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España España · Madrid
Críticas de Eduargil
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7
25 de septiembre de 2017
109 de 141 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ninguno de los personajes de esta película tiene nombres. Javier Bardem es el poeta; Jennifer Lawrence, es la Madre, su inspiración; Kristen Wiig es su editor; Ed Harris es el invitado; Michelle Pfeiffer es la esposa del huésped; Domhnall Gleeson y Brian Gleeson son los hijos del maduro matrimonio. Sin embargo, los personajes de esta película, como veremos, más que figuras, son símbolos; más aún, representan sentimientos, emociones y sensaciones.

Los invitados encarnan las inseguridades y los temores de Madre. Se enfrentan a ella por no tener hijos, cuestionan la fuerza de su relación con su marido, y ponen a prueba sus aptitudes en todos los aspectos. Están allí para robar a su pareja y hacerla sentir incapaz e impotente. Se ofrecen como voluntarios para pintar las paredes y acabar el trabajo que ella no terminó. A medida que se presentan mas y mas visitas, Madre reexamina todo lo que sabe sobre el amor, la devoción y el sacrificio.

Al poeta, la llegada de invitados le aportan ideas y nuevas historias que le devuelven la inspiración para publicar un libro con el que volverá a tener mucho éxito. El mundo entero parece reconocerle su valía, es idolatrado y lo siguen en procesión para venerarlo hasta su casa. A partir de ahora aparece un enfoque religioso, el poeta se convierte en algo parecido a la figura de un Mesías. Sin embargo, sus seguidores son destructivos, egocéntricos e irrespetuosos, mientras que a él le encanta ser el centro de atención, pero en realidad por un motivo de auto-glorificación y de presuntuosidad, no para mejorar. Con todo esto se puede sacar la conclusión que Darren Aronofsky tiene una visión seriamente decepcionante y negativa de la raza humana.

La dirección de Darren Aronofsky nos lleva a detenernos casi por completo en la cara de Jennifer Lawrence, ya que pasa la mayor parte de la película en primer plano reflejando su angustia. Observamos cada uno de sus movimientos de cerca, seguimos siempre su punto de vista y de esta manera, nos vemos obligados a concentrarnos en sus emociones, y así, inevitablemente a empatizar con ella. Al mismo tiempo, intensifica la sensación de desorientación, ya que no siempre tenemos una visión de lo que está sucediendo alrededor de nuestra protagonista. En Madre! existe un retrato tan íntimo de su protagonista femenina como, por ejemplo, en Cisne Negro, y quizás un poco más personal. Los autoinvitados en la casa hacen su vida insoportable, realizando lo que quieren e ignorando su presencia y, como si eso no fuera suficiente, el poeta actúa de forma tan irrazonable e irritante que es casi imposible no despreciarlo.

En un principio la película se nos puede presentar como un completo jaleo. Tras llevar un buen rato de visión es fácil pensar que se trata de una paranoia o delirio de su director, sin embargo, una vez que uno acepta que todo lo que se ve en la película es simbólico puedes empezar a atar cabos y darle un sentido a las cosas. Aunque en general, Madre! es muy extraña, es una experiencia alegórica extrema con multitud de interpretaciones. La fábula retorcida de Darren Aronofsky ofrece mucho más que abstracción surrealista y para algunos puede tratarse de una parábola bíblica moderna. La perspectiva cíclica de Aronofsky de la realidad es completamente simétrica.

Madre! es el retrato más sórdido de la putrefacción del egocentrismo que consume gran parte de la humanidad. Aronofsky parece canalizar sus sentimientos y experiencias en la película, al tiempo que usa cantidad de referencias bíblicas y ofrece comentarios sobre el lado oscuro de la naturaleza humana. Asimismo, hay mucho simbolismo cristiano sobre la creación, la destrucción y el renacimiento. También hay algún sentido solapado sobre la violencia de la creación, sobre los creadores que entregan sus almas a las masas hambrientas, sólo para verlas como se destruyen y devoran.

