Yojimbo
1961 

8,0
16.503
Acción. Drama
En el siglo XIX, en un Japón todavía feudal, un samurái llega a un poblado, donde dos bandas de mercenarios luchan entre sí por el control del territorio. Muy pronto el recién llegado da muestras de ser un guerrero invencible, por lo que los jefes de las dos bandas intentan contratar sus servicios. (FILMAFFINITY)
27 de noviembre de 2007
27 de noviembre de 2007
9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Impresionado me dejó este gran film de Kurosawa por varios motivos, especialmente por qué siendo Japonés es un auténtico Western tanto por la trama como por la estructura narrativa y por la figura del personaje principal.
La fotografía es simplemente impecable y capta excelentemente la atmósfera sombría del film.
La parte final es una de las mejores de la historia del cine.
Mifune esta auténtico y soberbio en su interpretación al igual que el resto del elenco.
Un saludo, Efelson.
La fotografía es simplemente impecable y capta excelentemente la atmósfera sombría del film.
La parte final es una de las mejores de la historia del cine.
Mifune esta auténtico y soberbio en su interpretación al igual que el resto del elenco.
Un saludo, Efelson.
28 de diciembre de 2017
28 de diciembre de 2017
9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
A lo largo de la historia del cine se habían visto muy buenas películas de aventuras, de héroes y de villanos, westerns de indios y vaqueros, películas de caballeros, de guerreros... y entonces llegó el Maestro y reinventó el género en 1961 con la creación de Yojimbo, el mercenario. A partir de este momento, hubo una corriente de películas en las que el héroe ya no era perfecto e impoluto, sino un hombre solitario, andrajoso y vagabundo con una habilidad para la batalla sin igual.
Yojimbo es un western samurai, juntando lo mejor de ambos géneros, dirigida impecablemente por el Maestro. ¿Algo podía ir mal? Pues lo de siempre, ya que incomprensiblemente Akira Kurosawa siempre fue repudiado por los suyos. Haciendo un film como este, ¿cómo se explica que no tenga premios o que no fuese un bombazo en taquilla? Independientemente de si te gusta o no el género, es una película en la que el Maestro alcanzó la perfección técnica y visual. En una época en la que todo el cine era prácticamente en color, Kurosawa nos deleita con un blanco y negro perfecto, con un control de luces y sombras que quita el hipo. Actualmente con el digital, es mucho más fácil el control de luces y sombras, pero en 1961 con película ... hacer este film es una barbaridad. Ya nos tenía acostumbrados a una fotografía increíble, pero con Yojimbo lo bordó en cada plano. En esta película todo encuadre es una maravilla, sencillamente para quitarse el sombrero. La historia muy buena, Mifune, enorme, como siempre, Es una película que nunca aburre, que mantiene un punto de tensión constante y que a la vez analiza al ser humano, la especialidad del Maestro.
Yojimbo es un western samurai, juntando lo mejor de ambos géneros, dirigida impecablemente por el Maestro. ¿Algo podía ir mal? Pues lo de siempre, ya que incomprensiblemente Akira Kurosawa siempre fue repudiado por los suyos. Haciendo un film como este, ¿cómo se explica que no tenga premios o que no fuese un bombazo en taquilla? Independientemente de si te gusta o no el género, es una película en la que el Maestro alcanzó la perfección técnica y visual. En una época en la que todo el cine era prácticamente en color, Kurosawa nos deleita con un blanco y negro perfecto, con un control de luces y sombras que quita el hipo. Actualmente con el digital, es mucho más fácil el control de luces y sombras, pero en 1961 con película ... hacer este film es una barbaridad. Ya nos tenía acostumbrados a una fotografía increíble, pero con Yojimbo lo bordó en cada plano. En esta película todo encuadre es una maravilla, sencillamente para quitarse el sombrero. La historia muy buena, Mifune, enorme, como siempre, Es una película que nunca aburre, que mantiene un punto de tensión constante y que a la vez analiza al ser humano, la especialidad del Maestro.

