arrow
Haz click aquí para copiar la URL
España España · Premià de Mar
Críticas de Martí
Ordenadas por:
170 críticas
1 2 3 4 10 20 34 >>
6
21 de abril de 2018
69 de 97 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo mismo me pasó hace nueve años con Fantástico Sr. Fox: llegar a mitad de la película y descubrir que las formas son lo único que mantiene despierto mi interés. Sin duda es una coincidencia relacionada con el hecho de tratarse de los únicos títulos animados del director. Y no por que a un servidor le desagrade dicho género, sino más bien por el tipo de admiración que el autor me despierta: no es tanto su sello estético como su habilidad por perfilar guiones y personajes. Cabe reconocer que el autor de Rashmore hace años que utiliza la misma estrategia: el empleo de multitud de personajes, cuidadosamente distribuidos, para dibujar una historieta zigzagueante, que navega entre lo ingenuo y lo perverso. Ya sea mediante la interrupción de la comedia mediante twists dramáticos (casos de Life Aquatic y Viaje a Darjeeling), la resolución agridulce de una fábula abierta a lecturas trascendentales (caso de Moonrise Kingdom) o el uso de la nostalgia como analgésico edulcorado contra la imparable destrucción del tiempo (caso de The Grand Hotel Budapest), Wes Anderson siempre logra exprimir el músculo emocional del espectador, al menos durante unos minutos. Pero, al parecer, el apartado técnico acapara toda su atención cuando se mueve por el terreno de la animación.

Durante los primeros 20 minutos todo me parece sorprendente. La capacidad evocadora de Isla de perros es indiscutible. La película arranca con un fantástico prólogo acerca de una antigua leyenda relacionada con la enemistad entre perros y gatos. Una efectiva declaración de intenciones: el director logra que, de pronto, se me antoje apetecible el visionado de una serie de aventuras cuyo campo de batalla apenas traspasa el sector canino. La habilidosa mano de Alexander Desplat vuelve a marcar el tempo de los acontecimientos, en una perfecta sincronía con el montaje. La pretendida y exagerada dramatización de los diálogos por parte de un maravilloso reparto (Bryan Cranston, Edward Norton, Bill Murray y Jeff Goldblum entre los más reconocibles) crea un placentero efecto hipnótico, gracias al cual olvido rápidamente que los protagonistas no son más que muñecos parlantes con forma de perro. Sin olvidar el alto nivel del detalle: anderson idea cada plano sin descuidar ni un solo rincón. Gracias a ello, el (relativamente) ortopédico movimiento de los personajes queda perfectamente compensado por la compleja completitud de las imágenes, que a su vez casan fantásticamente con una elaborada edición de sonido. Todo este engranaje me mantiene fascinado hasta que descubrir que, en realidad, estoy contemplando el chasis de una máquina bacía.

Quiero anticiparme a la crítica más previsible: sí, soy consciente del trasfondo crítico que contiene el planteamiento inicial: los perros como metáfora de ciertos sectores sociales desfavorecidos, a quienes el gobierno señala como los responsables de un conflicto en realidad ideado y ejecutado por el mismo. Un punto de partida interesante, pero gastado tan prontamente como planteado. De hecho, llegado el segundo acto ya da la sensación de que Wes Anderson se limita a seguir el cauce de una serie de convenciones argumentales, sin más interés que el de terminar el relato de algún modo. Nada resulta conmovedor ni emocionante, solo monótono. Tal es el grado de conformismo, que incluso el canon falo-céntrico de la clásica historieta de aventuras hace su acto de presencia: el papel de los personajes femeninos no es otro que el de caer rendidos a los pies de sus admirados héroes. Y así, igual que en un primer momento el carácter ingenuo de la película parecía pertenecer exclusivamente al terreno formal (mientras que el argumento respondía a una reflexión seria acerca del racismo y la distinción de clases), todo el producto acaba adquiriendo un carácter previsible, simplista y prácticamente vacío.
Martí
¿Te ha resultado interesante y/o útil esta crítica?
8
6 de diciembre de 2012
23 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
Determinadas imágenes iniciales que en un primer momento me parecieron tópicas e insustanciales son las que acuden a mí memoria con dulzura cuando pienso ahora en La vida de Pi. Y es que estas tienen una belleza inmaterial tan solo apreciable cuando se comprende, al finalizar el metraje, su verdadero significado. Son esas mismas imágenes que en un primer momento acepté como una concesión molesta y chirriante las que me hicieron derramar lágrimas cuando volvieron a mí mente cargadas de significado al concluir el filme.

