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Críticas de Kasanovic
Ordenadas por:
391 críticas
1 2 3 4 10 20 79 >>
7
23 de septiembre de 2016
155 de 189 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Cuál es la mejor educación para los niños? Muchos padres se desesperan cuando sus hijos comienzan a tener sentido propio para hablar pero de su boca no salen las palabras que los progenitores esperaban escuchar, sea por un alarde de inteligencia impropio de su edad que deje en cueros a los mayores o por una alarmante insuficiencia de conocimientos. Cansados del método educativo tradicional, hay quienes se plantean una enseñanza basada únicamente en métodos naturales e inculcada por las propias figuras paternas. Este es el caso de Ben y Leslie, que deciden irse a vivir a un remoto bosque donde proporcionarán a sus retoños una educación al aire libre, que les alivie de Internet, cine, televisión, videojuegos y demás estándares de entretenimiento moderno para volcarles en el ejercicio físico y la nutrición mental, entendiendo esta por absorber dosis de casi todas las ramas del conocimiento.

Captain Fantastic intenta retratar a esta familia desde el momento en que Leslie acumula varias semanas ingresada en un hospital de la ciudad. Ben y sus seis hijos se mueven de un lado al otro del bosque desempeñando el mismo plan, hasta que el protagonista recibe la desgarradora noticia de que ha enviudado. La familia deberá decidir entonces si rompe con su exilio voluntario de la civilización o si regresa a ella para rendir un último adiós la mujer de su vida.

El actor Matt Ross dirige y escribe su segundo largometraje como una especie de cuento sobre los perjuicios del estilo de vida contemporáneo, sin que por ello intente defender la alternativa llevada a cabo por los protagonistas de su relato. Bajo un claro manto cómico, decorado con situaciones desternillantes, se esconde un pequeño drama que quizá para la generación de los que hoy estamos en la veintena no parezca tal, pero puede ser un problema de cara al largo plazo. La honestidad de Ross hace que este debate no se quede en una mera fachada, sino que realmente invita al espectador a meditar acerca de hasta qué punto los medios y dispositivos tecnológicos están moldeando nuestra forma de vivir.

Habrá pocos como Viggo Mortensen capaces de personalizar esta idea, de interpretar con semejante tino a un personaje tan peculiar como el Ben de Captain Fantastic, un tipo que cree ser el adalid de lo puro y natural frente al "fascismo" imperante en la sociedad contemporánea. Queda claro desde el principio que el actor neoyorquino no se encuentra ahí solo por sumar caras conocidas al film (que cuenta también con Frank Langella), ya que su manera de dialogar y de comportarse hacen que sea difícil imaginar papeles que le sienten mejor. De igual forma, merecen ser destacadas las interpretaciones de adolescentes y niños, alguno de los cuales corría peligro de ser irritante pero que por fortuna lo único que transmiten es veracidad.

Al fin y al cabo, lo que Ross parece tratar de decirnos con esta película es que es mejor evitar ambos extremos. Los avances proporcionados por las nuevas tecnologías no son malos per se, pero sí que es necesario es encontrar una fórmula que combine las virtudes de estas con el disfrute del entorno natural y el fomento de una mens sana in corpore sano. Quizá esta lectura posea algo más de relevancia en Estados Unidos, pero la idea principal debe subyacer en cualquier sociedad occidental. Esto es lo que hace de Captain Fantastic algo más que un divertido pasatiempo; sin llegar a ser soberbia, la obra de Ross transmite con corrección lo que pretende contar y lo hace de una manera tan agradable como efectiva, sin pecar de buenrollista pero sabiendo escapar de aspectos demasiado profundos.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para www.cinemaldito.com (@CineMaldito)
Kasanovic
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7
1 de diciembre de 2015
48 de 51 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tantos horrores generó la Segunda Guerra Mundial en el continente europeo que muchos todavía seguimos descubriendo episodios atroces con el paso de los años. Uno de ellos tuvo lugar en Dinamarca, después de que las tropas nazis firmaran la rendición. Allí, los altos mandos militares daneses encargaron a los alemanes la tarea de desactivar todas las minas que durante la invasión de Dinamarca habían sembrado en la costa oeste del país, con la idea de frenar una posible invasión aliada. Como es lógico, no cabe interpretar este hecho sino desde una posición vengativa, entendible tras el destrozo que los súbditos de Hitler hicieron en tierras danesas pero en ningún caso justificable desde el punto de vista humano.

