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Críticas 68
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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1 de febrero de 2016 Sé el primero en valorar esta crítica
Spotlight es una película comprometida con lo que cuenta; tan comprometida que hace daño. Y es lo que pretende hacer, pues sacar a la luz la investigación que el equipo Spotlight del Boston Globe llevó a cabo entre los años 2001 y 2002 -en la que se destaparon multitud de abusos sexuales perpetrados durante décadas por curas de Massachussets que habían sido encubiertos por la propia Iglesia Católica- lleva consigo una importante carga de denuncia. La Archidiócesis de Boston encubrió los abusos del padre John Geoghan durante más de treinta años. Así, Thomas McCarthy demuestra un compromiso total con lo que cuenta no ya en la discreta y algo plana dirección (que en todo momento se encuentra al servicio de la historia), sino en la propia (co)escritura -junto a Josh Singer- de un guion de precisión milimétrica y que nunca llega a caer en lo que hubiera sido un previsible sentimentalismo.

Spotlight es el quinto largometraje de Thomas McCarthy, que ya había demostrado muy buenas maneras en todos sus trabajos anteriores, especialmente en The Station Agent y The Visitor, que por ahora es la mejor película de su aún corta filmografía. Su buen hacer se mantiene intacto en Spotlight, pero la capacidad de emocionar y conmover a través de sus personajes e historias aquí se ve eclipsada por la minuciosa tarea de hacer de la dirección de la película una fría y comprometida labor de realismo e imparcialidad que muestre sin tapujos la investigación periodística de los héroes del equipo Spotlight. Y es que la película, más que por su añadido valor cinematográfico, encuentra su origen en la escasa difusión que en ciertas partes del mundo tiene el hacerse con un premio Pulitzer; premio que ganó el equipo que da título a la cinta tras la publicación, en 2002, del artículo que denunciaba los abusos sexuales, y que supuso un verdadero impulso para que las víctimas de los crímenes pedofílicos de no pocos párrocos compartieran sus testimonios, los aterradores hechos que durante años habían permanecido ocultos en sus memorias.

Podríamos calificar Spotlight como una oda al periodismo, al verdadero trabajo de difusión por -y para- el beneficio social para el que nació este gremio que en la actualidad no pasa por sus mejores momentos. También es una forma de concienciar acerca de la importa que tiene no mirar hacia otro lado, pues todos tenemos cierto grado de responsabilidad a la hora de evitar los males que sacuden nuestra sociedad. Sin ir más lejos, el propio equipo protagonista recibió cinco años atrás los datos que en 2002 serían fundamentales para culminar la investigación; una información a la que el jefe no dio importancia y no ocupó más que un pequeño artículo de la publicación diaria. Un ejemplo perfecto de lo que comentaba un par de líneas más arriba, y que además supuso una pequeña mancha al intachable y fundamental trabajo que realizaron entre 2001 y 2002, cuando el nuevo editor les encomendó la tarea de investigar a la mismísima Iglesia Católica. Una decisión que no fue tomada demasiado bien, pues asustaba la idea de enemistar a los lectores católicos del Boston Globe, que constituían nada menos que el 53% de la muestra total.

La tarea que lleva a cabo McCarthy en Spotlight no dista demasiado de la labor periodística del equipo a la hora de desenmarañar, pacientemente, las atrocidades de los miembros eclesiásticos de la ciudad de Boston. La investigación se cuece a fuego lento, sin quitarle realismo en ningún momento a una trama que en su desarrollo recuerda a los mejores dramas judiciales. Y es que el trabajo de McCarthy en la dirección es idéntico, haciendo de cirujano y evitando todo tipo de artificio, y, lo que es aún más importante, esquivando sentimentalismos innecesarios (en una historia de pederastia que daba pie a ello). Si acaso podría tildarse de artificio a una banda sonora errática cuyo uso es criminal; pero me parece más un error incomprensible y anecdótico que un añadido malintencionado. Pero mientras ese trabajo es ejemplar, necesario (el de los reporteros del equipo Spotlight), el del cineasta estadounidense está enfocado siempre en encontrar esa verdad, la que buscan los cuatro miembros del grupo. Y el cine, sintiéndolo mucho, es mucho más que la verdad. La verdad es para el periodista, no para el cineasta.

