Reencuentro
2017 

6.1
2,322
14 de abril de 2020
14 de abril de 2020
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace tiempo que tenía pendiente este drama, no por ser uno de los últimos trabajos del inclasificable Richard Linklater (con una filmografía tan interesante como variopinta), sino más bien por su espectacular trío protagonista, formado por Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fishburne. Casi nada.
Las críticas en el momento de su estreno fueron bastante positivas, pero fue totalmente ignorada por el público, siendo un sonoro fracaso y perdiendo cualquier posibilidad de nominación (merecía alguna, pero luego iremos con ello). Y la verdad es que es una pena, porque, aunque tampoco estamos ante una maravilla, sí se trata de un drama tan interesante como reflexivo, con algunos instantes cómicos que le vienen genial y que no merecía acabar en el olvido, cuando es muy superior a producciones mucho más aplaudidas y recordadas.
La dirección de Linklater es tan correcta como convincente, no destacando especialmente pero cumpliendo sin problemas en lo que respecta a un drama sin grandes florituras. No es de sus mejores trabajos, pero todo avanza según lo esperado, por lo que nada que reprochar.
Las críticas en el momento de su estreno fueron bastante positivas, pero fue totalmente ignorada por el público, siendo un sonoro fracaso y perdiendo cualquier posibilidad de nominación (merecía alguna, pero luego iremos con ello). Y la verdad es que es una pena, porque, aunque tampoco estamos ante una maravilla, sí se trata de un drama tan interesante como reflexivo, con algunos instantes cómicos que le vienen genial y que no merecía acabar en el olvido, cuando es muy superior a producciones mucho más aplaudidas y recordadas.
La dirección de Linklater es tan correcta como convincente, no destacando especialmente pero cumpliendo sin problemas en lo que respecta a un drama sin grandes florituras. No es de sus mejores trabajos, pero todo avanza según lo esperado, por lo que nada que reprochar.

El guion también es cortesía de Linklater, siendo una adaptación de una novela, y la verdad es que hay tantos aciertos en el film como algunos contras. En lo positivo se pueden destacar personajes como el de Cranston (una joya que merece una película para él solo) o Fishburne (contrapunto perfecto del otro), la astucia a la hora de introducir necesarios toques de humor en la cinta (cortesía, de nuevo, de Cranston), así como la clara crítica a la guerra de Irak y al patriotismo de los Estados Unidos, además de dejar algunas reflexiones más que necesarias sobre el duelo ante la pérdida de un ser querido.
Por otro lado, en lo negativo estaría el flojo personaje de Carell, que se supone que es el gran protagonista y el personaje sobre el cual gira la trama, y al final es eclipsado por sus dos compañeros, aparte de que por el final la película pierde fuelle en un desenlace algo abrupto y agridulce.
Y eso nos lleva al reparto, sin el cual la película no dejaría sensaciones tan positivas, ya que estamos ante unos intérpretes en estado de gracia (aunque lo suelen estar). Tenemos a un sobresaliente Bryan Cranston volviendo a dejar patente que tiene un don para la comedia, con un fabuloso personaje a su medida, eclipsando al resto de los presentes en cada una de sus intervenciones, que no son pocas. De hecho me atrevería a decir que él es el verdadero protagonista de la historia, ya se que sale bastante más que el personaje de Carell.
Por otro lado, en lo negativo estaría el flojo personaje de Carell, que se supone que es el gran protagonista y el personaje sobre el cual gira la trama, y al final es eclipsado por sus dos compañeros, aparte de que por el final la película pierde fuelle en un desenlace algo abrupto y agridulce.
Y eso nos lleva al reparto, sin el cual la película no dejaría sensaciones tan positivas, ya que estamos ante unos intérpretes en estado de gracia (aunque lo suelen estar). Tenemos a un sobresaliente Bryan Cranston volviendo a dejar patente que tiene un don para la comedia, con un fabuloso personaje a su medida, eclipsando al resto de los presentes en cada una de sus intervenciones, que no son pocas. De hecho me atrevería a decir que él es el verdadero protagonista de la historia, ya se que sale bastante más que el personaje de Carell.