Martin Zandvliet elabora en Land of Mine una crónica sobre tales hechos. El danés dirige su tercer largometraje tras A Funny Man y su ópera prima Aplausos, drama sobre una alcohólica que impactaba visualmente pero que en su conjunto pecaba de ser bastante olvidable. Con su último trabajo, Zandvliet tenía un reto complicado ante sí, ya que al tratar un conflicto bélico (post-bélico, en este caso) muchos cineastas caen en posturas tendenciosas que fulminan cualquier posibilidad de impactar en el espectador. Por fortuna, el nórdico ha conseguido escapar del maniqueísmo.

De entrada, parece claro que será difícil no ser conmovidos por Land of Mine. En efecto, cuando se asegura que eran los soldados nazis quienes tenían que limpiar las playas de Dinamarca, en realidad se estaban refiriendo a niños alemanes, críos cuyo único pecado fue nacer en territorio germano. No sabían nada de Hitler, no tenían ni idea del daño que muchos de sus compatriotas causaron a Dinamarca, pero los nórdicos clamaron venganza y les daba igual quién pagara los platos rotos siempre que un apellido alemán figurase en el carnet de identidad. La primera escena de la película da buena cuenta de ello, cuando el sargento Carl propina una brutal paliza (seguramente hasta la muerte, aunque Zandvliet prefiera no desvelarlo) a un soldado nazi que marcha custodiado por las tropas danesas. Este sargento será quien posteriormente deba dirigir a un grupo de jóvenes a la tarea de barrer por completo de explosivos una determinada playa.

Zandvliet afronta su primera reválida al equilibrar el carácter de unos y otros para evitar caer en lo arquetípico. Y lo solventa con nota, puesto que la personalidad del sargento Carl está más que trabajada, quedando plenamente justificados sus cambios de humor. Además, el cineasta logra esbozar de grata manera el perfil de los niños alemanes, los cuales gozan de tanta disciplina militar como de tan poca infancia en sus recuerdos. El cineasta danés se mueve bien entre ambos lados de la balanza, repartiendo a partes iguales desgracias, minutos en pantalla, bondades y maldades. Así se genera una genial empatía, provocando que los momentos más duros que atraviesan unos y otros nos conmuevan directamente.

A este buen trabajo de guión, por cierto, se le une una aseada puesta en escena, enmarcada bajo las bondades de una fotografía que deja lucir en todo su esplendor a las bonitas playas danesas. Hace bien Zandvliet en desmarcarse de aquel estilo visual sucio y agobiante de Aplausos que tal vez hubiera funcionado en Land of Mine, pero desde luego no tan gratamente como con esta apuesta por una imagen más bella. Ello permite apreciar con mayor exactitud el horror que transmiten esos explosivos y la bajeza moral que supone encargar a terceras personas su retirada.

En definitiva, Land of Mine es una grata sorpresa para todos aquellos que nos sentimos atraídos por conocer más y más de lo que sucedió antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Por su precisión documental y su capacidad para eliminar estereotipos, la cinta de Zandvliet merece ser incluida en un grupo selecto del ya extenso catálogo de la cinematografía que documenta las consecuencias de este conflicto bélico, mientras que su tensión narrativa y lo magnético de sus personajes la confieren, además, el sello de ser una notable película.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para www.cinemaldito.com (@CineMaldito)
53 Festival Internacional de Cine de Gijón
Kasanovic
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8
13 de diciembre de 2012
51 de 64 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando en 2001 se iba a estrenar El Señor de los Anillos: la comunidad del anillo, pocos creían que el director Peter Jackson fuese a realizar un buen trabajo en la adaptación de tan mítico libro de J.R.R. Tolkien. Había mucho que contar, demasiados personajes que presentar en apenas tres horas, decían los escépticos. Sin embargo, el neozelandés logró elaborar una más que notable película, encumbrada por su ambientación y su banda sonora. Sus dos secuelas no hicieron sino mejorar la calidad cinematográfica de la primera parte; no en vano, El Retorno del Rey se llevó once Premios Oscar, entre ellos el de mejor película y mejor director.

