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Críticas de La mirada de Ulises
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114 críticas
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5
24 de noviembre de 2014
35 de 58 usuarios han encontrado esta crítica útil
De nuevo la controversia ciencia-religión llega a la pantalla de cine, y lo hace con un esquema un tanto maniqueo y bajo una marcada perspectiva new age. El ensayo corre a cargo de Mike Cahill y el experimento se llama "Orígenes". En ella, un biólogo molecular, Ian Gray, trata de demostrar la inexistencia de Dios a través de sus investigaciones del ojo humano. Su cientificismo choca con el mundo religioso de Sofi, una enigmática joven de la que se enamora y que vive de sensaciones cósmicas que pondrán a prueba las certezas de Ian y las de su compañera de trabajo Karen. Bajo la premisa de que el ojo es la ventana del alma y de que el iris marca la identidad única de la persona, los jóvenes investigadores tratan de reducir el misterio de la vida al frío dato de laboratorio, y de explicar toda la realidad según la relación causa-efecto.

En su pretensión didáctica y reflexiva, Cahill inicia la película con un discurso tan caótico y azaroso que resulta absolutamente increíble y tedioso. Nada tiene explicación racional ni coherencia, y no lo digo por ese amor a primera vista que surge de manera abrupta en la oscuridad de la noche, sino por tantas coincidencias y conexiones que nos llevan a otro planeta o a otro tiempo... pero que no es el de los humanos. Los diálogos explicativos de su teoría evolucionista derivan hasta lo pretencioso y pedante, mientras que la trama romántica avanza a saltos y trompicones, de manera superficial y más cercana a lo sexual que a lo emotivo. Mediada a cinta, parece que la historia coge cuerpo y estabilidad, pero es solo una apariencia más y un engaño de los sentidos, porque el azar no ha desaparecido y el director parece empeñado en convertir al científico y en llevarle al mundo de las estrellas. Ian comienza entonces un viaje por medio mundo, y lo extraño es que no se suba a una nave espacial y vaya en busca de Sofi... porque es posible que en otra galaxia esté su pavo real blanco y su medio-átomo.

Si el guión es inconsistente e inconexo, si la historia es gandilocuentey pesada (aunque interesante en su punto de partida), las interpretaciones no pasan de correctas para unos personajes sin alma... por mucho que se les mire a los ojos. Por otro lado, poco hay en la película que merezca un comentario de especial alabanza, pues entre diálogos vacuos en su aparente rigor científico-metafísico y una planificación con ínfulas poéticas pero impostada, asistimos al viaje de un descreído científico al mundo del espíritu (aunque, en realidad, desde el inicio no ha hecho otra cosa que creer en el amor) y al retorno de una joven solitaria al país que un día abandonó.

No es otra versión de "Interstellar" pero no sería difícil encontrar los puntos de conexión entre ambas películas, ni tampoco viajar por uno de esos agujeros negros... pues "Orígenes" tiene unos cuantos. Por otro lado, dos tipos diferentes de mujer, dos actitudes ante el misterio y dos mundos enfrentados terminan por conformar una película ambiciosa y fallida, que no quiere quedarse en nuestro insustancial planeta pero que tampoco se va a otra Tierra -así se titula la otra película de Cahill- que parece vacía en su falsa trascendencia.
La mirada de Ulises
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9
3 de noviembre de 2014
13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aydin, su esposa Nihal y su hermana Necla viven atrapados en su hotel, en plena estepa de Anatolia. Es un lugar hermoso por su singularidad y por una nieve que todo lo cubre pero que también parece impedirles cualquier relación sincera y afectuosa. Entre ellos y con el vecindario hay cortesía y buenas maneras, pero la procesión va por dentro y no tardan en salir a flote reproches y rencores ocultos. En su interior, viven una especie de duelo silencioso entre la conciencia y el orgullo, entre la moral de grandes intenciones y las realidades más mezquinas. Los dobles sentidos en los comentarios alternan con las humillaciones recíprocas, y el cinismo no deja lugar al perdón. Todo es hermoso en la superficie, pero todo está podrido... y sin embargo, no pueden escapar a esa soledad y parecen condenados a permanecer en ese entorno de ocio y ensimismamiento. Ese es el panorama que Nuri Bilge Ceylan retrata en "Winter sleep (Sueño de invierno)" adaptando tres obras de Chéjov, y esa es la pesadilla de una noche de invierno que produce monstruos de infelicidad.