Darren Aronofsky rellena la trama con innumerables metáforas que muestran su descontento con la actual sociedad, su pesimismo en relación a los rumbos que el mundo viene tomando abocado a un colapso social, financiero y ambiental. De esta forma, dentro de este contexto, comprenderemos más fácilmente lo que la esposa representa en la historia, y el porqué ella es quien más sufre las consecuencias de los actos del marido, ni siquiera percibidas por él. Como poeta que es, su ingenua creencia y optimismo por el ser humano le impiden ver el daño que causa a la propia mujer. Los fanatismos políticos y religiosos, la búsqueda de ídolos salvadores, el culto a las celebridades, la tiranía social, y otras muchas maldades que contribuyen a desolar y atormentar a la humanidad están, de una manera o de otra, reflejadas en Madre! de manera cautivadora y deslumbrante.

La utilización del surrealismo por parte de Aronofsky es una constante a lo largo de su carrera y muy evidente aquí. No todo lo que sucede debe ser interpretado exactamente de la forma en que se presenta, pues, de lo contrario, no encontraremos mucho sentido a lo visto. Madre! es una catarsis agonizante y un descenso inquebrantable hacia la desesperación, la locura y el terror, una experiencia tremendamente intensa desde su inicio, y sólo se vuelve más esquizofrénico, y cada vez más impredecible a medida que avanza. Para aquellos que puedan superar las escenas impactantes y disfrutar con buscar un sentido a lo absurdo y surrealista, entonces con Madre! se encontrarán ante una interesante película.

https://cinemagavia.es/pelicula-critica-madre/
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8
25 de junio de 2017
83 de 109 usuarios han encontrado esta crítica útil
Carla Simón dirige su primer largometraje, Verano 1993, basado en su propia infancia. La conmovedora historia de una niña de seis años que acaba de perder a su madre, es por el momento la película española mas galardonada del año, con los premios de Mejor Ópera Prima y el Gran Premio del Jurado Internacional de la Sección Gen. KPlus en el pasado Festival de Cine de Berlín, además de la Biznaga de Oro y el Premio Feroz de la crítica en el Festival de Málaga 2017. Estreno 30 de junio.

A raíz de la muerte de los padres de Frida (Laia Artigas) por el Sida, es enviada a vivir a un pueblo de montaña con el hermano de su madre, su tío Esteve (David Verdaguer), su mujer Marga (Bruna Cusi) y su hija, Anna (Paula Robles). La película está basada en las propias vivencias de la directora Carla Simon cuando en el verano de 1993 perdió a su madre y tres años antes había muerto su padre también. Verano 1993 se filmó en el mismo pueblo donde Carla fue enviada cuando tenía 6 años.

Demasiados cambios y tan transcendentales, en tampoco tiempo, transcurren en la vida de una niña de 6 años para poder asimilar y comprender: el traslado de residencia a un remoto pueblo diametralmente opuesto a su antiguo hogar (una concurrida y bulliciosa Barcelona), unos nuevos progenitores bajo la figura de sus tíos que se han convertido en los recientes tutores legales y una hermana pequeña de cuatro años con la que tiene que competir por las atenciones y el amor de sus nuevos padres. Ante la falta de una explicación convincente por parte de los adultos, Frida lucha de forma desgarradora por comprender lo que ha sucedido y adaptarse al nuevo entorno, se consuela con las visitas esporádicas de sus abuelos e inocentemente, con una virgen a la que lleva objetos para tratar de recuperar a su madre.

La soledad y el desconcierto de Frida están bellamente representados en las primeras escenas de la película y deja magníficamente retratado el tema principal de Verano 1993 a través del cual girará el resto del metraje, la figura de un niño tratando de combatir con su dolor interior, incapaz de exteriorizarlo y buscando un lugar en su nueva familia. En ese marco de confusión inicial, vemos a la niña desorientada observando a muchos adultos como invaden su casa de Barcelona, empaquetando todas sus pertenencias para hacer la mudanza. Allí, aparece Frida, casi siempre sola y si hay alguien más a su lado, apenas se hace visible, porque la cámara con constantes primeros planos de ella no se despega de su figura. Carla Simón centra toda la atención en las miradas y percepciones de la niña por su entorno y el mundo que la rodea, es decir, la cámara gira en torno a ella, de tal forma que, cuando no aparece en el encuadre, es como si estuviéramos viendo a través de sus ojos.

