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España España · Barcelona
Críticas de polvidal
Ordenadas por:
321 críticas
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3
27 de septiembre de 2016
417 de 605 usuarios han encontrado esta crítica útil
Enfrentarse a una producción de Mediaset, con todo el aparato propagandístico que ello implica, supone asumir el riesgo de un enorme hype, de una recepción sobredimensionada y una omnipresencia mediática que resulta prácticamente imposible corresponder. Ocurrió con Lo imposible, cuyo recibimiento en salas fue muy superior a lo que merecía el producto, y sucederá de nuevo con Un monstruo viene a verme, la tercera y más ambiciosa película de Juan Antonio Bayona. Una propuesta que al parecer despertó el entusiasmo en el Festival de Toronto pero que en San Sebastián, al menos, comportó una clarísima división entre los entusiastas de su sensibilidad y los detractores de su sensiblería.

Los que no derramamos ni una sola lágrima con este drama sobre la asunción de la muerte seremos tildados de mármol, de la piedra más fría e inamovible. Sus últimas escenas conducen irremediablemente al llanto más instintivo, la inevitable reacción ante la mayor de las pérdidas a las que un niño puede enfrentarse. Pero el camino hacia esa tragedia, lento, aburrido, sin la magia que a priori debería desprender un relato infantil que combina realidad y fantasía, se olvida de plasmar la relación entre una madre enferma de cáncer y un hijo que se resiste a asumir la realidad. Mientras el joven es víctima del bullying más estereotipado, el personaje de Felicity Jones representa uno por uno los clichés de una enfermedad que el cine mantiene estigmatizada. Con tamaña superficialidad en torno a los protagonistas y su convivencia lo que en realidad parece un milagro es que la mayoría de espectadores se arranque a llorar.

El otro gran rasgo de la cinta, su factura técnica, es irreprochable. No hay duda de que Bayona ha contado con los mejores medios posibles, haciendo uso también de otros mecanismos menos apabullantes pero mucho más impresionantes, como las animaciones en acuarela que sirven para relatar las tres fábulas aleccionadoras del monstruo. ¿Para qué sirve, sin embargo, tanta técnica? El monstruo no enternece, las historias no cautivan y el destino no emociona. Parecía que Un monstruo viene a verme trataba de emular la fórmula de cuento y drama realista que bordó ‘El laberinto del fauno’. Pero el resultado final demuestra que la combinación de esos elementos no es tan fácil de casar y que el trabajo de Guillermo del Toro fue una auténtica hazaña.
polvidal
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10
27 de septiembre de 2016
349 de 479 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pocas experiencias hay en el cine más gratificantes que acudir a la sala con una idea predeterminada de lo que nos espera en su interior y salir descolocados, traspuestos, por la imprevisibilidad de la propuesta. Porque si uno espera con Arrival una buena historia de ciencia ficción, con la garantía de un director infalible como Denis Villeneuve y estimulado por un tráiler que lleva a engaño, terminará embaucado por un relato mucho más rico en matices que una mera invasión alienígena, por un alud de planteamientos vitales, plenamente filosóficos, desde una perspectiva innovadora e intimista, sin alardes de inteligencia no alcanzable para todos los públicos. Una experiencia mucho más placentera que la que nos hayan podido proporcionar otros grandes exponentes del género.

Villeneuve demuestra que no hay reto que se le resista. Porque sin alterar las reglas de la ciencia ficción, demostrando un sumo respeto por el método científico, consigue perfeccionarla con una gran dosis de sensibilidad. El arranque de la película, en el que parece que la trama personal de la protagonista se cruzará de forma chapucera con la extraterrestre, ya advierte que el principio y el final de las historias nunca son claros. Lo que sí es evidente es que un planteamiento sugerente, la llegada de doce naves alienígenas al planeta Tierra, se desarrolla con sumo tacto, sin pasos en falso, con un control absoluto del ritmo y del objetivo que se quiere alcanzar, uno de los climax finales más poderosos de la historia del cine.

Esta vez el punto de vista no corresponde ni a un militar ni a un policía ni a un agente de la CIA. Esta vez es una experta lingüista la que se enfrenta a un reto global, demostrando que resulta más fácil la comunicación con seres extraterrestres que entre seres humanos. Amy Adams representa a la perfección a una protagonista que, en esta ocasión, no es heroína. Es tan sólo una científica, amante de su trabajo y ambiciosa en su carrera, que acepta el reto de intentar mediar entre la clase militar y los recién llegados. Su espíritu curioso, la prudencia con la que sólo una investigadora podría trabajar, se transmite durante buena parte de un metraje que busca crear atmósfera, que sumerge al espectador en un clima de incertidumbre y misterio absolutamente hipnóticos.