Los primeros planos nos advierten que estamos ante una película de estética cuidada, con fotografía y planos que recogen imágenes cargadas de valor simbólico. Nada sobra en una cinta que se atreve con Chéjov para trazar una radiografía inmisericorde de la condición humana. Todo tiene su sentido y clara intención, y cada vuelta de tuerca reafirma la energía de un orgullo que impide manifestar los sentimientos, la inoperancia de una moral de altos vuelos y brillantes peroratas pero que no es capaz de enfrentarse con uno mismo. La cultura y perspicacia de Aydin no son suficientes para abrir el corazón de los suyos, y en cada intervención se adivinan intereses ocultos cuando no actitudes acusadoras. Todo es complicación y justificación en un hombre acostumbrado a imponer su opinión, y nada escapa a su mirada calculadora y desconfiada. A su alrededor, la frialdad del paisaje no es más que el reflejo de unos corazones secos y amargados. Y es que el cinismo y la soledad han ganado la batalla al deseo de ampliar horizontes y dejar entrar aire fresco. Todo se convierte en una pesadilla para estos presos de la Anatolia, refugiados en su compasión y fracaso, perdidos en la monotonía y aburrimientos cotidianos.

El trabajo que Nuri Bilge Ceylan se presenta como una pieza de relojería que avanza con lentitud pero con precisión. No tiene prisa por construir caracteres ni relaciones, ni por levantar barreras entre clases sociales o dejar que las verdades afloren por la boca de indignados o borrachos. Todo se acaba sabiendo, aunque el director exige al espectador paciencia y esfuerzo porque la cinta es muy densa y discursiva, pesimista y nada complaciente. Sus matizados y profundos diálogos llegan cargados de sabiduría, y el uso de la palabra se convierte en dardo envenenado o en juego de dialéctica con el que vencer al adversario. Al espectador se le pide atención y reflexión, voluntad para comprender a unos personajes complejos y capacidad para abstraer y elevarse hasta vislumbrar una naturaleza humana dañada. Pero esa hondura antropológica y el oficio con la cámara que demuestra Ceylan hacen que merezcan la pena las tres horas largas de duración, porque estamos ante una obra maestra que se llevó la Palma de Oro en Cannes.

Todo lo dicho se completa con unas interpretaciones a la altura del lugar y del tema. Tanto Haluk Bilginer, Melisa Sözen, Demet Akbag o cualquiera de los secundarios hacen trabajos contenidos y austeros, con diálogos ajustados a su condición y prolongados silencios en los que es la mirada quien habla. Ellos son como el paisaje que habitan y como la propia realidad que viven: duros y agrestes, poco dados a abrir su intimidad o a entregar su libertad. Viven un sueño de invierno que parece no tener término y que amenaza con terminar por congelarles el corazón, entre tanta palabrería, buenas intenciones y nulas realidades. Están paralizados en una guerra soporífera entre la conciencia, el orgullo y la compasión, en la que quieren irse y quedarse a la vez, en la que desean comprar la dignidad con unos billetes, en la que quieren ayudar o predicar la verdad pero subidos al pedestal del engreimiento.
La mirada de Ulises
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7
3 de junio de 2014
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Son muchas las voces que se han levantado últimamente alertando sobre una generación que se está perdiendo... porque ni estudia ni trabaja, y sobre todo porque se le está robando la esperanza de construir una vida decente y digna. En "Hermosa juventud", Jaime Rosales nos ofrece su mirada comprometida para recoger la vida de una pareja de jóvenes que, como tantos otros, intenta salir de ese pozo de angustia cuando tienen una hija que les obliga a madurar. Carlos y Natalia se quieren y están dispuestos a cualquier sacrificio por el bebé -incluido alguno que les degrada como personas-, pero les falta preparación personal, académica y familiar para salir adelante en ese campo de minas que supone ser padres primerizos y sin trabajo. Están indefensos en un mundo que habla de justicia pero explota miserablemente al débil, que se dice libre pero atropella cualquier posibilidad de progreso, que alardea de vivir la era de las comunicaciones pero se vuelve sobre sí mimo en un individualismo atroz.

Rosales acerca su cámara a una triste realidad, dejándola en un discreto segundo plano desde donde no incomode a los personajes, sin música manipuladora de los sentimientos ni interpretaciones poco contenidas, cuidando tanto el trabajo de sonido como la elipsis narrativa y el fuera de campo. Nada es nuevo en el cine del director de "La soledad", aunque aquí vuelve al color y abandona el plano fijo, y además se apunta a la moda de utilizar el lenguaje de las nuevas tecnologías y de las redes sociales para aportar actualidad al problema, y la pantalla recoge chateos de whatsapp o skype, o se apoya en las fotos digitales enviadas por el smartphone para hacer pasar el tiempo y discurrir la historia. El resultado es un retrato dinámico de la juventud que sabe explotar los recursos de la imagen, y que también refleja la preocupación del director por una generación desorientada.