Algo que el director de The Visitor siempre ha hecho a las mil maravillas es aprovechar su experiencia como actor para rodearse de repartos excelentes y sacar el máximo partido de cada uno de sus integrantes. Y, en este sentido, Spotlight no supone una excepción; de hecho, aquí debe dirigir a un reparto coral en el que consigue que todos aporten su granito de arena, brillando más como un trabajo interpretativo grupal que individualmente. No obstante, es inevitable sentir cierta empatía hacia el personaje de Mark Ruffalo, el que desprende más humanidad de todo el film. Y, por qué no decirlo, el que más brilla.

En definitiva, Spotlight destaca por su excelente guion y por la inteligente forma en que McCarthy lo plasma en imágenes. Una buena película en la que se echa en falta un poco de espíritu, pero tan correcta que se ha convertido en una de las favoritas para hacerse con los premios más importantes en unos Óscar sin una clara favorita. Sin embargo, su visionado me deja un sabor de boca un tanto agridulce, sobre todo porque soy consciente de que Thomas McCarthy es capaz de hacerlo mejor, con más personalidad.
2 de junio de 2015 Sé el primero en valorar esta crítica
En 1982 se estrenaba Poltergeist, una película dirigida por Tobe Hooper (La matanza de Texas) y en la que Steven Spielberg participó como guionista (y por lo que he oído, puede que su labor no quedase reducida a eso). Pese a no haberla visto, es innegable que hoy en día se ha erigido como un clásico del cine de terror en general, y del cine paranormal en particular. Gil Kenan (Monster House, 2006) es el encargado de traernos el remake de Poltergeist, que si bien no puedo decir qué tal es como remake, sí puedo afirmar que, al menos, no es otra bochornosa cinta de terror.

La familia Bowen se muda a un barrio modesto tras perder el padre (Sam Rockwell) su trabajo. Con modesto me refiero a uno en el que las casas sólo tienen 3 plantas, aunque imagino que tendrá más que ver con el tener una central eléctrica al lado, o con que estén edificadas encima de un antiguo cementerio. En cualquier caso, mientras el patriarca intenta buscar trabajo, su mujer y sus tres hijos tendrán que adaptarse, no sin dificultades, a su nuevo hogar. Griffin, el hijo mediano, será el primero en notar los sucesos paranormales que ocurren en esa casa, pero los padres no le creerán hasta que Maddy, la hija pequeña, desaparezca.

El primer tercio del metraje sigue paso a paso el patrón de la gran mayoría de cintas de terror. Tras una presentación y un uso del terror efectista (a base de previsibles sustos) que auguran lo peor, Kenan, consciente de que la película puede palidecer cuando sea comparada, inevitablemente, con trabajos recientes como Expediente Warren, cambia totalmente la dirección hacia la que parecía que la cinta iba encaminada. Pasada la primera media hora, el remake de Poltergeist se va consolidando, poco a poco, como un verdadero entretenimiento. El momento en que los Bowen, poco sorprendidos (actúan como si fuese algo normal) por la desaparición de su hija, contactan con unos investigadores de sucesos paranormales, supone el giro definitivo de la película, que se permite incluso dejar unos cuantos momentos de un humor más que decente.

Esta Poltergeist aprovecha el momento en el cual nos encontramos, ya que las nuevas tecnologías son explotadas al máximo, sacando provecho de los televisores de plasma, los teléfonos móviles, y hasta de un dron con videocámara. Es más que probable que los amantes del género y de la película original puedan sentirse decepcionados con este remake, pero para aquellos que no sintamos nada especial por el cine de terror, seguro que supone una experiencia que, aunque no aguante demasiado tiempo en nuestra memoria, puede ser divertida.

