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Críticas de travis braddock
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152 críticas
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7
28 de junio de 2015
30 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
Escribía Charles Dickens que encontraba más meritorio que unos padres pobres fueran capaces de atender debidamente las necesidades de sus hijos. Le parecía encomiable el hecho de que alguien desahogado económicamente fuera generoso e hiciese sacrificios por los suyos, pero estimaba mucho más cuando estos sacrificios venían de gente que apenas tenía nada y que era capaz de quedarse sin comer para ver a su familia bien alimentada. Eso es algo que sucedía en el siglo XIX, que sucedía antes y que se sigue produciendo hoy día, porque las clases sociales siempre han existido y lo seguirán haciendo, no todos nacemos iguales. Tradicionalmente, en las clases pudientes era común tener a mujeres que se encargaran de la crianza de los hijos, incluso desde los primeros tiempos de lactancia, caso de las nodrizas. De este modo, personas importantes en los destinos de muchos países, dinastías de reyes y nobles, pasaron sus primeros años teniendo a otras mujeres haciendo el papel de madre, generalmente mujeres humildes que se las vieron y se las desearon para criar a sus propios hijos al tener que hacerse cargo de los ajenos. Y sobre esa relación entre madres “de iure” (las biológicas) y las “de facto” (las sirvientas) nos habla la película brasileña ‘Una segunda madre’.

Para muchos, Brasil es ese país de Sudamérica donde se juega al fútbol, se baila samba (especialmente en los carnavales), hay playas de ensueño y las mujeres son hermosas. Pero aunque algunas de esas características se produzcan, también es un país con una desigualdad social tremenda, con ciudades cargadas de barriadas pobres (las célebres favelas) donde se hacinan miles de personas con pocos recursos. Esa visión menos paradisíaca de Brasil ya nos la han mostrado en los últimos años películas como ‘Ciudad de Dios’, ‘Tropa de élite’ o ‘Carandiru’. Algo que en cierto modo también hace ‘Una segunda madre’, aunque su tono es más amable. Val es una buena mujer, que trata de hacer su labor lo mejor posible y que también coge cariño por el retoño al que cuida, aunque eso le reporte estar lejos de su casa y de los suyos, algo que se pondrá en cuestión cuando llegue su verdadera hija, Jessica.

Jessica pertenece a otra generación y no acepta el estado de las cosas. Si la madre es una mujer resignada y de cierta manera está satisfecha con su destino de servir a otros, la hija se opone y exige que se les trate como iguales, a pesar de las diferencias de clase. Unas diferencias que no tardarán en hacerse sentir por parte de los señores de la casa, que a pesar de su apariencia amable y desinteresada no tardarán en dejar patente quiénes son los que están al mando y en poner en su sitio a los que consideran sus sirvientes.

La directora Anna Muylaert mantiene un acertado tono entre lo cómico y lo dramático para que no se le escape de las manos una trama que podría haber dado lugar a un melodrama social y que se queda en una interesante radiografía de la sociedad de su país. Una radiografía que también pueden ser aplicable a las relaciones humanas a nivel general (incluso las amistosas o las amorosas), tantas veces fundamentadas en el gregarismo, donde unos adoptan el papel de mandamases y otros el de súbditos, sin plantearse un cambio o una ruptura de ese orden. A ello ayuda especialmente la labor de su actriz protagonista, Regina Casé, que sabe encarnar a esa mujer con el corazón dividido, que desarrolla con humildad su trabajo y se ve envuelta en toda una lucha de clases en la que le toca tomar partido.

‘Una segunda madre’ empezó el año con fuerza, siendo reconocida con el Premio Especial del Jurado en el Festival de Sundance y el Premio del Público en la sección Panorama del de Berlín y es una película que merece una oportunidad, a pesar de que a muchos les pueda dar pereza ver cine que no proceda de los grandes centros de producción. Esperemos que pueda hacerse un hueco por nuestros lares este verano, en medio de las grandes apuestas de temporada, que siempre tiene más mérito hacerle un poco de caso a estas cintas de repercusión más humilde pero de un interés fílmico muchas veces mayor que el de los grandes trasatlánticos de Hollywood.
travis braddock
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7
4 de marzo de 2015
31 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tradicionalmente, desde edad temprana a los hombres se les ha enseñado eso de que los chicos no lloran por ser síntoma de baja masculinidad, que lo que tienen que hacer ante los problemas es actuar y no lloriquear. Y así ha sucedido durante generaciones en la que los hombres con mayor sensibilidad debían tratar de disimularla ante el temor a ser desconsiderados por el resto de hombres y por algunas mujeres educadas en esas ideas machistas, que también pedían que actuaran como hombres. A día de hoy no resulta tan extraño como podía serlo hace años el hecho de ver a un hombre llorar, ha pasado a ser algo más aceptado socialmente y menos criticado de lo que podía serlo en la época de nuestros padres y abuelos. Sin embargo, uno ve que aparecen fenómenos como el de ’50 sombras de Grey’, con su apología conservadora del hombre que guarda sus emociones y que seduce a las mujeres actuando de forma dominante y no sabe que pensar. Y uno no sabe que pensar porque este fenómeno interesa mucho más a mujeres que hombres y varias tienen a ese señor Grey como fantasía, aunque sólo sea por su visión actualizada del Príncipe Azul que viene a salvar a la desvalida Princesa, en una nueva versión del arquetipo del macho redentor que viene a contestar a aquellos que defendemos un cambio en las sensibilidades. Y esta contradicción es la que refleja ‘Fuerza mayor’.

