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Críticas 15
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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4 de noviembre de 2020 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desde la primera a la segunda vez que vi Gaslight, pasaron los suficientes años como para que no recordara más que alguna escena o imagen suelta, la más destacada la de la vieja cotilla y el joven abogado que miran, desde la distancia media de una soleada plaza londinense -en una especie de representación de lo que sería una mirada objetiva- la casa en cuyo interior se crean los tenebrosos fantasmas de lo subjetivo que desembocan en la locura. Recordar de esta película principalmente una escena soleada y exterior en la que los personajes que aparecen ejercen como una especie de narradores testigos -pero no protagonistas-, se me antoja como aquello que dicen que ocurre con los soñadores que envueltos en el arrullo de cualquier sonido más o menos ensordecedor, pero monótono, despiertan de repente cuando este cesa e irrumpe el silencio. En cualquier caso: caprichos del recuerdo y de la percepción que tantas veces constituye la vivencia más valiosa y genuina de la experiencia artística.
Gaslight es un drama psicológico que no destaca por la descripción del proceso psicológico que realiza, ni por la verosimilitud de los procesos y de las vicisitudes narradas. Por el contrario, para ver esta película, el espectador -al menos, lo que yo entiendo por espectador medio actual, acostumbrado a otro tipo de cine-, ha de tolerar ciertas licencias y ha de asumir ciertas coincidencias que pueden atentar en más de una ocasión, con los principios de la asumida como representación realista. Pero esa tolerancia ante ciertas artimañas y debilidades argumentales se verá compensada por la densidad de la atmósfera creada desde la dirección y la puesta en escena, así como por las expresivas interpretaciones de un Charles Boyer y, sobre todo, de una Ingrid Bergman que son capaces de portar en sus cuerpos y rostros toda la significación y toda la matización de los estados psicológicos que esta película comunica.
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Aunque para muchos Gaslight es sobre todo un film acerca del proceso de manipulación psicológica al que ha dado nombre, a mí me resulta, tan sugestivo como este tema, centrado en el personaje de Ingrid Bergman, otro que se apunta de manera más sutil, y que destaca más si nos centramos en el dúo masculino Boyer-Cotten: la autenticidad y la nobleza de los sentimientos que suscitan el amor y el arte en quienes lo contemplan. Cotten, poseedor de una especie de guante mágico que al final de la película logrará juntar con su parejo, como simbolizando las almas escindidas de las que hablaba Platón, y, deslumbrado por los destellos de las reminiscencias de una mujer que, vista desde la infancia, se duplica en la adultez en una especie de eco edípico; Boyer, deslumbrado por el brillo de unas joyas que -como el Halcón Maltés- están hechas con el material del que se hacen los sueños.
24 de enero de 2013 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Seguramente, uno de los efectos más interesantes del uso de la violencia explícita en el cine sea, el sacudir en su butaca al bien acomodado espectador, el mostrar de manera plástica y primaria las relaciones de poder, enfrentarnos al animal humano despojado de su conveniente traje social: entrar en el salón de los espejos con los pies bien llenos de barro. Quizá en algunas ocasiones solo sea, un grito salvaje en la reunión de señoronas, el conocido épater les bourgeois. A veces es incluso menos, quizá solo provocar reacciones reflejas en un ser que se supone racionalmente motivado, las mismas reacciones que provoca en el espectador cierto tipo de humor, la pornografía o el cine gore: simples cortocircuitos de la razón. Conocidos directores de cine han seguido esta senda de variados ramales: Sam Peckinpah, Stanley Kubrick, Michael Haneke, Takeshi Kitano, Quentin Tarantino.
En Django desencadenado tenemos de nuevo el uso de la violencia. La violencia en una película imbuida de un particular esteticismo. Una violencia estilizada, sangre de rojo intenso que tiñe flores blancas, sangre que tiñe también el blanco lomo de un caballo, sangre por las paredes de casas coloniales con la fuerza de un expresivo cuadro abstracto. Es sublime el cuidado, la sensorialidad y el refinamiento en la factura de Django desencadenado.
