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El sacrificio de un ciervo sagrado

7,0
1.528
votos
Sinopsis
Steven es un eminente cirujano casado con Anna, una respetada oftalmóloga. Viven felices junto a sus dos hijos, Kim y Bob. Cuando Steven entabla amistad con Martin, un chico de dieciséis años huérfano de padre, a quien decide proteger, los acontecimientos dan un giro siniestro. Steven tendrá que escoger entre cometer un impactante sacrificio o arriesgarse a perderlo todo. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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23 de noviembre de 2017
31 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
El rey Agamenón mató a un ciervo en uno de los bosques sagrados de Atenea. La diosa, furibunda, paró el viento impidiendo que la flota del rey partiera a Troya. Para que el viento volviera a soplar, Ifigenia, la hija del rey, tenía que ser sacrificada a la diosa. El mito tiene distinto final según las fuentes. Unas dicen que, efectivamente, la joven murió como ofrenda a Atenea. Otras, dicen que Artemisa la sustituyó por una cierva o una corza en el último momento y que salvó a la mujer escondiéndola en una isla. El caso es que al final, los barcos pudieron zarpar.

El sacrificio de un ciervo sagrado es el título español, incomprensiblemente errado. El original, The killing of a sacred deer hace referencia al asesinato del ciervo que caza Agamenón en la tragedia, causa del castigo que infringen los dioses, similar al que sufre la familia protagonista de la película. Este ciervo no fue sacrificado como ofrenda al Olimpo, sino cazado por pura soberbia. Si el título español hiciera referencia al segundo ciervo que Artemisa cambia por Ifigenia, en ningún caso se corresponde con la adaptación del mito que Lanthimos nos presenta. Quizás, La caza del ciervo sagrado hubiera sido más acertado, pero basta de divagaciones.

La película es un prodigio técnico de travellings y zooms que demuestran el refinamiento del cineasta griego desde que nos sorprendiera con Canino o Alpes. En sus primeras películas abundaban los planos fijos y la violencia explícita analizada con frialdad y realismo, en la línea de Michael Haneke, en quien Lanthimos siempre se ha inspirado. Da fe de ello la escena del desenlace de El sacrificio... que es un guiño a una de las escenas más tensas de Funny games.

Pero viendo su nueva película Langosta parece haber sido una transición a esta madurez técnica que recuerda más a Kubrick. No sólo por esos pasillos de hospitales que traen a la memoria el hotel de El resplandor o la nave de 2001, no sólo a los reflejos del cuerpo de Nicole Kidman a media luz, que parecen sacados de Eyes wide shut, sino también a esos planos abiertos en interiores, tan fríos como perfectamente encuadrados pese al movimiento, técnica que Kubrick desplegaba en sus últimos trabajos. Incluso en los planos más estáticos, Lanthimos nos muestra ventiladores girando para evitar un solo momento de pausa en esta trama que agita las entrañas de espectadores y personajes.

Un cirujano entabla una amistad con el hijo de un paciente muerto en la mesa de operaciones. El joven se va entrometiendo en la vida familiar hasta que un día revela una profecía al cirujano que lo obligará a tomar una decisión tan drástica como dolorosa.

Lanthimos traslada la tragedia griega al mundo médico de hoy. La creencia del destino contra la tecnología. La imposibilidad del hombre de nuestros días de salvarse de aquello ya escrito mediante los avances sanitarios, una situación ilógica para nosotros. El director plasma sus orígenes helenos en una superproducción británica, pone a una familia occidental ejemplar en un dilema de la antigüedad. La cultura clásica contra la actual. El rencor de un niño como la fuerza del destino, implacable. La negligencia del ciervo herido como mala praxis médica.

Todo esto con la frialdad que caracteriza a los personajes de Lanthimos, que desde Canino más que actuar, recitan cuales plañideras en un anfiteatro. Ni Angeliki Papoulia ni Ariane Labed, musas del director, hacen aparición en esta película, pero Colin Farrell aborda el texto con maestría, al igual que los adolescentes, fríos y apáticos. Especial mención a Alicia Silverstone, olvidada desde hace años tras el sambenito de actriz para adolescentes, quien, con apenas cuatro frases, capta la esencia del papel brindánonos una construcción de su personaje con el que pone toda la carne en el asador.