Cuando se ve ‘Fuerza mayor’ no pueden evitarse ciertas preguntas sobre el carácter humano y la influencia de la razón y del instinto en nuestras acciones. Somos animales, racionales pero animales y al fin y al cabo, con ciertos instintos que nos apremian desde dentro y a los que podemos hacer caso o ignorar y en función de lo que hagamos con ellos podemos ser vistos de una manera u otra a ojos de los demás. El protagonista de la película es un hombre que sabe repartirse las tareas familiares con su mujer, a la que trata como una igual y que parece actuar por las líneas de lo que la razón exige a un hombre moderno. Sin embargo, un suceso inesperado le hará quedar como un cobarde a los ojos de su mujer y sus hijos, que le reprochan que él no se quedara con ellos para brindarles apoyo y protección en vez de buscar su propia salvación. El padre no ha sido como esos padres de película, que arriesgan su vida por el bien de los suyos, sino que ha evidenciado su sentido individualista siguiendo las indicaciones del instinto que le decía que abandonara el lugar del peligro. En una visión moderna de la masculinidad esa actuación podría ser comprendida como una pequeña flaqueza entendible, sin embargo su familia y él mismo no pueden despegarse de esos valores tradicionales en los que el cabeza de familia es el que debe proteger al resto y todos sienten la culpabilidad de la huida.

A partir de ahí, lo que iban a ser unas plácidas vacaciones en la nieve se convierten en una especie de condena para esa familia que no puede olvidar esa huida momentánea del padre. El entorno privilegiado de los Alpes franceses acaba siendo un lugar hostil, donde las pequeñas explosiones para evitar la acumulación de nieve que suenan a lo lejos son el marco sonoro de una batalla sorda en la que la mujer siente que su marido le ha fallado y le hace replantearse su matrimonio, como si nada de lo vivido anteriormente tuviera sentido ante esa búsqueda de supervivencia. Por su parte, el marido sabe que ha hecho algo que no debería haber hecho como hombre, pero no por ello deja de apreciar menos a su familia y no cree que deba ser maltratado psicológicamente ni ser considerado menos hombre.

La película me ha recordado a ‘El desprecio’, la estupenda novela del italiano Alberto Moravia que inspiró la cinta homónima de Jean-Luc Godard. El libro se metía en la cabeza de un hombre que sentía que había perdido el cariño y el respeto de su mujer ante un acto de aceptación de las órdenes su jefe y que por haber sido más servicial que luchador la mujer le había dejado de querer. La historia dejaba en el aire cuestiones políticamente incorrectas sobre cómo se espera que se comporte un hombre y lo que las mujeres esperan del sector masculino, algo que también establece ‘Fuerza mayor’. Porque el filme de Östlund nos hace plantearnos que si en las relaciones modernas, hombres y mujeres comparten las responsabilidades como iguales que son, a la hora de verdad a los hombres se les exige llevar la voz cantante para no quedar como unos flojos.

‘Fuerza mayor’ nos viene a decir que seguramente, aunque no lo admitamos, quedan vestigios de esa educación tradicional que les ha dicho a ambos sexos cómo deben comportarse. Por eso la mujer del protagonista experimenta sensaciones contradictorias ante otra mujer que le confiesa que ella y su pareja mantienen relaciones extramatrimoniales con total aceptación. Y por eso el protagonista ve su masculinidad reforzada con los piropos que en un momento dado parecen lanzarle unas excursionistas y con el acto que lleva a cabo en el tramo final de le película, quién sabe si propiciado por su esposa para devolverle la confianza en sí mismo.

La película tiene la habitual pericia del cine escandinavo a la hora de hablar de cuestiones universales desde un entorno reducido en el que muchas emociones se interiorizan más de lo que se hablan. Una forma de narrar las historias que a algunos les produce gran aburrimiento y que a otros nos resulta siempre interesante y en ocasiones fascinante. Por ello, habrá quien desdeñe ‘Fuerza mayor’ por ser un filme en el que la acción es más psicológica que física, pero creo que precisamente por eso la cinta de Ruben Östlund es muy destacable, tan bien rodada como interpretada. Porque sabe hablar de esas pequeñas cosas que acaban martilleando de forma tan silenciosa como implacable las relaciones humanas.
travis braddock
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7
18 de octubre de 2011
22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
El filme es la nueva película de la directora danesa Lone Scherfig, que tras cosechar éxitos en su país dio el salto al cine británico con la interesante "An education" y que ahora vuelve a rodar en aquellas tierras esta historia de encuentros y desencuentros, basada en una novela muy exitosa en el Reino Unido.

