuentran en el terreno personal, en la más pura subjetividad. Y digo la más pura porque, evidentemente, todo lo que yo aquí diga está basado en mi propia opinión. Igual que veo complicado objetarle demasiadas cosas a la cinta, me parece que conforme se va desarrollando adquiere un mensaje que la acerca peligrosamente a las más que denostadas “americanadas”. Y no lo digo sólo por su molesto epílogo, sino por esa sensación que transmite de que los americanos -en este caso la NASA- son los mejores y nada puede con ellos. No existen apenas confrontaciones entre los compañeros de tripulación ni entre los que operan desde la Tierra, y yo no me creo que todo sea tan bonito. Toda problemática que surge -porque claro, tiene que haber algo de tensión- se resuelve en un abrir y cerrar de ojos, algo que personalmente acaba molestándome.
Pero la cinta es tan agradable y bienintencionada que uno acaba obviando sus patinazos. El constante uso de música de archivo y las divertidas grabaciones de vídeo que realiza Watney, con el inestimable apoyo de un dinámico montaje que no muestra nunca sensación de atropello, facilitan nuestra diversión y hacen que las casi dos horas y media de duración nunca pesen más de la cuenta. Y por si fuera poco, todas las caras conocidas del reparto tienen cierta relevancia en la historia, lo que no quita que se echen en falta más minutos para la mayoría. De entre todas las apariciones destacaría las sorprendentemente comedidas interpretaciones de Kristen Wiig y Jeff Daniels, cuyos papeles son probablemente los más serios de una cinta en la que abundan los alivios cómicos.
The Martian destaca por ser un entretenimiento honesto, cuyo despliegue de medios siempre está al servicio de su interesante historia. Una película por momentos emocionante de la que, sin embargo, nunca llega a brotar emotividad. Es la mejor película de Ridley Scott en años -no era demasiado difícil-, lo que demuestra que el éxito no reside en proyectos de ambición desmedida con tratamientos superficiales de sus historias. En cualquier caso, quizá por su inesperada liviandad, no es una película que vaya a aguantar demasiado tiempo en mi memoria.

5,7
1.704
8
27 de noviembre de 2014
27 de noviembre de 2014
13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
No es tarea sencilla hablar sobre ‘Adiós al lenguaje’, la nueva película del veteranísimo Jean-Luc Godard. La ganadora del Premio del Jurado en Cannes (ex aequo Mommy) fue concebida para ser vista en 3D, pese a que aquí sólo nos llega en 2D.
El director de maravillosas películas como ‘Vivre sa vie’, ‘Pierrot le fou’ o ‘Band à part’, se encarga de traernos una película de corte experimental, técnicamente espectacular; aunque inconexa, narrativamente pobre y excesivamente críptica.
Si hay algo que está claro, es que tras ver ‘Adiós al lenguaje’ sentirás cualquier cosa, excepto indiferencia. Godard se encarga de reinventar el lenguaje cinematográfico (pues no lo considero ruptura), a través de la relación entre un hombre soltero y una mujer casada, mientras un perro deambula por diversos lugares.
Ésta es la línea narrativa, que se muestra altamente difusa, al servicio de un conjunto de técnicas audiovisuales prodigiosas. Se mezclan imágenes visualmente portentosas, y otras en las que hace uso de la saturación, en las que predomina el color rojo (también vemos planos de sangre corriendo). No existe continuidad de ningún tipo, ni desarrollo de los personajes. El uso de la música y el montaje se independizan, con cortes muy extraños entre planos y subidas del volumen repentinas.
Como experimento es único, pero como película resulta incompleta. Tanto con la ya característica voz en off en sus películas, como en las conversaciones entre los personajes, y en fragmentos de películas que ven en la televisión; se tratan temas políticos, filosóficos e incluso humanistas. Pero el discurso es vacuo, uno se queda con la sensación de que lo que escucha no es trascendente, no incita a la reflexión como debiera.
No sólo se ve reflejado el adiós del lenguaje cinematográfico, también el lenguaje propiamente dicho (dificultad de comunicación de la pareja, uso del móvil frente a otras personas, etc..).
Como contraposición a las figuras humanas, está el perro, único ser humano capaz de querer más de lo que se quiere a sí mismo.
No es fácil conectar con este experimento tan bizarro del cineasta parisino, puedes entrar o quedarte fuera, o puedes quedarte con retazos de la genialidad que posee esta obra. Porque sin llegar a conectar totalmente con la película, es imposible no rendirse ante el evidente dominio cinematográfico de Godard. Tiene que ser un señor de 83 años el que cree un filme que rompa con todo lo establecido, que haga un experimento tan personal en el que no importa ni el cine ni sus espectadores, sólo importa lo que él cree conveniente. Y vaya usted a saber que es lo que cree conveniente Jean-Luc.
Dejen los prejuicios en casa, abran su mente e intenten apreciar esta obra en su totalidad, quedándose al menos prendados de su extrañez y su incontestable belleza.
Crítica escrita para lgecine.org
El director de maravillosas películas como ‘Vivre sa vie’, ‘Pierrot le fou’ o ‘Band à part’, se encarga de traernos una película de corte experimental, técnicamente espectacular; aunque inconexa, narrativamente pobre y excesivamente críptica.
Si hay algo que está claro, es que tras ver ‘Adiós al lenguaje’ sentirás cualquier cosa, excepto indiferencia. Godard se encarga de reinventar el lenguaje cinematográfico (pues no lo considero ruptura), a través de la relación entre un hombre soltero y una mujer casada, mientras un perro deambula por diversos lugares.
Ésta es la línea narrativa, que se muestra altamente difusa, al servicio de un conjunto de técnicas audiovisuales prodigiosas. Se mezclan imágenes visualmente portentosas, y otras en las que hace uso de la saturación, en las que predomina el color rojo (también vemos planos de sangre corriendo). No existe continuidad de ningún tipo, ni desarrollo de los personajes. El uso de la música y el montaje se independizan, con cortes muy extraños entre planos y subidas del volumen repentinas.
Como experimento es único, pero como película resulta incompleta. Tanto con la ya característica voz en off en sus películas, como en las conversaciones entre los personajes, y en fragmentos de películas que ven en la televisión; se tratan temas políticos, filosóficos e incluso humanistas. Pero el discurso es vacuo, uno se queda con la sensación de que lo que escucha no es trascendente, no incita a la reflexión como debiera.
No sólo se ve reflejado el adiós del lenguaje cinematográfico, también el lenguaje propiamente dicho (dificultad de comunicación de la pareja, uso del móvil frente a otras personas, etc..).
Como contraposición a las figuras humanas, está el perro, único ser humano capaz de querer más de lo que se quiere a sí mismo.
No es fácil conectar con este experimento tan bizarro del cineasta parisino, puedes entrar o quedarte fuera, o puedes quedarte con retazos de la genialidad que posee esta obra. Porque sin llegar a conectar totalmente con la película, es imposible no rendirse ante el evidente dominio cinematográfico de Godard. Tiene que ser un señor de 83 años el que cree un filme que rompa con todo lo establecido, que haga un experimento tan personal en el que no importa ni el cine ni sus espectadores, sólo importa lo que él cree conveniente. Y vaya usted a saber que es lo que cree conveniente Jean-Luc.
Dejen los prejuicios en casa, abran su mente e intenten apreciar esta obra en su totalidad, quedándose al menos prendados de su extrañez y su incontestable belleza.
Crítica escrita para lgecine.org
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