Y por cierto, he visto actuaciones muy inferiores respecto a la que nos ocupa y han obtenido nominación al Oscar, y en este caso le relegaron al olvido. Una de esas injusticias inexplicables, cuando Cranston ofrece una interpretación magistral y merecedora de todos los premios habidos y por haber. Por favor, Hollywood, más comedias para este buen hombre.
No se queda atrás un convincente y medido Laurence Fishburne, con una química brutal con Cranston en un personaje muy bien dibujado, formando ambos un dúo impagable. Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de Steve Carell, en un comedido e insustancial personaje que no le pega nada al cómico. No digo que el bueno de Steve siempre tenga que ofrecer interpretaciones histriónicas y desternillantes, pero está bastante desaprovechado en este film, apareciendo menos de los esperado y siendo ampliamente superado por sus dos compañeros de reparto, los cuales tienen mejores personajes. Creo que se tendría que haber mejorado el supuesto personaje principal o haber escogido a otro actor.
En conclusión, estamos ante un recomendable y necesario drama, con un gran reparto (con la salvedad de un desaprovechado Carell) y que, sinceramente, podría haber dado un poco más de sí para quedar más en el recuerdo, ya que una vez finaliza te quedas con ganas de saber un poco más sus vidas (un epílogo no habría estado de más). Una interesante película que mereció mejor suerte.
Más críticas: ocioworld.net
No se queda atrás un convincente y medido Laurence Fishburne, con una química brutal con Cranston en un personaje muy bien dibujado, formando ambos un dúo impagable. Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de Steve Carell, en un comedido e insustancial personaje que no le pega nada al cómico. No digo que el bueno de Steve siempre tenga que ofrecer interpretaciones histriónicas y desternillantes, pero está bastante desaprovechado en este film, apareciendo menos de los esperado y siendo ampliamente superado por sus dos compañeros de reparto, los cuales tienen mejores personajes. Creo que se tendría que haber mejorado el supuesto personaje principal o haber escogido a otro actor.
En conclusión, estamos ante un recomendable y necesario drama, con un gran reparto (con la salvedad de un desaprovechado Carell) y que, sinceramente, podría haber dado un poco más de sí para quedar más en el recuerdo, ya que una vez finaliza te quedas con ganas de saber un poco más sus vidas (un epílogo no habría estado de más). Una interesante película que mereció mejor suerte.
Más críticas: ocioworld.net
28 de marzo de 2018
28 de marzo de 2018
4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
De la camaradería al compromiso, Hal Ashby realizaba un retrato a principios de los 70 cuyas connotaciones quedaban diluidas en un espejo humano que el cineasta tendía a sus tres protagonistas, propagando así una duda que también se cernía sobre el espectador y devenía en última instancia como afilada crítica: ¿es antes la amistad o el deber? Cuarenta años más tarde, Richard Linklater recoge el testigo del autor de Harold y Maude para otorgar nuevos matices a aquel testimonio deslizado en El último deber a través de la novela de Darryl Ponicsan, acogiéndose precisamente a la segunda parte de aquella The Last Detail escrita por el de Pensilvania, de título Last Flag Flying —que, como en el film de Ashby, mantiene—.
La última bandera supone así una nueva puesta en escena a través de los personajes creados y desarrollados por Ponicsan, no tanto en aquel humanismo que impregnaba la película de 1973, más bien acogiéndose a un terreno donde la crítica se perfila de un modo mucho más directo, quién sabe si a raíz de esa guerra cada día más politizada, signo del cambio de los tiempos, o sencillamente debido a una situación que se antoja aún más dramática que la propuesta en El último deber.
Linklater no cede sin embargo a ese dramatismo que parece clamar la historia desde un punto de vista sensiblero, y sostiene un pulso entre el tejido más cercano al drama y unos inesperados destellos humorísticos que surgen con naturalidad palpable, e incluso parecen apuntar en clave de homenaje a la obra dirigida por Ashby —hay, de hecho, algún momento bastante similar en cuanto a concepción—. En ese sentido, rodearse de dos intérpretes de estrecha relación con la comedia como Steve Carrell y Bryan Cranston ofrece al cineasta la posibilidad de apaciguar un tono que de todos modos en ningún momento reviste la gravedad a la que sí podrían apuntar las circunstancias de lo relatado. Esa perspectiva permite mantener una distancia que deriva en respeto hacia la situación descrita, pero además lo hace sin necesidad de incurrir en una mesura y reflexión que no parece tener cabida en esa reunión propuesta tantos años más tarde, ni mucho menos en la escenificación de un grado de complicidad que por momentos traspasa la pantalla, como ya sucedía con su predecesora.