Hay muchos aspectos meritorios en la cuidada dirección que nos ofrece Ang Lee con su último trabajo. Uno de ellos es la suave técnica narrativa con que se desarrolla la aventura, comparable con las mejores narraciones literarias. Me explico. Los escenarios, situaciones y personajes (el que sean animales solo añade aun más mérito al trabajo) son presentados de forma poética y elegante gracias a una puesta en escena medida con tanta precisión y delicadeza (desde la composición fotográfica de los planos hasta los ágiles pero contenidos movimientos de cámara) que todo parece estar rodeado por un aire literario-fabulesco, como si se pretendiera evidenciar que el origen del relato se encuentra en una novela y respetar así su carácter esencial.

Seguramente, el mérito más evidente de la pieza se encuentra en su condición de película llena de simbolismos, reflexiones y para nada repetitiva cuyo desarrollo se da mayoritariamente en un único escenario y solo con dos personajes (repetimos, uno de ellos animal). Pero centrarse en ello sería quedarse en la superficie. Des de mí punto de vista, el mayor mérito se encuentra en la casi inimaginable harmonía con que conviven espectáculo y profundidad en una película de tales dimensiones. Y es que durante los primeros minutos del metraje, uno tiene la sensación de disponerse a ver una buena película de aventuras; y por ello y con la esperanza de pasar un buen rato, se hace la vista gorda ante ciertos aspectos aparentemente tratados con superficialidad. Nada más lejos.

La película avanza y el espectáculo visual (que sigue allí de forma igualmente deslumbrante) va perdiendo fuerza para ceder terreno al desarrollo personal del protagonista. Cada vez estamos más cerca del personaje y finalmente espectáculo y reflexión coinciden en un mismo punto logrando una fantástica complementación: las escenas deslumbrantes ya no impresionan tan solo por su apariencia, sino que contienen una magnífica carga emocional que conduce el relato hacia un profundo y emotivo desenlace. Son muchos los momentos en que Ang Lee nos deslumbra con movimientos de cámara imposibles y secuencias de pura belleza visual, pero ello no solo no le impide llevar a cabo una preciosa reflexión existencialista, sino que una cosa y otra se complementan a la perfección como solo logran las grandes películas de directores como fuera por ejemplo David Lean (salvando, si uno quiere, las distancias).

Siempre es un placer descubrir joyas sencillas a la vez que profundas dirigidas a todo el público sin miedo a la innovación, joyas que dejan al espectador con aquella hermosa sensación agridulce que solo poseen las películas que nunca pasarán de moda.
Martí
¿Te ha resultado interesante y/o útil esta crítica?
3
28 de octubre de 2012
20 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace años que solo escribo críticas de películas que me gustan. Ello se debe, en primer lugar, a que considero que cualquier director que logre terminar su proyecto merece mi respeto. En segundo, encuentro mucho más útil defender propuestas prometedoras que regodearme en aquello que en mí opinión es un mal trabajo, algo que con un simple “no me gustó” quedaría entendido. Pero aun así, Lo imposible me hizo enfadar de tal manera he resuelto escribir la crítica que en su momento no encontré.

Empezando por lo obvio, el planteamiento de la nueva película de Bayona ya es, cuando menos, polémico. El aclamado director de El Orfanato nos cuenta la experiencia vivida por una de las pocas familias que testimonió con final feliz la catástrofe del famoso tsunami de 2004. Sirviéndose de ello, Bayona relata el (aparentemente) emotivo reencuentro de los miembros de la familia, que dicho sea de paso, es presentada como americana (en realidad española). Una vez dicho, decida cada uno cual es la ética de lo mencionado, a poder ser recordando que la película es (o pretende ser) una reproducción de una catástrofe que se cobró miles de vidas, en algunos casos de familias enteras.

Concentrándonos en el contenido, Bayona, que tiene claro su objetivo, se propone quitarse de encima rápidamente los ejercicios obligatorios de presentación de situación y personajes. Así, los protagonistas son caracterizados con cuatro pinceladas descuidadas y apenas hemos tenido tiempo de empatizar con ellos cuando son engullidos por el gran tsunami. Es entonces cuando el joven director despliega su potencial de director de masas que tan buen resultado le dio en su título anterior. Una gigantesca ola cubre el escenario provocando espectaculares destrozas que Bayona se cuida en mostrar, si bien no de forma recreativa, sí des de la posición del mago de los efectos visuales que pretende impresionar al público, deudor de sujetos como Michael Bay o Rolan Emerich.