Por último, hay que destacar a un reparto que mejora exponencialmente a los que estamos acostumbrados en las películas del género. Todo el elenco cumple, pero hay que destacar al siempre acertado Sam Rockwell, que resuelve el papel del padre de familia con efectividad. Aunque es cierto que, visto el tono que adquiere la película, podría haberse explotado totalmente su faceta cómica. El que sí adquiere una importancia cómica en el filme es Jared Harris, que encarna a Carrigan Burke, el experto en fenómenos paranormales.

Seguramente Poltergeist no sea una buena película, ni siquiera un remake necesario, pero al menos no es ningún despropósito. Seguro que es menos terrorífica que la original, que a fin de cuentas debería ser el objetivo de la película, pero también estoy seguro de que ésta es mucho más divertida. Aun así, gracias a algunos momentos logrados y a sus efectos de sonido, Poltergeist podrá mantener su esencia y asustar al espectador.

Crítica publicada en @dfcinema: http://dfcinema.com/2015/05/21/poltergeist-entretenido-remake/
25 de noviembre de 2016
16 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
En el cine siempre son bienvenidas las películas cuya intención es reflejar los problemas de nuestra sociedad y la lucha constante de los más desfavorecidos. No es necesario haber seguido de cerca la trayectoria de Ken Loach para constatar que es un cineasta comprometido, un verdadero defensor de las causas perdidas. Sí, el cine social, ese que es denominado continuamente como necesario, tiene un hueco más que merecido en cines y festivales; pero, como ya sabemos, estrenarse en salas y ganar una Palma de Oro no son ninguna garantía. Lo segundo es más discutible, pues uno siempre espera que la mejor película de una Sección Oficial repleta de grandes títulos sea, cuando menos, notable. Pero como aquí no se trata de juzgar el criterio del jurado presidido por George Miller, pasaremos a hablar del trabajo en cuestión, Yo, Daniel Blake.

Si tratamos de averiguar la posición que ocupa esta película dentro del panorama cinematográfico, no sería descabellado establecer una analogía entre lo contraproducente de su existencia y las acciones del sistema burocrático contra el que carga Loach. Sin embargo, el problema en este caso no es lo ofensiva que resulta la cinta; el problema es que viene avalada por el galardón más importante del que muy probablemente sea el festival más relevante del mundo. Bajo esta premisa, nuestro trabajo no es otro que el de señalar los motivos por los que Yo, Daniel Blake es una película indigna, no ya de poseer dicho galardón sino de hacer acto de presencia en un circuito de festivales cada vez más infestado de obras que, por unas cosas o por otras, no se adecuan a su objetivo primigenio.

A estas alturas de la película, es muy complicado criticar y/o denunciar desde la imparcialidad, o al menos alejándose del maniqueísmo y la manipulación. No es fácil ofrecer una mirada limpia de una realidad contaminada que en ocasiones supera a la ficción, por supuesto que no. Sin embargo, lo que consuma aquí el director de Tierra y libertad es un dantesco espectáculo que atenta contra la sutileza y la sensibilidad, convirtiendo el sufrimiento de muchísimas personas en un instrumento para subrayar el mismo mensaje una y otra vez. Su único logro es el de mostrar las miserias y desgracias de dos personajes sin una gota de emoción, acercándose peligrosamente a la indiferencia más absoluta por su acumulación, que pretende servir de golpe emocional.

En su intento por retratar una vez más las injusticias sociales, el director británico ha creado uno de los trabajos más rancios y planos a nivel de dirección que vayamos a tener la oportunidad de “disfrutar” este año, que se limita a plasmar en imágenes el burdo guion de Paul Laverty. Para el colaborador habitual de Loach todo es blanco o negro, los matices y la complejidad -tanto de situaciones como de personajes- se perdieron por el camino. Aun conocedores de que la maldad humana no tiene límites, resulta que el maniqueísmo y la paciencia sí los tienen, siendo rebasados con creces en esta ocasión.

