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España España · Barcelona
Críticas de Eduardo
Ordenadas por:
1.282 críticas
6
25 de febrero de 2020
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Una pandilla de policías corruptos, machistas, racistas y asesinos hace la vida imposible a una pareja, puta ella, su chulo él, para que el hombre trabaje de soplón para ellos, con el fin de liquidar a un gangster que se les ha atragantado. Una colección de personajes repugnantes circula por las imágenes de esta película, en que los menos tóxicos resultan ser los residuos de la sociedad. La acción es trepidante y no concede cuartel al espectador, que se queda cubierto de mugre hasta las cejas. Si esos tipos son los que nos defienden, yo me apeo. Gran parte del mérito de la cinta recae en los intérpretes, empezando por una Nathalie Baye que nunca estuvo mejor, la pobre puta de buen corazón machacada por unos y por otros. Comparte cartel con su entonces compañero, Philippe Léotard, al que estaba a punto de cambiar por Johnny Halliday. Siempre entusiasta a la hora de desnudarse, Baye tampoco nos decepciona en este título. Richard Berry es el brutal jefe del grupo de policías que les tortura, en todos los sentidos, siempre a un paso del brote psicótico. Maurice Ronet, casi con un pie en el otro barrio, es el gangster codiciado por los (supuestos) agentes de la ley. Un polar brutal, no apto para todos los paladares.
Eduardo
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4
24 de febrero de 2020
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¡Caramba con la tal Semiramis! ¡Menudo pendón! A ciencia cierta, nadie sabe si existió la tal reina asiria, constructora de Babilonia, pero eso a Primo Zeglio y a su pléyade de guionistas les importa un rábano.Tantas manos implicadas se hicieron un lío, y la película discurre con fláccido aburrimiento, lo cual en un peplum es imperdonable. Esta señora jugaba a varias bandas, y no vacilaba en entregar sus artículos más preciados si con eso lograba sumar un reino más. Aquí se inventan que quedó prendada, que no preñada, de un apuesto esclavo que, por supuesto, también era rey de su pueblo. Entre intrigas, traiciones, alguna que otra batallita mal coreografiada y diálogos de llorar, discurre esta cinta que, si destaca por algo, es por la aparición de Yvonne Furneaux, señora de hipnóticos ojos verdes y suntuosos senos. Si Semiramis era algo parecido a Yvonne, no me extraña las que se armaban. Le da la réplica un gañán, que no galán, importado de Estados Unidos tras comprobarse que no había manera de convertir a aquel cacho carne en un actor. Kansas busca a un asesino (1960) fue su gran oportunidad, cuando encarnó al famoso gangster Pretty Boyd Floyd, pero ni por ésas. Su máximo momento de gloria fue cuando posó en bolas para un desplegable de Playgirl en 1974. Poca coña, que estaba a punto de cumplir los 50. En cuanto a la Furneaux, tras pasear sus curvas y valles por alguna película destacable (La dolce vita, Repulsión, La momia versión Terence Fisher), tuvo el mal gusto de casarse con un hombre adinerado y retirarse a vivir a Lausana, la muy desagradecida. Duelo de reyes no aporta nada, y encima adormece. Pensadlo dos veces.
Eduardo
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6
20 de febrero de 2020
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El secreto de Santa Vittoria llegó a nuestras pantallas cuando yo era carne de Arte y Ensayo, y había desarrollado cierta actitud "highbrow" ante determinadas muestras de cine comercial (lo cual no impedía que me zampara cualquier basura adscrita al terror, al fantastique o a la ciencia ficción que se estrenara. ¡Salvemos Can Pistolas!). Algunas circunstancias me recomendaron mantenerme alejado de esta película. Por ejemplo, Anna Magnani, cuyos ojos ojerosos, combinaciones blanquecinas e histrionismo agudo me producían ganas de echar a correr. Por ejemplo, el Anthony Quinn posterior a Zorba el griego, entocinado en encarnar a hombres bigger-than-life, cortos de entendederas y rápidos con la botella y la mano en el culo de la chica. Por ejemplo, Stanley Kramer, típico representante del cineasta liberal, o sea, progresista a la americana, que después de tocar temas tan trascendentales como el juramento hipocrático (No serás un extraño), la cuestión racial (Fugitivos), la guerra nuclear (La hora final) o evolucionistas versus fundamentalistas (La herencia del viento), sin olvidar Judgement at Nuremberg, cuyo repugnante título en castellano me niego a reproducir, sobre los crímenes del nazismo, se marcó un pelotazo en Cinerama con El mundo está loco, etc., y una pararruchada como Adivina quién viene esta noche. De modo que no estaba preparado para Santa Vittoria. El tiempo, que casi todo lo cura, ha calmado un poco mis ímpetus puristas, de modo que la grabé y la vi. Inofensiva. Todo el mundo sabe de qué va, así que no lo voy a repetir. Baste decir que Quinn está de bofetada en algunas secuencias, y que ella, al menos, no sale en combinación. Cuentan las crónicas que Anna detestaba a Anthony, y en la escena en que le echa a patadas de casa (yo también lo habría hecho), se empleó tan a fondo que... se rompió el pie. Se lo debieron pasar todos en grande. Por aquello de estar rodada en Italia, participan además Virna Lisi, bellísima, para devorarla de pies a cabeza y vuelta a empezar, el petardo de Renato Rascel y un superjoven Giancarlo Giannini, quien todavía no había desarrollado esas bolsas bajo los ojos propias de la mala vida. No quiero olvidar al veterano Eduardo Ciannelli y a una fugaz Valentina Cortese. La fotografía de Giuseppe Rotunno es espléndida, enamorada de los paisajes que enfoca y de ese terruño ancestral en el que se mueven los personajes. Parece ser que basada en hechos reales, Hardy Krüger repite su papel de oficial alemán-pero-no-nazi, con esa cara de buen chico que tenía. Demasiado larga para ser divertida, convoca alguna sonrisa de vez en cuando y te hace pensar en ese tipo de cine que, para bien o para mal, no volverá.
