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Críticas de Luis Guillermo Cardona
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2302 críticas
3
2 de diciembre de 2014
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Gran salida en falso la que tuvo el director inglés, Alfred Hitchcock, con este “PÁNICO EN LA ESCENA”, un filme improcedente y manipulador desde el principio hasta el final. El mismo título que, en inglés, significa literalmente miedo escénico, con el que se alude al temor patológico de ciertas personas a estar paradas sobre un escenario, fue puesto con doble sentido. Pero los enterados, que saben exactamente a que se refiere Stage fright, se sintieron engañados pues no hay ningún personaje de la película que sufra un real miedo escénico, y lo que, en algún momento del filme, le ocurre al personaje, Charlotte Inwood, es miedo a un objeto que le recuerda a otro objeto. Los demás espectadores, que con ese título (y más con el exagerado puesto en España de “PÁNICO EN LA ESCENA”) se prepararon para ver una buena dosis de suspenso y de terror, ¡Vaya si les fue mal!, porque, en todo el filme, no hay ni un solo momento con el que se consiga espantar ni siquiera a un mosquito.

Después, se nos pone ante una historia de crimen donde, el jocoso director, nos mete en la misma red en que, Jonathan Cooper, el amigo y al parecer aspirante al corazón de la actriz de teatro, Eve Gill, pone a ésta. Y mientras vemos el drama que éste cuenta (y nos cuenta), Hitchcock cae en la cuenta de que, en un plano del minuto siete, en el que Cooper habla con Charlotte mientras husmea por una ventana, ésta ha quedado fuera de campo para decir “Tenía que ir a casa a recoger los zapatos que necesito para la obra”… y entonces, ya editado el filme, "corrige el error" insertando un primer plano de la actriz en aquella vacía toma ya rodada antes… y la imagen, claro, queda horrorosa.

Lo que sigue, tiene a una Jane Wyman que se pasó peleando con el director por las boberías que le ponía a hacer a su personaje e incapaz de trascender ese habitual y feo corte de cabello que, a los 20, a los 30 y a los 50, la hizo lucir siempre como una viejita. Y como el detective de turno, Wilfred Smith, un Michael Winding que más pareciera aquí un manager de modelos masculinos. Así las cosas, el filme no cuaja por ningún lado, además de que, lo que resultaba comprensible y mantiene ocupados a los protagonistas, de repente da un giro absolutamente caprichoso y sin puntada alguna, dejándonos plantados, mentalmente, como unos perfectos idiotas.

¡Una vez más, Hitchcock se burla de nosotros!... y su película queda como una chorrada, re-que-te-cho-rra-da, sin punto alguno por donde agarrarla… pero bueno, era tan solo su filme número 39. ¡39 escalones para hacer semejante ñoñada!

La gran, Marlene Dietrich, nunca lució tan infortunada en una película y hasta sus canciones lucen tan gangosas como si padeciera un terrible catarro… y para no hablar de los demás coprotagonistas, digamos que, Alaistair Sim, luce bastante simpático representando al padre de la muchacha en apuros.

En resumidas cuentas, “PÁNICO EN LA ESCENA” es un completo descache. Le doy tres de diez, porque hoy me siento bastante generoso.

Título para Latinoamérica: “DESESPERACIÓN”
Luis Guillermo Cardona
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10
12 de agosto de 2014
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Brillante adaptación de la novela homónima que hiciera famosa a Isabel Allende (hija de un primo del inmolado presidente chileno Salvador Allende), “LA CASA DE LOS ESPÍRITUS” transcurre en el ambiente de un latifundio que surge de entre las ruinas, convirtiéndose a fuerza de explotación, abusos y ultrajes, en una hacienda de lujo para beneficio del arribista e inescrupuloso Esteban Trueba y de su inmerecida familia.