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Dos años antes de estallar la Guerra de Secesión Estadounidense, un filantrópico cazarrecompensas de origen alemán libera a un negro, tanto por simpatía por la causa como por conveniencia propia: el esclavo liberado le conducirá a su próxima presa. En el transcurso de sus andanzas el alemán descubre en su compañero Django, las cualidades innatas de un formidable aliado. Ambos forman una sociedad y trabajan juntos de manera reglada. Sus hazañas se suceden quedando como colofón, el rescate de Broomhilda, esposa de Django.
En el transcurso del filme hay un proceso de aprendizaje, no solo en cuanto al manejo de las armas, sino también en el arte del fingimiento: Schultz y Django han de interpretar diversos papeles siendo el de este último el más difícil: el del traidor experto, conocedor de la carne negra, que pone sus conocimientos al servicio del comprador blanco. Hay un conflicto ético aquí: el cazarrecompensas no debe dejarse llevar por sus convicciones morales, por sus emociones o por sus sentimientos, ha de matar a sangre fría o ver cómo matan a sangre fría: solo así conseguirá sus objetivos (una auténtica partida de póker emocional, que da pie en lo cinematográfico a auténticos duelos interpretativos). El fin justifica los medios. Y, ¿cuál es el fin? No otro que el ideal romántico-liberal anglosajón: el triunfo del individuo, el triunfo del amor. Porque al final esta historia no es más que una historia sobre el príncipe que rescata a la princesa, Sigfrido y Brunilda, la película no esconde –exhibe más bien- su referencia. Pero no nos engañemos, el aderezo es inequívocamente hollywoodense, plato servido en mesa de todos los públicos.
De manera análoga el tratamiento de la violencia: lejos queda la dura sordidez de Reservoir dogs, esta violencia es bella como dijimos, simpática, graciosa a veces. Las señoronas están invitadas a esta película de destellos subversivos. Proyectaremos nuestras más terribles pesadillas sin llegar nunca al fondo, solo para poder luego reírnos, y decir, que todo fue un sueño. ¡Uy, qué simpático, aunque travieso, es este niño! Se ha acusado a Tarantino de hacer humor irreverente, pero estas acusaciones solo pueden venir de una sociedad gazmoña hasta el tuétano, ahogada de corrección política. No se atreve Tarantino con sus villanos, construye un personaje excepcional interpretado por Di Caprio, pero tiene que hacerlo superficial, estúpido: francófilo que no sabe francés, admirador de Dumas que no sabe quién es este. La maldad tiene que ser estúpida para que no se nos atraganten las palomitas.
Tal vez haya que tomar las historias –y juzgarlas- tal y como son, y no como nos gustaría que fueran. Es solo que a veces –y aunque en el cine, tan frecuentemente, el pacto con el espectador ha sido solo un ingrediente más de la obra maestra- queda la sensación de talento malgastado.
17 de enero de 2012 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es curioso, pero a veces, igual que hay un libro aguardando a cada lector para realizarse de la única manera posible en la que un libro se puede realizar, la lectura, se podría decir también que hay un libro aguardando a cada director de cine. Hace ya un par de años, cuando leí esta primera novela de la trilogía de Larsson, no se me ocurrió pensar lo que ahora me parece tan evidente, la complementariedad tan sugestiva entre el mundo del escritor sueco y la del director estadounidense David Fincher. Y es que es obvio que esta nueva película se puede contemplar dentro de un mismo universo narrativo junto a obras como Seven o Zodiac.
Hay varios temas que giran alrededor de esta película, al igual que ya lo hacían en el libro: de hecho, para lo bueno y para lo malo la película se limita a condensar en lenguaje cinematográfico lo ya aparecido anteriormente en el libro, haciendo más evidentes sus líneas temáticas, sus virtudes y sus defectos. En primer lugar y privilegiada por el título, se presenta una problematizada perspectiva de las relaciones entre los hombres y las mujeres, y especialmente de los abusos que han sufrido y sufren estas por parte de los hombres. En paralelo a esta reflexión surge un personaje de enorme originalidad, Mikael Blomkvist, que creo no ha sido destacado en su justa medida a la sombra del personaje femenino Lisbeth Salander, que en las posteriores entregas de la saga cobrará aún mayor relevancia. Sin embargo, el personaje de Mikael Blomkvist me parece, como digo, todo un hallazgo, el intento de plasmar un nuevo tipo de hombre, una especie de don Juan del siglo XXI de corte postfeminista que, no seduce ya a las mujeres sino que se deja más bien seducir por ellas, no avasalla sino que entabla relaciones de compañerismo, de respeto y de amistad con los seres del sexo, no ya tan opuesto, sino más bien complementario.
