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España España · Barcelona
Críticas de Eduardo
Ordenadas por:
1.120 críticas
8
12 de marzo de 2012
43 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
Parece mentira que, a día de hoy, nadie en FA haya reparado en este hermoso y olvidado film, ni que ningún usuario haya llamado la atención sobre él. Se trata de la primera película dirigida por el extraordinario operador William Fraker (suya es la fotografía, entre otras, de La semilla del diablo, Bullitt, Buscando al señor Goodbar y Le leyenda de la ciudad sin nombre). Dirigió además la interesante Un reflejo de miedo, y la fallida pero no desdeñable La leyenda del Llanero Solitario. Monte Walsh es un western crepuscular que narra con sobriedad y parsimonia las andanzas de unos vaqueros en los estertores finales del viejo este. Los rancheros ya no ganan dinero como antes, y han de recortar gastos y proceder a despidos (¿os suena?). Mientras su amigo Chet, interpretado por Jack Palancas, eficaz como siempre, se establece como tendero, Monte es incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, ni siquiera por el amor de la hermosa Martine (Jeanne Moreau, tan atractiva como siempre). La interpretación de Lee Marvin es simplemente impresionante. Su química con Moreau es excelente, dado que iniciaron una relación durante el rodaje de la película (la extraña pareja, ¿um?). David Walsh ilumina la cinta como lo habría hecho Fraker, y John Barry nos ofrece otra banda sonora maravillosa e inolvidable, en la que aporta una precioso tema central interpretado por Mama Cass. ¿A qué esperáis para incorporarla a nuestra web favorita?
Bien, eso lo escribí ayer, y hoy he obtenido mi recompensa. Gracias en nombre de todos los fans.
Eduardo
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5
15 de enero de 2013
24 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
Fui a mis queridos Meliès (hay que defender a capa y espada estas salas sagradas para los cinéfilos) muy ilusionado con la película, debido a las críticas que había leído. Ya me mosqueaba que Majewski dirigiera, escribiera, fotografiara, aportara la banda sonora (un feroz plagio del Casanova de Nino Rota), y supongo que montara la obra. Pasados diez minutos de estar boquiabierto, casi babeante, ante la hermosura de las imágenes, me sentí transportado de repente a los años 70, a una de aquellas salas de Arte y Ensayo (pongamos el Publi, por ejemplo) en las que, entre la perplejidad y la admiración del que no entiende nada, nos atizábamos sin inmutarnos pestiños que llegaban de países exóticos, como Polonia, Checoslovaquia o Rumanía, convencidos de estar llevando a cabo un meritorio esfuerzo por desasnarnos y forjarnos una culturita. ¡Tal cual que ayer, por Zeus! O sea, en un momento dado la película se convierte en un sedante perfecto. Los tres protas apenas musitan palabra (ver a la Rampling, que exhibió el felpudo y todo cuanto pudo durante décadas continuadas, en el papel de la Virgen María es un poco descacharrante, la verdad), mientras se nos va mostrando el significado verdadero del cuadro, una diatriba contra la represión española en los Países Bajos. Por cierto, que ya puestos, podrían haber contratados a españoles de verdad. La soldadesca habla con un magnífico acento sudamericano, lo cual contribuye a encrespar todavía más los ánimos del soliviantado espectador, hasta llegar al ansiado final. La cinta, al menos, es misericordiosamente breve.
En fin, una cruel decepción. Una paja mental de Majewski disfrazada de obra de arte.
Eduardo
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6
1 de mayo de 2017
21 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lady Macbeth es un plúmbeo melodrama que poco o nada tiene que ver con la obra de Shakespeare. Está basado en un relato del escritor ruso Nikolai Leskov, trasplantando la trama de la Rusia zarista a la Inglaterra victoriana. Una joven de carnes generosas es vendida en matrimonio a un rico hacendado que prefiere cascársela mientras la mira desnuda que hacerle el amor. Cuando se ausenta durante una temporada, ella tomará un amante y se entregará con entusiasmo a los placeres del sexo. Para conservar a su amante, no dudará en recurrir al asesinato...
Todo ello contado con una penosa lentitud, mediante una fotografía tan oscura como el alma de los personajes, y una ausencia casi total de banda sonora, salvo unos brevísimos arpegios electrónicos en dos secuencias. Gracias a la brillante interpretación de la casi debutante Florence Pugh, que se apodera literalmente del personaje, aportando todo tipo de matices para enriquecer sus diálogos, se sostiene esta ópera prima de William Oldroyd, que hace hincapié en una doble opresión. Por un lado, la de la mujer, un cero a la izquierda, "el negro del mundo", en acertada definición de John Lennon, un pedazo de carne al que todos los hombres se creen con derecho a escarnecer y humillar, hasta que el poder del deseo la convierte en un ser libre y decidido a salir adelante caiga quien caiga. Por otra parte, la opresión de la clase proletaria, simples animales de carga condenados a obedecer todas las órdenes que reciben, si no quieren experimentar en sus propias carnes la furia de los amos. En su loca pasión por el empleado de los establos, la joven Katherine no duda en sacrificar a sus sirvientes para salir indemne de sus crímenes, en un final que la devuelve a la misma postura de la primera escena, con el objeto de subrayar la imposibilidad de huir de su destino.