Y esto no es una crítica al cine social ni mucho menos, que sin ser necesario -como ninguna película lo es- puede regalarnos estupendas propuestas; es una crítica a esta película concreta de Ken Loach, Yo, Daniel Blake. Para que veamos que las cosas pueden hacerse correctamente, no hay más que comparar el modo en que está planteada y resuelta la escena del robo en el supermercado en esta película con otra -a priori- similar de La ley del mercado, un título mucho más sugerente, arriesgado y efectivo que el que nos ocupa. Su forzada y efectista conclusión, la gota encargada de colmar la garrafa de infortunios, parece responder únicamente a las expectativas lacrimógenas de buena parte del público, que encuentra en este manipulador drama con toques de humor (lo mejor de la cinta, probablemente) un doloroso y comprometido puñetazo de realidad. Pero ese puñetazo, desgraciadamente, no es más que una deformación grotesca de lo bienintencionado.
7 de mayo de 2015
7 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es muy frecuente escuchar comentarios de gente maltratando a nuestro propio cine, utilizando para ello frases como: “qué malo es el cine español”, “¡pero si es española!”, “pues para ser española no está mal”. Ni que el cine español fuera un género como tal. Si estas personas no me provocan más que repulsión, siento lo mismo con una gran cantidad de películas nacionales que se estrenan cada año y que no merecen ni ser calificadas como tal. Parecen querer dar motivos para que el ignorante de turno que sólo ve estas películas de las que os hablo, tenga que soltar la típica frase que carga contra nuestro cine y que más adelante desemboca en prejuicios colectivos. Sweet Home se encuentra en este grupo sin ninguna duda, y desgraciadamente tendrá tirón en cartelera, ya que es de los productores de la exitosa saga Rec.

La mayor limitación de Rec a nivel internacional se encontraba en su idioma, por lo que Rafa Martínez decide rodar la mayor parte de Sweet Home en inglés. El punto negativo de esta decisión es que los intérpretes hablan un idioma u otro según les viene en gana. Es inexplicable que Bruno Sevilla haga de inglés en la película si es español, ya que no tiene ningún tipo de relevancia argumental. Al final, nos encontramos a unos cuantos españoles alternando diálogos en inglés con otros en castellano por puro capricho del director o de los productores.

Alicia, una joven que trabaja para el ayuntamiento como asesora, le prepara una velada romántica a su novio en un edificio semiabandonado del cual tiene las llaves. Tras darle la sorpresa, descubrirán que el único habitante del bloque ha sido asesinado por unos matones enviados por la inmobiliaria. A partir de ahí, comenzará el juego del gato y el ratón al que más tarde se unirá “Liquidator”, una especie de fumigador que lleva consigo todo tipo de armas letales. Meter un tema tan serio como los desahucios de una manera tan poco realista es casi insultante. Que una inmobiliaria contrate asesinos a sueldo para matar a los residentes que se niegan a abandonar sus viviendas me parece demasiado exagerado, máxime cuando luego el tema queda en el aire y sólo sirve a modo introductorio de la trama.

Atendiendo a lo puramente cinematográfico, Sweet Home no es más que otra home invasion que intenta ser seria pero que acaba desprovista de toda seriedad en pos de unos últimos minutos que se acercan al slasher. La dirección de Martínez no es mala en absoluto, pero busca siempre una grandilocuencia visual que le da a la cinta un aspecto de lo más artificial. De menos a más, la ópera prima del catalán no consigue encontrar el tono adecuado ni dejar claras sus intenciones. En ningún momento consigo estar en tensión, todo lo que pasa me parece forzado e irreal. Los diálogos son más absurdos aún de lo que nos tienen acostumbrados este tipo de películas.