Sin recurrir a giros imposibles, a resoluciones aceleradas, Arrival basa su solidez en la fuerza de los sentidos, el de imágenes poderosas, que perdurarán durante largo tiempo, sonidos envolventes, revestidos con una banda sonora impecable, a cargo de Jóhann Jóhannsson y con la delicada aportación de Max Richter, incluso a lo más parecido al tacto que una película en dos dimensiones nos haya podido emular. Un planteamiento cautivador que no sólo emociona y conmueve, también sitúa al espectador en una disyuntiva moral de lo más interesante. Posiblemente, con permiso de Kubrick, la obra de ciencia ficción más redonda y completa.
polvidal
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4
18 de marzo de 2009
232 de 333 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hagan paso, que el salvador de la cinematografía española hace su entrada, por si no se habían dado cuenta. Qué mal le debe haber sentado a nuestro Pedro despertar el 18 de marzo, el día del gran estreno, con la lectura de El País, el periódico al que tanto homenajea en su última película y que tantos masajes le ha practicado a lo largo de su carrera. Una relación que permanecía idílica hasta que un buen día los mandamases de Prisa decidieron contratar a ese inconformista llamado Carlos Boyero y lo convirtieron en su crítico de cabecera. No contaron con que un día al señor le tocaría comentar al intocable y ha pasado lo que tenía que pasar. La sangre de Almodóvar habrá entrado en ebullición en cuanto haya leído en su amado diario un doloroso titular para su nuevo filme: “La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio”.

Suelo rendirme ante Almodóvar con la misma intensidad con la que tiendo a aborrecer la forzada rebeldía de Boyero, pero en esta ocasión no tengo más remedio que ponerme del lado del polémico crítico. Los abrazos rotos es un soberano aburrimiento. En el momento en que Almodóvar decide prescindir de los personajes pintorescos y de sus toques de humor surrealista, automáticamente convierte sus filmes en agotadores y pretenciosos metrajes.

Todo el reparto, incluida Pe, resulta afectado por un guión en busca de la profundidad pero sin lugar para el tratamiento de los personajes. El talento de Lluís Homar, de Blanca Portillo y de tantos otros queda deslucido por una historia encantada de conocerse a sí misma pero absolutamente lineal, interesante en su planteamiento pero bastante simple y previsible en su desarrollo. Los actores se convierten así en meras comparsas de un proyecto presuntuoso y con poca alma.

En contados momentos aparecen los toques genuinamente almodovarianos que tan buen resultado dan a sus obras. Ni siquiera en esta ocasión la banda sonora adquiere el protagonismo de antaño. Pero en cuanto aparecen esos tópicos del manchego que algunos tanto detestan es precisamente cuando la película suma sus puntos. El plano en que las manos del ciego acarician la pantalla es de una gran belleza pero resultaría más eficaz encajado en una historia donde los sentimientos florecieran.

Cuando el drama y la sensibilidad fracasan, el humor se convierte por tanto en la única salvación del filme. Consciente de ello, Almodóvar reserva sus minutos finales para un homenaje a Mujeres al borde de un ataque de nervios en el que Carmen Machi se convierte en la más sobresaliente del reparto. Dos minutos tronchantes que para algunos serán suficientes, pero que no compensan un filme en el que termina echándose de menos la aparición estelar de un travesti con la boca muy suelta o de una maruja con los nervios a flor de piel. Almodóvar pierde de nuevo frescura cuando se acerca a la grandilocuencia visual y se olvida del costumbrismo surrealista que tan buenos ratos nos ha hecho pasar.
polvidal
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8
20 de septiembre de 2015
142 de 161 usuarios han encontrado esta crítica útil
La escena de apertura marca el paso. Probablemente sea una de las mejores introducciones que nos ha dado un thriller en los últimos años. Un grupo de agentes del FBI irrumpe violentamente en la casa-escondite de un líder de los cárteles mejicanos de la droga. La puesta en escena es apabullante, sin ni un solo plano dejado al azar, y con una banda sonora absolutamente envolvente, consciente de la magnitud de una pesadilla terrorífica y cruel. Marca el paso, decíamos, de un recorrido de dos horas hacia el infierno. El mismo infierno que tantos directores han querido reflejar y que Denis Villeneuve ha venido a rematar. Porque si el narcotráfico en la ficción te despierta el bostezo, Sicario llega para romper los moldes del subgénero y dotarlo de la tensión y la dimensión necesarias para que no te despegues de la butaca.