hommecinema.blogspot.fr
yeirus
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2 de diciembre de 2017
17 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
No estoy de acuerdo con eso de que “el cine de antes era mejor”, o al menos no he defendido esa actitud porque no creía en ello. Y digo creía, porque llevamos una larga temporada, además de extrema sequía en la que no llueve, de películas que no son realmente buenas, empezando a sentir añoranza del cine de autor que se hacía en el pasado milenio. Había una enorme cosecha tanto de autores como de films que engrandecían el circuito independiente (incluso el cine comercial estaba más trabajado y era más respetable), pero la racha mencionada se me hace eterna y cuesta arriba, con resultados fallidos y con directores que pecan de ostentosos, sin una personalidad creativa como distintivo y más ocupados en su destreza técnica que en lo que nos están contando. Hay, desde películas irritantes y pésimas, a insulsos productos que nos venden, a través de premios en festivales, que en teoría que mantenían cierto rigor, pero que cada vez se están vendiendo, o prostituyendo más, cediendo a las presiones de las grandes productoras y de los tejemanejes de la industria, cada vez más sometidas a productores sin motivaciones artísticas, y con una prensa que cada vez más dan la impresión de estar comprados o de estar elegidos por su mala formación o mal gusto, de carecer de criterio y tener que vendernos obligadamente a los espectadores mediocridades, que años atrás, no hubieran conseguido comentarios tan positivos.

Y este discurso no es más que un reflejo de mi frustración, de mi necesidad de encontrar en la actualidad lo que es una película destacable, con peso y que me sacie, que alimente mi alma, y de no conformarme con un plato de cuarta, que para colmo, han tenido la desfachatez de premiar en Cannes al mejor guión, que es precisamente lo peor que tiene el presente caso, “El sacrificio de un ciervo sagrado”, que hasta su título al principio puede sonar bien, pero que tras visionarla, nos revela tardíamente que es pretenciosa hasta en eso. Pretenciosa y fullera a más no poder, y aunque no sea de esas que haya llegado a irritarme sí me ha aburrido como una ostra, porque lo que le sobra son ínfulas. Dan ganas de ponerse como hace caprichosamente Carlos Boyero, no argumentar nada y afirmar: “torpe, no me ha llegado, no me creo nada y me puse a pensar en mis cosas. No vale la pena”.

Pero no. No vamos a caer en lo que criticamos, aunque mis razones se podrían resumir sin marear al posible lector o lectora. De entrada pienso que Yorgos Lanthimos es un timo, y no hago un chiste fácil con el apellido del susodicho. Desconozco sus primeros pasos, pero su encumbrada y para muchos turbadora “Canino” es casi un plagio, porque se inspira demasiado en “El castillo de la pureza” de Ripstein, rodada varias décadas antes. “Langosta” era algo inferior, y en definitiva era un acierto parcial, con más defectos que virtudes, pero “El sacrificio de un ciervo sagrado” me parece insalvable, la más floja de las mencionadas, un monumento “snob” que no llega a tener categoría para ser un film "gafapasta", del que podría ser acusado por sus posibles detractores, porque carece de la profundidad necesaria para ello.

Filmada con inspiración (lejana) de Kubrick pero evidentemente sin su sabiduría, con un halo a Von Trier pero que queda en esbozo, con, además, intención truncada de remozar, a través de su minimalismo y violencia soterrada, la visión de Haneke, nos cuentan una historia inverosímil y caprichosa que carece de cualquier dramaturgia. Sus personajes van y vienen, padecen y suspiran gracias a la buena labor de los actores, que están absolutamente vendidos a las indicaciones de su director. Quizás del reparto el que pone más empeño, o al menos lo parece, es Colin Farell. Nicole Kidman, aunque se deja llevar en manos del director, sus reformas faciales la han dejado más inexpresiva. Para el ambiente del film va bien, pero si se pretendía que ella encarnara un personaje tan cartesiano y milimetrado, no le beneficia el apoyar los codos en la mesa o hablar, como en el evento del principio del film, de pie con las piernas casi abiertas como una niñata en la puerta de un pub. Se le han exigido resultados pero no la han dirigido con intenciones. Los demás están correctos y Barry Keoghan, también afectado de cierta frialdad, hace lo que puede, lo cual ya es mucho, con un personaje tan mal desarrollado como el suyo.

