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Críticas de Víctor Bañeras
Ordenadas por:
21 críticas
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6
8 de octubre de 2017
42 de 55 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Toc Toc" es una película lo bastante fresca y amena como para pasar un buen rato, pero sin más pretensiones. Parte de una idea base muy divertida: seis enfermos de TOC juntos en una misma habitación que, aparentemente sin mediador, se irán ayudando mutuamente para superar sus trastornos.

Ahora, si bien las bromas resultan lo suficientemente graciosas al principio del film (aunque sean de lo más fáciles y bobaliconas), al poco rato se vuelven repetitivas en exceso y por momentos diría que hasta irritantes... supongo que en parte el director buscaba eso cuando confeccionó a sus personajes.

Aun así creo que la película acaba resolviéndose bastante bien. La "intriga" generada en el espectador por saber quién es el terapeuta, pese a no suponer una gran revelación, deja buen sabor de boca sobre todo a aquél que va a ver "Toc Toc" sin esperar mucho de ella.
Víctor Bañeras
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6
1 de enero de 2018
39 de 50 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me cuesta admitir que la película me ha gustado bastante menos de lo que esperaba. Tampoco voy a engañarme a mí mismo: me agrada y me interesan mucho tanto el tema que aborda como el personaje principal (que, de hecho, aquí vendrían a ser lo mismo). No obstante, creo que la ejecución de la idea acaba convirtiendo la película en un producto demasiado convencional.

El personaje que encarna James Franco (papelón que se marca, por cierto) es complejo, llamativamente misterioso (¿de dónde es? ¿de dónde saca el dinero? ¿cuántos años tiene?) y cuenta con un arco bien trabajado: pasa de ser un ignorante de sí mismo (cree firmemente que es un artista incomprendido) y de querer materializar un sueño prácticamente irrealizable, a la consecuente realización de este (con muchas tomas y millones de por medio) con un resultado inesperado. Es así como logra, al final de la película, la autoconciencia. Ahora sabe quién es realmente Tommy Wiseau.

Digamos que “The Disaster Arist” prácticamente se ve sola. Tiene un ritmo ágil, remarcables actuaciones y su ameno enclave cómico (hacía tiempo que no oía tantas risas unánimes en una sala de cine) esconde, en realidad, un trasfondo más trágico de lo que aparenta en la punta del iceberg.

Sin embargo, tanto la historia que ha usado James Franco para contarnos qué se escondió detrás de “The Room” como su apartado técnico, su “look”, parecen demasiado “hollywoodienses”, por así decirlo. En primer lugar, los altibajos de la relación Tommy-Greg, por ejemplo, creo que ya los hemos visto en numerosas ocasiones: un choque de antítesis que resulta unas veces beneficioso para ambos y perjudicial otras tantas. En el apartado del guion tampoco falta el clímax "happy ending" de lagrimilla con planos cortos y enaltecimiento de los protagonistas, pero es que tampoco podemos pedirle peras al olmo. Y en segundo lugar, pienso que el apartado visual peca de luminoso, tiene una apariencia demasiado “instagramer” (supongo que, en parte, para que los gags funcionen mejor). Si nos fijamos en la historia y sus personajes principales, en la mayor parte del relato, tanto Tommy como Greg no son más que dos pobres fracasados con una ilusión que se intuye fallida ya desde el momento en que se formula. Si me plantas un plano de las luces de Los Ángeles con un hit popero sonando a toda castaña, yo lo siento, de verdad, pero no me lo creo.

Pero bueno, que esto no enturbie mi juicio final. Pienso que es una gran película que cuenta con numerosas virtudes y que, por tanto, la aclamación de crítica y público es merecida. Simplemente, hoy he tenido la mala suerte de cogerla con mal pie.
Víctor Bañeras
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8
5 de octubre de 2018
21 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
Admitámoslo: los autoproclamados “cinéfilos” enfundados en la franja millenial de la edad no podemos resistirnos a Gaspar Noé. Cuando la noticia del último estreno del galo llega a nuestras manos, el cerebro no tarda en accionarnos el mecanismo de la atracción inmediata. Rupturismo formal y provocación desvergonzada: ¿qué más puedes ofrecerle a un chaval que acaba de empezar a ver cine “en serio”?

Bajo los planos cenitales y la colorida estética visual a la que nos tiene acostumbrados, Noé nos expone esta vez una tesis, significativa cuanto menos: la vida en diversidad y/o colectivo es inviable en nuestros estándares de sociedad. “Vivir es una imposibilidad colectiva”, nos dice un título que ocupa toda la superficie del rectángulo. Con tal de trabajar esta idea, el lenguaje cinematográfico del director en Climax destaca como nunca.

Pero vayamos por partes. En la película se identifican dos tratamientos formales muy diferenciados. Por un lado tenemos los planos estáticos de las entrevistas y de las conversaciones del principio de la fiesta. En otras palabras, cuando los personajes están aislados de los demás por medio del corte (o como mucho emparejados por etnia, sexualidad o familia) domina la tranquilidad y el equilibrio. Noé aprovecha estas escenas de diálogo (prácticamente las únicas) para sembrar una mínima información sobre los personajes.