Toshirô Mifune
Como anécdota, Sergio Leone, considerado uno de los mejores directores de westerns, hizo un plagio indiscriminado de Yojimbo llamado Por un puñado de dólares, en la que Clint Eastwood encarnaba el mismo papel que Mifune. Este western no le llega ni a la suela a Yojimbo, a pesar de ser plagiado y de tener ya todo el trabajo hecho, no consigue ni la calidad técnica ni el gancho de su predecesora. Pero a pesar de todo, tuvo mucho más éxito que Yojimbo, algo que me parece incomprensible. Kurosawa llevó el plagio a los tribunales y en el juicio por plagio contra Leona ganó. Pero seguramente viendo el film de Sergio Leone, Kurosawa pensaría...¿qué le hice yo al mundo para que me repudie de esta manera?. No fue valorado hasta después de su muerte, tristemente, pero dejó un legado inigualable con películas como Yojimbo.
Toshiro Mifune encarna todo lo contrario del arquetípico samurái perfecto, recordando al gran Miyamoto Musashi. Musashi era un ronin (samurái sin amo) que odiaba la palabra samurái (el que sirve), pues él prefería la palabra bushi (guerrero, hombre de profesión militar). Musashi era un vagabundo que perfeccionó su habilidad con la espada viajando y retando a otros samuráis, hasta que llegó el punto en el que nadie podía vencerlo y dejó de matar, luchando incluso con katanas sin filo (tal era su destreza y confianza en sí mismo). Musashi se especializó en la lucha con varias armas, pero especialmente luchaba con ambas manos, con su katana y su wakizashi y se especializó en peleas con varios adversarios. Aunque su mayor virtud era la de minar a sus rivales, perfectos samuráis de costumbres rígidas que entregaban su vida al Código Bushido y a todo lo que éste significaba. La máxima de Musashi era vivir, derrotar al enemigo significaba vivir y ser derrotado morir, por eso mismo doblegaba a sus rivales desde antes del comienzo del duelo, rompiendo su mentalidad y concentración con argucias como la de llegar tarde a un duelo. Sanjuro es muy parecido, su principal baza a parte de su gran habilidad con la espada es la de vencer a los enemigos desde la psicología y esto le hace un personaje tremendamente diferente y atractivo.
Toshiro Mifune encarna todo lo contrario del arquetípico samurái perfecto, recordando al gran Miyamoto Musashi. Musashi era un ronin (samurái sin amo) que odiaba la palabra samurái (el que sirve), pues él prefería la palabra bushi (guerrero, hombre de profesión militar). Musashi era un vagabundo que perfeccionó su habilidad con la espada viajando y retando a otros samuráis, hasta que llegó el punto en el que nadie podía vencerlo y dejó de matar, luchando incluso con katanas sin filo (tal era su destreza y confianza en sí mismo). Musashi se especializó en la lucha con varias armas, pero especialmente luchaba con ambas manos, con su katana y su wakizashi y se especializó en peleas con varios adversarios. Aunque su mayor virtud era la de minar a sus rivales, perfectos samuráis de costumbres rígidas que entregaban su vida al Código Bushido y a todo lo que éste significaba. La máxima de Musashi era vivir, derrotar al enemigo significaba vivir y ser derrotado morir, por eso mismo doblegaba a sus rivales desde antes del comienzo del duelo, rompiendo su mentalidad y concentración con argucias como la de llegar tarde a un duelo. Sanjuro es muy parecido, su principal baza a parte de su gran habilidad con la espada es la de vencer a los enemigos desde la psicología y esto le hace un personaje tremendamente diferente y atractivo.

Kurosawa se ríe un poco del honor en batalla de los samuráis, que refleja bien la época en la que vivían, pues ya no eran fieros guerreros que servían a un Daimyo, sino que se vendían a esta especie de yakuzas cobardes y tienen más miedo que vergüenza de morir. Tal vez por esto no cae en gracia Kurosawa en su país, pero es que es estúpido pensar que todos los samuráis eran perfectos y honorables, cuando en la sombra contrataban a los ninja para quemar castillos y ganar batallas sin perder hombres.
