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Nos vemos allá arriba

6,9
389
votos
Sinopsis
Noviembre de 1919. Dos supervivientes de las trincheras, uno un magnífico ilustrador y el otro, un modesto contable, montan una estafa sobre los monumentos a los muertos de la guerra. En la Francia de los años veinte, el proyecto se convierte en algo tan peligroso como espectacular. (FILMAFFINITY)
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18 de marzo de 2018
7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
El, hasta ahora, el electrón libre del cine francés, Albert Dupontel, actor, guionista y director, sube de categoría con esta película, confirmando lo que su anterior obra, "9 mois ferme", ya anunciaba, un verdadero autor que sabe compaginar el gran espectáculo con la reflexión más lúcida.
La adaptación de la novela homónima, premiada con el Goncourt 2013, de Pierre Lemaitre le venía como anillo al dedo al cineasta francés. Dos universos muy próximos para una historia de dos soldados que, tras la gran guerra, regresan del frente y se tienen que buscar la vida, sin la ayuda de nadie, ni de la familia ni del Estado.
Con su sexta película el cineasta francés emociona, intriga, apasiona y deslumbra, manteniendo su marca de la casa, su afilada y visceral critica de la sociedad.

Adaptar un gran libro, como lo es este, nunca ha sido una tarea fácil. Llevar a la gran pantalla una historia que se desarrolla hace un siglo, en plena guerra, en las calles de París, representa en lo que a la producción respecta, un reto en toda regla si se quiere conservar el ambiente realista a la par que se le otorga la importancia que le corresponde a dicha obra.
Gracias a la singularidad de un cineasta, que desde siempre, se ha sentido muy cómodo dentro del registro del humor negro iconoclasta y desesperado, el resultado ha dado la talla; una película en la que la dureza del argumento se hace accesible al público general.

Reconstruyendo hábilmente la época gracias a los efectos especiales, "Nos vemos allá arriba" prefiere alejarse gradualmente del realismo para centrarse en las emociones de sus protagonistas; emociones marcadas a fuego por con una guerra que se extiende de otra manera cuando regresan a la vida civil. Vidas magulladas, especuladores del conflicto, el frenesí del comienzo de los locos años veinte. Una inmersión en la historia cuya ironía chirriante no enmascara la profunda tragedia humana a todos los niveles de la sociedad. La historia se desarrolla en un estilo narrativo a veces un poco acelerado, que no resta valor a la calidad general de una película popular que se ha adaptado de manera flexible a la vasta riqueza del material literario original.

Magnifica y original historia de post guerra francesa ,drama y con sus puntos de humor e ironia francés, .buenas actuaciones, atención a Nahuel Pérez Biscayart. Imposible no reconocer el talento de un actor cuando este tiene que interpretar, prácticamente todo la película, con máscaras que cubren su rostro (por cierto, las 20 máscaras de las 40 que creó Cécile Kretschmar son verdaderas joyas de imaginación). Otra proeza más para este actor argentino: perfecta expresión corporal, una mirada de múltiples significados y un cuerpo que parece expresarse por sí mismo. Unos esplendidos planos-secuencias y movimientos de cámara junto con una muy buena ambientación de los años veinte,las mascaras geniales y una preciosa música conjuntan a esta pélicula de producción francesa.

Una película que dió mucha guerra en la ceremonia de los César y que se encuentró, por alguna extraña y misteriosa razón, fuera de concurso en San Sebastián. Y cosa rara entre las adaptaciones literarias: me encantó y me fascina la película.
javi rojo
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30 de junio de 2018
4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Recientemente leí un artículo el cual afirmaba que durante los mundiales de fútbol de Rusia, los cines estaban registrando las recaudaciones más bajas en mucho tiempo. Al vivir al margen, en la medida de lo posible, del mundanal ruido y no tener amigos aficionados a esta clase de eventos, nunca pensé que esto guardara algún tipo de relación, fíjese usted dónde llega mi ignorancia. Para colmo, mañana entramos en el mes de Julio, y el verano sigue siendo, no sé por qué una época maldita para la exhibición, cuando en Estados Unidos y en otros países, es cuando las taquillas hacen su agosto, nunca mejor dicho. En España el cine, en teoría no da dinero y no se miden las audiencias en televisión. El mundo al revés. ¿Algún idiota se podría plantear que en pleno siglo XXI y cuando muchos disfrutan de sus vacaciones, es precisamente cuando hay público que puede ver la televisión o ir al cine? ¿O es que los que se van de vacaciones abandonando sus responsabilidades son los jefazos que, al estar apoltronados, no tienen la necesidad de renovarse o esforzarse?


