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El gatopardo

7,8
14.651
votos
Sinopsis
Es la época de la unificación de Italia en torno al Piamonte, cuyo artífice fue Cavour. La acción se desarrolla en Palermo y los protagonistas son Don Fabrizio, Príncipe de Salina (Burt Lancaster), y su familia, cuya vida se ve alterada tras la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi (1860). Para alejarse de los disturbios, la familia se refugia en la casa de campo que posee en Donnafugata en compañía del joven Tancredi (Alain ... [+]
Críticas ordenadas por:
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5 de junio de 2008
99 de 104 usuarios han encontrado esta crítica útil
A partir de “Senso”, Luchino Visconti aborda y desnuda en sus films su contradictorio y complejo mundo interior. La destrucción del núcleo familiar; la decadencia de una clase social, -la suya-, y la degradación moral serán los ejes básicos de sus tres indiscutibles obras maestras: “Rocco y sus hermanos”; “El Gatopardo” y “Muerte en Venecia”.

Adaptación de la novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, enmarcada en la convulsa Italia del Rissorgimento, el Don Fabrizio de “El Gatopardo” es el “alter ego” del autor y el de un Visconti plenamente identificado con un personaje al que ama.

El estallido de la revolución garibaldina obliga a Don Fabrizio (sublime Burt Lancaster) a refugiarse con su familia en su residencia de Donnafugata. A su llegada será recibido por Don Calogero (Paolo Stoppa), alcalde y máximo representante de la vulgar burguesía dominante, a la que desprecia, pero a la que tendrá que aceptar con resignación cuando su sobrino Tancredi (Alain Delon), alistado en el ejercito garibaldino, -si queremos que todo quede como esta, es preciso que cambie todo-, se prometa con Angélica (una Claudia Cardinale de una belleza provocadoramente vulgar), hija de Don Calogero, asumiendo la llegada de un tiempo en el que no hay lugar para el.

Último representante de una clase social a caballo entre el viejo orden y el nuevo que se avecina, toma conciencia lúcida de que no encaja en ninguno de los dos. Crónica de la decadencia de una clase social, la aristocracia, y del surgimiento de otra, la burguesía, “El Gatopardo” emerge como un inmenso fresco histórico de una belleza apabullante, como uno de los mejores films de su autor y de la historia del cine.

Con una dirección magistral y una puesta en escena de fuertes influencias pictóricas, “El Gatopardo” se sustenta en un guión rico en detalles y matices de Suso Checci D’Amico y Enrico Medioli entre otros, al que Visconti viste con las mejores galas, arropado por la brillante fotografía de Giuseppe Rotunno, el suntuoso vestuario de Piero Tosi y la inmortal partitura de Nino Rota, -que adaptó una sinfonía suya inacabada, y recuperó un vals inédito de Verdi-, para regalarnos esta hermosa, lúcida y barroca reflexión sobre un mundo que se extingue serenamente en los dulces brazos de la muerte.

En nuestras retinas quedan grabados para siempre momentos de gran cine: La entrada de una deslumbrante Angélica en la cena de bienvenida a Donnafugata; la larga secuencia de la fiesta, -imprescindible para comprender el sentido último de un film irrepetible-, y sobre todo ese momento mágico en el que un Don Fabrizio cansado y una bellísima Angélica, vestida de blanco, bailan un vals como metáfora viva de un pasado que se extingue y un futuro que ya es el presente, y de que efectivamente “todo ha cambiado para que todo siga igual”.

Obra maestra absoluta y lección suprema de cine, no apta para todos los públicos.

Francesc Chico Jaimejuan
5 de junio de 2008
Harry Lime
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4 de mayo de 2008
106 de 153 usuarios han encontrado esta crítica útil
No lo puedo evitar. No niego que sea una gran película porque posee suficientes alicientes como para no defraudar al más cinéfilo: una estupenda fotografía, un vestuario impecable, una magnífica banda sonora y la interpretación del mejor Lancaster. Sin embargo, su mensaje... su historia... en fin, no me dice gran cosa. Contemplar a la aristocracia decadente del lugar dejando al margen al populacho durante todo el film, me deja un bastante frío.