Sanjuro al final es un hombre que cree en la justicia y no pelea por el dinero, encarnando el bien de una manera bien anárquica y dando lecciones a todos los que le prejuzgan por ser un ronin vagabundo y andrajoso. Al final nos deja una moraleja tremenda cuando le perdona la vida a ese joven que se enrola en uno de los bandos porque le dice a su padre que mejor ser jugador que campesino y comer gachas toda la vida. "Mejor comer gachas" le dice, y el joven se va corriendo a su casa. Mejor ganarse la vida de manera honrada, que buscar el dinero fácil abusando de los débiles.
Y bueno, el montaje es tan bueno que da la sensación de que estamos mascando polvo y viendo los ridículos combates entre bandos desde la torre del pueblo. El resultado final es una película perfecta técnicamente, visualmente igual de perfecta y además, con profundidad y moraleja. El día en que se terminó de hacer la película, Kurosawa alcanzó la perfección y yo le doy las gracias al Maestro por haber compartido su don con el resto de la humanidad.
Sanjuro al final es un hombre que cree en la justicia y no pelea por el dinero, encarnando el bien de una manera bien anárquica y dando lecciones a todos los que le prejuzgan por ser un ronin vagabundo y andrajoso. Al final nos deja una moraleja tremenda cuando le perdona la vida a ese joven que se enrola en uno de los bandos porque le dice a su padre que mejor ser jugador que campesino y comer gachas toda la vida. "Mejor comer gachas" le dice, y el joven se va corriendo a su casa. Mejor ganarse la vida de manera honrada, que buscar el dinero fácil abusando de los débiles.
Y bueno, el montaje es tan bueno que da la sensación de que estamos mascando polvo y viendo los ridículos combates entre bandos desde la torre del pueblo. El resultado final es una película perfecta técnicamente, visualmente igual de perfecta y además, con profundidad y moraleja. El día en que se terminó de hacer la película, Kurosawa alcanzó la perfección y yo le doy las gracias al Maestro por haber compartido su don con el resto de la humanidad.
22 de agosto de 2014
22 de agosto de 2014
24 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mi camino en la cinefilia es tan corto y hay tanto cine por delante, que admito que «Yojimbo» es la primera película que veo de Akira Kurosawa. Creo que como esto siga así va a entrar directo a mi personal infierno cinematográfico donde se alojan inflados y regordetes esos llamados «maestros» que no van dejando más que mediocridades tras su paso. Como no quiero precipitarme, deberé indagar más en la filmografía y el estilo de este hombre para poder hablar con mucha más propiedad y no juzgarle por una sola de sus obras, por muy mala que sea. A ella me remito en exclusiva. Un 8,2. Toma castaña.
Acepto como mérito de «Yojimbo» que inspirase a Leone, del mismo modo que Kurosawa se ve inspirando por los estadounidenses. A bote pronto se me viene a la cabeza «Solo ante el peligro» pero, bueno, esto pueden ser percepciones sutiles y equivocadas por mi parte. En lo que no me equivoco es en lo aburridísima que es esta película. Unos cuantos planos no convierten una cinta en una obra maestra, máxime cuando se demuestra una narración limitada, incoherente, plomiza y sin ritmo. Qué suplicio, madre. Un tostón, hablando en plata. El guión es una payasada y durante una hora lo único que ocurre es que miran mucho por una ventana y los personajes se cuentan entre ellos lo que no debería contarse y sí mostrarse. En la segunda hora se anima un poco para caer de nuevo en lo soporífero. La mezcla de humor y drama es un despropósito, y las dos bandas tan malas y peligrosas lo que hacen es el ridículo. ¿Reflejo del Japón pre Meiji? Por favor, no os creeréis ese disparate, ¿verdad? Hasta la acción con catana en mano tiene una fase final poco creíble, lo que junto al muerto que no muere, que parece parodia encima, te deja una pésima sensación. Eso sí: das gracias porque haya terminado. Gracias, Kurosawa por solo rodar ciento diez minutos, que se hacen una eternidad.