El caso es que ayer se estrenó en nuestro país la película que comentamos, “Nos vemos allá arriba”, y en la sesión de tarde éramos cinco personas. Nadie comía palomitas. Silencio total. Perfecto para visionarla disfrutando. Pero una pena que una película tan interesante vaya a pasar desapercibida para el público y sin hacer la caja que merecería, aunque en su país de origen, Francia, la hayan visto más de dos millones de espectadores y se llevara cinco “Césars” del cine francés de las trece categorías a las que fue candidata. Su pase fuera de concurso en el Festival de San Sebastián tampoco parece que haya repercutido en su escasa asistencia. De cualquier forma, quede ahí nuestra recomendación para cualquiera que quiera ver una buena película y a ser posible en cine, porque en este caso, es para verla en una sala, en pantalla grande y buen sonido.


Albert Dupontel junto a Pierre Lemaître son los encargados de la adaptación a la pantalla de la novela de este último. La gran ventaja de escribir con el autor es la compenetración entre ambos y que, Dupontel, hábil y con cierto rodaje en estas lides, tenía claro qué clave quería utilizar. Sin duda se trata de su proyecto más difícil y ambicioso, pero ha salido muy bien parado. Aunque como actor la Academia de cine francés no le premió, sí le otorgó el premio al mejor guionista y el de mejor director. Su esforzada labor es indiscutible. Este drama, con tintes de humor negro, posee unos personajes perfectamente definidos, aunque el hubiéramos querido saber más sobre cómo se unen los personajes de la niña y de Edouard. Los acontecimientos que se suceden están contados con ritmo, interesando en todo momento. La dirección es muy acertada. En las escenas de batalla y trincheras son impecables, incluso el manejo de la cámara, la fotografía de Vincent Mathias, y toda su planificación. A veces, Dupontel, sigue utilizando la fotografía como objeto de virtuosismo, pero sin excederse, y a medida que el film va avanzando parece que su énfasis se va aplacando, para su mayor acierto. Los ayudantes de dirección incluso se hacen notar, y para bien, en escenas de masas y tumultuosas, perfectamente “orquestadas”.


Los actores están ensamblados en esta maquinaria que Dupontel ha logrado controlar desde el principio: él mismo, como protagonista, pero no como ser egocéntrico, está muy bien. Nahuel Pérez Biscayart como Edouard, quizás el personaje más difícil, logra un trabajo excepcional, aunque ni siquiera fuese nominado. También Niels Arestrup como Marcel, un actor de gran versatilidad al que recordamos sobre todo por su magnífica labor en “Un profeta” y que cada día nos recuerda más a Richard Harris. Y el resto, desde las actrices a cualquier secundario están medidos y más que correctos, sobre todo Laurent Lafitte como el aborrecible Henri, en una de sus más logradas interpretaciones.


Su bestial presupuesto, de casi veinte millones de euros, luce a todo trapo, desde sus efectos visuales y sonoros a su esplendorosa ambientación, tanto barroca como hipnótica a veces, con muy buen gusto: su vestuario, su dirección artística o el precioso diseño de máscaras que, en algunos momentos nos evocan a muchas películas del cine galo y que puede ser hasta casi un homenaje a esos rostros que aparecían en clásicos maravillosos como “Los niños del paraíso” de Carné o a “Los ojos sin rostro” de Franju. Todo resplandece pero en ningún momento se sobrepasan o queda como pretensión de nuevo rico.