Tras el rotundo éxito de la trilogía, Jackson volvió a emprender una idea que permanecía en su cabeza desde la década de los 90: la adaptación de El Hobbit, también escrita por Tolkien, y que de hecho permitió al británico escribir posteriormente El Señor de los Anillos. Sin embargo, se presentaban dos problemas. Por un lado, el carácter más infantil de El Hobbit respecto de la trilogía que le sucedió (hay que recordar que en un principio Tolkien escribió la novela para sus hijos y no con un carácter comercial). Por otro lado, su escaso volumen: poco más de trescientas páginas. Una cifra escasa, que lo es más aún si tenemos en cuenta que Jackson planeó desde el principio dividir El Hobbit en tres películas. Con este dato, los más pesimistas vaticinaron que la adaptación al cine poseería cantidades industriales de ‘relleno’ para compensar la escasa duración que en un principio podría tener.

Sin embargo, desde los primeros minutos podremos comprobar que las críticas negativas hacia la obra de Jackson no girarán en torno a este punto. Al comienzo, la película nos traslada al agujero-hobbit de Bilbo Bolsón (interpretado de nuevo por Ian Holm en su versión anciana), quien escribe una carta a su sobrino Frodo narrándole una fabulosa historia en la que se embarcó sesenta años antes. Una historia que comienza en una tranquila mañana de la Comarca, con la llegada del mago Gandalf a la casa de Bilbo (ahora caracterizado por Martin Freeman). Esa misma noche, el hobbit recibe la visita de trece enanos, que le proponen embarcarse en un viaje arriesgado pero con un valiente propósito: recuperar en Erebor el tesoro y el reino que el dragón Smaug arrebató a los enanos hacía ya muchos años. A pesar de las dudas iniciales de Bilbo, el hobbit decide aceptar la difícil empresa y se une a los enanos y a Gandalf en un viaje que les deparará muchas dificultades en forma de orcos, trasgos, trolls… Y también algún viejo conocido de El Señor de los Anillos.

Rodada con la novedosa tecnología 3D a 48 fotogramas por segundo (el doble que hasta ahora), El Hobbit: un viaje inesperado no disminuye un ápice la calidad audiovisual de sus predecesoras. La fotografía y el diseño artístico permanecen enmarcados en una belleza casi sin parangón, a pesar de que se pierde buena parte de la epicidad que otorgaban los escenarios de El Señor de los Anillos. Lo que sí ha facilitado la tecnología es el diseño de los personajes no humanos, particularmente los trasgos y los trolls, cuyos rasgos faciales se ven claramente más definidos. La banda sonora, si bien se le puede achacar que en ciertos momentos recuerda excesivamente a la de la consabida trilogía, mantiene muy bien el tipo y facilita la inmersión en la película. Aquí también hay que destacar los efectos sonoros, que en el transcurso de cada batalla logran un impacto sensorial que hace temblar los oídos del espectador. Tampoco hay que achacar nada a la caracterización de Martin Freeman como Bilbo. El británico cumple con lo que se esperaba de él, dando vida a un personaje cuya interpretación en principio no gozaba de demasiada dificultad por el propio carácter templado que Tolkien imprimió al hobbit en su obra.

Por tanto, El Hobbit: Un viaje inesperado es una película totalmente recomendable a aquellos que quedaron fascinados con la trilogía de El Señor de los Anillos de Peter Jackson. Pese a que en esta ocasión se pierda el factor sorpresa y parte de la gran carga épica de las anteriores películas, la nueva adaptación de Jackson merece una oportunidad. No olvidemos que esta película, al igual que las anteriores, es sólo la primera parte de una obra coral que quedará completa con las dos inminentes secuelas: El Hobbit: La desolación de Smaug se estrenará en 2013 y El Hobbit: Partida y regreso, con la que concluirá la nueva trilogía en 2014.
Kasanovic
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5
29 de abril de 2016
26 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
El sentimiento romántico que acompaña al derrocamiento de una dictadura es mucho más engañoso de lo que parece. Poderosos individuos que sirvieron al antiguo régimen seguirán manteniendo un puesto relevante en la administración pública democrática. Tal cosa no pertenece al campo de la ficción, sino que ha sucedido incluso con las peores muestras de autoritarismo. Hablamos de la Alemania de posguerra, ya librada del yugo nazi pero que en muchos sentidos todavía no parecía dispuesta a afrontar el horror de su pasado. Genocidas y criminales evadieron cualquier tipo de juicio y se mudaron a otras partes del mundo gracias el apoyo de varios personajes que, desde tierra alemana, hacían zozobrar cualquier intento de perseguir a sus protegidos.

