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Críticas 54
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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21 de octubre de 2010
18 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo primero que llama la atención de “El maestro de esgrima” es que para realizar un guión tan simple y casi esquemático hayan hecho falta cuatro guionistas, incluido el autor de la novela, Arturo Pérez Reverte.

La historia está ambientada en el Madrid de 1868, año de convulsiones, intrigas políticas, conspiraciones, cuestionamientos reales y como no, pasiones amorosas. Para hablarnos de todo ello, Olea nos presenta un personaje junto al que iremos descubriendo los acontecimientos que se suceden y en que se mezclarán vivencias sentimentales con cuestiones políticas.

Lo que parece interesar a Reverte, cosa que intuyo porque no he leído su novela, es ese cosmos personal, y anacrónico en que vive ese maestro de esgrima, cerrado en su mundo, sobrio e idealista, de cuando el honor era tan habitual como imprescindible en los caballeros de antaño, y al que ha llegado después de haber vivido una vida más o menos mundana de la que acabó decepcionado, según parece confesar de forma escueta en uno de sus breves momentos de exteriorización personal.

Ese mundo cerrado se alterará cuando aparece una presunta discípula de esgrima, que hará despertar en él sentimientos, ya dormidos y quizás olvidados, de la emoción amorosa que puede producir una mujer. A partir de ahí, una vez seducido, conseguido ella ese objetivo de aprender de él algo que necesita imperiosamente, será abandonado, y el sobrio caballero comenzará a ser testigo y protagonista involuntario de los próximos acontecimientos.

El guión pretende mezclar pasiones amorosas con hechos políticos, pero más que fusionarlos los va encadenando para dar un cierto ritmo y sentido a la historia. La realización es funcional, con muy poco énfasis, y discurre plácidamente sin apasionar ni irritar, aunque hay que reconocerle a Olea una cierta ternura a la hora de tratar a su personaje principal en determinados momentos.

Las actuaciones son correctas en los personajes principales, pero tan básicas como la puesta en escena, la ambientación y las secuencias de revuelta popular. Todo es austero en esta película, desde su ambición hasta su resultado, aunque se puede ver con una cierta placidez.

El poso que nos deja es la tristeza y amargura de quien ha conseguido construir un mundo propio y cerrado en el que vivir sin sobresaltos, para que en determinado momento, algo tan universal como el amor, y sobre todo el no correspondido, haga saltar ese reducido espacio por los aires; abocando, a quien ha dejado entrar un intruso, ha abandonar ese espacio para buscar nuevas propuestas.
(Per l’Anna i la Laura)
22 de febrero de 2011
16 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo primero que llama la atención de “Come, reza, ama” es que hayan sido necesarios 133 interminables minutos para desgranar esta mínima, tópica y vulgar historia de un hecho tan común como no ser feliz en el matrimonio, enrollarse con otro y acabar huyendo hacia un viaje físico y emocional.
En vista del resultado de semejante mamotreto cinematográfico y siendo evidente que las penas del amor solo el amor las puede redimir, se debiera haber comenzado con el amar y así ahorrarnos el comer y el rezar.

La premisa de la que parte la historia y el posterior reencuentro personal es harto convencional. Su hipotético atractivo, en la originalidad del viaje por esas tres fases, falla al ser todo una excusa para insertar folclore local y localizaciones exóticas en una historia carente de pasión.
Uno de sus fracasos es a nivel de imágenes, pues Ryan Murphy filma cualquier fase de la historia con la misma vulgaridad, sin dejar que el escenario donde se desarrolla la historia integre las adecuadas emociones al proceso de búsqueda de la protagonista.
Julia Roberts
La fotografía es repetitiva, con parecidas fugas de luz, parecidos contraluces y el mismo brillo en las escenas en que se come, se reza o se ama. Así mismo los complejos movimientos de cámara y los complicados encuadres sirven tanto para la intrascendencia de ver a alguien comiendo una pizza o cortándose el pelo como para la posible intensidad poética que quien accede a “la cueva de la meditación” para ensimismarse ante Dios.
El guión es una autentica pesadilla de verborrea inacabable, salpicado de frases irritantes y de destellos de humor tan banal como inadecuado. El recorrido físico de la protagonista está filmado como una retahíla de postales turísticas, en el que el director nos va colocando algún inoperante flashback que no aporta nada a la historia. Se llega incluso al masoquismo femenino, cuando en un diálogo, de banal trascendencia, Julia Roberts es instada a perdonarse a sí misma para liberarse… ¿Perdonarse de qué, de haberse casado, divorciado y escapado de un jovencito que la follaba cada vez menos? Demencial!!!
Julia Roberts
Las interpretaciones tampoco ayudan, ni la cautivadora mirada melancólica, de brillante sonrisa eterna de Julia Robres, ni sus esforzados comparsas de turno (Bardem llorando porque su hijo de 19 años se va de viaje… ¿Cómo pudiste interpretarnos eso Javier?) y los secundarios están de un artificio asombroso.

