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España España · Villanueva de la Serena (Extremadura)
Críticas de Josey Wales
Ordenadas por:
32 críticas
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5
10 de enero de 2013
274 de 416 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tanto tiempo siguiendo la filmografía del bueno de Quentin me ha servido para reafirmarme en la idea de que al "enfant terrible" del cine independiente americano ya no le apetece hacer películas con mayúscula, ya no le divierte. Ahora prefiere hacer entretenimiento puro y duro, muy bien hecho además. Prefiere invertir el talento y la desbordante creatividad que otrora mostró con inigualable estilo, en "collages" como el que nos ocupa, descuidando e incluso me atrevo a decir que despreciando su anterior concepción del cine. Uno tiene la sensación de que Tarantino se ha cansado de aquél Tarantino del que se esperaba algo fresco y único, se ha cansado de levantar expectativas y verse obligado a cumplirlas y parece haber encontrado una fórmula que divierte tanto a incondicionales como a sí mismo.

La tan esperada incursión en el "spaghetti" del eterno admirador del "spaghetti" no es ni una visión personal de aquella celebrada reinterpretación del western, ni un homenaje. Homenaje al "spaghetti" son las perlas que el propio director angelino introducía en sus Kill Bills y aquellas que inundaban su última película. Eran detalles, guiños que con cierta elegancia introducía puntualmente en historias fuera de contexto. Y eran de agradecer. Las referencias en directores con estilo nunca sobran.
Lo que Tarantino perpetra en Django desencadenado es un homenaje a sus propios homenajes. No sólo los referentes al propio "spaghetti western", si no el excesivo subrayado sangriento de cada disparo que nos remite a su gusto por la serie B y a su pasión por "lo japo". Uno asiste a una sucesión de lugares comunes tarantinianos, que sólo generan complacencia en su público, que asiste adulante a cada tic, a cada guiño, a cada gesto de complicidad. Tarantino ya no homenajea al cine, ya no muestra sus influencias. Se limita a centrifugar sus propias manías y a compartirlas en pantalla con aquellos que pasaron de disfrutar con su cine inicial a disfrutar con su persona.

Dio un giro con Kill Bill, se centró en el "siempre quise hacer una peli de japos", pero aquello seguía siendo una película en sí misma. Hizo lo propio con Grindhouse aunque con horroroso resultado. Y lo que parecía ser un alto en el camino con Malditos Bastardos parece la continuación de una senda que uno no sabe muy bien hacia donde lleva, salvo al interior de Tarantino.

La película es entretenida, aún siendo larga como un domingo de resaca sin novia. Es visualmente estimulante, tiene un argumento bien llevado, mantiene cierta tensión aunque llega un momento en que lo formal se merienda al trasfondo. Está muy bien interpretada, especialmente por Waltz y DiCaprio. A ratos bien musicada y a ratos atrozmente. El anacronismo es gracioso cuando no se abusa de él pero...¿Hip hop y Morricone? Por dios bendito Quentin, frena un poco con la fusión que me entran ardores.
A partir de la primera media hora, tuve la sensación de estar viendo Malditos Bastardos en el Oeste. No por argumento, no por guión, no por contexto. Pero es la misma estructura, la misma idea. Tarantino reescribe la historia, again.
Escoge dramas históricos, auténticas tragedias colectivas e inflige la venganza pertinente. Frivoliza, gamberrea, ridiculiza. A algunos les parece una falta de respeto, a mi me parece que el que el que se tome esto en serio simplemente tiene ganas de gresca. Si en la anterior cinta fueron los nazis, ahora son los esclavistas.

