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España España · Madrid
Críticas de Mogwai
Ordenadas por:
31 críticas
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7
11 de enero de 2007
132 de 149 usuarios han encontrado esta crítica útil
Está claro que el cine español está en crisis, lo es si sólo se habla y sólo se publicitan bodrios lamentables y se olvidan de maravillosas películas como esta. Es sencilla, sincera, muy hermosa como dicen por ahí, con una fotografía notable y esa música, con la melodía de una cancioncilla de los Cure rondando constantemente junto a las imágenes... Una delicia, sobre todo por el guión. Puede que sea cosa mía, que el haber visto “Donnie Darko” tantas veces me impida ver una película de una forma lineal y convencional, pero para mí la magia de la película está en la interpretación de lo que cuenta, a lo que dedico el spoiler (que no debéis ver sin haberla vista, porque básicamente cuenta todo). De todas formas, para los que aún la tengan pendiente, es muy recomendable.
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Mogwai
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9
6 de diciembre de 2007
100 de 110 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aunque venga etiquetada como tal, Control no es un biopic. Empieza narrando la temprana juventud de Ian Curtis, mostrando hechos conocidos de ella (donde dibuja un importante parecido argumental con "24 Hour Party People", la estupenda (y muy diferente) película de Winterbottom), pero cuando realmente empieza a brillar es cuando deja atrás esos datos para hablar del alma y de los sentimientos de una persona tan confusa, sombría y lúcidamente trágica como Ian Curtis, el cantante de los aún hoy inimitables Joy Division. Sabemos la historia (para los que no la sepan están precisamente esos primeros minutos más "objetivos"), pero lo que no se espera es un relato tan profundo y emocional sobre la vida como el que realiza Anton Corbijn. Ian es casi sólo un pretexto para introducirse en la mente de una persona atormentada por sus actos pasados, atrapado en una vida insatisfecha e incapaz de satisfacer las exigencias espirituales que implican las expectativas de su banda y su familia. Un retrato crudo y oscuro sobre un alma que no necesariamente eligió el camino correcto y que desde luego anda bastante lejos de lo que suelen trazar los típicos biopics heroizadores hollywoodienses, lo cual de por sí sólo ya sería algo positivo pero que aquí realmente funciona porque Corbijn sí que logra transmitir todas las emociones, toda la tristeza y toda la poesía que pretende la historia.

Mención aparte para el apartado técnico. El tratamiento visual es realmente impresionante. Está la fotografía en blanco y negro, brillante y decadente como la música que hace la banda del protagonista, pero aún mejor es la forma en que compone la imagen, sus encuadres y el ritmo que imprime. Y, por supuesto, la música, tan buena como siempre pero con el aliciente de esas muestras de las actuaciones en directo de la banda, rodadas de forma totalmente fiel a cómo nos han llegado los escasos documentos de Joy Division en directo, e imitando el sonido ruidoso y agresivo que gastaban en el directo, lo cual tiene aún más valor teniendo en cuenta que realmente son los actores que interpretan a los cuatro integrantes de la banda quienes están tocando. Y Sam Riley, que por momentos no interpreta a Ian Curtis, es Ian Curtis. Es un film espléndido y uno de los mejores del 2007, sin duda.
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Mogwai
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8
15 de julio de 2009
31 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
La mayoría de películas americanas suelen localizarse en la cosmopolita Nueva York, en la glamourosa California, en la pegajosa Florida. Sin embargo, existe en el corazón de Estados Unidos una enorme zona semidesierta, aislada, demasiado aburrida y paleta como para aparecer en el celuloide. Son esas personas las que deciden las elecciones, las que se dedican a perpetuar el retrógrado carácter del sur americano, su conservadurismo, su fanatismo religioso. Tienen sus propios iconos: lejos de modas y vanguardias, en el corazón de EEUU hay cantantes de country de los que no hemos oído hablar en la vida que venden más que Springsteen y los Stones juntos. El country es solo la punta de lanza de una sociedad desconocida, una minoría de cien millones de personas.