La música es buena, pero hay un tema, que se utiliza en varios momentos, por lo que se escucha “demasiado”, que nos suena demasiado a Morricone, no sé a él cómo le habrá sentado, y que nos lleva al Morricone de principios de los setenta, sobre todo a la partitura de “Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha”.
Pero poco hay que achacarle a esta gran producción, capaz de demostrar que un gran presupuesto no deshumaniza ninguna película, si hay talento que articule semejante maquinaria y que sea capaz de transmitir las emociones que en cada momento se pretende. A ver si aprendemos nosotros, que tanta falta nos hace y así engrandecer algo nuestro cine patrio. Pero para aprender la lección no solamente haría falta humildad, no escoger a dedo y dejarnos de amiguismos, si no al menos verla.
Maggie Smee
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19 de marzo de 2018
4 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Harto de tanta película americana escrita por un ordenador, porque supongo que el oficio de guionista allí ya no existe, dirigida por informáticos y publicistas, y distribuida por una mafia que impone cómo y dónde hay que proyectar, aparece esta película francesa dirigida con mimo y contada en forma de cuento.
Si en "La forma del agua" hay un malo malote, aquí también, y también hay quien se enamora del "monstruo" y está el amigo incondicional. La diferencia: la magia de la obra pequeña que en la obra grande se desvanece. Hay quien prefiere la magia de corta distancia y quien prefiere la de grandes espacios; ambas pueden ser maravillosas, pero una es para verla en la intimidad o en grupo pequeño y la otra con masas heterogéneas.
Y una gran diferencia que con las películas americanas es que los finales se trabajan y puede ser feliz o no, que también hay que matizar lo que es un final feliz; en las otras, aunque carezca de sentido tiene que ser ¿feliz? y por eso casi siempre los finales que recordamos son aquellos en los que no era así.
Juanmadrid
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18 de abril de 2018
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aquí hay una obra rodada a puro talento, desborde creativo, elenco excepcional y unos movimientos de cámara deslumbrantes.

El director —quien también la protagoniza y escribe el guión adaptando una novela— Albert Dupontel tiene la virtud de contarnos en un tono de comedia (a veces usando el humor negro) el drama de los postergados de la guerra, de la "carne de cañón" de los ejércitos que son olvidados y desamparados por los oficiales, el sistema sanitario, los gobiernos y toda una red de bribones que lucran con la posguerra. Por suerte tanto la sinopsis como el trailer no dicen ni sugieren nada del argumento, que es muy, pero muy original. Yo creo que esta película debe ir a verse contando con la menor información argumental posible, porque en el guión la novela de Pierre Lemaitre ha sido trasladada con mucho ingenio y cualquier desarrollo de la trama en una reseña haría perder la magia que el relato posee. Digamos que, a grandes rasgos, hay todo un hilo secuencial de personajes que no aparecen en vano desde el inicio y que, luego van encajando en un círculo virtuoso haciendo que el desenlace sea un resorte brillantemente resuelto para que el filme cierre como se inicia. Tal vez pueda achacársele al libreto que las definiciones psicológicas son cortadas a hachazos (los malos son malísimos, los buenos son víctimas) y que las casualidades resultan algo inverosímiles, pero si uno entra en el juego de espejos que te propone el director seguramente podrás pasar por alto este maniqueísmo y quedarás fascinado con la propuesta.

Como coprotagonista el argentino Nahuel Pérez Bizcayart, hace un trabajo deslumbrante de interpretación exclusivamente con los ojos y las manos porque casi siempre está debajo de alguna máscara. Los efectos especiales son francamente magníficos y están al servicio de una cámara en permanente travelling que se eleva y desciende vertiginosamente con la grúa para mostrarnos escenas de masas (los 3 planos secuencia del principio son antológicos) permitiendo una reconstrucción de época que sería imposible lograr sin usar sobreimpresiones.

La fotografía y la música te subyugan y, como si fuera poco, tiene uno de los finales más emotivos que recordaré para siempre. Una verdadera fiesta para los sentidos, obra que te conmoverá el espíritu y los sentimientos y que recomiendo calurosamente.
Atilio
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6 de noviembre de 2017
3 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Visualmente atractiva pero sin ningún revulsivo que la haga avanzar con interés desde el punto de vista argumental. Se va desinflando conforme pasan los minutos. Al final acaba cansando por repetitiva. No solo de imágenes vive el hombre...
Kinetoscope
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