El director danés, Bille August -quien viene de convertirse en el realizador más importante de su tierra con “Pelle el conquistador” y “Las mejores intenciones”- recrea, en micro y como una alegoría, lo que habría de ser el oscuro proceso que llevaría a la mayor infamia de su historia a la aguerrida nación chilena, cuyo principal protagonista sería el dictador Augusto Pinochet. Las semejanzas de Esteban con éste deplorable personaje son intencionadas: imponencia, ambición desmesurada, indolencia, un historial inexpiable… y recuérdese, aquella imagen del senador con gafas oscuras que le hace el guiño al general del ejército para que inicie la toma de palacio.

August acude a un reparto excepcional, en el que sobresale Jeremy Irons, cuyo personaje, Esteban Trueba, pasa de la soberbia y la crueldad más extrema, a la dura lección que siempre nos trae la vida con la esperanza de persuadirnos de salir del atraso y acceder a la evolución. En él se aplica a cabalidad la ley de resonancia que, con gran sapiencia, Salomón define con estas palabras: "Las cosas con las que pecas son las mismas que te servirán de castigo".

Inmejorable, Glenn Close, interpretando a Férula, la mancillada hermana de Esteban cuyo “pecado” -consecuencia de una soledad indoblegable-, fue amar espiritual y platónicamente a la nívea esposa de su cruel hermano. Brillante también, Meryl Streep, como esa mujer de potente personalidad, cuyo nombre le venía como anillo al dedo: Clara. Con poderes de telequinesia, precognitivos y mediúmnicos, esta aguerrida luchadora, leal a su obtuso y conservador marido, da prueba del carácter y del autocontrol que desearíamos para todo ser humano.

Algunos personajes son un preciso ejemplo de conciencia de clase y compromiso social, como Blanca (Winona Ryder) la bella y digna rebelde o como Pedro Segundo (Antonio Banderas) el líder inconforme... Otros, son un reflejo de la ignorancia y la ignominia, como Esteban Jr., el hijo bastardo del Senador, quien sirve de instrumento para el regreso del bumerán…

Con la fuerza de sus personajes y con ese ímpetu con que August la ha realizado, LA CASA DE LOS ESPÍRITUS” nos remueve las entrañas, nos recrea unos hechos que no deberían repetirse jamás (pero que absurdamente todavía suceden en unos cuantos países) y nos vuelve a recordar que, contra todo, la vida es maravillosa, porque siempre existirán seres humanos con fortaleza de espíritu y aguerrida voluntad –como los ya mencionados- a los que Isabel Allende y Bille August acaban de inmortalizar, porque el objetivo supremo de todo arte es conducirnos desde las sombras hacia la luz.
Luis Guillermo Cardona
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8
3 de abril de 2013
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
No es nada fácil para una mujer (y tampoco para un hombre) elegir a la persona con la que decidirá casarse o formalizar la relación de pareja. Hay deseos muy íntimos y hay razones de conveniencia; nos debatimos entre nuestros impulsos y entre el deber ser; entre lo que nosotros queremos y lo que nuestros más cercanos nos dicen que sería lo correcto. ¿Qué hacer entonces?

Creo que, Kitty Foyle, es una chica muy bien puesta en su actitud ante la vida, pues al debatirse entre el amor que le profesan dos hombres de diferentes profesiones y estrato social, se guía primero por lo que le indica su propio carácter. Esto la lleva a no aceptar a hombre alguno por lo que pueda darle en términos materiales, sino por la importancia que le concede, por el respeto que le demuestra, y por el amor que le prodiga.

Wyn, el editor de una revista e hijo de una prominente familia, y Mark el médico, son los dos hombres que, sin rivalizar directamente entre ellos –ni siquiera llegan a conocerse-, comparten el afecto de esa muchacha trabajadora, que primero vivirá una cálida y emotiva experiencia con el joven Wynn… hasta que la clase social, los compromisos familiares, y las apariencias formales irrumpen como un escollo difícil de tramitar. Mark, entre tanto, será el hombre que espera, el médico comprometido, y el enamorado que se cuida muy en serio de no dar un solo paso en falso.

En este sentido, la historia se torna predecible, se someterá a esa suerte de convenciones que solo funcionan en el cine buscando complacer a la gran masa, pero procurará dejar ese sabor amargo en la boca, con el que sentimos que va a primar el deber ser, en contra de los irrefrenables ímpetus del alma.