Es un emotivo drama, en el que a pesar de la dureza del tema tratado, Carla Simón jamás cae en el sentimentalismo fácil ni tampoco trata de manipular las emociones de los espectadores. La historia nunca toma el camino del melodrama sino más bien abre una ventana a la esperanza y, refleja de forma muy realista, el mundo a través de los ojos de una niña, que tras la pérdida de su madre intenta comprender el significado de la muerte. El nombre de la enfermedad de la madre nunca se menciona, se trata de algo vergonzoso y deshonroso para la familia en una época donde la información sobre el Sida era algo confusa y estaba relacionado, de forma equivocada, a un estilo de vida oscuro.

Las actuaciones de los adultos son correctas y tanto David Verdaguer como especialmente Bruna Cusí están magníficos en sus respectivos papeles. Sin embargo, uno de los mayores atractivos de Verano 1993 reside en la excelente interaccción de las niñas, Frida y Anna, encarnadas por Laia Artigas y Paula Robles. Sus actuaciones son increíblemente naturales, no parecen interpretar a nadie y si, interactuar de verdad. Debido a la espontaneidad y frescura que irradian ambas, da la sensación de ser observadas a través de una cámara oculta sin que ellas se den cuenta, jugando y hablando entre sí. Todo el mérito es para la hábil dirección de Carla Simón que ha sabido extraer de forma magistral esa naturalidad tanto en los diálogos como en el lenguaje corporal de los jóvenes actrices.

Una de las escenas donde vemos con mayor claridad esa espontaneidad y naturalidad de las niñas, de la que he hablado antes, es en la que ambas están jugando, Frida en una tumbona de piscina haciendo el papel de mamá, con la cara pintada, botas camperas, fingiendo que fuma y hablando de la misma forma que supuestamente lo hacía su madre con ella, y por otro lado, Anna haciendo de hija servicial preparándola la comida. Se trata de una simpática escena que produce sufrimiento y horror a la vez, porque dice mucho de la relación disfuncional que tenía Frida con su madre.

Verano 1993 es una conmovedora historia magníficamente dirigida por una realizadora novel, Carla Simón, filmada con mucha sensibilidad y ternura, con unas soberbias actuaciones de las dos niñas, Laia Artigas y Paula Robles, y como broche de oro, posee una poderosa y hermosa escena final que describe de forma magistral todo el sentir de Frida. En resumen, una maravillosa película que seguramente después de los créditos finales, nos la llevaremos a casa con cariño guardada en nuestra mente.
Eduargil
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8
25 de enero de 2017
70 de 89 usuarios han encontrado esta crítica útil
El pequeño Saroo (Sunny Pawar), de cinco años, pasa la mayor parte del día con su hermano mayor Guddu consiguiendo dinero extra, en acciones que chocan con la legalidad, para colaborar con su madre, y cuidar de su hermana pequeña Shekila. Un día, en una expedición nocturna en ferrocarril a otra ciudad, Saroo acompaña a su hermano, a pesar de las reticencias y protestas iniciales de éste. El pequeño está tan cansado que se duerme en un banco de la estación, mientras Guddu se va a un negocio no especificado y le pide a su hermano no moverse de allí hasta su regreso. Cuando Saroo despierta está tan colérico y asustado, que busca a su hermano, entra en un tren vacío y se queda dormido de nuevo, al día siguiente despierta en un vehículo fuera de servicio que se detiene en Calcuta, a miles de kilómetros, lejos de su casa y familia. Saroo aprende a vivir solo en una ciudad que habla bengalí y no entiende el hindi, tras una serie de peripecias entra en un orfanato más parecido a una cárcel, y será aquí, donde la buena fortuna entra en su vida a través de la adopción de una pareja australiana, Sue Brierley (Nicole Kidman) y John Brierley (David Wenham).