Le sobra metraje. Durante tres horas, aparte de bailes, pedidas de mano, supuestos amores y negocios y batallitas varias, no ocurre gran cosa destacable. Acabas preguntándote si sucederá algún suceso relevante que dé una vuelta de tuerca a esta infinita presentación de circunstancia. Es decir, tras observar durante ciento ochenta minutos un cine visualmente intachable, todavía no he entendido lo que me han querido contar aparte de lo obvio de su sinopsis.

A su favor: el baile más bello y mejor filmado de la Historia del Cine.
Txarly
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12 de abril de 2008
41 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un hombre de 45 años que camina con la espalda derecha; que el pecho aún respira profundo, henchido debajo de su chaqué; que en la cabeza le adornan rebeldes bucles rubios; que el fruncir del ceño es aún fiero; que los aires de cambios y revolución le hacen asomarse con curiosidad juvenil por la ventana (¿cómo será eso de la demócracia?), que el rostro rubicundo e iluminado le delata los pecados de la carne de la noche pasada con su amante de callejuela oscura; es aún un hombre joven.

Totalmente de acuerdo en que Visconti se relame con su puesta en escena. No sé si es la película que quería hacer, francamente; yo ando aún desconcertado. Sé perfectamente que quería contar la maravillosa historia de “el Gatopardo”, y que sólo se podría narrar contándola con la sucesión de esos momentos selectivos. Pero es cierto que cada momento lo hace desmesurado y distrae al espectador, siendo durante la mitad del metraje las escenas de cacería de Don Fabricio Salina ( Lancaster) y Don Francisco ( Serge Reggiani, magnífico y recuperado de “Paris, Bajos fondos”) las únicas donde la trama realmente avanza coherentemente y con concreción.

Y es que Claudia Cardinale y Alain Delon están correctos y guapos (más guapos que correctos, diría yo), pero no interesan porque tampoco tienen mucho que contar; son secundarios floreros que probablemente tendrían rótulos más grandes que Burt Lancaster en el estreno europeo (aunque se estrenó también en América, en Europa se haría la caja). Así que resulta irónico que la más famosa imposición que se le hizo a Visconti (la de contratar a un actor americano, para estrenarla en América), sea la que le da mayor grandeza al film: Lancaster encabeza desde hoy mi ranking de las 20 mejores interpretaciones masculinas; está magistral.

Por tanto Visconti nos da dos películas: la historia de un desencanto, que es la que me gusta a mí; y otra historia de romance con trajes, palacios, galán guapo y hermosa plebeya (eso sí, con muy buena dote).
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Travisloock
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28 de marzo de 2009
34 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es una de las películas más conocidas y personales de Luchino Visconti (1906-76). El guión, de Suso Cecchi d’Amico, Pasquale Campanile Festa, Enrico Mendioli, Massimo Franciosa y Visconti, adapta la novela “El gatopardo” (1959), de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, príncipe de Lampedusa, escrito a partir de recuerdos de su bisabuelo, Giulio IV di Lampedusa. Se rueda en escenarios reales de Sicilia y Roma. Nominado a un Oscar (vestuario), gana la Palma de oro (Cannes). Producido por Goffredo Lombardo para Titanus (Roma) y Nouvelle Pathé (Paris), se estrena el 28-III-1963 (Italia).

La acción dramática tiene lugar en Sicilia en la residencia familiar de Palermo y en la residencia de verano de los Salina en Donnafugatta, entre mayo de 1860 (desembarco de Garibaldi en Marsala) y septiembre de 1862 (tras la victoria en Aspromonte de las tropas realistas del coronel Pallavicino sobre las revolucionarias de Garibaldi). El príncipe siciliano Fabrizio Salina (Lancaster), consciente de los cambios que se imponen, acepta colaborar con la nueva burguesía, renunciar a algunos privilegios y hacer concesiones. Apoya la participación de su sobrino preferido, Tancredi Falconeri (Delon), en la lucha armada liderada por Garibaldi, su boda con la hija, Angélica (Cardinale), de un alcalde garibaldino enriquecido y sus aspiraciones políticas dentro del nuevo estado. Fabrizio, de 45 años, es orgulloso, pragmático y conciliador. Tancredi "Alfonso", de unos 23 años, es impulsivo, apasionado y ambicioso.