La película tiene muchos flecos sueltos, cosa que ocurre con demasiada frecuencia en la actualidad con este tipo de films “introspectivos”. Y no es que me queje de que no nos lo den todo mascado, a mí no me hace falta ese tipo de cine, pero una cosa es eso y otra bien distinta es que se nos escamoteen datos fundamentales para tapar un mal trabajo de mesa, en un guión donde la cosas ocurren porque sí y, cuando viene bien, hacemos elipsis o tapamos agujeros centrándonos en otros personajes.

No veo que se trate de ningún thriller psicológico, ya me hubiera gustado que hubiera sido así. Su “tour de force” es inexistente porque todo es impostado. Y aunque haya cosas en ella que han estado bien, como su fotografía, sus efectos de sonido o maquillaje, hay otras que nos han repateado, como su selección musical, que intenta potenciar un clima inexistente en la película y que nos acaba hastiando como espectadores.

Así que me temo, que ante tanta campana al vuelo y tanto aplaudirle, flaco favor de enmendar la plana le hacen a Lanthimos, el cual corre el riesgo de no aprender y perderse en su propio laberinto, un espacio absurdo y naif más parecido a una moda, como puede por ejemplo ser la corriente “hipster”, que una característica de un autor, como pudiera ser un Buñuel o un Bergman y de los cuales se encuentra a cien mil años luz.
Maggie Smee
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29 de octubre de 2017
12 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
La ciencia se rinde ante la superstición en la última película del realizador griego Yorgos Lanthimos, un filme que, con la precisión de un bisturí, abre en canal al espectador.

El escritor checo Milan Kundera ya afirmaba que "la cirugía lleva el imperativo básico de la profesión médica hasta límites extremos, en los que lo humano entra en contacto con lo divino".

Además, rememoraba esa "breve pero intensa sensación de sacrilegio" que supone hurgar por primera vez en un cuerpo humano, pues el Creador "no sospechaba que alguien iba a meter la mano dentro del mecanismo que él había inventado, meticulosamente cubierto de piel, sellado y cerrado a los ojos del hombre".
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Raquel Abad
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7 de octubre de 2017
9 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Brutal, inquietante, angustioso... no se los calificativos que se le pueden poner al último film del griego Lanthimos (Canino, 2009). Es una película que te va oprimiendo y oprimiendo lentamente ... según avanza el metraje... y no te suelta hasta que sales aturdido de la sala.

No es film para todos los gustos, pero es una gran película, la forma tan original que Lanthimos tiene de contar su oscura historia no es habitual en el cine de hoy. El director griego no deja a nadie indiferente. Esa es la verdad.
Película que se apoya en un excelente guión (suyo), y una maravillosa fotografía con la que el director juega en unos encuadres realmente maravillosos, en muchas partes del film.

Reparto de lujo, en el que destaca el enigmático Martín en el film... un joven Barry Keoghan que vimos recientemente en Dunkerque. Le acompaña un atormentado Colin Farrell, que repite con este director ya que trabajo con el en Langosta (2015), y una recuperada Nicolás Kidman en un excelente trabajo. Destacar que sale la
hoy en día olvidada Alicia Silverstone... actriz que prometía mucho en los 90... pero que recordaremos por la flojisima Batman y Robin (1997).