Yo te perdono por lo que fuiste, porque me caes bien, porque ver cada nuevo parto nunca es una pérdida de tiempo, pero amigo, deja de mirarte el ombligo, levanta ese divino mentón y vuelve a hacer pelis, que talento te sobra, crack.
Josey Wales
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8
22 de diciembre de 2007
106 de 108 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si bien “El jinete pálido”, es una especie de “remake” de la mítica “Raíces profundas” de George Stevens (1953), y aborda de algún modo la misma temática moral de aquella obra, Eastwood reinterpreta a su manera los dilemas planteados en la primera.
Coinciden en varias cosas; un protagonista que se une a la causa de los débiles para vencer al opresor, el elemento de admiración de uno de los personajes infantiles, y más de una escena peculiar de la primera, que se repite ciertamente en la obra de Eastwood. Pero por otro lado, ambas obras son claramente diferenciables. El pistolero que interpreta Eastwood, se aleja de los cánones de “western psicológico” en los que se enmarca el primero (huída de las armas y deseo de no violencia). El Predicador no rehúsa en ningún momento pelear con el adversario, al contrario, ofrece una diversidad de luchas interesante (pistolas, puños o palos). Otra diferencia la encontramos en el personaje infantil. En “Raíces profundas”, el personaje es un niño, que se siente fascinado por aquel forastero “altruista”; en “El jinete pálido”, el personajes es una niña, cuya admiración va pasando por diversas fases a lo largo de la película, hasta dar a entender cierto deseo irrefrenable en la niña, de cierto tono místico, que engarza perfectamente con el aura misterioso del Predicador.
Pero si hay algo que diferencie claramente a esta obra, tanto de la Stevens, como del resto de los “westerns”, es el tono bíblico que tiene la cinta, y su “apocalíptico” final. El personaje de Eastwood es un fantasma atemporal, del que se desconoce todo (nombre, origen, destino…). Sólo le inspira una cierta obsesión por la justicia, y una inquietante relación con uno de los personajes del film, cuyo encuentro final y desenlace, deja abierto a diversas interpretaciones el pasado en común de ambos.
Con una ambientación excepcional, Eastwood sumerge al espectador en un clima de “nebuloso y fantasmagórico” suspense, que no cesa hasta la última secuencia de la película en que el jinete marcha de aquel lugar, hacia “ninguna parte”.
Destaca la peculiar presentación del Predicador, llegando entre brumas al poblado minero, mientras la niña (casi premonitoriamente) recita unos versículos bíblicos que rezan así: “…Y contemplé un caballo pálido, y el nombre del jinete era Muerte, y el infierno le seguía.”
La lucha final en el pueblo cercano, deja entrever las influencias europeas (sobre todo de Leone), en cuanto a la estructura y desenlace del enfrentamiento, así como en el tratamiento de los planos.
El siempre controvertido Eastwood, alcanza con esta obra la plenitud como director, y ofrece un adelanto de la calidad del cine que será capaz de ofrecer en adelante.
Josey Wales
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6
25 de septiembre de 2012
106 de 124 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta película no es lo que crees que es. Si ya la has visto, lo sabes. Si aún no la has visto, lo sabrás pronto.
No hay sofisticación narrativa, no hay montaje ligero, no hay diálogo ágil, no hay atmósfera absurda. El ritmo está ralentizado.
No tiene ni el peso ni el empaque de las líneas maestras del neo-noir - un género más que configurado en sus diversas variantes - pero basa toda su apuesta en una nueva vuelta de tuerca cuyo pilar es principalmente alegórico. Manierismo sobre manierismo.

La película es una enorme efigie de una sociedad en crisis, ambientada en una ciudad cualquiera de América, pero la esencia es extrapolable a cualquier parte. Es un retrato sórdido de un sistema decadente, cruel y patético, que convierte a todo el que no acepta el juego con perspectiva y frialdad en un individuo decadente, cruel y patético.
La distancia alcanzada entre la realidad y el púlpito se refleja en la disonancia entre la limpieza del discurso político – presente durante toda la película - y la suciedad de la calle. El subterfugio retórico como norma, inundando de forma explícita todo el metraje.
El tratamiento musical contribuye, con una ironía certera, a colorear el cuadro.

La historia es simple, reducida casi al terreno de la anécdota. Un armazón sobre el cual erigir la metáfora, una estructura narrativa secundaria. No importa demasiado si pillan a los dos desgraciados, ni quién lo hace. No importa si Gandolfini hace o no su trabajo, o si Pitt cierra el círculo. No importa el devenir, importa la foto fija.