El film suma drama, historia, romance y guerra. Es el octavo largometraje de Visconti (sobre un total de 14), su trabajo de mayor presupuesto y una obra clave dentro de su filmografía. Focaliza la atención en la ocupación de Sicilia por Garibaldi en 1860, la celebración del plebiscito de incorporación al Reino de Piamonte-Cerdeña y la etapa de transición hasta la victoria de Pallavicino sobre Garibaldi en 1862, que afianza la monarquía de Victor Manuel II. Fabrizio Salina encarna en su persona y en la representación que ostenta de la aristocracia, el crepúsculo de una era, el inicio de unos nuevos tiempos, la nostalgia del pasado y la incertidumbre sobre un futuro liberado del absolutismo y asentado sobre los principios del estado constitucional. La frase de Tancredi, repetida varias veces por Fabrizio (“Todo ha de cambiar para que todo siga igual”) se revela como una expresión engañosa. Los propósitos de pacto con la burguesía sobre repartos de influencias y poder no evitarán la marginación de la aristocracia, que se verá desplazada cada vez más del poder real.

El protagonista, inmerso en un drama que comprende, pero que no puede evitar, cae en un estado de desazón e inquietud dominado por las obsesiones de la muerte, el envejecimiento, la pérdida de la juventud y el deterioro del vigor físico y la salud. Cree que los cambios inevitables se demorarán en Sicilia mucho tiempo (100 o más años).

(Sigue en el “spoiler” sin desvelar partes del argumento)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Miquel
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31 de marzo de 2009
27 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lamento decir que disiento en gran modo en lo que muchos señalan. Es evidente que el espectador puede plantarse en la dimensión estética, puede plantarse en la historia amorosa o en la contextualización sociohistórica de la Sicilia de finales del XIX. Y cada una de esas lecturas daría con solo una lectura del film. Porque el mensaje final supera cada una de esas lecturas puntuales; eso si en lugar de un visionado se opera con mente analítica y se ve el film varias veces (lo que no es sencillo dada la duración).
A diferencia de "La terra trema" (donde se es testigo del fracaso de la juventud si no se trasciende lo individual a lo colectivo), aquí se nos muestra el naufragio de la vejez, de los viejos valores. La novela de Lampedusa es el puente, al excusa para mostrarnos esto: la nostalgia por una generación que se asentaba sobre una forma muy definida de vivir. No se trata de una nostalgia inocente y el director no nos esconde ni los deslices nocturnos del príncipe, ni la estupidez de clase (vista por Lancaster al final del film y evidente en las actitudes de la esposa del protagonista).
Sin embargo, como nos transmite la escena de la cacería, como confiesa la propia Angelica durante el waltz, hay en el príncipe algo hermoso y perdido, algo que obliga a la lealtad, al respeto. En el personaje de Burt Lancaster oímos la elegía de un mundo que ambicionaba la belleza, la aspiración a un mundo selecto, la firmeza de espíritu. Es la aristocracia, claro, pero también Visconti nos habla del siglo XIX y nos habla de un mundo premoderno, antes del advenimiento de una clase arribista, la burguesía: esa que erigió el mundo de la televisión, que convirtió el cine en un espectáculo palomitero. Un poco al modo de Darío, Visconti se rebela a la banalización contemporánea, en ese mundo de producción en serie de los años 60.
No es que el director quiera un cine artesanal porque sí. Hay muchas maneras de rebelarse ante la sociedad y una de ellas es a través de la defensa de la estética.
Al ver al Principe de Salina marcharse por una callejuela anónima uno invierte irónicamente la expulsión del Cid. ¿Que mundo es mejor: el mundo estático de una aristocracia con unos valores inmanentes o el dinamismo social que la clase media viene a imponer, tal vez con torpeza, pero con decidida voluntad de cambio?
Visconti da la respuesta en ese baile de 45 minutos: la cruel maquinaria de la primavera desecha para poder sembrar. A veces en el camino, se pierde la poesía. Pero se gana la juventud y la belleza.
No querría acabar sin alabar la música como siempre maravillosa de Nino Rota. Memorable.
Lucien
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