La última bandera apunta más a una coyuntura concreta que sirve como eje para indagar en la mentira y el absurdo que promulgan las guerras, estableciendo unas consecuencias que cobran menos importancia de la que cabría esperar ante sus personajes. Así, la tesitura de Doc ante un cuerpo, el de su hijo, convertido en héroe a conveniencia, no se explora tanto desde un punto de vista juicioso —que también— como mediante la asunción de un drama en el que se profundiza sólo hasta ciertos puntos; Linklater huye en ese aspecto de las cicatrices de un pasado al que dedica ciertos apuntes pero no remueve, prefiere dejar como está, dotando de una cierta sutileza que le viene muy bien al conjunto en determinados tramos y eleva lo que se podría extraer de una historia como la expuesta —no sabemos si a efecto del material original, o del prisma del propio cineasta—.
Quizá la virtud del nuevo trabajo del autor de Boyhood, quede en cierto modo empañada por un discurso final que, aunque preparado, conocíamos de antemano, pero ello no enturbia un estimulante ejercicio que probablemente no se encuentre entre lo más destacado de la obra de Linklater, y supone una aproximación más que digna a un terreno por lo general ajeno a su cine más personal, que además manifiesta cierta devoción y respeto por el original —en la mimetización de ciertas secuencias, e incluso en aquel carácter que imprimía Ashby en torno a sus personajes— captando además el extraño reflejo entre dos etapas tan lejanas pero cercanas al mismo tiempo, que guardan consonancias y encuentran el estímulo suficiente como para que La última bandera no caiga en saco roto.
Crítica para www.cinemaldito.com
@CineMaldito
La última bandera supone así una nueva puesta en escena a través de los personajes creados y desarrollados por Ponicsan, no tanto en aquel humanismo que impregnaba la película de 1973, más bien acogiéndose a un terreno donde la crítica se perfila de un modo mucho más directo, quién sabe si a raíz de esa guerra cada día más politizada, signo del cambio de los tiempos, o sencillamente debido a una situación que se antoja aún más dramática que la propuesta en El último deber.
Linklater no cede sin embargo a ese dramatismo que parece clamar la historia desde un punto de vista sensiblero, y sostiene un pulso entre el tejido más cercano al drama y unos inesperados destellos humorísticos que surgen con naturalidad palpable, e incluso parecen apuntar en clave de homenaje a la obra dirigida por Ashby —hay, de hecho, algún momento bastante similar en cuanto a concepción—. En ese sentido, rodearse de dos intérpretes de estrecha relación con la comedia como Steve Carrell y Bryan Cranston ofrece al cineasta la posibilidad de apaciguar un tono que de todos modos en ningún momento reviste la gravedad a la que sí podrían apuntar las circunstancias de lo relatado. Esa perspectiva permite mantener una distancia que deriva en respeto hacia la situación descrita, pero además lo hace sin necesidad de incurrir en una mesura y reflexión que no parece tener cabida en esa reunión propuesta tantos años más tarde, ni mucho menos en la escenificación de un grado de complicidad que por momentos traspasa la pantalla, como ya sucedía con su predecesora.
La última bandera apunta más a una coyuntura concreta que sirve como eje para indagar en la mentira y el absurdo que promulgan las guerras, estableciendo unas consecuencias que cobran menos importancia de la que cabría esperar ante sus personajes. Así, la tesitura de Doc ante un cuerpo, el de su hijo, convertido en héroe a conveniencia, no se explora tanto desde un punto de vista juicioso —que también— como mediante la asunción de un drama en el que se profundiza sólo hasta ciertos puntos; Linklater huye en ese aspecto de las cicatrices de un pasado al que dedica ciertos apuntes pero no remueve, prefiere dejar como está, dotando de una cierta sutileza que le viene muy bien al conjunto en determinados tramos y eleva lo que se podría extraer de una historia como la expuesta —no sabemos si a efecto del material original, o del prisma del propio cineasta—.