Eduardo
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7
20 de febrero de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Conviene desempolvar los clásicos de vez en cuando, con cuanta más frecuencia mejor, teniendo en cuenta las oleadas de mediocridad que se abaten sobre nosotros, en ocasiones disfrazadas de qualité y con la bendición de cierta crítica poco crítica. Dodge, ciudad sin ley no es la mejor entrega de la dupla Flynn-De Havilland, pero aun así entona la tarde y templa el alma. Se trata de un ágil y energético western firmado por el casi siempre eficiente Michael Curtiz. Repasa prácticamente todo el catálogo: asesinatos por la espalda, traiciones sin cuento, tiroteos, estampidas de reses aterrorizadas, pelea a puñetazos con destrucción del saloon incluida, damiselas en apuros, malos malísimos, héroe que no se despeina en ningún momento, un repugnante niñito que recibe su merecido, periodistas insobornables... Sólo faltan los indios. Errol Flynn está más comedido que de costumbre, echo en falta el ímpetu animal de El capitán Blood, Robin de los Bosques, La carga de la brigada ligera... Olivia sale menos de lo acostumbrado, pero en la última media hora se le acumulan las escenas, como para compensar su escasa presencia en la primera parte. Ann Sheridan canta y baila, muy recatadamente, por cierto. El amigo del héroe vuelve a ser Alan Hale, por supuesto, y los malotes poseen las efigies del torvo Victor Jory y el peligroso Bruce Cabot. Max Steiner da rienda suelta a violines y trompetas varias, mientras Sol Polito filma las imágenes con un limpio y reluciente technicolor. Incluso atisbamos en un breve papel a Gloria Holden, la inolvidable hija de Drácula, y al fascista Ward Bond, curtido en mil y un westerns. Toda esta combinación de luminarias ofrece 104 minutos pletóricos de acción, humor y emoción, con esa fe en lo que hacían propia de los clásicos. No es moco de pavo, con la que nos está cayendo encima...
Eduardo
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6
17 de febrero de 2020
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En un momento en que todo tipo de charlatanes y voceros populistas intentan desprestigiar la política, de forma que las dos palabras de mi título parecen antitéticas (de hecho, ya se ocupan los propios políticos, salvo honrosas excepciones, de desprestigiar su oficio), es interesante echar un vistazo a esta pequeña película, si bien aquejada de un exceso de verborragia. Una joven filósofa sin la menor experiencia en el campo de la política es captada por el gabinete de imagen del alcalde de Lyon para darle ideas. El alcalde, un socialista honrado y recto, se encuentra falto de nuevos conceptos tras 30 años de dedicación a su carrera. Entre la novata y el veterano se establecerá una relación de insólita complicidad, hasta el punto de que sus asesores ponen en cuestión la labor de la joven cuando el alcalde sopesa presentarse a presidente de la República... Estamos ante la típica película francesa en que el guión, los diálogos, es lo primordial, antes que la acción o el encadenamiento de situaciones, de modo que quienes teman aburrirse con las continuas disquisiciones que relacionan la ética, la estética, la moralidad y el trabajo político pueden quedarse en casa. Nos zambullimos en el mundo desconocido que existe más allá de los titulares periodísticos y las fotos acompañantes, descendemos a las catacumbas de lo que se cuece tras esos imponentes muros que albergan ayuntamientos, en este caso, palacios presidenciales o sedes de partidos políticos. Una inmensa maquinaria trabaja para llevar adelante no sólo la labor externa, la que percibe el pueblo, los súbditos, sino las ambiciones personales de quienes han sido ungidos con el poder. La cinta es un mano a mano apasionante entre un Fabrice Luchini cada día más superlativo y una Anaïs Demoustier que se crece ante el maestro y ofrece la interpretación más completa de su ya dilatada carrera, pese a su juventud. Lo mejor de Los consejos de Alicia se concentra en los encuentros entre ambos, en ese placer visible que sienten dos artistas al dar lo mejor de sí mismos.. Pero el espectador ha de ser paciente y acomodarse al ritmo de las imágenes y a la espesura de unos diálogos no aptos para todos los públicos, y no me estoy poniendo estupendo, sino realista. Hay a quienes les sonará a chino lo que están oyendo. Para apasionados de la política y/o la filosofía.
Eduardo
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