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República Checa República Checa · Praha
Críticas de Johan Liebhart
Ordenadas por:
41 críticas
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7
9 de marzo de 2021
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Celebrada con éxito en su estreno, pero perdida y olvidada durante más de medio siglo, «Shoes» es una película a reivindicar por su valor histórico y social. Al igual que la realizadora Lois Weber, pionera tristemente caída en desgracia, aunque otrora fuese, junto al mismísimo D. W. Griffith, la directora más popular del Hollywood primigenio.

Shoes arranca destripando directamente su argumento, mostrando dos páginas de la novela de 1914 "A New Conscience and an Ancient Evil" de la escritora y activista norteamericana Jane Addams. El anticipo nos resume la historia de una chica trabajadora, sumida en la miseria, que caerá en la tentación y se venderá por un par de zapatos. Quedará así sellado desde un inicio, el fatídico destino de Eva, la protagonista del film. La transición a un primer plano de su rostro, dará comienzo propiamente a la película.

Con un tono de realismo dramático cercano al documental, seguiremos de cerca su rutina. Empezando por la tienda de baratijas donde trabaja como dependienta por un sueldo ínfimo. Al acabar la jornada vuelve a casa y en el trayecto se topa inevitablemente con una zapatería. Se detiene como siempre a alimentar su anhelo, admirando unos botines expuestos en el aparador. Los suyos desgastados y agujereados la oprimen y la acomplejan.

Avanza con la esperanza de ahorrar y cambiar su estado, pero es incapaz de lograrlo pues no es responsable de su propio dinero. Su sueldo pasa a su madre quien se encarga de repartirlo para alimentar a la familia. Eva se resigna esperando a la próxima paga, es la única que lleva dinero a casa. Su padre está en paro y se pasa el día día tumbado en la cama leyendo folletines y holgazaneando, despreocupado de la carga familiar. Sus tres hermanas son demasiado pequeñas para colaborar.

La angustia y la desolación se hacen cada vez más palpables con los motivos visuales que emplea Weber (la mano de la pobreza, el clavo en la suela que atraviesa la piel) y con el desgaste físico de la propia rutina que experimenta Eva lavándose los pies hinchados y tumefactos en la tina. Esperando y desesperando con un vaso de leche aguada y un bocadillo de queso mohoso como único consuelo.

Así se va gestando la denuncia social sobre una situación que vivían muchas jóvenes. Empleadas a muy temprana edad, con un sueldo ínfimo en negocios consumistas donde vendían objetos que no podían permitirse ellas mismas. Expuestas por su condición a los captores zalameros y proxenetas de la época. Quienes les prometían favores y regalaban objetos a cambio de una cita o de mantener relaciones sexuales.

La cuestión del sueldo mínimo femenino era central en la campaña de reforma social impulsada por activistas como la citada Jane Addams o Stella Wynne Herron, sufragista y escritora encargada del primer guion de Shoes, a partir de un relato propio homónimo. Ambas mujeres motivaron a la propia Weber a escribir y dirigir este film.

Conscientes de su discurso de actualidad, los ambientes están notablemente trabajados en busca de realismo. Realizando un retrato de la miseria social muy fidedigno para la época. Especialmente, el apartamento donde vive Eva y su familia donde los muebles se ven desgastados, las puertas picadas e incluso se ven moscas revoloteando en alguna escena. Gran parte del attrezzo fue tomado de localizaciones reales y reconstruido posteriormente en el estudio de grabación.

Si bien la cinta peca de cierta literalidad con algunos intertítulos de más, Weber demuestra su maestría visual y dominio técnico en muchas escenas a la altura de las mejores producciones de su época. Empleando la elipsis con elegancia y remarcando la expresividad con sobreimposiciones y mates que aportan dinamismo al conjunto. Introduciendo meritoriamente el motivo del espejo en dos momentos culminantes de la cinta (reflejo del alma quebradiza de Eva). Mucho más destacable teniendo en cuenta las limitaciones técnicas de su tiempo.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Johan Liebhart
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Chiruri (C)
Chiruri (C) (2011) Japón
5,6
72
Animación
6
31 de diciembre de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me aventuro a despedir el año con este cortometraje sencillo fundamentado sobre la idea del apoyo mutuo.

Una historia animada en CGI sobre dos personajes marginales y abatidos por la vida en un mundo gris e insolidario plagado de caminantes sombríos. Dos almas puras que se encuentran y se ayudan hasta el arrebato emocional.

Una manzana en un río de lágrimas, escalamos el abismo, atravesamos la penumbra, hacia una nueva era...
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Johan Liebhart
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House of Flame (C)
6,6
59
Animación
7
30 de diciembre de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Una noche de luna, la doncella se sentó como siempre, perdida en la oración. Repentinamente, le llegaron dos cartas en ramitas de ciruela y la paz terminó. El lamento del poeta, la exigencia del guerrero..."

Así comienza la primera narración de «Motomezuka», la dramatización Noh de una antigua fábula poética del siglo XI que Kihachirô Kawamoto adapta bajo el nombre de «Kataku» o «House of Flame».