Película recomendable... pero denle su tiempo, requiere saborearla... cuando la vean sabrán a que me refiero.
Juggernaut
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6 de diciembre de 2017
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
(Esta obra peculiar es la clave del crítico maldito, su cumbre soñada, la gran oportunidad tanto tiempo anunciada y soñada, la que propiciará el escrito definitivo, ese texto esclarecedor que le abrirá las puertas de la comunidad y la inmortalidad, con el que iluminará la cerrada oscuridad de la película a tratar, de todo su elusivo enigma y hermetismo críptico, reflejo distorsionado de los tiempos actuales, de nuestra cenagosa sociedad. Ahí va. Nadie lo podrá parar. Ya)
a) El misterio de los artistas malvados
Toda construcción humana, desde el principio de los tiempos, es una lucha desesperada, agónica, absurda, contra la todopoderosa muerte. La cultura es el medio, el nombre, el verbo que damos a esa infructuosa pelea, a ese ámbito en el que nos refugiamos del enemigo invencible, el arma decisiva, la que nos sirve, no para ganar, la batalla siempre es perdida, esa victoria es imposible, sino para ocultar la derrota, para aplazarla, esconderla, simularla, escamotearla o sublimarla.
Por ello, casi todas nuestras creaciones evitan, rodean, esconden o directamente niegan ese mal absoluto y aterrador (del que derivan en cascada todos los demás, pálidos reflejos de ese origen abismal, infernal). Lo mismo que todas nuestras turbaciones, tribulaciones, perpetuos movimientos, ajetreos, descubrimientos, afanes, goces, deseos y ahíncos combaten con denuedo y fracaso ese diablo postrero, siempre verdadero y tan sepulturero. Todo acto es un espejismo de permanencia, una ilusión de continuidad, una quimera sin peso, un sueño muerto.
Casi todos los creadores lo saben (o lo intuyen y callan, o ni siquiera pero se adaptan, tragan) y actúan en consecuencia. Llenan el mundo de obras entretenidas (a veces, en el mejor de los casos), livianas, ligeras, superficiales, banales, idiotas, tramposas, consoladoras, aliviadoras, engañosas. Es lo que pedimos todos. Que no nos descubran lo que más tememos. Que nos mientan, que nos digan que nos quieren, que nos aturdan y confundan y entretengan. Que nos prometan esperanza, belleza, juventud eterna, amor, toda la pesca. Que nos digan que somos guapos y buenos, que nos preocupamos por los otros, que en el fondo todo es posible si lo intentas y miras a los ojos y el alma y el corazón del resto. Que todo mejorará en los tiempos venideros, que nosotros no nos moriremos, que algo seguro que inventaremos.
De eso se trata, del intercambio o negocio de enormes trampantojos, de increíbles mendacidades y descomunales añagazas, las que con agresiva intensidad y enloquecida ansia la masa demanda.
Ese es el quid, el meollo, la esencia del cogollo.
Lo cual no impide que haya desde humildes o chapuceros artesanos hasta maravillosos embaucadores y fabulosos embusteros. Artistas en el fondo, los unos y los otros, de medio pelo.
Pero nos queda el pequeño resto. Ese grupo muy reducido de elegidos seres que ven más allá, tienen más valor y se atreven a enfrentarse al mal, a mirarlo a la cara y volver para contarlo. Hay dos o tres cada generación. A los que a veces se les venera y otras se les odia. Depende de su capacidad de vestir el muñeco, de embellecer esa verdad insoportable que nadie quiere, que es como la peste. Deben ser humanos extraños, de características contradictorias, escasos, huraños, tal vez solitarios, rechazados por el grupo, pero que a su vez lo hayan experimentado todo, aunque sea en el pasado, sin necesidad de grandes aventuras o alardes innecesarios, me refiero al sustrato del mal, al conocimiento exacto de la desgracia, que hayan bajado al infierno y hayan regresado, que tengan los medios suficientes para poder expresarlo, que dominen las reglas del juego, que hayan estado dentro y fuera, muy vivos y bastantes muertos, perdidos, encontrados y que tengan la voluntad y el valor suficientes para decirlo, a pesar de todo.
Y entre los dos o tres artistas inmortales y el millón de mediocridades, hay otro grupo reducido, el de los impostores o timadores, los que copian los modos de los temerarios, pero ofrecen el material de los temerosos. Se quedan con la forma (¿esos delicados movimientos de cámara, música, fotografía, actores -Nicole y la hija adolescente y sus bellos cuerpos yacientes-, esa gelidez ominosa que anuncia tormenta... ?), con la pose, con el gesto y se olvidan del fondo. O no pueden o no quieren o no saben cómo hacerlo.
Esta película procede de un autor de culto (eso parece). Es decir, uno sabe que inevitablemente debe ser una oda al mal, su exploración poética (el bien, como ya explicamos, es el terreno de los ineptos, los inútiles y sinvergüenzas; los esbirros del poder o meros transportadores de la moda y su propaganda pertinente, que siempre cambia, que ofrece productos viejos que el gran público traga como nuevos, que vende cadenas que se absorben como rebeldes, papilla vertida por todos los medios a todas horas con el fin de que se confunda con el medio ambiente, de que sea ese veneno que respiras y crees que es solo aire, paisaje, vida, lo que más te conviene). Debe tener un clima enrarecido, amenazante, turbio, esquinado, horripilante.
La duda consiste en saber si esa insidia latente va a ser la única propuesta o la antesala de algo más permanente, la concreción de una idea recurrente u original y verdaderamente valiente.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Ferdydurke
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