El firme carácter de Kitty y su afán de superación, la ponen muy adelante de la Cenicienta, con la que -decía su padre-, el príncipe seguramente se aburrirá porque tendrá muy poco de que hablar y muy poco que compartir. En este sentido, la chica de la perfumería, no está para nada en desventaja con el hombre que está más guardado en su corazón. Es pues, del lado de éste y de sus actitudes, que se define el poder ser, o no, de su intensa relación.

Creo que la novela de Christopher Morley (1890-1957), como el filme de Sam Wood, resultan de hondo interés para reflexionar sobre los caminos del amor. La adaptación que ha hecho Dalton Trumbo está colmada de lúcidos matices; la dirección de Sam Wood es de gran pulso técnico y una excelente dirección de actores; y en este sentido, Ginger Rogers luce magnífica, contenida y profundamente expresiva, y creo sin duda, que fue una muy digna rival de Bette Davis, Joan Fontaine y Katharine Hepburn, quienes compitieron para el premio Oscar que a ella se le dio, como reconocimiento además a una carrera en la que ya había brillado en numerosas ocasiones. Junto a ella, necesaria mención a Eduardo Ciannelli por su simpatiquísimo rol como el mesero Giono.

“ESPEJISMO DE AMOR” interesará sobre todo a las mujeres que deseen saber más de sí mismas, pero también es importante que la vean los caballeros que sientan que es necesario saber mucho más de ellas.
Luis Guillermo Cardona
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8
12 de febrero de 2013
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
La amistad y la colaboración cinematográfica de John Ford y Henry Fonda, terminó de manera parecida a la de Michael Curtiz y Errol Flynn. Cada uno sintiendo gran valoración por el artista que había en el otro, pero una debilidad llevada al extremo puede tirarlo todo por la borda. El caso de Ford y Fonda se cerró durante el rodaje de “ESCALA EN HAWAI”, séptima colaboración que tenían juntos y que había ya dado frutos como “El joven Lincoln”, “Las uvas de la ira”, “Pasión de los fuertes”… que permanecerán para siempre en la memoria de los amantes del cine clásico.

No se sabe por qué clase de dificultades pasaba el notable director, pero lo cierto es que bebía mucho durante el rodaje, retrasaba los horarios, se peleaba con los actores, Fonda entre ellos, e incluso un día se fue de manos con éste… y entonces, por petición del actor, fue sacado del rodaje jurando Fonda que jamás volvería a trabajar con él. Ford había rodado casi todos los exteriores y entonces se llamó a Mervyn LeRoy para que hiciera el resto y rodara los interiores.
Antes de comenzar el rodaje de la película, William Holden estuvo llamado para hacer el papel de Fonda, pero éste fue noble y objetivo, y a sabiendas de que Fonda había tenido cerca de 1700 representaciones de la obra en Broadway, dijo que ese papel no podía ser para otro.

Contra todo, el éxito que Joshua Logan y Thomas Heggen habían logrado con su obra en el teatro, volvió a repetirse en el cine, pues la historia alcanza altos niveles en su recreación de la amistad, en su rebeldía contra la prepotencia, y en su rechazo al aburrimiento… aunque hacer la guerra no es precisamente la manera más edificante de calmarlo, pero se comprende que, si a un hombre lo mandan a una cosa, es a esa cosa y no a hacer pereza a lo que se predispone a ir.

Es así que la tripulación de aquel viejo carguero, en plena Segunda Guerra Mundial, se siente como futbolistas chupando banca o como una novia viendo a su prometido casarse con otra, teniendo además que soportar a un capitán con aires de tirano (James Cagney haciendo lo que mejor sabe hacer). Por fortuna, el primer oficial a bordo, honrosamente llamado Mister Roberts (Henry Fonda), es un hombre sensible, solidario y comprometido, quien, al tiempo que lucha para ser trasladado a un barco que se encuentre en el frente, brinda a los marinos comprensión y sincero respaldo, para hacerles la vida más llevadera. El médico de a bordo (William Powell) y el oficial Ensign Frank Pulver (Jack Lemmon, quien merecería el Oscar como mejor actor de reparto), también empatizan con Roberts, y así comienza una batalla interna que servirá de aliciente y de inolvidable lección, a todos aquellos que hacen parte de ella.