Acepto como mérito de «Yojimbo» que inspirase a Leone, del mismo modo que Kurosawa se ve inspirando por los estadounidenses. A bote pronto se me viene a la cabeza «Solo ante el peligro» pero, bueno, esto pueden ser percepciones sutiles y equivocadas por mi parte. En lo que no me equivoco es en lo aburridísima que es esta película. Unos cuantos planos no convierten una cinta en una obra maestra, máxime cuando se demuestra una narración limitada, incoherente, plomiza y sin ritmo. Qué suplicio, madre. Un tostón, hablando en plata. El guión es una payasada y durante una hora lo único que ocurre es que miran mucho por una ventana y los personajes se cuentan entre ellos lo que no debería contarse y sí mostrarse. En la segunda hora se anima un poco para caer de nuevo en lo soporífero. La mezcla de humor y drama es un despropósito, y las dos bandas tan malas y peligrosas lo que hacen es el ridículo. ¿Reflejo del Japón pre Meiji? Por favor, no os creeréis ese disparate, ¿verdad? Hasta la acción con catana en mano tiene una fase final poco creíble, lo que junto al muerto que no muere, que parece parodia encima, te deja una pésima sensación. Eso sí: das gracias porque haya terminado. Gracias, Kurosawa por solo rodar ciento diez minutos, que se hacen una eternidad.

Toshirô Mifune
Cosas que me han gustado: la fotografía, la interpretación de Mifune, que es inevitable que sobresalga entre tanta sobreactuación, para nada justificada por la expresividad japonesa; y el elemento siempre interesante del egoísta reformado, en este caso el samurái que viene a liarlo todo.
Por lo demás, pesada y prescindible. Ni aunque me paguen vuelvo a verla.
Por lo demás, pesada y prescindible. Ni aunque me paguen vuelvo a verla.
12 de agosto de 2008
12 de agosto de 2008
10 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sanjuro es un mercenario que llega a un pueblo, para ofrecer sus servicios a uno de los dos bandos enfrentados, Seibei y Ushi-Tora.
Sanjuro es un tipo muy listo, y le va el juego, el juego de pasar de un bando a otro, de ver las monedas en su saca, y si es posible sacar el máximo provecho a costa de servir a uno de los dos bandos.
Toshirô Mifune dibuja y remarca con ese carácter tosco, duro y serio, un mercenario con escrúpulos, quizá con cierto código de honor que le puede hacer vulnerable en una situación tan peligrosa, en cierto momento en el que deja de ser un antihéroe, en medio de los bandos que luchan por el poder del pueblo.
El carácter y su carismática voz. Rasgos que fue mostrando a lo largo de su carrera junto al maestro responsable de esta y otras grandes obras; Akira Kurosawa.
el cine de Akira Kurosawa sin el gran Mifune, ya sea a caballo perdido en un bosque pero encontrando su destino (Trono de sangre) o segando vidas con la rapidez que dota a su kantana en cada movimiento, junto a un grupo de samuráis (Los siete samuráis), no se viviría con la misma intensidad, no se entendería de la misma forma.
Sanjuro es un tipo muy listo, y le va el juego, el juego de pasar de un bando a otro, de ver las monedas en su saca, y si es posible sacar el máximo provecho a costa de servir a uno de los dos bandos.
Toshirô Mifune dibuja y remarca con ese carácter tosco, duro y serio, un mercenario con escrúpulos, quizá con cierto código de honor que le puede hacer vulnerable en una situación tan peligrosa, en cierto momento en el que deja de ser un antihéroe, en medio de los bandos que luchan por el poder del pueblo.
El carácter y su carismática voz. Rasgos que fue mostrando a lo largo de su carrera junto al maestro responsable de esta y otras grandes obras; Akira Kurosawa.
el cine de Akira Kurosawa sin el gran Mifune, ya sea a caballo perdido en un bosque pero encontrando su destino (Trono de sangre) o segando vidas con la rapidez que dota a su kantana en cada movimiento, junto a un grupo de samuráis (Los siete samuráis), no se viviría con la misma intensidad, no se entendería de la misma forma.