La cinta nos muestra la relación entre sus dos protagonistas desde sus años universitarios hasta los inicios de la madurez. A través de lo que sucede los 15 de julio de cada año, el espectador va siendo testigo de los vaivenes vitales y emocionales de Emma y Dexter, de los cambios que se producen tanto para bien como para mal.

La película funciona bastante bien, mostrando el inicio de la relación de ambos y sus primeros años, con esa sensación de que ambos quieren ser más que amigos, pero por diversas causas no lo reconocen abiertamente. Sus formas de ser les separan (él es un vividor sin preocupaciones y ella es más sensata, con los pies en la tierra). Luego, sus elecciones les van llevando por un camino y van perdiendo el contacto, aunque siguen estando muy presentes en la vida del otro. Como dice uno de los personajes de la película, ella hace que él sea mejor persona y a cambio él hace que ella sea más feliz.

Al buen tono del filme ayuda el buen hacer de sus protagonistas, que muestran una gran química en pantalla y dan vida con convicción a sus personajes. Y además que a mí Anne Hathaway me enamora cada vez que la veo en pantalla, con esa mezcla suya de belleza, inteligencia y sensibilidad. También se puede destacar la labor de secundarios como Patricia Clarkson (siempre estupenda en comedia y drama) o Romola Garai (una actriz más popular en tierras británicas por su participación en varias producciones de época, como la espléndida miniserie de "Emma").

Al filme se le puede reprochar un cierto bajón de ritmo hacia la mitad del metraje y una secuencia clave en la trama (que no desvelaré), ejecutada un tanto torpemente, que casi provoca el efecto contrario que busca. Fallos menores para un conjunto bastante interesante y que resulta agradable de ver.

Una historia romántica que llega bien por su naturalidad, sin exageraciones ni petardeos, que ofrece una interesante exposición de las relaciones humanas.
travis braddock
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7
23 de junio de 2015
20 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Para el espectador medio, el nombre de Thomas Hardy no le resultará tan familiar como el de otros escritores británicos que han sido adaptados una y mil veces, a pesar de que ya cuenta con algunas versiones de sus obras en la gran pantalla, algunas excelentes. Ese es el caso de ‘Tess’, de Roman Polanski, realizada como homenaje póstumo a su pareja Sharon Tate, que era gran aficionada a la novela de Hardy. Otras películas inspiradas en sus historias que hemos podido ver en los últimos años han sido ‘Jude’, ‘El perdón’ o ‘Tamara Drewe’, precisamente una actualización contemporánea de ‘Lejos del mundanal ruido’. Las ficciones de Hardy siempre se desarrollaron al sur de Inglaterra, en los parajes de Dorset, abundantes en naturaleza agreste, colinas y acantilados. Lugares donde ambientar unas historias dominadas por las grandes pasiones y donde el amor es un sentimiento que suele conducir a la desgracia a aquellos que padecen sus efectos.

A pesar de su origen británico, ‘Lejos del mundanal ruido’ está dirigida por un danés, Thomas Vinterberg (‘Submarino’, ‘La caza’), que para más inri fue hace años uno de los impulsores, junto a Lars von Trier, del movimiento Dogma 95, opuesto al modo de producción tradicional y que apostaba por un cine sin ataduras formales. Con esas directrices realizó ‘Celebración’, la más conseguida de todas las películas que amparó un movimiento que pretendía ser revolucionario y que ha sido abandonado incluso por sus creadores. Curiosamente, ‘Lejos del mundanal ruido’ ya fue adaptada en 1967 por John Schlesinger, otro director influido por un colectivo que buscaba reflejar mayor naturalidad en pantalla, en su caso el “Free Cinema” inglés. Con la ayuda de Frederic Raphael y Julie Christie, su guionista y actriz protagonista en ‘Darling’, Schlesinger construyó una película que bebía claramente de los dramas épicos de David Lean (incluida la obertura musical al inicio), lo opuesto a lo que buscaba el “Free Cinema”, aunque el resultado fue igualmente meritorio. Schlesinger hizo una cinta academicista, aunque salpicada de algunos recursos formales que denotaran los inquietos orígenes de su autor y Vinterberg ha hecho algo similar con esta nueva versión. Porque la puesta en escena de Vinterberg se caracteriza por una soberbia fotografía de aires naturalistas, lejos del cartón piedra de otras producciones de época y cercana a lo que hizo Polanski con ‘Tess’, donde se dio al paisaje la importancia de ser un personaje más.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
travis braddock
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7
27 de enero de 2016
18 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
El escritor francés Louis-Ferdinand Céline dividía a los hombres en dos categorías: los exhibicionistas y los mirones. Hoy día, con los avances tecnológicos, es muy fácil ser ambas cosas a la vez, pues podemos cotillear todo aquello que los demás deciden compartir en sus webs o redes sociales y al mismo tiempo tenemos la capacidad de mostrar todo nuestro saber hacer y nuestro músculo, físico o intelectual, para que otros nos digan qué buenos somos. No obstante, las preferencias se mantienen y muchos nos sentimos más cómodos escorándonos hacia uno de los lados del espectro, hacia el lado de los que observan a los que viven sin mucho complejo. Ese es el lado que ha elegido Clement, protagonista de "No es mi tipo".