El fiscal general Fritz Bauer, judío y antiguo socialdemócrata en la República de Weimar, obviamente no estaba contento con este panorama. Frustrado en la búsqueda de gerifaltes nazis, un día recibe con entusiasmo la carta de un hombre alemán que desde Argentina le informa que el novio de su hija es el retoño de nada menos que Adolf Eichmann, considerado el principal responsable de la masiva deportación de judíos a los campos de concentración para su atroz ejecución. Una noticia que en un ambiente totalmente democrático debería conllevar una rápida respuesta institucional para su pronta captura pero, en aquel momento, Alemania estaba lejos de ofrecer esa imagen.

Todo esto se narra en El caso de Fritz Bauer (Der Staat gegen Fritz Bauer) una cinta dirigida por Lars Kraume y co-escrita por este junto al guionista Olivier Guez, de origen judío. El propio Kraume ha confesado que uno de los motivos que le llevaron a realizar esta película era la pretensión de responder ante el pasado de su país, unas palabras que se tornan como bastante honestas una vez visto el film.

Porque El caso de Fritz Bauer no posee ningún tapujo a la hora de sacar los trapos sucios de los funcionarios públicos germanos de aquella época. Los intentos por torpedear la búsqueda y captura de Eichmann se reflejan claramente desde el principio, en una crítica que no va dirigida únicamente hacia las clases institucionales, sino al conjunto de la sociedad alemana. La ciudadanía vivía por aquel entonces en un estado de aletargamiento, creyéndose que la nueva constitución reflejaba verdaderamente sus propias palabras de rechazo hacia las leyes nazis. El propio Fritz Bauer se queda sin palabras cuando una joven le pregunta de qué podría estar orgulloso un alemán. Es una muestra de las dificultades que puede tener un país si rechaza sistemáticamente resarcir a las víctimas de su oscuro pasado, situación que se representa bastante bien en la película.

Estas virtudes quedan algo enturbiadas por una dirección bastante plana y académica. Kraume pone en liza una clásica estructura narrativa en la que trata de contar la historia utilizando las formalidades propias de estos biopics, incluyendo un rápido rodeo por la vida íntima de los protagonistas en la que no se ofrecen todas las respuestas que quizá merecían algunas preguntas. Tampoco escapa a la tentación de demonizar a unos y ensalzar abruptamente a otros, algo que en este caso va más allá de los juegos de cámaras, la punzante BSO o el propio papel, sino que la elección de casting ya parecía encaminada a ello (el tenebroso Sebastian Blomberg como nazi o el más atractivo Ronald Zehrfeld como fiscal ayudante, por ejemplo).

La mayor pretensión de Kraume con su obra es que esta no fuera demasiado farragosa, queriendo transmitir a todo el mundo el retrato de un personaje tan importante para su país como lo fue Fritz Bauer. Pero esa agilidad narrativa que demuestra El caso de Fritz Bauer tiene el problema de ir acompañada de una falta de profundidad bastante notable que, unida a su escasa identidad propia, hace que sea difícil no quedarse con la sensación de que la película no es más que el croquis de un biopic al uso en el que se han pintado por encima retazos de la Alemania de los años 50. No obstante, es muy recomendable para aquellos que desee conocer cómo funcionaba la justicia en ese país durante aquellos años y, por ende, en cualquier país que desee seguir justificando errores (y horrores) del pasado.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para www.cinemaldito.com (@CineMaldito)
Kasanovic
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7
10 de abril de 2015
23 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay algo especial en las películas que, desde una perspectiva seria, tratan el comportamiento de los animales en un estado salvaje. El último lobo coincide con esta consideración puesto que, desde una perspectiva histórica, nos narra un bello relato sobre la relación entre seres humanos y lobos. En concreto, es el realizador francés Jean-Jacques Annaud quien está detrás de las cámaras, un tipo al que le conocemos por obras como Enemigo a las puertas o la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa, pero que también ha trabajado mucho todo este tema de la naturaleza y la fauna en otras películas, especialmente la bien valorada El oso. Aquí intenta trasladar a la pantalla la conocida novela Wolf Totem, escrita con algunos tintes autobiográficos por el chino Lü Jiamin bajo el seudónimo de Jiang Rong.