Quizá la virtud del nuevo trabajo del autor de Boyhood, quede en cierto modo empañada por un discurso final que, aunque preparado, conocíamos de antemano, pero ello no enturbia un estimulante ejercicio que probablemente no se encuentre entre lo más destacado de la obra de Linklater, y supone una aproximación más que digna a un terreno por lo general ajeno a su cine más personal, que además manifiesta cierta devoción y respeto por el original —en la mimetización de ciertas secuencias, e incluso en aquel carácter que imprimía Ashby en torno a sus personajes— captando además el extraño reflejo entre dos etapas tan lejanas pero cercanas al mismo tiempo, que guardan consonancias y encuentran el estímulo suficiente como para que La última bandera no caiga en saco roto.
Crítica para www.cinemaldito.com
@CineMaldito
16 de marzo de 2018
16 de marzo de 2018
4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Son estos años de delirio, con infinidad de realizadores con talento ofreciendo con elevada frecuencia filmes de calidad. Alguno de ellos además, tienen un ritmo de producción propio de las cadenas de montaje fordianas, estrenando filmes como morcillas. Sería el caso, en España, de Álex de la Iglesia. O a nivel internacional, ya desde hace décadas, el del ahora denostado Woody Allen. Pero también desde Norteamérica tenemos otro fundamental nombre propio. Un cronista de esa sociedad, del paso del tiempo y de cómo se vivieron en ella los primeros 2000: Richard Linklater, que vuelve con la tragicomedia de temática bélica La última bandera. He disfrutado sobremanera múltiples películas del tejano, y siempre estoy abierto a seguir disfrutando de su filmografía. Y este filme, tanto por su reparto como por su premisa, me daba buenas vibraciones. Aún habiendo sido ignorada por el público y los académicos. Por ello, tan pronto como Vértigo distribuyó la película por las salas españolas acudí al visionado. Y disfruté como un niño de una película tristemente infravalorada, que superó mis ya de por sí altas expectativas. Una película no exento de acomodamiento, americanadas o un desarrollo libre ajeno a ambiciones, pero simpática, humana y optimista. Cine naturalista y cotidiano cargado de madurez y cuestionamiento.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Larry Sheppard (un circunspecto y excelente Steve Carell), veterano de la guerra de Vietnam, acaba de perder a su hijo Larry Jr. en la Guerra de Irak. Sabiendo que el ejército recibirá su cadáver en la Fuerza Áerea de Dover, decide que no irá a recogerlo sólo. Para acompañarle en esta aventura, decide reencontrarse con sus antiguos compañeros de guerra, el barista y juerguista Sal (Bryan Cranston, tan salado como enternecedor) y el antaño pendenciero devenido en cura Mueller (un Laurence Fishburne excelente en su papel bipolar). Por el camino recuperarán su amistad, se reconciliarán con todos los cambios que han experimentado y cerrarán heridas de su pasado. Una historia sobre soldados del ayer y del hoy, unidos por la fuerza de las experiencias vividas y doloridos por las nefastas consecuencias de estas absurdas guerras. Hombres llanos de a pie que son forzados a entregar su vida en terrenos lejanos y hostiles en pos de una nación que les engaña. situándoles en sitios que no son una amenaza a hacer diferentes tareas para las que se enrolaron. Una película de armónica fluidez y estupendo guión, que con sus naturales e ingeniosos diálogos y situaciones contribuyen a ser, una vez más, una crónica de nuestro tiempo: en este caso, de la América post-11S durante la guerra de Irak. El gran activo del filme es su triunvirato protagonista, interpretado por excelencias por sus tres actores. Y una manera chisposa y desmitificadora de tratar épocas concretas desde la perspectiva de gentes de a pie. Un retratista de la realidad que mira a la ciudadanía llana sin glamour, pero que adereza con excelencia narrativa y destreza al montaje. No es el mejor Linklater, pero le anda cerca.