Lo único que se salva de este engendro, transformado en penosa letanía de falsas emociones, es mi más que admirado Neil Young (no entiendo por qué “Heart Of Gold” mientras los tragones hacen la siesta), pero, cerrando los ojos y escuchando, una cierta paz y armonía llega al espectador.

“Come, reza, ama” es una historia mínima, a partir de una nadería se estira pomposamente hasta hacerse irritantemente inaguantable, para no decir nada con sus tópicas imágenes y tener que recurrir a esa palabra que degenera en verborrea, más allá del aburrimiento.
11 de febrero de 2011
12 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo mejor de Hitchcock se da en esta película en lo que casi fue su testamento fílmico, ya que solo realizaría otra más, la correcta y agradable “La trama/Family Plot” y después de haber realizado una de las peores, la amanerada y artificiosa “Topaz”. No deja de ser sorprendente como a la edad de ya setenta y algunos años el viejo maestro fuera capaz de realizar esta estimulante “casi” obra maestra, a la que no dudo en poner un 10 a pesar de alguna ligerísima impericia hacia al final, tanto a nivel de guion como de resolución escénica. Tengo que aceptar que Alfred Hitchcock no pertenece a mis directores preferidos, ya que su manera de hacer cine, un tanto teatral, no siempre conecta con mi sensibilidad, pero cuando me atrapa con sus trucos de mago consigue subyugarme (“Vértigo/De entre los muertos”, “La ventana indiscreta”…)

Se dan cita en esta película la mayor parte de las obsesiones de Hitchcock, la figura del falso culpable, el humor/cinismo, sexualidad enfermiza y un cierto sadismo, que no duda en recalcar al planificar los asesinatos. Contando con un conjunto de intérpretes no especialmente famosos (después de un par de fracasos económicos las productoras ya no le daban dinero) consigue integrarlos lenta y progresivamente en un guion tan sutil como efectivo. Hitchcock se aplica con ganas y consigue técnicamente momentos tan efectivos como llamativos, a veces dejando quieta la cámara (permanece inmovil junto a la entrada de una vivienda donde una mujer ha sido brutalmente asesinada, alguien entra, se mantiene el plano durante largos segundos hasta que oímos el grito esperado), a veces moviendola (una pareja entra en un piso y tras una frase premonitoria se cierra la puerta. La cámara retrocede en un largo travelling, sale del edificio y termina armonizando el bullicio de la calle con la muerte en la soledad de una habitación)
Barry Foster, Alec McCowen & Alfred Hitchcock
El comienzo del film ya define su agudo humor negro, (más tarde, una pareja comenta como a un cadaver le han roto los dedos rigidos de la mano y la mujer distraídamente quiebra un colín introduciendo el chasquido en la conversación), que junto a la intriga y el suspense van conformando los parámetros por los que se irá deslizando. Los personajes, extraordinariamente definidos, ayudan con su eficaz interpretación a que la historia desemboque en ese final con epílogo, al que la trama los dirige. Transitan con impecable destreza por todos los vericuetos que todos ellos van asumiendo a nivel individual y acaban entrelazándose para influir inconscientemente en el trágico destino de los otros. Hitchcock encuadra, planifica y redondea en el montaje todas las escenas con la misma efectividad y resolución; desde un cruel asesinato hasta la ironía de cómo un marido debe asumir los guisos de su mujer.

Al señor Alfred Hitchcock (Sir, según los ingleses) se le deben algunas de las películas más llamativas y sugerentes de la historia del cine y ésta desde luego que lo es, por su contenido y su continente.
28 de noviembre de 2010
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
“The trial” pertenece, aparentemente, a ese subgénero dentro del cine que son las películas judiciales, aunque en ésta, todo el juicio, que comporta la mayor parte del film, no es lo esencial, ya que Gary Wheeler, como director y como guionista junto a Mark Freiburger, muestra que sus intenciones son otras.