Estamos ante un filme muy entretenido, que parte de una anécdota bastante singular sobre ciertas cosas que suceden en la guerra y a las que, con talento y agudeza, se les puede sacar partido dando como resultado una obra teatral, un filme, una secuela (“Ensign Pulver” dirigida por Joshua Logan) y hasta una serie de televisión que consiguieron bastante público.

Título para Latinoamérica: “MISTER ROBERTS”
Luis Guillermo Cardona
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3
13 de diciembre de 2012
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Por allá, por 1840, el Reino Unido (Sometido) de la Gran Bretaña, de fauces abiertas hacia cualquier lado donde hubiera riqueza, también estaba abonando terreno para apoderarse de una buena parte de la China imperial. Mordiendo la presa, se hallaban también los lobos alemanes, franceses, estadounidenses, japoneses, españoles, austríacos y rusos, pero los ingleses eran los lobos más feroces y hallaban peleándose el negocio del opio que el país prohibía, pero que ellos estaban dispuestos a mantener para surtir al sudeste asiático que les estaba dejando apreciables divisas. De otro lado, los sires se habían apoderado de Hong Kong y otras islas cercanas, habían forzado la apertura de puertos para que el comercio europeo entrara sin dificultades, y la fuerte influencia que venían logrando rusos, franceses y japoneses en especial, estaba poniendo en aprietos a la dinastía Qing, que comenzaba a temer que su nación le fuera arrebatada. El atraso tecnológico, cultural y económico de la China, la estaba convirtiendo en un ratoncito para los lobos hambrientos.

Con profunda inconformidad y molestos con tantos y tan improcedentes intrusos, los chinos terminan el siglo XIX… Y justo cuando se inicia el nuevo siglo, precisamente en el año 1900, un numeroso grupo de valientes e inconformes jóvenes, que se ha venido reclutando secretamente desde algunos años atrás, y que se hace llamar La sociedad de los puños armoniosos (que por no entender, o no querer exaltarlos, los invasores identifican simplemente como the boxers=los boxeadores), se lanza con toda su furia para arrojar de su país a las grandes potencias, incluidos los políticos corruptos que se habían puesto a su servicio, los evangelizadores que pretendían sacar a Buda para introducir el cristianismo, y hasta la gente del pueblo que se había sumado a sus colonizadoras pretensiones.

Estos hechos constituyen el eje central de “55 DÍAS EN PEKÍN”, otro de aquellos filmes que cada tanto se hacen para tergiversar la historia y para limpiar los sucios rostros de los países imperialistas. El ejercicio es rotundo: Un grupo de actores de primera línea (Heston, Niven, Gardner…), un director renombrado (nada menos que Nicholas Ray, quien acababa de llenar las taquillas con “Rey de Reyes”), y un equipo técnico sobresaliente, que incluye a Dimitri Tiomkin para apuntalar una emotiva banda sonora; unos notables diseñadores de sets; y en especial, un director de segunda unidad, experto en escenas de acción como Andrew Marton (recuerden la escena de cuádrigas de “Ben Hur”). Con semejante despliegue, el plato queda gustosamente servido… y el público agradecerá otra buena dosis de cine alienante y adormecedor, que manipula la historia y le lleva a creer que los malos han sido siempre los demás. Se dice que Ray peleó tanto con el productor Samuel Bronston por sus imposiciones argumentales, que sufrió un infarto y tuvo que abandonar el rodaje, el cual fue cedido al director Guy Green.

Solo resuenan en mis oídos las fehacientes palabras de la emperatriz Tzu-Hsi: “Nada hay tan sagrado como la paz, ni existe mayor desastre que una guerra insensata”.
Luis Guillermo Cardona
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