Por otro lado, en cambio, tenemos los famosos planos secuencia, dinámicos y repletos de virguerías técnicas, en los momentos de coreografías de baile y de representación de los efectos de la droga. Esta vez, pero, el movimiento de la cámara se encarga de agrupar a varios de los personajes en un mismo cuadro, o bien, de desplazarse fluidamente de uno a otro. Tanto el baile racional como el éxtasis irracional de la droga suponen momentos de euforia colectiva, o sea que para Noé, el clímax es capaz tanto de conectar a la gente (baile) como de destrozar vidas (droga) al mismo tiempo.

A través del recurso de la toma larga, la música incesante, la interpretación histérica y la iluminación heterogénea, el director nos irá sumiendo en una espiral de clímax orgiástico y alucinógeno hasta que, finalmente, la imagen se tinte de rojo sangre y la cámara voltee a los personajes del revés para traspasarlos al inframundo.

El mensaje es claro: el infierno somos nosotros.
Víctor Bañeras
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8
16 de enero de 2017
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película no apta para todo el mundo, lo reconozco. Malick se deshace de lo narrativo para convertirlo en poético. Lo consigue a través del apabullante aspecto visual y las metáforas que éste representa (la palabra se sustituye por la imagen), y el montaje discontinuo según la idea. El espectador que solo quiera pasar el rato no la va a disfrutar en absoluto, se le hará tremendamente aburrida. Ahora bien, a quien le guste ver cine menos convencional, cine donde tengas que estar atento y esforzarte mentalmente, y que además tenga algún que otro conocimiento sobre Tarkovsky o Bergmann entre otros, seguramente vaya a gozarlo viendo El Árbol de la Vida.
Para nombrar lo que a mí me han parecido defectos diré el ya comentado desaprovechamiento de Sean Penn y la excesiva redundancia del acompañamiento sonoro, que aunque pueda ser necesario para la creación de la atmósfera mítica/poética te acaba cansando.

Podrá gustarte más, llegándola a nombrar la 2001 del siglo XXI; o podrá gustarte menos, llegando a despotricar de ella y de todos a quienes les gusta hasta niveles asombrosos. El único juez válido en esta materia será el Tiempo, quien acabará catalogando El Árbol de la Vida como una auténtica obra maestra o como un simple trabajo superfluo y terriblemente pretencioso.
Víctor Bañeras
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6
14 de marzo de 2018
5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿La directora y la protagonista de una saga quinceañera confeccionando un thriller de espionaje? Admito una curiosidad chispeante en el estómago. Después de un par de semanas en cartelera me decido por ir a verla. Lawrence me espera desde el póster con su postura fría, un flequillo recto y bañada de rojo violento.

En el trascurso de las siguientes dos horas la pantalla se inunda de intriga y tensión: una espía rusa (o gorrión) es reclutada contra su voluntad. Sin alternativa posible, debe descubrir el nombre de un topo que pasa información secreta a los Estados Unidos. El conflicto interno de la protagonista aparecerá cuando el americano (y por ende enemigo) al que tiene que investigar para conseguir dicho nombre se descubra como un tipo sensible, de confianza y, evidentemente, muy apuesto.

Red Sparrow cumple bien su función de thriller, o como mínimo hasta que quedan 30 minutos de película. La atmósfera resultante del uso de la música y de la estructura del guion es digna, como si de una cuerda que se tensa con cada minuto que pasa se tratara. Dominika se ve sumida en la espiral de mentiras, verdades a medias y patriotismo impuesto que compone el atrayente relato. Las escenas de violencia, además, son explícitas y están rodadas con un gran sentido (quizá demasiado para algunos) de la espectacularidad. Hasta aquí todo bien: decente, elegante, violenta. Como el rojo del póster.

Pero llega un momento en que la cuerda, en lugar de permanecer lo suficientemente tensa o incluso de ir aflojándose para concluir el relato de forma honesta, se rompe. Los giros del guion de la parte final de la película son forzados y diría hasta tramposos. Es cierto que se recoge la información que la película ha ido sembrando sobre el plan último de Dominika (el vaso, el pasaporte, la cuenta bancaria…), pero en el desarrollo mismo de la trama, la siembra se presenta de una manera demasiado descafeinada, insuficiente. Juega a sorprender (y lo hace), pero para mí las vueltas de tuerca finales se balancean en el fino límite de la engañifa guionil.

Aun así el balance total es positivo. Teniendo en cuenta sus irregularidades, Red Sparrow se disfruta porque está rodada con gracia y porque Jennifer Lawrence, que afortunadamente ha tomado la decisión de participar en proyectos que realmente le interesan y de calidad, está espléndida. Esperemos que el gorrión siga volando alto.
Víctor Bañeras
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