La filmografía del director canadiense ya es digna de estudio. Cada nuevo proyecto, por muy diferente que sea, está a la altura del anterior, a la altura de una carrera que comenzó a dispararse con la apabullante Incendies. Y con ese mismo adjetivo podrían definirse cada una de sus nuevas propuestas. Temíamos que el tráfico de drogas entre México y Estados Unidos rompiera su racha, pero es evidente que Villeneuve conoce muy bien el terreno que pisa. Toda realidad puede generar inquietud. Sólo es cuestión de saber transmitirla.

Y tensión, inquietud, es lo que desborda Sicario, con un par de escenas en lugares tan cotidianos como un peaje y un túnel, que suponen todo un ejemplo para el cine de acción. Benicio del Toro, un clásico ya del ámbito de las drogodependencias, encaja a la perfección con el personaje antagonista de Emily Blunt. Porque entre escenón y escenón, Villeneuve se cuida también de dotar a sus personajes de la profundidad y del código moral necesarios para que la película no resulte únicamente una mera cinta de acción. Como si tal hazaña no fuera ya digna de elogio.
polvidal
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8
5 de enero de 2012
100 de 104 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una cosa es ser feo y otra bien distinta ser incómodo de ver. Lo mismo podría trasladarse al mundo del cine. Hay películas feas, como paradójicamente lo es Precious, haciendo de la miseria su estandarte, y hay películas, que como Tyrannosaur, son incómodas de ver. Filmes ante los que uno no puede evitar apartar la mirada por su extrema crudeza pero cuya finalidad va más allá del morbo gratuito, porque el amarillismo no es sólo cosa de la tele. Obras que, cada una a su manera, nos recuerdan que la vida no es de color de rosa.

El protagonista de Tyrannosaur, traducida aquí como Redención, está bien lejos de ser amable. Joseph es un ser amargado, alcohólico y con una violencia que, efectivamente, es difícil de soportar. Tampoco es fácil aguantar las imágenes de ultraviolencia machista que padece Hannah, una devota samaritana que se cruza un buen día en su camino. El repugnante marido le reserva las peores vejaciones y la cámara no se anda con sutilezas. La experiencia, sin duda, es angustiosa pero también es realista. No todos los barrios son Wisteria Lane.

Precisamente en el reflejo de una comunidad decadente se ha mostrado ejemplar el actor Paddy Considine. Debuta tras las cámaras con esta loable película, tras la cual es fácil augurarle un futuro prometedor. No sólo es el máximo responsable sino también el firmante del guión de Tyrannosaur, uno de los tantos más notables de la película. Se esmera en recrear una atmósfera de extrema sordidez y consigue extraer, poniendo como protagonistas a dos antihéroes, a dos seres desgraciados, un elogio a la amistad. Lo hace sin maniqueísmos, sin caer en la fácil tentación de edulcorar la cruda realidad. Aunque el título ya pronostique una redención, los personajes no experimentan súbitos y repentinos cambios de personalidad. Son los que son. Imperfectos.

Peter Mullan y Olivia Colman son los otros responsables de que Tyrannosaur resulte por momentos tan dolorosa. La actriz es la que está acaparando nominaciones por su frágil y angelical Hannah, pero es gracias al tándem que forma con el apático, violento e insensible Joseph que el filme adquiere toques tan humanos. Incluso Eddie Marsan, con uno de los personajes más detestables del cine reciente, suma verosimilitud a la cinta. No es tarea fácil provocar odio y asco semejantes y tan unánimes en platea.

Tyrannosaur, por tanto, no bucea en el lodo con el propósito de removerlo. Tampoco con voluntad de extraer una moraleja ni de ofrecer un cuento de superación personal. Es sólo el contexto en el que se mueve un ser atormentado, un alma solitaria y asqueada con la vida que se cruza con otro ser desesperado. Y de repente se entienden, se respetan y se quieren. Es cine incómodo de ver pero a veces nos demuestra que escarbando en la basura puede hallarse la belleza.
polvidal
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