Una obra que debe afrontarse con paciencia y resignación. No es la obra maestra que ha saludado la crítica, ni tampoco una ciénaga de aburrimiento en la que el espectador chapotea. Simplemente, hay que adaptarse a su ritmo. O salir del cine.
Eduardo
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6
5 de diciembre de 2017
19 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Al principio, iba a titular esta crítica "Te bajaste las bragas, Kenneth Branagh", siguiendo la casposa tradición de obras maestras literarias como "La cagaste, Burt Lancaster" o "Eres la leche, Don Ameche". Después, pensé que no debía atormentar de esta forma a mis sufridos lector@s y me decanté por algo más normal.
Quería expresar con ello la profunda decepción que supuso para mí el quiebro de Branagh cuando, promovido a nuevo Laurence Oliver y apóstol de Shakespeare, tras filmar el Hamlet más grande jamás llevado a la pantalla, se cruzó en su camino el remake de La huella y todo se frustró. Convirtió en basura una obra maestra del cine y se zambulló ya definitivamente en el cenagal del blockbuster con Thor, rodó un Jack Ryan, y ahora amenaza con una serie de Poirot. Ya lo decía Joe E. Brown: nadie es perfecto.
Asesinato en el Orient Express 2017 no es tan calamitosa como presagiábamos. Es una obra de tintes clásicos, rodada con soltura, que sirve para acotar una serie de conclusiones urgentes. 1) Tía Agatha es inmortal. Si el chiflado del pelo imposible y el gordinflón coreano no lo impiden, nuestra vieja dama oh-so-british tiene cuerda para siglos, del mismo modo que Conan Doyle y su inmortal Sherlock. They are here to stay forever and ever. 2) Kenneth Branagh no es Poirot, ni de lejos, como no lo fueron Albert Finney ni, muchísimo menos, Peter Ustinov. Sólo hay un Poirot, y ése es David Suchet, el protagonista de la excelente serie que se prolongó desde 1989 hasta 2013. Si Drácula es Christopher Lee, si Sherlock Holmes es Basil Rathbone, si James Bond es Sean Connery, con permiso de Daniel Craig, Poirot es Suchet. No me canso de verla, hacedme caso. Branagh recuerda más a un coronel inglés retirado, bastón incluido, que al inmortal sabueso belga. 3) Siendo Asesinato en el Orient Express una de las obras cumbres de tía Agatha, no se le acaba de sacar punta en el cine. No nos engañemos, la película de Lumet era apañdita y punto, como lo es la actual versión. ¿Dónde está la mejor traslación de esta novela tramposa pero fascinante? Id a la serie de Suchet y lo sabréis. Sin tantas alharacas, sin tanta estrella impostada, sin tantos efectos especiales, con una declaración final de Poirot importante y diferente de las películas citadas.
En la nueva versión, el desfile de rostros conocidos es abundante pero irregular. La de Sídney Lumet le gana por goleada. Ya hemos hablado de Branagh. Francamente, ese bigote es un insulto para los amantes del personaje. Sale Johnny Depp, poco, afortunadamente, porque es el asesinado (no es spoiler, sucede pronto y se ve venir desde que asoma a la pantalla), y no se encuentra en su mejor estado. Judi Dench hace de Judi Dench, muy altiva ella. Perrélope Cruz está incluso fea, y anda bastante despistada, al igual que Willem Dafoe, en una prestación penosa. Michelle Pfeiffer, a la que siempre adoraremos, pasea por los vagones su belleza otoñal y lánguida. Y el entrañable Derek Jacobi obtiene también su cuota de pantalla.
¿Qué nos queda? Majestuosos travellings, algunos totalmente absurdos, bellos paisajes nevados, una hermosa banda de Patrick Doyle que en ningún momento recuerda a la de Richard Rodney Bennett, y la amenaza evidente de que Muerte en el Nilo será la próxima de la serie.
Para acabar, no os perdáis el cuadro de la Última Cena en la escena final. Es que un autor siempre es un autor...
Eduardo
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7
4 de octubre de 2012
17 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los atracadores es una película importante, que se impone a sus evidentes defectos, fruto "d'un temps, d'un país", como diría Raimon. En primer lugar, es un alegato contra la pena de muerte en pleno franquismo, sigiloso y cauto, pero alegato al fin y al cabo, como demuestra la escena final, rodada como si se tratara de un documental, sólo que muestra la ejecución a garrote vil de uno de los atracadores. A los escalofríos que produce la secuencia contribuye la muy verosímil interpretación de Julián Mateos, en el papel que le catapultó al estrellato (bueno, en la medida que él lo permitió). En segundo lugar, trata otros temas tabú, como la infidelidad de un hombre casado, con mantenida y todo, la delincuencia en una España perfecta, las relaciones extramatrimoniales, todo ello con cierta moralina y continuas concesiones al Régimen imperante, pero Madame la Censura era difícil de engalar. Y en tercer lugar, Rovira Beleta filma con un pleno dominio de la cámara, de los claroscuros, y de las posibilidades de una ciudad que, en el recuerdo de los que llevábamos pantalón corto en esos años, siempre será en blanco y negro, triste, lóbrega y atemorizante. En conjunto, un pequeño clásico.
Eduardo
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