Clément (Loïc Corbery) es un joven profesor de filosofía que por motivos laborales se traslada a Arrás, al noreste de Francia, un lugar que no le atrae lo más mínimo, pues solo se siente a gusto en París y detesta la pobreza de la vida social provinciana. En Arrás conocerá a Jennifer (Emilie Dequenne), una peluquera divorciada y con un hijo pequeño, amante del karaoke y lectora de la prensa del corazón. A priori, entre ambos no parece haber mucha conexión, pero Clément se siente atraído por la belleza de Jennifer y emprenderá una relación con ella, en la que él le introduce en autores como Kant y Dostoievski y ella le da a conocer la existencia de Jennifer Aniston y a descubrir el placer de vivir la vida en lugar de observarla desde la distancia del que especula sobre su sentido.

El filme comienza con una ruptura de Clément con una mujer y más adelante le veremos reencontrarse con una antigua novia que le reprocha la frialdad que mostró durante su relación. Clément ha escrito ensayos sobre la imposibilidad de un amor duradero y parece haberlo llevado a la práctica en su vida real o quizá han sido sus propios fracasos los que le han llevado a pensar de forma pesimista en temas sentimentales. A pesar de ello no es alguien que viva retirado en su rincón y disfruta de la ebullición de la vida social en la gran ciudad. Él es de esos intelectuales que lanzan grandes pensamientos al mundo sin perder de vista los instintos más primarios y la seducción de mujeres que les atraen (esto lo podemos ver a diario en redes sociales, de muchos que arreglan el mundo en un mensaje y andan detrás de las que tienen los avatares más vistosos, practicando aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”), así que concentra todas sus clases en Arrás en tres días para poder pasar el resto de la semana en su amada París. Algo le va a atar a la pequeña localidad y es Jennifer. Jennifer no es una mujer sofisticada, pero es atractiva y eso le basta a Clément, porque con ella podrá llevar a cabo con mayor efectividad su seducción intelectual. Ella no tiene un gran nivel cultural, pero está lejos de ser tonta y quizá tiene más de una enseñanza para el siempre insatisfecho Clément. Jennifer es de las que vive la vida con ilusión y aunque no le esté dando mil vueltas a las cosas, tiene claro lo que quiere y lo que no y en su nuevo amante se encuentra con ambos extremos.

No es mi tipo es la primera película del belga Lucas Belvaux que se estrena en nuestro país y aquí se sirve de la novela homónima de Philippe Vilain para contar una historia que tiene ingredientes ya conocidos, como la atracción entre personajes opuestos y sus diferencias sociales o en sus concepciones del amor. Unos ingredientes que podían haber dado lugar a la enésima comedia desenfadada sobre la guerra de sexos y que sin embargo componen un resultado con algo más de miga de lo habitual. Porque No es mi tipo no es una de esas historias románticas como las que a veces protagoniza Jennifer Aniston y que pondera la Jennifer del filme. No es de esas narraciones con las que pasar un rato viendo algo inofensivo y fácil de olvidar, sino una cinta que se sirve de algunos de los lugares comunes del género para dejar poso y que vista en pareja puede dar lugar a debates enriquecedores. Porque el desarrollo y el desenlace nos hacen pensar en lo que entregamos cuando amamos a alguien, en lo que estamos dispuestos a cambiar de nosotros mismos por hacer feliz a la otra persona y en la parte de nuestra individualidad que somos incapaces de alterar y que nos enfrenta con el ser amado y también con el resto del mundo. Esa parte que puede hacernos tropezar siempre en la misma piedra y que nos llevará a la decepción. Será por eso que muchos escogen ser mirones del amor y optan por ver cómo lo sienten y padecen otros, para teorizar sobre ello y ahorrarse los daños de exhibir sus sentimientos. Y es que como decía Umberto Eco en El nombre de la rosa, que tranquila sería la vida sin amor. Y que insulsa.
travis braddock
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