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Polonia Polonia · Suena Wagner y tengo ganas de invadir
Voto de Normelvis Bates:
8
6,6
508
votos
Sinopsis
Un detective ya maduro debe resolver un caso de asesinato relacionado con el ambiente homosexual. (FILMAFFINITY)
20 de abril de 2013
20 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
En 1965, Frank Sinatra cumplió cincuenta años y el cambio de cifra debió de resultarle más bien traumático, ya que, coincidiendo con su aniversario, publicó uno de sus discos más oscuros y melancólicos, repleto de canciones que reflexionaban acerca del paso del tiempo, de la vejez, de los instantes idos y ya perdidos, condenados a malvivir en algún rincón de la memoria, a la espera de su inevitable desaparición.

“September of my years” es, por otro lado, un disco absolutamente brillante, que contiene algunas de las piezas más memorables del repertorio de Sinatra, como la bellísima “It was a very good year”, con la que se abría la segunda temporada de “Los Soprano” y cuyo tono otoñal y desesperanzado ofrecía, por otro lado, no pocas pistas acerca del sentido final de una serie que, a medida que pasan los años, se va afianzando en la condición de cima indiscutible de las obras de ficción del último cuarto de siglo.

“El detective”, salvando las lógicas distancias, vendría a representar para el género del cine negro lo mismo que “September of my years” en la discografía de Sinatra o “Los Soprano” en la recreación cinematográfica del universo mafioso: una reformulación actualizada de sus claves estilísticas, releídas de modo respetuoso, pero convenientemente adaptadas a temáticas e inquietudes hasta entonces ignoradas o directamente inexistentes.

El hallazgo del cuerpo mutilado de un rico homosexual abre una película áspera y sórdida como pocas, cuyo personaje central, Joe Leland, entronca, por un lado, con la vieja tradición del servidor de la ley honesto e insobornable, mientras prefigura, por el otro, la imagen del policía expeditivo y alérgico a despachos e imposiciones burocráticas que tanto éxito tendría a lo largo de la década siguiente. Leland, de hecho, es un cruce de caminos: no es todavía el ácrata solitario y amargado de los setenta, pero la épica de la fe en la ley y el orden que movía a sus antecesores se ha difuminado hasta borrarse casi por completo. Estamos en 1968. Leland es culto, es perspicaz, sabe que los tiempos están cambiando, que la policía está a sueldo de los poderosos, sentada sobre cubos de basura que un día u otro acabarán estallando y pondrán al descubierto las miserias y podredumbres de la sociedad.

En el plano formal, la peli es, indudablemente, hija de su tiempo. El planteamiento de Douglas, que estructura la película en dos grandes bloques, atravesados por largos flash-backs y en principio desconectados, aunque en ocasiones resulte confuso o disruptivo, se adecúa a la visión crítica que se ofrece de la sociedad de la época, perturbada por toda clase de conflictos que resulta inútil tratar de ocultar. El punto de convergencia de ambos bloques son los ojos azules de Sinatra, cuyas intensas miradas pasean la fatiga y el hartazgo de quien ha descubierto a qué ha consagrado realmente su vida, nada más entrar en el septiembre de sus años, cuando los días se hacen cortos y quedan cada vez menos por contar.
Normelvis Bates
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