Si tenía alguna esperanza con esta cinta de terror, era que fuese entretenida y que Íngrid García Jonsson nos dejase una interpretación a la altura de lo que hizo en Hermosa Juventud. Lo primero no lo consigue, ni siquiera ayudada por una duración que no sobrepasa los 80 minutos. Lo segundo, tampoco, puesto que la actriz nacida en Suecia parece estar interpretando dos papeles a la vez: el de cuando habla en castellano y el de cuando lo hace en inglés. Entre eso y que pega unos gritos tan innecesarios como insoportables -para seguir la tradición de este tipo de película-, la joven promesa del cine español no ha seguido con buen pie en su camino hacia el estrellato.

Twitter: @dfcinema
http://dfcinema.com/?p=213
2 de junio de 2015
3 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
La película bulgara La Lección se alzó con el Premio Nuevos Directores en el pasado Festival de San Sebastián. De no haber conseguido dicho galardón, seguramente no hubiese sido distribuida en nuestro país. La ópera prima de Kristina Grozeva y Petar Valchanov nos cuenta la historia de Nadezhda, una profesora que, tras cometerse un robo en su clase por parte de un alumno, tratará de averiguar por todos los medios quién ha sido el culpable, para así enseñarle una lección sobre lo que está bien y lo que no. Mientras tanto, una serie de circunstancias en su vida privada harán que se vea obligada a realizar actos que dejarán entrever esa doble moral tan característica en nuestra sociedad.

Heredera de muchas cintas del cine social europeo, hace uso de elementos tan usuales como la continua cámara en mano y la ausencia de banda sonora, para así dotar al relato del realismo que caracteriza a este tipo de cinta. El irresponsable y alcohólico marido de Nadezhda se retrasa en la devolución de un préstamo, por lo que ésta deberá reunir en tres días la cantidad de dinero necesaria para evitar el desahucio de su familia. La integridad de la mujer se irá perdiendo poco a poco, y tendrá que tragarse su orgullo y llevar a cabo acciones que nunca se hubiese imaginado. Esa cuenta atrás remite inevitablemente a la última película de los hermanos Dardenne: Dos días, una noche.

El principal problema de La lección es que, llegado un momento del metraje, buscará encontrar la convergencia entre el drama más realista y el thriller más inverosímil. Con inverosímil me refiero a la continua sucesión de casualidades, impropias en un cine como es el drama social. Así, la crítica y reflejo de una burocracia que en ocasiones supone un verdadero infierno para el ciudadano en situaciones cruciales, se verán lastrados por el patetismo de algunas situaciones, las cuales no harán más que romper el realismo inicial de la propuesta. La película repite un esquema formal y narrativo que hemos visto en multitud de ocasiones, por lo que la capacidad de sorpresa se pierde por completo. Además, el uso de la cámara en mano es demasiado brusco durante todo el metraje, cuando algunos tramos se desarrollan con lentitud y no requerían tanto movimiento.

Los directores de la cinta bulgara quieren mostrar, de manera muy ruin, el paralelismo entre dos acciones similares pero de naturaleza totalmente opuesta. La forma de llevar al límite la naturaleza humana en según qué situación me gusta, pero no creo que pueda funcionar como ningún tipo de lección. No tiene absolutamente nada en común un robo ejecutado por simple rebeldía y por innata naturaleza, con los actos que alguien lleva a cabo cuando tiene que salvar sus bienes más básicos. Ésto, junto a un tramo final al que se llega por puro capricho de sus directores en la escritura del guion, enturbian la desgraciada historia de Nadezhda, llevándola a unos límites que exceden el realismo pretendido.

La naturalidad con la que todo acontece en Dos días, una noche -obviando su final-, aquí no consigue aparecer en ningún momento, pues como ya he dicho, parece que todo el desarrollo de la película existe únicamente para justificar ese desacertado paralelismo entre acciones. Una genial Margita Gosheva sostiene en todo momento este alargado relato, que pese a naufragar en sus intenciones, deja algún apunte aislado más que interesante.

Crítica publicada en @dfcinema: http://dfcinema.com/2015/05/29/la-leccion-tres-dias-dos-noches/
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