La índole del relato hace inevitable que la película, aunque crítica, sea patriótica, sobre todo en unos blandos instantes finales de exaltación. Final que es incapaz de rematar una faena que ha ido perdiendo gradualmente su fuerza por un metraje dilatado. Y del mismo modo que se desarrolla la conflictiva amistad de Sal y Mueller, llegamos a conocer bien el tramado familiar de Doc pero no tanto a él mismo. Y aún cumpliendo expediente en el apartado audiovisual, los filmes de Linklater rara vez resaltan por la brillantez de su realización, y este es un perfecto ejemplo. Y es más que probable que aquellos espectadores especialmente sensibilizados con las causas tratadas sientan que estas se descuidan en pos de chistes cuñados. Lo cual sería un modo muy simplista de ver las cosas, pues aún sin cargar las tintas ni subrayar el discurso Linklater reflexiona sobre estos tristes episodios de manera concienciada. Pero en cuanto al cine social, sólo cala de verdad si es rompedor o evidente. El resto de propuestas quedan en tristes limbos.
Agria, entrañable y cercana, La última bandera consigue, con no tanto, confirmar nuestra fidelidad con Linklater y apenarnos sin arrebatarnos la esperanza. Cine no extraordinario pero sí necesario.
La índole del relato hace inevitable que la película, aunque crítica, sea patriótica, sobre todo en unos blandos instantes finales de exaltación. Final que es incapaz de rematar una faena que ha ido perdiendo gradualmente su fuerza por un metraje dilatado. Y del mismo modo que se desarrolla la conflictiva amistad de Sal y Mueller, llegamos a conocer bien el tramado familiar de Doc pero no tanto a él mismo. Y aún cumpliendo expediente en el apartado audiovisual, los filmes de Linklater rara vez resaltan por la brillantez de su realización, y este es un perfecto ejemplo. Y es más que probable que aquellos espectadores especialmente sensibilizados con las causas tratadas sientan que estas se descuidan en pos de chistes cuñados. Lo cual sería un modo muy simplista de ver las cosas, pues aún sin cargar las tintas ni subrayar el discurso Linklater reflexiona sobre estos tristes episodios de manera concienciada. Pero en cuanto al cine social, sólo cala de verdad si es rompedor o evidente. El resto de propuestas quedan en tristes limbos.
Agria, entrañable y cercana, La última bandera consigue, con no tanto, confirmar nuestra fidelidad con Linklater y apenarnos sin arrebatarnos la esperanza. Cine no extraordinario pero sí necesario.
21 de abril de 2018
21 de abril de 2018
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
La nueva película de Richard Linklater, con guión del director y de Darryl Policsan, es una historia sobre la amistad, que se desarrolla como una “road movie” que abarca un largo viaje desde Virginia a Boston y un regreso pasando por Nueva York. Pero es también una aguda reflexión sobre el sentido de la vida, la inutilidad de las guerras, y las consecuencias sobre los soldados que han participado en ellas.
Todo comienza cuando Larry (Steve Carell) recibe una noticia. Su hijo, un infante de marina, ha muerto en Iraq. Larry está solo en la vida. Por un lado, su esposa ha fallecido. Por otro, ha perdido su licencia de médico militar por comerciar drogas durante la guerra de Vietnam. Ahora sobrevive como dependiente de un almacén. Consecuencia de ello, decide buscar la compañía de sus viejos camaradas Sal (Brian Cranston) y Muller (Lawrence Fishburne), a quienes no ve desde que les dieron su baja del ejército, hace casi 40 años atrás.
Está claro que por sobre todas las cosas que trata, Reencuentro es una película sobre la amistad, ese vínculo capaz de mantenerse intacto a pesar de la distancia física y los años pasados, aun cuando hayan transcurrido sin verse el uno al otro. Y es también una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre las frustraciones y alegrías de la vida, y sobre el aprovechamiento de las segundas oportunidades. El film adquiere la forma de una road movie donde tres amigos se reencuentran en un viaje que se transformará en iniciático. Marcará un antes y un después al estar signado por la vejez, por la necesidad de apoyarse uno al otro, por acompañarse en el dolor y sobre todo por compartir el duelo del amigo ante la pérdida de un hijo. El film es una indagación en las historias individuales de cada uno.