Argumentalmente es muy básica: en la China de los 60, el estudiante Chen Zhen es enviado a la Mongolia profunda para, según el agente del gobierno, enseñar a leer y escribir a la gente de la zona. Pero pronto el joven queda cautivado por el comportamiento tan noble como férreo de los nativos y, especialmente, por la relación que mantienen respecto a los lobos. Generalmente, temen a esta especie, puesto que existe el riesgo serio de que pueda atacar a su ganado, una de las principales fuentes de ingresos que tienen. Sin embargo, con la ayuda de los más veteranos, saben cómo usar el instinto depredador de los lobos para beneficio propio. Zhen descubrirá, empero, que no todo es de color rosa: cuando una loba tiene lobeznos, es necesario sacrificarles (de una manera bastante cruel, todo sea dicho) para que así no aumente la manada. Algo que impacta a cualquier persona que desconozca tal cuestión y, dada la emotividad con la que está narrada esta escena, seguro que también al espectador. El propio Zhen se queda bastante tocado, por lo que decide que tiene que hacer algo para intentar cambiar el curso de los acontecimientos.

Conviene no contar nada más de la trama aunque, como decimos, la fuerza de El último lobo no se encuentra en su guión. Esta opinión hay que circunscribirla únicamente al desarrollo de la trama en sí misma, que por momentos resulta quizá algo previsible, pero no al mensaje que intenta transmitir, a todas luces honesto, necesario y en consonancia con la ambientación en la que nos sumerge. Annaud dota a su obra de una poderosa fuerza visual, merced no sólo a la hermosa fotografía conseguida por Jean-Marie Dreujou, sino también a su habilidad para saber captar el momento justo de la naturaleza en que las imágenes poseen más fuerza. No tan impactante es el efecto 3D del filme que, si bien no estorba (cosa que ya sufrimos varias veces en la fiebre estereoscópica post-Avatar), al final uno tiene la sensación de que, sin su presencia, la película conseguiría llegar al espectador de manera prácticamente idéntica.

Consideraciones técnicas a un lado, el cineasta francés sabe tejer un relato que no deje agujeros por el camino, siendo particularmente reconfortante que evite sumergirse en historias de amor o amistad demasiado profundas y pastelosas, sendero al que por momentos parecía que se podía encaminar la película. También es cierto que, al tomar como referencia una obra basada en hechos reales, Annaud no podía desencaminarse en exceso de la senda marcada por el texto originario, pero en cualquier caso hay que agradecer que haya optado por un desarrollo de los acontecimientos efectivo por mucho que pueda pecar de intrascendente para un espectador más exigente. Y es que, aunque sea caer en la evidencia, la realidad indica que los protagonistas de la película son los lobos y no las personas, cosa que se va haciendo más palpable conforme avanzan los minutos.

El último lobo reúne en su realización varios aspectos interesantes y otros que generan algunas dudas, pero en su conjunto termina por alzarse como una película muy recomendable para todo aquel que guste disfrutar del cine ambientado lejos del mundanal ruido. Aquí, Annaud logra lo más importante: hacernos partícipes de ese entorno natural, gracias no sólo al fuerte matrimonio que mantiene con la parte técnica sino, principalmente, al respeto con el que se dirige a los nativos del lugar y a la figura del lobo. El resultado final arroja una película muy en consonancia con el resto de su filmografía, fácil de disfrutar por todo el mundo y que arroja diversas consideraciones sobre las que uno, a poco que le haya seducido lo que ha visto, sin duda reflexionará una vez lleguen los créditos finales.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para www.cinemaldito.com (@CineMaldito)
Kasanovic
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