La segunda hora de la película, nos traslada veinticinco años después, un adulto Saroo (Dev Patel) en Australia, con sus estudios recién terminados en una Escuela de Administración Hotelera, parece llevar una vida idílica en una casa junto al mar, visitando ocasionalmente a sus padres, preocupado de su hermano adoptado Mantosh (Divin Ladwa) y con una relación estable al lado de su novia Lucy (Rooney Mara), sin embargo, cuando descubre las posibilidades de Google Earth, la obsesión por encontrar a su madre biológica y hermanos se apodera de su vida, y decide buscarlos contando tan sólo con sus recuerdos y una determinación inquebrantable.

La acción de la película se desarrolla entre la India y Australia, atraviesa los continentes, y nos permite conocer las diferentes formas de vida que hay en cada uno de ellos. Después de la aridez y el tumulto de la India pasamos a los paisajes abiertos de Australia dominados por grandes extensiones de agua. Todo es tan diferente como el televisor y el frigorífico del nuevo hogar de Saroo. La presencia natural y la extraordinaria interpretación de Sunny Pawar como el pequeño Saroo en la primera parte, es verdaderamente adorable y cautivadora, transmite una maravillosa y silenciosa mirada mientras descubre y aprende todo, y, lo más importante, consigue emocionarnos profundamente en esta increíble historia.

El guión de Lukes Davies (nominado al Oscar) proporciona una fabulosa conexión con la comida para que Saroo la asocie a sus recuerdos de infancia y orígenes. De pequeño en la India comía con los dedos, y parte de su férrea preparación formativa en Calcuta para su salida al extranjero implicaba aprender maneras en la mesa tanto de comportamiento como de aprendizaje para el buen uso de los cubiertos. En la Universidad de Melbourne donde estudia tiene algunos compañeros indios, y en una ocasión le invitan a comer. Curiosamente, ahora con sus nuevos amigos indios, una vez más es inducido a comer con los dedos. Asimismo, en una incursión a la cocina ve unos dulces indios colorados y brillantes, que activarán su memoria como un resorte con recuerdos del pasado, con imágenes de aquel exquisito y deseado manjar de niñez en compañía de su hermano.

Dev Patel logra de forma brillante y convincente transmitir con una gran sensibilidad y delicadeza, esa sensación de frustración, confusión, y dolorosa pérdida de alguien separado de su familia sin previo aviso, además, realiza una interpretación tan magnífica, intensa y emotiva que consigue introducirnos con suma facilidad en el interior de su personaje, y hacernos sentir en primera persona la angustia asfixiante y el profundo sufrimiento de Saroo por buscar y encontrar sus verdaderos orígenes e identidad, mientras que Nicole Kidman, con este papel podríamos estar ante un verdadero rejuvenecimiento profesional de la actriz, con el retrato de un personaje perfectamente matizado, de una madre cariñosa, comprensiva y con mucha paciencia. Una portentosa actuación de Kidman merecedora de algo más que una nominación al Oscar.

El director Garth Davis y su responsable de fotografía, Greig Fraser (nominado al Oscar) nos deleitan con amplios y hermosos paisajes, presentados a través de largas tomas aéreas panorámicas, sobre todo, de las impresionantes llanuras secas de la India Central. Garth Davis encuentra una fantástica solución usando el ojo del mundo que todo lo ve, de la herramienta Google Earth, como inspiración para el encuadre de Greig Fraser. De ahí vemos como las grúas y cámaras vienen a imitar la experiencia de desplazarse por Google Earth con lo que visualmente resulta bastante sorprendente. La nominación al Oscar a la Mejor Fotografía está mas que justificada.