Es en torno a esta reflexión sobre las relaciones de género, donde salta la chispa del thriller. La búsqueda de un asesino en serie imbuido en la ideología nazi e influido por las lecturas bíblicas-creo que contradictoriamente, de hecho en un momento del film uno de los personajes al hablar de la ideología predominante en la familia declara que en su mayoría eran nazis y por tanto nada religiosos- que mató y torturó sin piedad a un nutrido grupo de mujeres. En esta búsqueda aparece el personaje anteriormente citado de Salander quien, pese a ser una figura poco convencional con un lado oscuro muy alejado del arquetipo de heroína al uso, logra simpatizar con los espectadores y lectores que siguen sus peripecias y vengativas acciones que no siempre, ni muchísimo menos, entran en los estrechos cauces de lo políticamente correcto.
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Es interesante notar cómo este personaje está visto –incluso en sus más despiadadas acciones- desde un punto de vista siempre positivo: Salander es una especie de heroína vengativa que tiene el suficiente poder y arrojo como para hacer frente a sus enemigos, sin tener que recurrir a los tibios y frecuentemente corruptos poderes de la sociedad democrática. Se entiende a Salander y se entienden sus acciones, porque es un personaje marginal que sufre pero que tiene los arrestos de salir siempre adelante, y de poner sus energías en la lucha contra el Mal. Sin embargo, en esto la heroína no es tan distinta a los villanos que castiga, al fin y al cabo los villanos también se vengan, transfieren –bien que con otras personas, eso también es cierto- lo que otros hicieron con ellos: libro y película parecen reflejar -no sé si intencionadamente- el discutible argumento de que en todo violador hay un niño violado.
También se realiza, en Los hombres que no amaban a las mujeres, una interesante presentación de la sociedad contemporánea y de la sueca en particular, una sociedad que se apoya en los debilitados brazos de un periodismo y de unos medios de comunicación, necesitados del patrocinio de compañías y empresas, en tantas ocasiones con turbios asuntos que esconder en sus oscuros sótanos. Alguno de los personajes cuestiona incluso el conjunto de la tan alabada internacionalmente sociedad sueca: sólo una capa de barniz han traído los nuevos tiempos, el antiguo nazi, renuente a salir del aislamiento moral y físico en el que se confina, se considera el más honesto, no solo de la familia, de Suecia entera, ahí queda eso.
Los libros esperan al lector que los lea, los libros esperan también –por qué no- al director que los recree. Recuerdo otra historia: trama detectivesca, la indagación en el pasado para explicar a los personajes y a la sociedad del presente, asuntos turbios entre políticos y grandes empresas, relaciones sexuales problemáticas, el incesto. La distancia que media entre Chinatown y Los hombres que no amaban a las mujeres, es la que dista de la manera de entender el cine y la vida en dos momentos diferentes, la distancia de un rigor distinto a la hora de montar un argumento detectivesco, la distancia entre Jack Nicholson y Daniel Craig, entre el Polanski de sus más perturbadores días y el Fincher de los más intensos ritmos de la música underground, que se rinde ante el tecnológico personaje de Lisbeth Salander. Muy superior la cinta de Polanski, en esencia, es la misma película con una concepción del cine distinta. Cuando el tiempo pase sobre ellas y sobre nosotros, quedará todo confundido en la memoria, confusa la historia, clara la pena.
21 de agosto de 2011 3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los temas que van surgiendo conforme avanza esta película son varios: la casualidad, el azar y el sinsentido de la existencia; la incomunicación; la misantropía, y la soledad elegida como forma de vida; la solidaridad y el compromiso personal con el prójimo ante el desamparo del mundo y ante la constatación de la ineficacia de las organizaciones públicas. Estos temas tan diversos, se presentan en Un cuento chino de manera relacionada a través principalmente de su protagonista, Roberto, que a causa del fuerte impacto emocional que le provoca el experimentar en su propia vida las amarguras y sinsentidos del azar, se recluye en una vida de retiro ascético y de soledad en la que se impone rígidos hábitos y una severa honestidad, quizá justamente en la búsqueda de protección ante ese tan desagradable, azaroso e incomprensible mundo exterior. Pero la realidad se cuela por cualquier intersticio abierto entre los más sólidos muros, y así, Roberto se verá implicado en una relación con un joven chino perdido en la ciudad, lo que provocará la entrada en acción de resortes personales olvidados.