Sin embargo, ya desde las primeras secuencias se advierte un enfoque pesimista de la cuestión: rostros tristes y absortos en el videojuego, comportamientos ligeros y sin referencias morales en jóvenes inmaduros, madres superadas por las circunstancias y padres ausentes, chavales sin ilusión por aprender y sin respeto a sus mayores... El panorama no es alentador, ni en España ni en Alemania -el nuevo sueño americano-, y no es porque falte trabajo y oportunidades... que también, sino porque esta generación no ha sido educada en el esfuerzo frente a la adversidad, porque se le ha privado de valores que vayan más allá de las circunstancias del momento, porque la familia ha dejado de ser un edificio que construir para ser un lugar donde recibir. Con Carlos y Natalia, vemos que no basta con ser bueno y tener las mejores disposiciones... porque lo que se exige es estar preparado para trabajar y para vivir, y aunque quieran... no saben o no pueden.

Rosales hace una película digna y valiente en la que demuestra oficio y también de inquietud por esta juventud perdida, pero su mirada no deja resquicio de esperanza por el que se pueda remediar el problema... ni siquiera a medio plazo. En eso, le falta confianza en la persona para sobreponerse a los malos tiempos, y también profundidad para percibir que la solución pasa por la mejor formación del individuo -al menos, no lo transmite-, en el plano personal y en el familiar. Sin esa educación necesaria, con paro o sin él, esta generación y cualquier estará expuesta a los vientos que soplen y sin posibilidad de resistir. Porque, para afrontar los problemas, hay que ir al meollo de la cuestión, y este se encuentra en el propio alma del protagonista y en lo que necesita para ser estable y suficientemente feliz.
La mirada de Ulises
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6
7 de abril de 2015
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un tribunal rabínico es el escenario de un juicio de divorcio que se hace tan absurdo como eterno. Los protagonistas son Viviane Amsalem y su marido Elisha, que viven separados desde hace años. No hay motivo aparente para la ruptura, salvo que ella ya no le quiere ni se siente querida por él, pero Elisha se niega a concedérselo. En principio, los jueces quieren ser diligentes y ser imparciales en el proceso, pero la ley judía y la opacidad de los querellantes dificulta la rápida resolución. El asunto parece muy atascado y la presencia de testigos no hace sino confundir más al tribunal, y prolongar la agonía de Amsalem. Esa es la historia de "Gett: El divorcio de Viviane Amsalem", película en la que los hermanos Ronit y Shlomi Elkabetz se acercan a un drama personal y familiar que, por momentos, adquiere tintes cómicos por lo irracional de la situación.

La propuesta tiene aires teatrales por desarrollarse en un único espacio, y también por servirse de la palabra como único vehículo para el entendimiento. La paradoja es que justamente los diálogos se convierten en una cárcel de incomunicación, que cuanto más razones dan los personajes más confuso y embrollado resulta todo, que los rostros expresan mejor el estado del alma que la propia palabra. Con el discurrir de la película, el espectador se cerciora de que la convivencia es inviable, de que la condición de sumisión de la mujer hace imposible un trato de igualdad, de que Elisha no está en condiciones de dar a su esposa lo que ella necesita. La pretendida armonía matrimonial tendría que ser el reflejo de otra concordia entre la fe y la razón, pero la vida de los protagonistas no es así y la religión encona las posturas. No hay infidelidad ni violencia física, pero sí falta de consideración e indiferencia de afecto. Hay respeto legal pero no trato humano, y así la relación no puede prosperar.

El curso de la causa judicial se vuelve patético y hasta ridículo, sobre todo con el peregrinar de testigos, cada cual más contradictorio y lamentable que el anterior, aunque la palma de la lleva una de las hermanas de Amsalem y sus vecinos. Ellos son el apunte cómico e incluso divertido en una cinta oscura y difícil porque exige mucha atención del espectador para seguir las razones de unos y otros, porque no es fácil discernir el motivo de esa obstinada negativa de Elisha. Podría aducirse que uno y otro son tercos en grado máximo -aunque no en igual medida-, que desde el principio ha faltado diálogo en ese matrimonio -sobre todo a la luz de la última escena-, que el miedo del marido solo es comparable a su dureza de corazón, que el amor es cosa bien distinta para uno y para otro... Y, aún así, no encontraríamos luz suficiente para esclarecer ese conflicto conyugal. Porque estamos, en realidad, ante una inteligente crítica a cierta cultura y sociedad judía, que hace que sus gentes sean poco flexibles y dialogantes, poco humanas.