Lion plantea diferentes cuestiones de peso a lo largo de los 120 minutos que dura la cinta como la pobreza, la adopción, la explotación y la más poderosa, la identidad. La película reúne todos los ingredientes para ser un auténtico éxito de taquilla, posee un toque edulcorado para suavizar el duro trasfondo del tema, tratada con mucha delicadeza y tacto para atraer al mayor número de espectadores posibles, y lleva el sello inconfundible que tanto gusta a las grandes producciones de Hollywood: "Basado en Hechos Reales", para dar mayor autenticidad, fuerza y emotividad a la narración. A pesar de saber todo eso, inevitablemente a la salida del cine, te dejará la sensación de haber visto una grandiosa, conmovedora y hermosa película que te llegará a lo más hondo de tú corazón. Y, por favor, no te levantes de la butaca tan rápido durante los créditos finales, porque te perderás el emocionante encuentro de los verdaderos personajes en la vida real.
Eduargil
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9
20 de noviembre de 2017
40 de 44 usuarios han encontrado esta crítica útil
El paisaje del antiguo condado inglés de Yorkshire es estéril, escabroso y abrupto. El final del invierno hace que el paisaje de la norteña ciudad inglesa parezca aún más triste y sombría. Un lugar donde parece no hay cabida para los sentimientos. Una zona tan áspera, fría y repulsiva que sus habitantes la llaman Tierra de Dios. Este es el nombre que da título a la película con la que Francis Lee debuta como realizador. Esta ópera prima es un proyecto muy personal ya que el director es natal del condado de Yorkshire. De hecho, Lee reveló que la película había sido filmada en la granja de su infancia, en un terreno que su familia había poseído durante décadas.

Johnny Saxby (Josh O’Connor), de 24 años, es un hombre parco en palabras, hasta el punto que no le escuchamos hablar hasta bien entrada la primera mitad de la película, y para colmo lo vemos hacer con uno de sus animales de la granja. Obligado a hacerse cargo de la granja de su familia sin ayuda de nadie desde que su rudo padre (Ian Hart) enfermó. Johnny apenas puede soportar su desesperada situación en la vida, con un trabajo duro, un futuro incierto, una homosexualidad incompleta a medio realizar y una soledad infinita. Ese hogar inhóspito llamado Tierra de Dios parece ser un reflejo de su alma. Johnny, incapaz de lidiar con el aislamiento y las dificultades de la granja, seguramente preferiría huir, marcharse muy lejos, como lo hizo en su día su madre a algún lugar del sur, dejando la granja y la familia.

Johnny está enojado con su entorno, con su vida, consigo mismo, es muy probable que hubiera votado el Brexit. El joven encuentra distracción solo en los bares, donde regularmente se emborracha y tiene sexo rápido y anónimo. Cuando llega a la granja Gheorghe (Alec Secareanu), un trabajador rumano para ayudar a preparar a las ovejas durante la temporada de apareamiento, solo significa que Johnny ha encontrado otra víctima para atacar y despreciar, lo llama gitano. Pero cuanto más tiempo pasan juntos, más fuertes son los sentimientos entre ellos, hasta el punto que Johnny se ve obligado a preguntarse a si mismo que es lo que quiere exactamente para su vida.

Este amor surgido entre ambos jóvenes es magníficamente escenificado, de forma muy erótica y sensual, por Francis Lee. Ante todo se trata de una lucha, una amarga lucha en todos los aspectos. Gheorghe logra acceder al monstruo y perdedor Johnny. La agresión se convierte en pasión, al tiempo que se convierte en ternura. Algunas bellas escenas nos recuerdan a clásicos de Michael Powell, debido a la magnífica representación casi mágica de la naturaleza como si de un cuento de hadas se tratara, en donde Francis Lee consigue con gran precisión que el amor, el paisaje y la luz se fundan en una sola unidad.