El inicio de la película nos presenta a un abogado retirado totalmente abatido y derrotado a punto del suicido, cuando una llamada telefónica alterará sus intenciones y pondrá en marcha el desarrollo de la película. Aparecerá un acusado de homicidio al que tendrá que representar y lo hará en parte porque el acusado es un chico joven que le recuerda al hijo que ya no tiene y en parte porque a través del esfuerzo que dicha defensa representará podrá conseguir darle un sentido a su vida, del que ahora carece.
Toda la parte de la investigación, las pruebas que se presentan en el juicio y la posible o no culpabilidad del acusado no deja de ser una excusa para los verdaderos intereses del film. El arranque de la película es llamativo y crea expectativas, ya que todavía no conocemos nada del protagonista, consiguiendo que todos sus actos y movimientos provoquen la curiosidad del por qué de todos ellos. Una vez encauzada la película se centra en torno al proceso judicial y veremos como el abogado se vuelca en recopilar pruebas que demuestren la inocencia de su defendido, cosa que no se sabe en ningún momento y que ayuda a dar un interés al posterior desarrollo, aunque cualquier espectador avezado podrá adivinar cuál será el desenlace, tanto del juicio como de la evolución del abatido protagonista.
Matthew Modine
Mientras todo el proceso judicial se produce vamos conociendo a más personajes que intervienen, hablándonos de tragedias personales, algunas muy duras, que no dejan de crear un cierto debate de cómo afrontar la vida ante la muerte, pero sobre todo ante la pérdida de quienes llenaban nuestra vida y le daban sentido para, una vez desaparecidos para siempre, nunca más llenar el vacío dejado.
Todo lo que sucede nos es mostrado de manera sosegada, con planos fijos, alguna suave panorámica y un montaje efectivo, nada estridente, que envuelven a los intérpretes, los centra y les deja hablar/hablarnos de sus problemas, inquietudes y deseos.

La película no deja de mostrar sin sonrojo su claro mensaje vital y antepone, ante cualquier elemento de distracción o posible desvío de su camino, su fluir reflexivo, entrelazando realidades cotidianas con la aspiración de darle un sentido a la vida por encima de cualquier desgracia.

El veredicto final del juicio al acusado ni lo puedo decir ni es trascendente, ya que todo es una excusa para el verdadero mensaje de la película. Cuando más de cerca vemos la muerte, tanto la propia como la de un extraño, es cuando la vida adquiere su verdadera dimensión, siempre hay un motivo para vivir. Yo encuentro este discurso cuestionable, pero no deja de ser positivo.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La secuencia final no deja lugar a dudas sobre esta película, con reminiscencias metafísicas o divinas. El protagonista, una vez recuperado para la vida, después de recuperar otra vida, contempla la sala del juicio, el escenario sobre el que los hombres/mujeres debaten sobre la vida y la muerte, ya vacío; el lugar donde el jurado dicta su veredicto sobre vivir o morir, y en una pared los mandamientos de la ley de Dios. El director Gary Wheeler nos quiere decir que ninguna justicia humana se hace al margen de la divina. Es la postura de su conciencia, quizás no acierte, pero siempre se agradece la sinceridad y el mensaje positivo. Yo lo he hecho.
12 de junio de 2013
12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Conociendo el cine de “Rosales”, e intuyendo lo que en él pretende decir, podría comenzar con el chiste fácil a partir de “Sueño y silencio”. Decir que en el sueño estuve a punto de caer, pero que no existió el silencio, porque algún bostezo lo impidió. “Jaime Rosales” va de inteligente con su cine y el problema llegará cuando se acabe pasando de listo, aunque parece que todavía no ha llegado ese momento, porque si bien el director se arriesga en apuestas que bordean lo pretencioso aun no ha caído en el ridículo.

Puede parecer que “Las horas del día”(2003), “La soledad”(2007), sobre todo “Tiro en la cabeza”(2008) y definitivamente “Sueño y silencio”(2012) apuestan por la presuntuosidad, la intelectualidad fría o la búsqueda del reconocimiento autoral, pero “Rosales” tiene un pulso narrativo, una audacia y una desvergüenza hacia el público, que consigue dotar a sus películas de momentos sublimes (ese ojo del ogro, en “Tiro en la cabeza”), insertados en esa quietud de imágenes y ese “estaticismo” narrativo con que filma.

Creo que “Sueño y silencio” no es una película para el público, es una película para “Rosales”. El va de autor y así nos lo demuestra, intentando emular a “Erice”, a “Dreyer” a “Bergman” y sobre todo al “Tarkovski” de "Andréi Rubliov"(1966), por el curioso tratamiento que hace del color y hasta a “Welles”, con ese largo y un tanto forzado travelling por el parque, que queda como un elemento hermoso pero paradójico dentro del relato.

Reconozco que el cine de “Rosales” llega a engancharme, aunque aun no a sublimarme. “Sueño y silencio” es una película tan hermosa como triste, tan intensa como hueca, tan preciosista como desatinada.

Es posible que si “Jaime Rosales” me leyera diría que él va a lo suyo, pero yo espero que su próxima propuesta no sea un ejercicio de autor, sino que llegue a ser una película de autor, como esas que hicieron “Welles, “Erice”, “Dreyer”, “Bergman”, “Tarkovski”… esos autores inmensos a los que un aspirante “Rosales” intenta emular.
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