De acuerdo, reconozcamos que quemar el cartucho de la espectacularidad al inicio del film significa vaciarse los bolsillos de un importante recurso, pero ello no significa necesariamente despojarse del paracaídas. Y es que, con esta presentación basada en el impacto visual (y a falta de personajes interesantes), Bayona asegura el anonadamiento del espectador mediante un empache de espectacularidad que cubre todo del filme. Pero no olvidemos que al director le interesa conseguir un final feliz, motivo por el cual la tragedia es mostrada solo en parte. La cantidad de imágenes trágicas es suficiente para que el público entienda que los personajes se encuentran ante un conflicto que ocupará toda la película, pero también la justa para que ello no comporte para ellos nada más que daños físicos, esquivando así todo tipo de traumas o daños psicológicos que les pudiera causar la realidad.

Entonces, como lograr un final emotivo cuando el cartucho de la espectacularidad está quemado y los protagonistas carecen de profundidad? Pues, evidentemente, mediante la lágrima fácil provocada por los pinchazos de un bastón que el director se preocupa por afilar durante todo el metraje. Más cercanos a la imitación (cuando no parodia) de personajes estereotípicos del cine que a las personas reales, los protagonistas actúan como se espera que actúe un héroe, villano o cualquiera que sea el tipo de perfil que se les haya asignado des de el comienzo. Con ello todo resulta tremendamente artificioso.

Y por si fuera poco, lo último que se nos muestra (sin desvelar ningún secreto) es un almibarado final en el que vemos a la familia junta recordando los casos de otros que han tenido menos suerte, seguido ello por la conclusión del filme consistente en mostrar el título del mismo (Lo imposible). Que podemos entender con ello? Acaso se trata de una metáfora para decir que el amor familiar sirve para superar obstáculos imposibles? Que pasa entonces cono todas aquellas familias cuyo final fue distinto? Sea como sea, toda conclusión a la que podamos llegar – siempre des de mí punto de vista - se encuentra lejos de mostrar el respeto que merece un caso tan triste como es la tragedia que Bayona usa de contexto para arrastrar al público a un circo de espectáculo visual y sensiblería.
Martí
¿Te ha resultado interesante y/o útil esta crítica?
7
25 de mayo de 2018
20 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una vez tuve un amigo dibujante cuyo método de trabajo era imaginar un objeto encima del folio en blanco y reseguir los rasgos con el lápiz. El proceso de creación tenía lugar en su mente, el trabajo manual no era más que facilitar al observador la información necesaria para “hacerse entender”. En otras palabras, al dibujar no estaba creando, sino intentando describir con precisión algo que ya existía. Da la sensación de que esto es lo que hace Sebastán Lelio con su película Disobedience, más parecida al retrato de una serie de sucesos reales que una historia inventada. El director resigue los trazos de unos sucesos casi palpables, con un lápiz de punta fina, sensible, cuidadoso. Se limita a abrir las puertas de su historia y a ofrecernos el mejor enfoque para seguir los acontecimientos. La existencia de los personajes va mucho más allá del encuadre desde el que los vemos. Todo lo que se dicen, todas sus acciones, siguen la lógica de una realidad que poco a poco vamos descubriendo. Aceptamos su carácter y comportamiento con la misma naturalidad que lo aceptaríamos en personas reales.

Lelio describe la cotidianidad de una comunidad judía ortodoxa desde una mirada indudablemente crítica, pero desprovista de maniqueísmo y manipulación. Nada resulta caricaturesco ni exagerado. La posición disconforme del director no impide a la familia (a pesar de su carácter hermético y absolutista) resultar interesante. Es tanta la precisión con que está descrita que observarla no puede más que despertar el interés. Todos los personajes actúan siguiendo ciertos parámetros, ninguno trata de complacer los deseos del director. Además, su interacción con los espacios es del todo natural, en gran parte gracias al especial cuidado que Sarah Finlay y Danny Cohen dedican a la dirección de arte y la fotografía. La planificación, por su parte, está ideada con el grado justo de realismo y manierismo para que la narrativa devenga transparente pero estilizada, contundente y a la vez ligera. A su vez, la banda sonora de Matthew Herbet (quien ya colaborara con el director en Gloria, trabajo galardonado por la academia como mejor película de habla no inglesa) logra hacerse evidente sin resultar invasiva, con deliciosas reminiscencias al magnífico trabajo Incantations de Micke Oldfield.