Sus marionetas de tez blanquecina, al estilo de los muñecos hina, cobran especial fuerza en esta historia de personajes espectrales, de almas en pena condenadas por las obsesiones propias y ajenas a un destino atroz.

Kawamoto refuerza la fantasmagoría del relato con contrastes de luz, transposiciones y tintes de color que exprimen todo el potencial de su estilo de animación. Perfilado junto al checo Jiří Trnka, su maestro y gran artesano de la animación de títeres (La mano, 1965), quien le animó a componer sus obras manteniéndose fiel al espíritu cultural de su país. Llevándolo a conformar una estética teatral centrada en la economía de la forma siempre consciente de sus raíces sintoístas.

«House of Flame» se enmarca en una historia clásica del folklore nipón y, con ello, Kawamoto despliega la iconografía típica (las máscaras Oni, la puerta Tori, la figura del monje...) que van demarcando el trance sobrenatural de los personajes. De tal modo, emplea pinturas de vidrio para los fondos, que se sobreponen a la textura de los elementos naturales del ambiente para lograr un singular expresionismo.

Aunque, para mí, lo que consigue elevar esta historia por encima del olvido y la mediocridad, es su fantástica composición musical. Capaz de conjugar el ambiente con la narración y crear una auténtica atmosfera de cuento sobrenatural a pesar del áspero minimalismo del argumento. No es de extrañar cuando uno descubre que el encargado de musicalizar la obra no es otro que Tôru Takemitsu, colaborador frecuente de Teshigahara, Kobayashi, Shinoda y artífice de la banda sonora de Ran de Kurosawa.

Un cortometraje interesante y muy depurado, aunque siento que Kawamoto alcanzó su cenit creativo con su siguiente obra «Fusha no sha» (To Shoot Without Shooting, 1988) terminando de consagrarse como artista.
Johan Liebhart
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7
7 de diciembre de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los números son inevitables, su función sistémica es fundamental, su vínculo con la realidad, irreprochable.

En la historia de la humanidad, siempre hemos perseguido su misterio, ingénito en nuestra biología, en la naturaleza y en el universo. Desde las muescas ordenadas que dejaron los hombres primitivos grabadas en las paredes rocosas hasta la formalización de la aritmética cultivada en Babilonia y sublimada en la Grecia Antigua. Siempre hemos tenido la necesidad de contar.

Hoy día, los números regulan, ordenan y codifican toda nuestra existencia. Nuestra fecha de nacimiento, altura, peso, edad, notas académicas, deudas, salarios, facturas, direcciones, posiciones, horarios, tiempo...

Aunque no contentos con recubrir la vida con esta práctica metafísica hemos creado, inclusive, una réplica numérica de nuestra realidad, nuestro mayor logro aritmético, ¡Y solo en base binaria!

En el mundo virtual, todo se computa, la identidad misma de una persona se reduce a un conjunto numérico y sus actividades a un cómputo detallado. Información valiosa, cifrada y multiplicada en un abismo de datos qué con precisión algorítmica permite predecir patrones y replicar conductas. Afortunadamente, el destino es azaroso y hay cuestiones que no pueden descifrarse, todavía...

Sin embargo, en este singular corto, Robert Hloz fabula una sociedad donde ciertos individuos nacen con el don de visionar conjuntos numéricos sobre las personas que les rodean. Cifras que indican una información muy concreta según un patrón que se mantiene, pero que varía para cada ser dotado con esa capacidad.
Una habilidad que supone una dolorosa condena pues revela nociones de la vida que no podían ni debían ser reveladas pues descubren y confirman un determinismo insoportable y aplastante.

La historia se perfila desde un encuentro en un bar de Corea del Sur, metrópolis que, por su sobrecargada luminaria de carteles de neón se acerca a la estética Cyberpunk sin necesidad de aditivos. Desde una conversación en simple plano-contraplano se van revelando las inquietudes y posibilidades de los que despiertan con ese don y las consecuencias inevitables a largo plazo.

Un corto muy estimulante y llevado con gran pulso narrativo, al que le pongo un 7 por pura arbitrariedad, quizás influido por la media tan exacta, tan limpia, 7.0 en el momento en el que escribo esta reseña, curiosamente también, día 7...
Johan Liebhart
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7
26 de noviembre de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una historia sencilla ejecutada con maestría y tacto en cinco minutos. El cuidado elemental de los paisajes, el trato sensible de los objetos y la delicadeza conmovedora de los gestos son aspectos que dignifican la tradición sintoísta, en la que se inspira y enmarca la obra. Destacándose por encima de otras que tratan de recrear la estética oriental sin entender su sentido ni comprender su pulso.

Combina bellas ilustraciones en 2D con animación CGI, para dividir pasado y presente. El trabajo de la luz y los colores consiguen crear una atmosfera vívida hasta su conclusión. Todo el corto se resume en una epifanía sensitiva, un encuentro que implica una despedida con la sutileza de un haiku.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Johan Liebhart
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