No contribuye en nada a esta apreciación la promoción que se ha hecho de la película. Insinúa todo lo que arrebata. Vende precisamente aquello que pretende dinamitar.
La película puede llegar a derrumbarse porque lo que promete nunca termina de llegar. Un riesgo innecesario teniendo en cuenta que el planteamiento es suficientemente jugoso como para necesitar otros alicientes.
Un par de concesiones de Dominik sostienen la falsa promesa a la vez que le restan valor a una propuesta verdaderamente audaz. No se debe jugar a dos bandas.

Cúpulas del crimen corporativas e invisibles, mercados exprimidos y modestos, botines frugales. Representantes legales fuera de contexto. Yonquis persiguiendo el sueño americano y sicarios con problemas de alcoba y diván de primer orden - la elección de Gandolfini no es casual -.
Entre toda la manada se erige la imponente figura del hipnótico cabronazo pragmático al que le gusta matar suavemente y desde lejos. Como al sistema. Sin implicaciones, sin empatía.
Josey Wales
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9
29 de diciembre de 2007
76 de 107 usuarios han encontrado esta crítica útil
Yo voy de elitista, soy el sumum del conocimiento filosófico moderno y considero que esta película es una orgía comercial digna de mentes alienadas y sin sensibilidad, embobadas por el inconfundible olor a pudredumbre cerebral. Y una mierdaaaaa!!!! me oís bien... Y una mierdaaaaaa!!!!!!
El simple hecho de hacer un apunte de semejante calibre, es para ponerse a llorar. Puedo tolerar que esta película no guste, que resulte aburrida, incluso que desagrade, porque para gustos los colores. Pero lo que es inconcebible es que se presente a una obra maestra del cine como el paradigma de la insensatez, la vulgaridad que a menudo caracteriza al pensamiento masivo, o simplemente una "película de tiros".
Resulta doloroso contemplar una crítica en la que se hace una nueva revisión "standar" a cerca de la sociedad actual; nada nuevo, con apuntes filosóficos por aquí, algo de buen vocabulario por allá, con la esperanza, por parte de su autor, de que eso baste para tener la licencia de enumerar una sarta de gilipolleces, atacando a la película con el único pretexto de ser muy popular. Es cierto que a menudo el éxito exhacerbado de un film entre el público de "a pie", suele ser seña de baja calidad, pero negar la posibilidad de que una película logre llevar de la mano a público y crítica es admitir la imposibilidad de reconciliación entre élite y masa. A veces no hace falta un desarrollo exquisito del gusto cinematográfico para degustar una buena obra.

No hay nada más vulgar que retozarse en la vulgaridad, exponiendo topicazos uno detrás de otro, con el objeto de sentir que se está por encima de la masa, cuando en realidad se supera en mediocridad a la misma.

No hay nada más mediocre que pretender hacer de la mediocridad una virtud.

Esta película es esencial, y aunque su hermana mayor es soberbia, no deja de ser de imprescindible visualización.
Josey Wales
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8
17 de enero de 2013
55 de 66 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tratemos de abstraernos por momentos de toda la vorágine de datos, rumores, sospechas, medias verdades, informaciones oficiales, conspiraciones, odios y demás asuntos relacionados con los atentados del 11 de septiembre de 2001, la posterior guerra contra el terror y la figura de Osama Bin Laden. Intentemos desterrar por espacio de 160 minutos los prejuicios que todos tenemos al respecto y tratemos de ofrecer a la película en cuestión una mirada libre de recelo. Tampoco se trata de apelar a la ausencia de sentido crítico, simplemente démonos la oportunidad de ver qué es lo que se nos propone en pantalla.