Aquí Mifune tiene todo el protagonismo.
Por eso y por otras razones esta es mi preferida de todas las de Akira Kurosawa.
Por eso y por otras razones esta es mi preferida de todas las de Akira Kurosawa.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Para el recuerdo dos momentos absolutamente magníficos, de una belleza extrema.
La llegada, con ese característico movimiento de hombro, y el desenlace con el duelo final, seguido por la salida del pueblo.
La llegada, con ese característico movimiento de hombro, y el desenlace con el duelo final, seguido por la salida del pueblo.
21 de abril de 2020
21 de abril de 2020
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
La precisa sencillez de un maestro
Hace años, oía a un profesor alabar el cine de Akira Kurosawa diciendo que era un consumado especialista en la creación de arquetipos -tipos de imágenes, narraciones y personajes con un contenido universal- sin caer en lo estereotipado. Encontré esa distinción insustancial, y aquello que merecía su alabanza me pareció motivo de menosprecio: mostraba la incapacidad de expresar los problemas y la verdadera realidad de la individualidad humana. Los años pasaron, y obras maestras como Rashomon o Los siete samuráis me obligaron a reconocer el maravilloso dominio cinematográfico de Kurosawa, su profundo conocimiento del ser humano y su amor por sus venturas y desventuras. Finalmente, he visto Yojimbo. Y la lectura, aquí y allá, de comentarios de espectadores mofándose del maniqueísmo de los personajes me ha llevado a la memoria las palabras de aquel profesor, con quien ya no puedo sino estar de acuerdo. Pues lo que puede parecer simple, unidimensional, toma poéticamente forma de metáfora, y se engarza coherente y significativamente, en ocasiones de forma muy sutil, en una totalidad riquísima -Chéjov estaría feliz al ver esa pistola.
Hace años, oía a un profesor alabar el cine de Akira Kurosawa diciendo que era un consumado especialista en la creación de arquetipos -tipos de imágenes, narraciones y personajes con un contenido universal- sin caer en lo estereotipado. Encontré esa distinción insustancial, y aquello que merecía su alabanza me pareció motivo de menosprecio: mostraba la incapacidad de expresar los problemas y la verdadera realidad de la individualidad humana. Los años pasaron, y obras maestras como Rashomon o Los siete samuráis me obligaron a reconocer el maravilloso dominio cinematográfico de Kurosawa, su profundo conocimiento del ser humano y su amor por sus venturas y desventuras. Finalmente, he visto Yojimbo. Y la lectura, aquí y allá, de comentarios de espectadores mofándose del maniqueísmo de los personajes me ha llevado a la memoria las palabras de aquel profesor, con quien ya no puedo sino estar de acuerdo. Pues lo que puede parecer simple, unidimensional, toma poéticamente forma de metáfora, y se engarza coherente y significativamente, en ocasiones de forma muy sutil, en una totalidad riquísima -Chéjov estaría feliz al ver esa pistola.

Toshirô Mifune, Daisuke Kato & Tatsuya Nakadai
La feria de los cadáveres
¿Qué quiere contar, en todo caso, Yojimbo? El nacimiento de la Modernidad. O, al menos, la interpretación que Kurosawa quiere mostrarnos en el pequeño escenario que al inicio del film se encuentra el protagonista: a mediados de siglo XIX, los poderosos señores feudales han sido sustituidos por mercaderes, antaño la más baja estofa social, que compiten sanguinariamente entre ellos por la supremacía; a su alrededor, codo a codo con toda clase de indeseables, jugadores ("el olor de la sangre atrae a los perros hambrientos"), se agolpan samuráis que han perdido su señor, obligados a convertirse en sus subalternos, matones a sueldo despojados de toda aureola anterior; los campesinos han perdido su centralidad en la producción, y la nueva generación, aburrida, ahogada por la humilde rutina del campo, se marcha a la ciudad seducida por la oportunidad, por la perspectiva de dinero fácil, incluso si tal hecho puede costarle la vida; y la burocracia política, de altas esferas o de medio pelo, no duda en hacer la vista gorda ante todo lo que ocurre cuando le conviene. En definitiva, nadie se rige ya por los códigos éticos del pasado: el honor, la fidelidad, la honradez, la justicia desaparecieron, y ante ellos se erige el nuevo, único valor dominante: el dinero. Y en tal situación no caben dudas, nadie puede mostrar ni una pizca de humanidad: todo escrúpulo lleva a la muerte.
