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España España · Madrid
Críticas de Servadac
Ordenadas por:
334 críticas
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8
15 de febrero de 2020
11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace muchos años que Terrence Malick encontró su voz. Tediosa y cursi para algunos, brillante y honda para otros. Su voz, su verbo, se hace cine en cada una de sus obras. Para entrar en su universo es necesario que coincidan las frecuencias de emisor y receptor, es necesario estar en sintonía. De ahí las filias y las fobias que suscita su estilo peculiar.

Tarde se aprende lo sencillo, escribía el poeta José Hierro. Desde que el ser humano primigenio observara deslumbrado y sobrecogido las estrellas, apenas hemos avanzado en la resolución de las preguntas esenciales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos? Seguimos buceando en un océano de incertidumbres cuyas márgenes se alejan de nosotros a medida que aumenta nuestra ciencia. Seguimos existiendo a tientas y cegados. Cerca, quizás, de la extinción, seguimos casi en el principio.

Y, sin embargo, observamos el tenue rayo de luz que sale de la puerta en ‘Las Meninas’ y se nos encoge inexplicablemente el corazón. Algo late en el pigmento que nos sincroniza de inmediato con el mundo, con la vida; aquí, ahora, en cualquier parte. El arte, en ese punto, es religión.

Franz Jägerstätter, austriaco, no quiso jurar fidelidad al ‘Führer’ Adolf Hitler. Tuvo el valor de ser el único habitante de su aldea en negarse a votar a favor del ‘Anschluss’, la anexión de Austria al Tercer Reich. En 2007, fue beatificado por Benedicto XVI (el “papa nazi”, dicen quienes sólo saben de él que es alemán). A la ceremonia asistieron su viuda, de 94 años, y sus cuatro hijas. Pero ‘Vida oculta’ es más cantata que biopic. Malick transforma a Franz en alguien silencioso, introspectivo; envuelve su motivación en un hermoso velo suave y no del todo comprensible. Hay que dejar un espacio de luz para el misterio, dicen las personas santas. Y el director de Ottawa les toma la palabra y la oración.

Glosar las imágenes, incomparables, de la película sería ocioso. El argumento se sigue sin dificultad. Los acontecimientos aparecen en orden cronológico y debidamente balizados por las cartas que envía Franz a Fani, su mujer. El yo poético de Franz/Malick se despliega a lo largo de las tres horas de metraje, resuena en el espectador –a poco que abra el pecho a sus armónicos–. Una cinta como esta es toda una vivencia.

Observo que, con ciertas películas de Malick, como ya me sucediera con ‘Inland Empire’, ‘Vértigo’ o ‘El espejo’, mi impresión mejora en sucesivos visionados. Mis prejuicios de intelectual resabiado lastran el abordaje inicial ante obras que son, en el más profundo de los sentidos, poesía. Por ello les invito a ver ‘Vida oculta’ verso a verso, con la cadencia de un ala, de una hoja, de un río suave de palabras.

“Pensé algún día que quien vive sólo un instante, nunca
puede morir.”

Es ese instante, en realidad, la vida entera.
Servadac
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10
30 de diciembre de 2019
18 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo primero que uno advierte al reencontrarse con la última película de Stanley Kubrick es su lozanía, su maravillosa cualidad intemporal.

Su tempo ‘Vértigo’; la presencia continua de los adornos navideños, como excusa perfecta de puesta en escena para no utilizar iluminación adicional; el uso del gran angular, la ‘steady cam’, la precisión absoluta en los detalles; la cadencia y el trabajo de sonido en la dicción de los actores, que nunca rayaron a esa altura; el movimiento, los encuadres… La cinta aúna lo mejor del mejor cine.

‘Eyes wide shut’ es pura hipnosis. El plano real tiene la textura, extrañamente fría y objetiva, de un ensueño. O, mejor, es el mundo alucinado de la noche en la cabeza del doctor interpretado por Tom Cruise. El punto de vista, salvo quizás en la secuencia en la que bailan y flirtean el húngaro espigado y Nicole Kidman, es el del protagonista masculino.

La lectura más obvia es conyugal (más incluso que sexual); un paso más allá se sitúa una lectura en clave de ‘poder’; la visión definitiva es cinematográfica, y engloba o admite las lecturas anteriores y otras que queden por venir. El cine es, ante todo, una experiencia: tediosa, amable, intensa, rompedora… Hay un latido en ‘Eyes wide shut’ que invita a navegar entre los pliegues de la mente pineal de William Harford.