Ese reencuentro significa un volver a vivir. Cada uno ha desandado caminos diferentes por 40 años y ahora se han vuelto a encontrar en un momento de la vida en que se hayan perdidos, donde van camino a ser otros no necesariamente mejor de lo que fueron de jóvenes. En ese rencuentro existe un volver a empezar que alude a la esperanza.
No obstante ello, El Reencuentro es también poner sobre la mesa el rol de Estados Unidos en estas guerras donde no se aclara bien el porqué de su participación. La visión acida de la película es absolutamente cuestionadora de las intervenciones americanas. Primero, porque sus propios personajes han estado en ellas y no tienen muy en claro porque fueron y mucho menos, porqué pelearon. Segundo, porque volvieron sin saber si habían ganado o habían perdido. La propaganda bélica era la que daba la respuesta correcta, y estaba ligada con la corrección política.
Por eso es una película sobre la pérdida de identidad, no la identidad personal sino la identidad nacional. Esa es la identidad que se perdió en Vietnam, más tarde en Afganistán, en este siglo en Iraq. Lugares a los que se fue a guerrear sin otros motivos más que los económicos, los derivados del control del gas y del petróleo. El territorio continental de los Estados Unidos nunca había sido atacado, nunca invadido sino hasta después del 11 de setiembre del 2001. Ello ocurrió con el ataque y destrucción de las Torres Gemelas. Sus consecuencias fueron desbastadoras. El país comenzó una caída aún más grande y perdió la seguridad interior. Más tarde, con la caída de la Bolsa de Nueva York en 2008 y el crack bancario internacional, se afectaría hasta el mismo orden mundial. Lo que Estados Unidos ha sufrido es en realidad la pérdida de un ideal, aquel que en los ´50 se dio en llamar “el sueño americano”.
Los personajes de la película se han quedado solos. Tres viejos guerreros que nunca encontraron respuestas. Cuarenta años después, vuelven a hacerse las mismas preguntas. No han hecho casi nada de sus vidas más que sobrevivir. Un médico expulsado del ejército. Un sargento que ha devenido en barman de una taberna solitaria en alguna ruta de Virginia. Un soldado negro envejecido que se ha refugiado en Dios y su familia convirtiéndose en pastor evangélico. Los tres se asemejan a fantasmas de una época ida que solo parecen escuchar: “Sálvate como puedas. El Tío Sam ya no puede hacer nada más por ti”.
Basada en la novela del mismo nombre de Policsan, cuyos antecedentes registran el excelente guión, entre otros, de Permiso de Amor hasta Medianoche (1973) de Mark Rydell, el film está narrado con mucha agilidad y un humor muy corrosivo, donde Richard Linklater vuelve a mostrar su capacidad narrativa y conceptual. El Reencuentro no pretende ser una comedia ácida ni transformarse en un profundo drama generacional. Por eso, deja abierta una puerta de esperanza: la amistad. Esa constituida por un vínculo indisoluble que mantiene unidos a los amigos a lo largo del tiempo y la distancia. Han estado perdidos durante 40 años sin verse, pero ahora han vuelto a estar juntos, se han acompañado y han encontrado algo de perdón y paz en sus vidas. Tal vez la vida les esté dando una segunda oportunidad. Linklater los abandona allí, en medio de la América más profunda.
Nosotros, los espectadores, agradecidos. Acabamos de ver un film visceral, profundo y entretenido. Tres grandes actuaciones para el recuerdo de Carell, Cranston y Fishburne. En síntesis, un film para disfrutar y reflexionar. El cine de Linklater, un texano muy independiente, es así, sorprendente. No olvidemos que es el director de esa joya del cine americano llamada Boyhood. Ésta, como aquella, son para tener en cuenta.
Todo comienza cuando Larry (Steve Carell) recibe una noticia. Su hijo, un infante de marina, ha muerto en Iraq. Larry está solo en la vida. Por un lado, su esposa ha fallecido. Por otro, ha perdido su licencia de médico militar por comerciar drogas durante la guerra de Vietnam. Ahora sobrevive como dependiente de un almacén. Consecuencia de ello, decide buscar la compañía de sus viejos camaradas Sal (Brian Cranston) y Muller (Lawrence Fishburne), a quienes no ve desde que les dieron su baja del ejército, hace casi 40 años atrás.