Lo que La noche más oscura (Kathryn Bigelow, 2012) nos ofrece es la posibilidad de atisbar, a grandes rasgos, un esbozo realista - no necesariamente real - de la política internacional americana en torno a la caza de ese fantasma difuso del que conocemos tanto y tan poco. Si algo no es esta cinta es un cuento complaciente, simplista y patriotero sobre el asunto. Bigelow no se adentra en suspicacias, no recorre vacíos, ni hace preguntas grandilocuentes. Articula la narración - con un marcado estilo documental - en torno al material del que dispone. No cuestiona pero tampoco asevera. No tiene pretensión de verdad absoluta ni aspira a dar carpetazo al episodio. La cinta es, sobre todo, la representación de una obsesión nacional - y lo que ello ha supuesto durante una década - en lugar de un mero relato oficializante.
No en vano, la película ya estaba concebida antes de la muerte del líder de Al Qaeda como la historia de la búsqueda infructuosa de un espectro escurridizo y de los métodos empleados para lograrlo. El posterior acontecimiento obligó a modificar parte de la trama, pero la película es por encima de todo, proceso y consecuencias.

La historia se construye alrededor de la figura de Maya - maravillosa Jessica Chastain - una agente de la CIA perteneciente a la nueva camada de cachorros reclutados por la Agencia directamente de la Universidad y adiestrados exclusivamente para la lucha antiterrorista. Su soledad y aridez original se va diluyendo con el paso de los años, y su búsqueda inicial se va convirtiendo cada vez más en una empresa personal - alentada por el recuerdo de los compañeros que se quedaron en el camino - que tiene que ser concluida para poder seguir adelante. La de Maya es otra de las jóvenes vidas - como la de tantos marines, civiles de toda índole, supuestos terroristas, etc. - que la absurda persecución se ha llevado por delante.
En La noche más oscura no vemos superagentes de incógnito capaces de matar a diez "malos malísimos" mientras hacen piruetas por los tejados, no vemos inteligencia sobrenatural cuasiadivinatoria, no vemos - en definitiva - idealización. Por contra podemos hacernos una idea de cómo funcionan los servicios de inteligencia, qué métodos utilizan, cómo buscan los puntos muertos del sistema y cómo se sirven de la tortura física y psicológica a la hora de lograr sus objetivos. La cinta deja bien claro que la tortura no es una excepción lamentable sino una norma aceptada, y por si esto fuera poco incriminatorio, la directora californiana le reserva un fantástico contraplano al presidente Obama - Nobel de la Paz, dicho sea de paso - en el que éste se afana por desmentir este tipo de prácticas. Se hacen referencias explícitas a Abu Ghraib, Guantánamo y al asunto de las Armas de Destrucción Masiva en Irak.

También tiene sus "peros", pues se hace difícil sortear ciertos clichés sobre el mundo musulmán, no tirar de mezquita y llamada a la oración, si bien no hay abuso y el resultado no es zahiriente. Cierto que no se muestra la motivación del islamismo radical, no se ahonda en las causas que lo generan, es una mirada occidental que no se esconde. Pone de manifiesto de manera estupenda la situación americana en términos geopolíticos y su condición viral en contextos ajenos que lo rechazan. La película huye constantemente de interpretaciones maniqueas, centrándose en los tonos grises, lo cual es de agradecer especialmente en géneros como éste. Bigelow esquiva con resultado sobresaliente el handicap de una muerte anunciada, a través de una magnífica puesta en escena y un excelente sentido del ritmo. La última media hora representa el asalto a la guarida del lobo con todo lujo de detalles, sin exaltación, sin florituras, manteniendo magistralmente la tensión, sin subrayados musicales y sin muestras de artificiosidad. Ni siquiera vemos la cara del gran hombre - como de hecho así ha ocurrido -, a penas unos cuantos fotogramas difuminados. El último plano de la película es antes percepción que discurso, juega más con la atmósfera de una época que con la verdad. Exalta el valor de la pregunta, renegando de la respuesta. Es un silencio a gritos.

Personalmente me niego a caer en la trampa de negar a Bin Laden tres veces y perderme en elucubraciones sobre su identidad y su rol en el tablero, pues la obsesión con el monstruo nos distrae de la apreciación sobre la implacable realidad que subyace, de sus consecuencias, de sus víctimas y de sus verdugos. Mientras ponemos el foco en el demonio, aquí abajo siguen ocurriendo cosas reales.
Josey Wales
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