La arquitectura del guión es ejemplar y sigue muy de cerca la novela ‘Relato soñado’ de Arthur Schnitzler, publicada en 1926. Kubrick sustituye la Viena de los felices años veinte por una Nueva York de estudio y finisecular. Un Village recreado abierto al consumismo y al derroche. Aunque, en materia de gasto, siempre ha habido jerarquías. La billetera de Bill es un objeto esencial en la película. Desde la primera escena se nos llama la atención acerca de ella (“Cariño, ¿sabes dónde está mi billetera?”). Y ahí está, en la mesilla, junto al lecho en el que duerme el matrimonio. La fisicidad de los billetes (para pagar el taxi o a la prostituta o al dueño de la tienda de disfraces) contrasta con el lujo fastuoso de la esfera superior, que parece situarse más allá de algo tan vulgar como el papel moneda. Es medular el hecho de que, pese a lo acomodado de su posición de buen burgués, el círculo de Faraón le está vedado. Sólo se llega hasta el Olimpo en limusina…

Las capas sociales son impermeables. Los de arriba, los de en medio, los de abajo. Una distinción casi tan vieja como nuestra civilización, en pie ya desde Hammurabi: hombres superiores, plebeyos y, en tercer lugar, esclavos. Les invito a echar un ojo a las sentencias del famoso Código para ver cómo se administraba la justicia en Babilonia. Un ideal de orden en el que la jerarquía es capital y del que, aunque cueste aceptarlo, la sociedad actual no está tan alejada.

Los relatos del sueño y de la fantasía de Alice Harford son verbales; la imagen obsesiva de ella y el soldado incrustada en la mente del marido está rodada en blanco y negro; el resto es una apoteosis de color. No hay equívoco posible, Kubrick juega con las cartas boca arriba. Después de su periplo en la primera noche, Bill trata de recuperar personas y lugares, pero, tras el episodio de la orgía, ya nada puede ser igual, como en el despertar de toda ensoñación.
Servadac
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7
14 de octubre de 2019
44 de 58 usuarios han encontrado esta crítica útil
Igual que ‘Senderos de gloria’ (1957, Stanley Kubrick) era un grito de rabia antibelicista, ‘Joker’ es un grito de rabia contra nuestra sociedad; Todd Phillips huye, abiertamente, de toda sutileza. Su tesis es tan clara como una ecuación de primer grado. Si el individuo A sufre de abusos, humillaciones, malos tratos; si, además de ello, padece los recortes de la sanidad; si los pudientes, hipócritas e insolidarios, posan sus reales sobre grumos de carne marginada; entonces, la enfermedad mental de A derivará en un estallido ultraviolento.

Y, una vez que el estallido cala en él, el alter ego se erige en soberano, sonríe y es feliz a su manera.

El caos, en ‘Joker’, no es más que la figura estilizada del resentimiento.

Joaquin Phoenix, se ha dicho hasta la saciedad, compone un personaje extraordinario. Potencialmente oscarizable y, sin embargo, no difícil. La contención es, para un actor, un desafío mayor que el histrionismo.

‘Joker’ es, en cierto modo, un embarazo; la escena final es la eclosión, el parto del villano que todos conocemos, mínima concesión al personaje de DC.

Gotham City es Nueva York, Santiago de Chile, Barcelona. Son las mil caras de la crispación urbanita en que vivimos.

Empatizar con el asesinato, desearlo, es gimnasia peligrosa; de ahí las críticas más puritanas. Condenar a los don nadies a la irrelevancia es crimen aún mayor; de ahí las adhesiones fervorosas. ‘Joker’ es, en mi opinión, una película estimable. Eficaz, brillante, no genial. Con recursos resultones de imagen y sonido. Su fotogenia es indudable; el retrato del delirio, contado desde dentro, es duro y convincente; su tono descarnado y excesivo concuerda con la tesis principal. Ojalá los mecanismos de la psique pudieran explicarse de manera tan simplista. Si los meandros del cerebro fueran tan sencillos, tendríamos muy cerca remedio y curación.

Recomendaría, como programa doble, ver ‘Joker’ junto a ‘Funny games’ (1997, Michael Haneke), película, en forma y fondo, situada en sus antípodas: planos fijos, violencia gratuita inexplicable, tonos claros. Al contrario de ‘Joker’, ‘Funny games’ es una cinta de no-tesis. Y, como su opuesta, no acaba de dejarme satisfecho.

Quizás porque a pesar de tanta suciedad, el arte en que más creo está del otro lado del rencor.
Servadac
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9
22 de setiembre de 2019
23 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Nuri Bilge Ceylan es uno de los más brillantes cineastas en activo. Su obra sigue la estela de los grandes directores europeos: Bresson, Tarkovski, Bergman.

El primer plano de ‘El peral salvaje’ es como una página de la correspondencia entre Erice y Kiarostami. El mar, reflejos, el tumulto interno y exterior; el oleaje en el alma de Sinan. Chillan las gaviotas y oímos el grito existencial de un joven turco que parece ser un verso suelto en una sociedad llena de jueces y acreedores, de sueños y demonios familiares.

El andar aparatoso, el gesto áspero y torcido, el cerebro despierto; la rabia a punto siempre de estallar.

La relación entre padre e hijo, con sus múltiples aristas, resulta conmovedora. Cómo no sentir en lo hondo la angustia y el despecho de Sinan; la soledad profunda de Idris; la estrechez de los espacios interiores.