Esta relación inesperada entre ambos jóvenes se desarrolla de la manera más natural, mostrada no solo a través de su intimidad compartida, sino también por medio de poderosas y bellas imágenes de un accidentado terreno que los rodea en todo momento. De esta forma, el director británico consigue un memorable estudio y exploración no solo de la sexualidad, sino también de la masculinidad, de la diversidad cultural, las responsabilidades y la familia, utilizando su entorno geográfico con la misma eficacia que “Cumbres Borrascosas” (2011) de Andrea Arnold o “Kes” (1969) de Ken Loach, ambas ubicadas en los desolados páramos de Yorkshire.

Además, Tierra de Dios parece seguir los pasos de la reciente producción británica “The Levelling” (Hope Dickson Leach), donde también se ofrece una peculiar visión cinematográfica de la vida en una granja en funcionamiento en medio de una crisis familiar.

Francis Lee presenta espléndidas perspectivas de paisajes, escenificando la naturaleza y la corporeidad masculina, tanto de los cuerpos bien formados de los jóvenes como del cuerpo deteriorado por exceso de trabajo del padre de Johnny. En la fuerza poderosa de este paisaje, en la crueldad de la naturaleza y en las personas de mente estrecha, el director intenta descubrir una belleza secreta y una poesía oculta. En Tierra de Dios, observamos innumerables primeros planos de manos, manos realizando su trabajo, tocando animales, e incluso buscando y acariciando otras manos, como parte de un lenguaje cargado de simbolismos que sugiere y anhela compañia, proximidad o el descubrimiento de un nuevo hogar, una nueva patria.

La comparación con “Brokeback Mountain” de Ang lee (2006) es inevitable y en cierto modo tienen muchas similitudes, pero Tierra de Dios va mucho más allá, es más profunda y eso lo que la hace especial, diferente y única. A diferencia de la película de Ang Lee, no es la homofobia del entorno rural lo que se interpone en el camino de la felicidad de los dos jóvenes. De hecho notamos como la abuela de Johnny tolera la relación entre ellos porque se siente conmovida del cambio positivo de su nieto, e incluso en el pueblo saben de su condición sexual. La xenofobia al extranjero, la hostilidad a la entrada de inmigrantes en busca de trabajo es el elemento conflictivo en Tierra de Dios y, uno de los pilares sobre los que se apoyó el Brexit en el Reino Unido.

Tanto Josh O’Connor como Alec Secareanu realizan unas magníficas actuaciones, casi impecables, pero destaco especialmente la de Josh como Johnny. Es asombroso ver como ejecuta de forma maravillosa esa lenta transformación de su personaje, que pasa de un tipo macho alfa a una persona sensible y afectuosa. La interpretación contenida y matizada de Josh O’Connor a lo largo del metraje es absolutamente brillante. Se nos presenta como un individuo dolido, solitario y enojado, pero a medida que avanza la película, comprendemos, sentimos y justificamos su comportamiento, y deseamos que sea feliz, y para ello, solo hay una persona que puede conseguirlo…........

Alec Secareanu como Gheorghe es la otra pieza.................
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https://cinemagavia.es/pelicula-critica-tierra-de-dios/
Eduargil
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9
10 de enero de 2017
30 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los rumores de un posible cierre del Studio Ghibli a mediados del año 2014 sacudió y conmocionó a millones de seguidores en todo el mundo, los cuales ya estaban muy afectados y afligidos cuando su fundador, Hayao Miyazaki, considerado el Walt Disney de Oriente, anunció un año antes a través de un comunicado su retirada como director de largometrajes. La compañía no tardaría en desmentir tales rumores sobre su desaparición tras informar que tan solo se tomaría un descanso provisional para realizar una reestructuración debido a los altos costes generados por la empresa. Pues bien, ahora vuelve con fuerza al panorama cinematográfico mundial, y lo hace con su primera coproducción internacional, La Tortuga Roja, dirigida por el director holandés Michael Dudok de Wit, y coproducida por Francia. Tres nombres propios importantes en la producción son la base en la que se sustenta este ambicioso proyecto: de parte japonesa, Hayao Miyazaki (El Viaje de Chihiro, La Princesa Mononoke, y Mi Vecino Totoro) e Isao Takahata (La Tumba de las Luciérnagas y El Cuento de la Princesa Kaguya), y de parte francesa, Vincent Maraval.