Presto especial atención a todos estos aspectos técnicos porque es francamente sorprendente la homogeneidad con que trabajan, siempre al unísono, describiendo una realidad que parecen conocer hasta el más pequeño detalle. Algo que sin duda contribuye a que las secuencias relativas a la historia de amor lésbico entre Ronit y Esti (Rachel Weisz y Rachel McAdams) se sucedan con la misma naturalidad que se sucederían las de una historia de amor entre personajes heterosexuales (pues, si bien sobra decir que igual de naturales son ambos tipos de amor, todavía hoy es poco frecuente que el cine, la literatura y el arte en general los trate de igual manera). Pero, curiosamente, esta misma historia (como ya dije, brillantemente planteada) parece pertenecer, a ratos, a una película completamente diferente. Como si el cuidado retrato de todo el escenario familiar judío ortodoxo no hubiera tenido en cuenta su irrupción. Pues, a pesar de que nada de lo que se muestra resulta inverosímil ni forzado, ambos relatos encuentran ciertas dificultades en co-existir... hecho que, por otra parte, no desentona para nada con la experiencia vivida por las dos protagonistas de esta fantástica película.
Martí
¿Te ha resultado interesante y/o útil esta crítica?
6
27 de mayo de 2014
14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es curioso cómo una simple inversión de roles (en este caso, dentro del campo genérico) puede convertir una simple anécdota socialmente (casi) aceptada en un tema de reflexión suficientemente abundante como para llenar todo el argumento de una película. Pienso, casi sobra decirlo, en el clásico caso en qué un personaje masculino entabla una relación amorosa con uno del sexo contrario, diez o veinte años más joven que el primero. Tal situación, como entredije, normalmente no pasaría de la simple anécdota, tal vez sería brevemente criticada por determinados sectores (no digo ya si femeninos o masculinos) a la hora del café. Pero al parecer, tan poco frecuente es el caso contrario (o tan poco acostumbrados estamos a él) que el simple hecho de imaginarlo proporciona a la directora Anne Fontaine el argumento completo de su última película, Dos madres perfectas. Un hecho que, si bien no supone ninguna novedad en el terreno cinematográfico (me vienen a la memoria casos com el de Harold y Maude o El graduado) sí ofrece un punto de vista positivamente reivindicativo, y desde luego poco frecuente en la cartelera actual.

Por eso, y a pesar de los defectos de la película, me parece hasta cierto punto loable el aspecto formal por el que la directora de Coco Chanel, de la rebeldía a la leyenda ha apostado: esta es una película plagada de primeros planos en donde las arrugas faciales de las dos protagonistas se hacen evidentes, algo que, lejos de suponer una desventaja para sus atractivos físicos, ensalzan sus figuras para potenciar el atractivo de la madurez, además de remarcar su valentía al no sucumbir a la tentación de someterse a (innecesarias) operaciones supuestamente rejuvenecedoras. De modo que, ante todo, me inclino a pensar en Dos madres perfectas como una suerte de canto a la madurez; no la que todos conocemos por películas como Umberto D. o Vivir (es decir, la tercera edad), sino este momento que representa el punto bisagra entre la juventud y la vejez, esta edad en que ya no se es lo suficientemente joven como para exhibir el atractivo físico ni lo suficiente mayor como para despertar entrañabilidad o incluso compasión. Una etapa de la vida, reconozcámoslo, pocas veces tratada en el cine.

Más allá de este hecho, debe decirse (mal que me pese) que la película no supone ningún gran descubrimiento. Probablemente lo más destacable sea su inicio, expuesto con elegancia y seguridad mediante un acertado uso de largas elipsis. Pero tan pronto com este queda atrás, da la sensación de que la película se va desinflando. A grandes rasgos, se trata de un trabajo que se ve con facilidad y sin llegar a hacerse pesado; pero que tampoco puede evitar caer en la redundancia una vez expuesta su intención. Pues, como ya dijimos, el tema planteado alcanza para llenar el argumento de una película, sí, pero en este caso no logra ir más allá de la mera idea; lo que convierte esta historia en la exposición de una tesis que queda cerrada tan pronto como termina su primer acto. Es por ello que me inclino a recordar Dos madres perfectas como una ensalzación de la madurez antes que como una historia de amor; como una reivindicación del físico natural que entiende que las arrugas faciales no son otra cosa que una prueba de valentía y de la aceptación de uno mismo, al margen de la edad que se tenga.
Martí
¿Te ha resultado interesante y/o útil esta crítica?
1 2 3 4 10 20 34 >>
Preguntas más frecuentes | Política de privacidad / condiciones de uso | Configuración de privacidad | Ir a Versión MÓVIL
© 2002-2019 Filmaffinity - Movieaffinity | Filmaffinity es una página de recomendación de cine y series basada en la afinidad entre sus usuarios.
Filmaffinity es un medio independiente, y su principal prioridad es la privacidad, mantenimiento y seguridad de los datos de sus usuarios,
información que no comparte fuera de la web con ninguna entidad y/o empresa, bajo ninguna circunstancia.
All Rights Reserved - Todos los derechos reservados