Estos temas aparecen excepcionalmente bien relacionados en Un cuento chino, aunque quizá sea justamente este intento de relacionar tan perfectamente los distintos planos temáticos de la película, lo que haga que esta resulte algo simplista, e incluso previsible, acercándonos ese intento de coherencia temática máxima, al doctrinario y elemental cuento con moraleja. También es discutible que el tono trágico-cómico-amable del filme esté bien acordado, resultando en mi opinión –como ocurre tantas veces en otras películas que lo han intentado- un tanto ñoño.
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Llamativas resultan también las concomitancias de Un cuento chino, con Brooklyn Follies y I thought my father was god, de Paul Auster, con personajes (sobre todo la primera obra) solitarios y misántropos que se dedican a recoger noticias reales en las que el más inverosímil azar deja su huella: en alguna de esas historias que ahora no recuerdo con exactitud, también había algún personaje que escuchaba narrada la historia de la que él mismo era protagonista.
26 de febrero de 2019 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una de las cosas que más me llamaron la atención al ver "Cold War" fue la relación que se establecía, el juego de espejos, de semejanzas y diferencias con "La insoportable levedad del ser". En realidad es la misma historia solo que actualizada en diferentes maneras. Evidentemente, si comparamos la factura de la versión cinematográfica de la novela de Kundera, con la película de Pawlikowski, hay enormes diferencias en las que sale ganando la polaca. Por otro lado, si pensáramos en la carga reflexiva, filosófica y psicológica del libro, ambas películas quedarían muy retrasadas…

Ahora bien, ciñéndonos a la historia, al argumento, los parecidos son más que notorios, resaltando entre estos parecidos, las diferencias que en ambos filmes se atribuyen a los roles masculinos y femeninos: "Cold War" es una película del 2018, del "me too", con un personaje masculino que realiza desde su posición de poder (ver el comienzo del film) una selección de cantantes en la que será decisiva la atracción que sienta por una de ellas; "La insoportable levedad del ser" por su parte, y como no podría ser de otro modo, también es una película de su tiempo, de un tiempo -todavía- de mantequilla y Marlon Brando, por así decirlo y resumirlo todo.

Pero, dejando a un lado estas curiosas semejanzas y divergencias, hay algo que me pareció esencial en "Cold War": la visión que muestra sobre el poder del amor "fou", del amor "willing to risk it all", que diría Bob Dylan, frente al amor acomodaticio que no arriesga nada; el tema del vivir peligrosa, intensamente, o, por el contrario, mansa, tediosa, insustancialmente.

Hay un momento de la película en el que la protagonista femenina acusa a su amante de que, desde que viven en Occidente, se ha convertido en una persona banal y superficial. Y, seguramente, sea cierto: copas, madrugadas y fiestas, intelectuales y artistas de un mundo egoísta que viven al margen de lo que para la mayoría de la población constituye la realidad, y que no buscan más que reforzar su posición de prestigio a base de endogámica adulación... No entiendo sin embargo -y creo que la película no lo explica- por qué el saltar de manera reiterada e irresponsable de uno a otro lado del muro hace que -ahora sí- los personajes se tornen en profundos o comprometidos seres. !Ah, el malditismo! !La delgada línea que separa el dolor metafísico de la conciencia, del berrinche del niño mimado por la vida!

Fotografía en blanco y negro de seda, encuadres de diseño, haikus de la imagen, jazz... Profesores de música que distinguen los timbres del verdadero arte popular, personajes creados en 2018 pero que juegan por los campos de Polonia a una especie de "road movie" desubicada y "avant la lettre" que adelanta por la derecha al documentalismo de Claude Lanzmann. Termina la película y me pregunto, en qué grado supera -o no supera- a sus propios personajes en su banalidad, en su esnobisno, en su insoportable levedad.
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