Está claro que por sobre todas las cosas que trata, Reencuentro es una película sobre la amistad, ese vínculo capaz de mantenerse intacto a pesar de la distancia física y los años pasados, aun cuando hayan transcurrido sin verse el uno al otro. Y es también una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre las frustraciones y alegrías de la vida, y sobre el aprovechamiento de las segundas oportunidades. El film adquiere la forma de una road movie donde tres amigos se reencuentran en un viaje que se transformará en iniciático. Marcará un antes y un después al estar signado por la vejez, por la necesidad de apoyarse uno al otro, por acompañarse en el dolor y sobre todo por compartir el duelo del amigo ante la pérdida de un hijo. El film es una indagación en las historias individuales de cada uno.
Ese reencuentro significa un volver a vivir. Cada uno ha desandado caminos diferentes por 40 años y ahora se han vuelto a encontrar en un momento de la vida en que se hayan perdidos, donde van camino a ser otros no necesariamente mejor de lo que fueron de jóvenes. En ese rencuentro existe un volver a empezar que alude a la esperanza.
No obstante ello, El Reencuentro es también poner sobre la mesa el rol de Estados Unidos en estas guerras donde no se aclara bien el porqué de su participación. La visión acida de la película es absolutamente cuestionadora de las intervenciones americanas. Primero, porque sus propios personajes han estado en ellas y no tienen muy en claro porque fueron y mucho menos, porqué pelearon. Segundo, porque volvieron sin saber si habían ganado o habían perdido. La propaganda bélica era la que daba la respuesta correcta, y estaba ligada con la corrección política.
Por eso es una película sobre la pérdida de identidad, no la identidad personal sino la identidad nacional. Esa es la identidad que se perdió en Vietnam, más tarde en Afganistán, en este siglo en Iraq. Lugares a los que se fue a guerrear sin otros motivos más que los económicos, los derivados del control del gas y del petróleo. El territorio continental de los Estados Unidos nunca había sido atacado, nunca invadido sino hasta después del 11 de setiembre del 2001. Ello ocurrió con el ataque y destrucción de las Torres Gemelas. Sus consecuencias fueron desbastadoras. El país comenzó una caída aún más grande y perdió la seguridad interior. Más tarde, con la caída de la Bolsa de Nueva York en 2008 y el crack bancario internacional, se afectaría hasta el mismo orden mundial. Lo que Estados Unidos ha sufrido es en realidad la pérdida de un ideal, aquel que en los ´50 se dio en llamar “el sueño americano”.
Los personajes de la película se han quedado solos. Tres viejos guerreros que nunca encontraron respuestas. Cuarenta años después, vuelven a hacerse las mismas preguntas. No han hecho casi nada de sus vidas más que sobrevivir. Un médico expulsado del ejército. Un sargento que ha devenido en barman de una taberna solitaria en alguna ruta de Virginia. Un soldado negro envejecido que se ha refugiado en Dios y su familia convirtiéndose en pastor evangélico. Los tres se asemejan a fantasmas de una época ida que solo parecen escuchar: “Sálvate como puedas. El Tío Sam ya no puede hacer nada más por ti”.
Basada en la novela del mismo nombre de Policsan, cuyos antecedentes registran el excelente guión, entre otros, de Permiso de Amor hasta Medianoche (1973) de Mark Rydell, el film está narrado con mucha agilidad y un humor muy corrosivo, donde Richard Linklater vuelve a mostrar su capacidad narrativa y conceptual. El Reencuentro no pretende ser una comedia ácida ni transformarse en un profundo drama generacional. Por eso, deja abierta una puerta de esperanza: la amistad. Esa constituida por un vínculo indisoluble que mantiene unidos a los amigos a lo largo del tiempo y la distancia. Han estado perdidos durante 40 años sin verse, pero ahora han vuelto a estar juntos, se han acompañado y han encontrado algo de perdón y paz en sus vidas. Tal vez la vida les esté dando una segunda oportunidad. Linklater los abandona allí, en medio de la América más profunda.