Los rostros de la pareja son un poema de expresividad, sobre todo cuando permanecen en silencio. Ronit Elkabetz como Amsalem y Simon Abkarian como Elisha son el dúo perfecto para dos papeles que en la ficción son irreconciliables. A su vera, un rabino interpretado por Sasson Gabai quizá esté un poco sobreactuado, lo mismo que algunos de los secundarios-testigos que completan un reparto donde los jueces son comediantes de chiste o autoridades sin alma. La película se construye desde la austeridad de su estética y puesta en escena, con un denso guión que equilibra drama con humor, que avanza con buen ritmo y con rótulos cronológicos que acentúan el absurdo. En definitiva, la denuncia se cocina a fuego lento y requiere un público resistente, que asiste incrédulo a una cárcel conyugal donde la palabra ha dejado de servir para comunicarse.
La mirada de Ulises
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5
17 de julio de 2014
10 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas que tienen todo su atractivo en contar historias que responden a hechos reales, pero que después... en la pantalla pierden gran parte de esa fuerza y no consiguen arrancar emociones sinceras del espectador. Es el caso de "Un largo viaje", drama épico-histórico firmado por Jonathan Teplitzky en donde Eric Lomax, un oficial británico de la Segunda Guerra Mundial retirado, se ve obligado a volver al campo de prisioneros japonés donde fue, junto a sus compañeros, torturado y mancillado. Ahora, cuarenta años después y casado con Patti, Eric necesita curar esas heridas que le quitan el sueño y la vida, y lo hace cuando se entera que su torturador Nagase sigue vivo.

Movido por las buenas intenciones de rendir homenaje a esos héroes y a esas víctimas de la guerra, el director recurre al contraste como vía para lanzar su mensaje pacifista y reconciliador, y traza una pintura negrísima en el trato recibido por esos prisioneros, con escenas brutales y explícitas que no hacen sino mostrar el lado salvaje de la condición humana: son años de muerte que llegan con ese ferrocarril que Eric planea. Cuando quiere mostrar el lado regenerador de unos y otros, Teplitzky apela al sentimiento y al perdón... pero no conmueve a quien ha quedado sepultado por tanto odio y crueldad: son años de vida pero que, en este segundo viaje de Eric, sirven únicamente para devolver de manera artificiosa la paz al espíritu... sin antes haber dado muestras de arrepentimiento y reconstrucción interior. Por eso, el mensaje de haber descubierto "el amor a la vida" -que Nagase señala- no llega al espectador.

No ayuda en esa conversión del corazón la interpretación de Colin Firth, demasiado afectado y apesadumbrado, en un trabajo que sin duda no está entre sus mejores papeles. El de Nicole Kidman trata de aportar la dulzura que explique el cambio de este veterano de guerra, pero entre ellos no hay química y ambos se quedan en personajes a merced de un guión. A la hora de buscar las causas de esa falta de fuerza dramática, también hay que mirar a un deficiente uso de los flash back, que más que mostrar la heridas abiertas por el pasado... lo que hacen es romper la película en dos, invitarnos a descubrir qué pasó en esa sala de tortura... pero no a percibir el dolor que se esconde en esos silencios. Por otra parte, la puesta en escena es convencional y sin lugar para la sorpresa en sus giros dramáticos, el guión resulta irregular con subtramas mal engarzadas, y la banda sonora se vuelve por momentos efectista y demasiado presente.

En el lado positivo de la balanza, hay que decir que la fotografía y el diseño de producción están muy cuidadas y recrean con eficacia los ambientes. En definitiva, "Un largo viaje" quiere ser un viaje a la muerte y otro a la vida... y consigue más lo primero que lo segundo, con una apuesta por el pacifismo que pierde fuerza por la falta de sutileza e interiorización y por la explicitud de la violencia. Por eso, la cinta se queda en una película interesante por la realidad histórica que nos cuenta, pero no por la dramaturgia de una historia que ofrecía y se merecía más. La doble mención a David Lean y su puente sobre el río Kway no hacen, en ese sentido, sino dejar en evidencia a la película de Teplitzky, a lo que la realidad ofrece y la ficción pueden desperdiciar.
La mirada de Ulises
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