¿Qué quiere contar, en todo caso, Yojimbo? El nacimiento de la Modernidad. O, al menos, la interpretación que Kurosawa quiere mostrarnos en el pequeño escenario que al inicio del film se encuentra el protagonista: a mediados de siglo XIX, los poderosos señores feudales han sido sustituidos por mercaderes, antaño la más baja estofa social, que compiten sanguinariamente entre ellos por la supremacía; a su alrededor, codo a codo con toda clase de indeseables, jugadores ("el olor de la sangre atrae a los perros hambrientos"), se agolpan samuráis que han perdido su señor, obligados a convertirse en sus subalternos, matones a sueldo despojados de toda aureola anterior; los campesinos han perdido su centralidad en la producción, y la nueva generación, aburrida, ahogada por la humilde rutina del campo, se marcha a la ciudad seducida por la oportunidad, por la perspectiva de dinero fácil, incluso si tal hecho puede costarle la vida; y la burocracia política, de altas esferas o de medio pelo, no duda en hacer la vista gorda ante todo lo que ocurre cuando le conviene. En definitiva, nadie se rige ya por los códigos éticos del pasado: el honor, la fidelidad, la honradez, la justicia desaparecieron, y ante ellos se erige el nuevo, único valor dominante: el dinero. Y en tal situación no caben dudas, nadie puede mostrar ni una pizca de humanidad: todo escrúpulo lleva a la muerte.

Toshirô Mifune
Es sabido que la intención de Kurosawa en 1961, en todo caso, iba más allá de realizar un muestrario de lo pretérito. Pretendía, al contrario, ejercer una mirada crítica -en la que juega un papel importante el humor, la ironía- sobre el Japón de su propio tiempo. Aquellos años en que, tras la ruina de la II Guerra Mundial, la nación fundamentaba su particular Milagro económico en una subjetividad ya totalmente al servicio del capital, y la corrupción -de la que participaba y se alimentaba la yakuza, hija de esa nueva clase subalterna y bastarda de samuráis- se hacía estructural. De hecho, ¿acaso no es posible considerar las relaciones de los dos mercaderes de la película, con su creciente reclutamiento de hombres y siempre al borde de la destrucción mutua, como una representación de la Guerra fría? ¿Y, más allá, aunque Kurosawa ya no esté con nosotros, no apunta la historia también a los terribles conflictos de nuestros días?
Sanjuro y la apertura de la naturaleza humana
Tras este planteamiento, falta por resolver una cuestión todavía: ¿quién es Sanjuro? ¿qué papel juega en la película? De inicio, se nos presenta como una figura misteriosa, que parece planear asesinar a los mercaderes y apropiarse de sus riquezas sin que sepamos cómo. Se diría que su carácter misterioso reside, precisamente, en el hecho de que sabe esconder sus cartas como el mejor jugador. En este sentido, el crítico Rogert Ebert le vio representar al "hombre moderno", imprevisible para los mercaderes al creer que se comporta, como un samurái de antes. Sin embargo, yo creo que para los mercaderes la relación se basa en otro supuesto: el de que todo es intercambiable, todo puede ser manipulado; y que sí llegan a considerar la posibilidad de ser traicionados por Sanjuro -toda traición es razonable en su contexto. En verdad, lo que les pierde es no poder concebir ya otro modo de existir.