Suena el principio de la ‘passacaglia’ de Bach-Stokowski en do menor, único fragmento de música utilizado por Ceylan, y, como en Bresson, la imagen se transforma; resuena el conjunto dentro de nosotros con poesía y hondura inexplicables.

Dos imames discuten acerca de la posibilidad del cambio en el islam (un debate que podría plantearse de igual modo con el cristianismo) y, de pronto, la conversación deriva en un caudal que adquiere resonancias de Pascal y Dostoyevski. ¿Preferiríamos vivir en un mundo en el que existe Dios o en uno en el que Dios no exista? Y, hasta el más descreído, se ve atrapado en esa red universal.

La Turquía de Nuri Bilge podría ser cualquier país del mundo y, sin embargo, sólo puede ser ‘esa’ Turquía, su Turquía, maravillosamente retratada.

La fotografía, los entornos, el uso de la luz; la coreografía de los personajes; la construcción de las conversaciones, las miradas, aquello que queda sin decir… La escena amatoria es lo mejor que he visto en mucho tiempo en una sala oscura. Un ‘pas de deux’ que ilustra lo grande que puede ser el cine.

Nuestro cine.

El final, que no desvelaré, es el mensaje que quisiera legar a mis dos hijos. Frutos de un árbol imperfecto, mejores que su padre.
Servadac
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8
8 de abril de 2019
17 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
1) Formación del espíritu nacional

El general Custer forma parte del panteón de héroes genuinamente norteamericanos. En esta versión de Raoul Walsh, atesora las virtudes paradigmáticas del soldado del Imperio: valeroso hasta la temeridad, carismático y arrogante, indisciplinado y atrevido. Actúa por instinto y con fe ciega, es impulsivo y seductor, no da una lucha por perdida. Y, sin embargo, fue protagonista de la derrota más sonada del ejército yankee contra Sioux y Cheyenes.

La secuencia en que se cuenta el ‘nacimiento’ del Séptimo de Caballería es extraordinaria: planos ensamblados mediante cortinillas en un imparable crescendo musical. Cómo no pensar en el efecto que la Marsellesa produjo en el espíritu de los revolucionarios...


2) Amor constante más allá de la muerte

Libbie (Olivia de Havilland) y Autie (Errol Flynn) nos brindan uno de los grandes romances de la historia del cine; un romance que traspasó el terreno de la ficción y llegó a consumarse, como confesó la propia actriz, detrás de unos arbustos…

El primer encuentro es delicioso. También la cita en el balcón, al más puro estilo de Romeo y Julieta. La despedida es legendaria: la sobriedad, el subtexto; la cámara acercándose, levemente, en el momento del beso, y alejándose de golpe en la partida; los objetos (el reloj, la fotografía, la lámpara, el diario); el movimiento de la mecedora, subrayando el hueco presentido, tan palpable.

‘Walking through life with you Ma'am, has been a very gracious thing.’

[Pasear por la vida a su lado, señora, ha sido muy agradable.]

Y, en efecto, después de tantas películas, esa es la última escena que rodaron juntos.


3) Gloria y honor

La cinta ensalza las motivaciones honorables que conducen a la gloria: la palabra dada, el valor, la gallardía; y desprecia a los capitalistas, que actúan con ánimo de lucro y sin moral. No obstante, incluso los mezquinos Sharp obtienen la posibilidad de redimirse. Al hijo se le ofrece el don de un ‘bel morir’ y al padre la ocasión de retractarse.

La burocracia militar tampoco sale bien parada.

La marcha de los cadetes sureños de West Point ante la inminencia de la Guerra Civil es otro momento inolvidable. En apenas tres minutos, se escenifica, sin perder las formas y con total solemnidad, la quiebra de un país.


4) Tono y puesta en escena

La película pasa, sutilmente, de un tono festivo al tono oscuro de lo inevitable. La puesta en escena resulta esplendorosa y, como la luz, va desnudándose a medida que madura el personaje principal.

Baste comparar las lágrimas de Libbie al masticar los tallos de cebolla –en clave de comedia– con aquellas que preludian el adiós definitivo, tan hondamente trágico.


5) Secundarios

Todos cumplen, pero quisiera destacar a Hattie McDaniel, en su papel de Callie, la oronda sirvienta negra que se come la pantalla, y a Charley Grapewin, que interpreta a California Joe, menudo, malhablado y tozudamente heroico. Ambos dan la medida de hasta qué punto unos buenos secundarios dotan de empaque y de sabor a las películas de género.


6) Plano histórico

Un cantar de gesta es arte, no historiografía. Nadie reprocharía a Homero que su catálogo de naves o la orografía de Troya fueran inexactos.

En este caso, el arte sustituye a las grisuras de la historia.

===

El título, ‘Murieron con las botas puestas’, anticipa el desenlace, por lo demás bien conocido. Dota a la cinta de un halo de fatalidad serena; es, también, como un presentimiento de belleza puesto que, como escribiera Petrarca, ‘un bel morir tutta la vita onora’.

Y un ‘bel rodar’ le da sentido al cine.
Servadac
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