Nosotros, los espectadores, agradecidos. Acabamos de ver un film visceral, profundo y entretenido. Tres grandes actuaciones para el recuerdo de Carell, Cranston y Fishburne. En síntesis, un film para disfrutar y reflexionar. El cine de Linklater, un texano muy independiente, es así, sorprendente. No olvidemos que es el director de esa joya del cine americano llamada Boyhood. Ésta, como aquella, son para tener en cuenta.
26 de abril de 2018
26 de abril de 2018
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Richard Linklater y el tiempo, una combinación infalible que ha derivado en varias películas en la filmografía del realizador, que decidió adaptar una novela de Darryl Ponicsan que es la continuación de otra publicada en 1970 y llevada al cine por Hal Ashby en 1973.
Siendo el año 2003, los tres personajes principales, veteranos de la guerra de Vietnam, se reencuentran cuando uno de ellos, Larry (Steve Carell) decide buscarlos al enfrentarse a un momento muy duro en su vida, dando primero con Sal (Bryan Cranston), dueño de un bar al que busca sostener a pesar de su alcoholismo, para juntos después encontrar a Richard (Laurence Fishburne), convertido en pastor de una iglesia, además de estar casado.
Estando ya reunidos, Larry les confiesa el motivo de su reencuentro: la muerte de su único hijo en combate en la guerra de Irak, a quien desea enterrar en su ciudad, por lo que les pide lo acompañen a reclamar el cuerpo y posteriormente a trasladarlo y enterrarlo.
Fiel a su estilo, Linklater arma un relato que contiene toda su personalidad, con tres personajes solidos y personificados por tres grandes actores a los que Linklater les permite la libertad suficiente para crear rápidamente un clima de empatía a pesar de los muchos años que no se ven, conseguido en gran parte por los diálogos, inteligentes y llenos de vida.
Como en muchas de sus películas, los personajes deberán pasar mucho tiempo juntos y sostener largas charlas mientras se trasladan de un lugar a otro, donde además se filtran punzantes críticas al burocratismo estadounidense y a las políticas internacionales de su país, que siempre encuentra motivo para invadir otros países.
El éxito del relato se define en principio por la bien delineada personalidad de cada uno de los personajes, todos diferentes entre sí, que dan forma a una película con una fuerte carga política pero centrada en tres personajes llenos de humanidad, con tres actores en plenitud.
http://tantocine.com/reencuentro-de-richard-linklater/
Siendo el año 2003, los tres personajes principales, veteranos de la guerra de Vietnam, se reencuentran cuando uno de ellos, Larry (Steve Carell) decide buscarlos al enfrentarse a un momento muy duro en su vida, dando primero con Sal (Bryan Cranston), dueño de un bar al que busca sostener a pesar de su alcoholismo, para juntos después encontrar a Richard (Laurence Fishburne), convertido en pastor de una iglesia, además de estar casado.
Estando ya reunidos, Larry les confiesa el motivo de su reencuentro: la muerte de su único hijo en combate en la guerra de Irak, a quien desea enterrar en su ciudad, por lo que les pide lo acompañen a reclamar el cuerpo y posteriormente a trasladarlo y enterrarlo.
Fiel a su estilo, Linklater arma un relato que contiene toda su personalidad, con tres personajes solidos y personificados por tres grandes actores a los que Linklater les permite la libertad suficiente para crear rápidamente un clima de empatía a pesar de los muchos años que no se ven, conseguido en gran parte por los diálogos, inteligentes y llenos de vida.
Como en muchas de sus películas, los personajes deberán pasar mucho tiempo juntos y sostener largas charlas mientras se trasladan de un lugar a otro, donde además se filtran punzantes críticas al burocratismo estadounidense y a las políticas internacionales de su país, que siempre encuentra motivo para invadir otros países.
El éxito del relato se define en principio por la bien delineada personalidad de cada uno de los personajes, todos diferentes entre sí, que dan forma a una película con una fuerte carga política pero centrada en tres personajes llenos de humanidad, con tres actores en plenitud.
http://tantocine.com/reencuentro-de-richard-linklater/
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