Hace más de diez años, Michael Dudok de Wit recibió un importante correo de Studio Ghibli, con dos peticiones; la primera, permiso para distribuir su cortometraje Padre e hija (2000) en Japón, por el cual recibió multitud de premios internacionales, como el Oscar al Mejor Corto de Animación o el Gran Premio en el Festival de Annecy, además de cosechar muy buenas críticas tanto de la prensa especializada como del gran público, para llegar a convertirse a día de hoy en todo un clásico y corto de culto. La segunda, una oferta para trabajar en su estudio con la posibilidad de dirigir su primer largometraje, ya que hasta ahora solo tenía en su haber la realización de cuatro cortometrajes. De esta manera, la idea de un hombre en una isla desierta que llevaba rondando la mente del director holandés desde hacía un tiempo, empezó a rodar, y así nació La Tortuga Roja. Diez años de esfuerzos ha empleado Dudok de Wit para realizar esta impresionante, emotiva y encantadora maravilla visual.

Sin utilizar ningún diálogo, nos cuenta la historia de un hombre que naufraga en una isla desierta poblada de cangrejos, tortugas y aves, cuyos intentos repetidos de escapar en diferentes balsas de madera improvisadas son malogrados por una fuerza invisible. Dicha fuerza resultará ser una gigante tortuga roja. Cuando al hombre enfurecido se le presenta la oportunidad de vengarse de esta misteriosa criatura, no la desaprovecha, y tras su posterior arrepentimiento por la acción cometida, la tortuga roja se transforma en una hermosa mujer que le hará compañía en la isla para el resto de su vida.

La escena inicial de una tormenta con un mar embravecido, en donde nuestro protagonista lucha por sobrevivir, recuerda a la famosa estampa japonesa La gran ola de Kanagawa del pintor Katsushika Hokusai donde se refleja esa dualidad existente entre la fragilidad de los seres humanos y la imparable fuerza de la naturaleza. La Tortuga Roja es un retrato de nuestro mundo, capaz de ofrecer belleza y crueldad al mismo tiempo. Esa furia y fuerza destructiva de la naturaleza actúa con mayor vehemencia y contundencia en otro episodio de la película, en el que sentimos toda su inmensidad y grandiosidad convirtiendo a las personas en diminutos, pequeños e insignificantes seres vivos.

A pesar de estar dirigida y coproducida por europeos, conserva muchos elementos y temas característicos de la factoría Ghibli, ese toque de misticismo y misterio en la historia, el respeto y el amor por la naturaleza, el paso de la infancia a la vida adulta, e inclusive intervienen unos traviesos y simpáticos personajes en forma de cangrejitos, con muchas semejanzas y similitudes a los asustadizos y curiosos Susuwatari que aparecen en Mi vecino Totoro y El viaje de Chihiro, unos seres pequeños muy oscuros en forma de bola y pelo rizado. Cuando la tortuga se convierte en una compañera humana, la película se transforma en un hermoso y lírico viaje a través de la vida, una apacible y onírica fábula llena de misterio, capturando la crisis existencial del hombre que termina aceptando su situación para enfrentarse a la isla, y aprender a disfrutar de su entorno.

El público al que va dirigido Ponyo en el Acantilado (2008) evidentemente no es el mismo que el de La Tortuga Roja, aunque hay momentos cómicos de mucha ternura, delicadeza, y muy conmovedores, no se trata de una película para niños debido a su trasfondo filosófico y existencialista donde se nos habla de la realidad de la muerte, y en la que Michael Dudok de Wit pretende transmitir que no necesitamos oponernos a la muerte, ni temerla, ni luchar contra ella ya que se trata de algo natural que forma parte del ciclo de la vida.

Todas mis críticas en:
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