El objetivo de Robert Altman en Nashville fue crear un retrato certero de esta sociedad, de su cultura, de sus ambiciones, de sus obsesiones. Aprovechando la libertad que se vivía en Hollywood en aquellos años, Altman logró reunir suficiente presupuesto como para poder llevar a cabo un film descomunal, enorme, vasto, cuyo tamaño y su multitud de personajes e historias entrecruzadas por momentos hace que nos descolguemos de la trama pero que finalmente acaba consiguiendo su objetivo: olvidar los personajes y las historias individuales para crear un fresco colectivo de una sociedad y un momento donde estaban pasando tantas cosas que era difícil enterarse de todo. Nashville es una de las películas icónicas del cine americano de los setenta, un documento social impagable, una película que desarrolló un lenguaje innovador que, por suerte o por desgracia, ha sido copiado hasta la saciedad después, en esos dramas corales a veces brillantes (Magnolia, su propia Short Cuts) y a veces pretenciosos y sensibleros (¿alguien se ofende si cito Crash, y no me refiero a la de Cronnenberg?). Imprescindible para todo aquel interesado en la filmografía de Altman o en el cine de la auténtica era dorada de Hollywood.
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Mogwai
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8
5 de noviembre de 2007
30 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Se puede hacer una película sin guión? Haynes casi lo logra aquí. Una historia mínima sobre la vida oculta de una antigua vieja gloria del glam se convierte en manos del director estadounidense en un pretexto para crear una de las películas más estetas, singulares y hedonistas de los últimos años. Usando como guión la biografía de Bowie, oculto bajo el nombre de Brian Slade y tocando canciones de Roxy Music y Brian Eno por temas de derechos, Haynes da un bonito repaso al género de la brillantina que marcó la música británica de la primera mitad de los setenta, trazando su origen y sus influencias cabareteras (el personaje de Jack Fairy, muy probablemente identificado en el propio Brian Eno) y salvajistas (ese Iggy Pop mimetizado por Ewan McGregor bajo el nombre de Kurt Wilde) y toda su evolución y señas de identidad, incluida la ambigüedad sexual y el cinismo que mejor le representaba. Lo hace mediante viñetas inconexas, trozos de supuestos videoclips y actuaciones y recuerdos aleatorios de sus personajes, que acaban creando el mosaico que conforma la película. Una película que decepcionará a aquellos que pretendan encontrar un significado o intención del director en ella y que fascinará a quien se meta en ella sin prejuicios ni restricciones, con la misma actitud liberal y hedonista que sus protagonistas.
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Mogwai
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10
5 de noviembre de 2007
29 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay lugares donde las cosas que hiciste en el pasado parecen no importar, donde puedes volver a olvidar todo y empezar de nuevo. No son lugares mundanos, parecen pedacitos de otro mundo que por error han llegado al nuestro para reconfortar a los pocos afortunados capaz de buscarlos con suficiente dedicación como para encontrarlos, escondidos en medio de un desierto al que pocos se atreven a enfrentarse. Paris, Texas es uno de esos lugares. La gran obra maestra de Wim Wenders, aquella con la que se alzó con la Palma de Oro en el festival de Cannes de 1984, es para empezar todo un prodigio de la técnica cinematográfico, el perfecto ejemplo de cine como arte dirigido a los sentidos. La maestría de Wenders moviendo la cámara, la fotografía como siempre maravillosa pero nunca tan excepcional de Robby Müller y la música de Ry Cooder, tres genios reunidos y en perfecta conjunción, hacen de esta una película tan bella plásticamente que a veces parece escapar de las convenciones del propio cine. Nadie pinta paisajes como Müller, que hace aquí uso de una fotografía hiperrealista y sobria para traernos el colorido del desierto, de las luces nocturnas de las autopistas, de las puestas de sol y demás espectáculos de la naturaleza con una paleta donde el verde y el rojo parecen querer expresar tantos sentimientos como los propios actores, ofreciendo uno de los mejores trabajos de cinematografía que se han visto probablemente nunca en el cine. Por supuesto, nadie filma road movies como Wenders, el único capaz de transmitir con perfección la soledad y libertad que otorga la autopista con esos planos tan sutiles y elegantes que ya aprendía a usar en su gran obra temprana, "Alicia en las Ciudades". Y Cooder, claro, y su solitaria guitarra tañendo como lamentos salidos del alma del pobre protagonista.
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Mogwai
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