Pues Sanjuro no es un samurái a la vieja usanza, alguien, como Dersu Uzala, incapaz de penetrar en el mundo moderno; pero tampoco, meramente, un "hombre moderno", ni siquiera uno más hábil y calculador que los demás. Sanjuro es alguien que conoce el funcionamiento y el poder del dinero, pero que no vive cegado por el afán de conseguirlo; es alguien con quien se puede charlar, reír y compartir tranquilamente un bol de arroz y una botella de sake; en quien se puede confiar, si se hace con honestidad; alguien valiente, que lucha a muerte con quien trata malignamente de asesinarle, y que arriesga su vida por quien es inocente o bondadoso. Sanjuro es alguien que se sitúa en cierto modo por encima de la modernidad, del mundo de los mercaderes; como el soldado Svejk de la gran obra de Jaroslav Hasek, es más que un jugador en el círculo de la manipulación. Es misterioso porque no está encerrado en una sola dimensión, sino que en cada momento se nos muestra en proceso de elegirse. En última instancia, Sanjuro expresa la apertura de la naturaleza humana, su potencialidad indestructible, que nunca es reducible -aunque pueda degradarse- a un sistema fijo y siempre puede superar lo dado.
A casi 60 años del estreno de la película, sin la explosión de la Guerra fría pero quizás más que nunca al borde del colapso, Sanjuro nos advierte: podemos llevar la avaricia y la dominación hasta el final -"morir como hemos vivido", tal y como dice, con lástima y hastío-, o tomar otra dirección en la encrucijada.
Sanjuro y la apertura de la naturaleza humana
Tras este planteamiento, falta por resolver una cuestión todavía: ¿quién es Sanjuro? ¿qué papel juega en la película? De inicio, se nos presenta como una figura misteriosa, que parece planear asesinar a los mercaderes y apropiarse de sus riquezas sin que sepamos cómo. Se diría que su carácter misterioso reside, precisamente, en el hecho de que sabe esconder sus cartas como el mejor jugador. En este sentido, el crítico Rogert Ebert le vio representar al "hombre moderno", imprevisible para los mercaderes al creer que se comporta, como un samurái de antes. Sin embargo, yo creo que para los mercaderes la relación se basa en otro supuesto: el de que todo es intercambiable, todo puede ser manipulado; y que sí llegan a considerar la posibilidad de ser traicionados por Sanjuro -toda traición es razonable en su contexto. En verdad, lo que les pierde es no poder concebir ya otro modo de existir.
Pues Sanjuro no es un samurái a la vieja usanza, alguien, como Dersu Uzala, incapaz de penetrar en el mundo moderno; pero tampoco, meramente, un "hombre moderno", ni siquiera uno más hábil y calculador que los demás. Sanjuro es alguien que conoce el funcionamiento y el poder del dinero, pero que no vive cegado por el afán de conseguirlo; es alguien con quien se puede charlar, reír y compartir tranquilamente un bol de arroz y una botella de sake; en quien se puede confiar, si se hace con honestidad; alguien valiente, que lucha a muerte con quien trata malignamente de asesinarle, y que arriesga su vida por quien es inocente o bondadoso. Sanjuro es alguien que se sitúa en cierto modo por encima de la modernidad, del mundo de los mercaderes; como el soldado Svejk de la gran obra de Jaroslav Hasek, es más que un jugador en el círculo de la manipulación. Es misterioso porque no está encerrado en una sola dimensión, sino que en cada momento se nos muestra en proceso de elegirse. En última instancia, Sanjuro expresa la apertura de la naturaleza humana, su potencialidad indestructible, que nunca es reducible -aunque pueda degradarse- a un sistema fijo y siempre puede superar lo dado.
A casi 60 años del estreno de la película, sin la explosión de la Guerra fría pero quizás más que nunca al borde del colapso, Sanjuro nos advierte: podemos llevar la avaricia y la dominación hasta el final -"morir como hemos vivido", tal y como dice, con lástima y hastío-, o tomar otra dirección en la encrucijada.
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