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La balada de Narayama

7,7
4.468
votos
Sinopsis
Era una vieja ley del pueblo, de un tiempo tan lejano que ya nadie lo recordaba; Al alcanzar los 70 los ancianos debían abandonar el pueblo para ir a vivir en la cima de la montaña Narayama. Una sentencia de muerte despiadada que sumía en la tristeza y la desesperación a las familias cuando tenían que enviar a sus mayores a la montaña. Orin tiene 69 años y se acerca el momento de partir hacia la montaña, pero todavía tiene que encontrar ... [+]
Críticas ordenadas por:
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27 de diciembre de 2008
32 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cómo queriendo replicar a esas películas que ensalzan los valores tradicionales del mundo rural, Imamura tomó a una aldea perdida en las montañas al norte de Japón para, sin escatimar apenas en crudeza, decir que no todo es entrañable y amable, que la suma de pobreza y aislamiento geográfico bien puede aproximar a una comunidad a una brutalidad casi primitiva. Aunque se sirve de ciertas metáforas visuales de animales, con las que establece unos paralelismos que asemejan a unos y a otros, son las retrógradas costumbres y las supersticiones de las que son pasto los aldeanos sus principales bazas para sostener su discurso. Las periódicas hambrunas han hecho del homicidio una medida preventiva y, al igual que los búfalos, para que el grupo pueda ir mejor, deben deshacerse obligatoriamente de sus miembros más débiles y menos productivos, por eso se abandona a los ancianos en el monte Narayama, para asegurarse el tiro, ya que en caso que les de por valorar su vida tengan la supervivencia inalcanzable. Ese alejamiento tan extremado de la civilización les permite también gozar de poder para aplicar castigos desmesurados para cortar de raíz los problemas. Sirva como ejemplo la escena más escalofriante de todas, ésa en la que una familia entera es enterrada viva por el simple hecho de robar algo de comida, una pena ejecutada con una crueldad inhumana y socialmente aceptada. O esa superstición que empuja al padre a pedirle a su hija que se acueste con todos los jóvenes para aplacar las supuestas iras del espíritu de un alma en pena, hecho impensable en el resto del país, dónde una mujer bien podía ser degradada por el simple hecho de tocar la mano de un extraño.
El sexo sirve como herramienta para remarcar el alejamiento de las convenciones sociales patente en la aldea, y no sólo por la alegría con la que se entregan a la jodienda, cosa bien sana, si no por momentos tan extraños como cuando el padre y la abuela tantean a diferentes lugareñas para concertarle un polvo (sin ánimo de compromiso) a uno de los hijos menores. Hace falta estar tronado. Mi madre hace eso y de la vergüenza me tiro de cabeza por la ventana.

La anciana Orin parece representar el símbolo de los sentimientos humanos, pues es con ella con quien únicamente se observa ternura y bondad humana en la pantalla, ejerciendo así de contraste (junto con los bellos paisajes) para equilibrar el crudo retrato rural.

La abundancia y lo explícitas de las escenas sexuales, las cuales aparentemente no parecen ser imprescindibles, y esa falta de interés por dejar claro sobre lo que se pretende hablar consiguen que en sus primeros compases la película resulte extraña y confusa, pero vale la pena concederle un poco de tiempo para finalmente ver una de las películas más insólitas, cautivadoras, desabridas y desapacibles del cine japonés, que lejos de querer aleccionar moralmente, al final reflejará hasta que extremos es capaz de llegar el ser humano para sacrificarse por sus congéneres.
Villano
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28 de marzo de 2006
15 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
La balada de Narayama nos sumerje en un ambiente casi hipnótico, una comunión entre el éxtasis de una vida llena de tremenda crudeza, al límite y por ello plena de belleza, y el paroxismo que nos causa la muerte, contemplada desde el exterior. Sin embargo los personajes de Narayama, en su dia a dia, están a su modo curtidos y preparados para el último viaje, al final es el destino que forma parte de la eterna danza entre la vida y la muerte. Inseparables. Tan sólo desde una cultura como es la nipona puede observarse esta belleza.
hiroyuki
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11 de septiembre de 2006
14 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
No está nada mal pero prefiero la película original, en la que sin algunos excesos y efectismos que sí aparecen en esta, se consigue un dramatismo mucho más profundo (por ejemplo, la escena de los dientes provoca una honda tristeza, además de repelús).
Pese a algunas sobreactuaciones, el nivel interpretativo es muy bueno (excelente la abuela), la fotografía es notable, y la ambientación soberbia. Eso sí, peca de algunos momentos de especial lentitud que pueden llegar a provocar sopor.
Recomendable por la dureza de algunas imágenes y por la extrema sensibilidad de otras, pero advirtiendo que la película original es aún mejor.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Kingo
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11 de mayo de 2009
8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
178/05(11/05/09 Shohei Imamura nos obsequia con una brutal descripción de la vida rural en un pueblo japonés, perdido entre las montañas, hundido en las más salvajes de las tradiciones donde los ancianos al cumplir los 70 años deben de ser llevados a la cima del monte Narayama para un vez allí abandonarlos para que mueran en el regazo del Dios de la Montaña. La cinta es un retrato atroz de la vida en el campo, plagada de escenas de crueldad extrema, donde a los reciennacidos, cuando no se tiene para darles de comer se les abandona el campo para que sirvan de abono, a los que roban comida se les entierra vivos con toda su familia, el sexo es algo feo pero si no lo tienes con los de tu raza también vale un animal, donde eres capaz de pedir a tu mujer que se acueste con otro para que no maltrate al caballo, los ancianos que están sanos se rompen los dientes pues siendo viejos no se pueden tener dientes, es una ofensa a la juventud, es un relato bestial trillado de imágenes de enorme belleza tanto de los paisajes inhóspitos como de las muchísimas tomas que se ven de todo tipo de fauna, con la que se intenta hacer paralelismos con los habitantes de la aldea, con el claro mensaje de que todos somos animales, nos movemos por instintos básicos y por el sentido de la supervivencia. La cumbre del film es su última media hora, donde un hijo transporta a sus espaldas a su madre al Narayama, el viaje resulta ser una feroz síntesis de todo lo visto, en el cuál se nos transmite de forma nítida el sufrimiento del inhumano camino, en el termino asistimos a un cementerio de dinosaurios humanos, donde la Madre viene a morir con dignidad. Recomendable película a los que gusten de un cine singular, de los que dejan huella, no apto para todos los paladares. Fuerza y honor!!!
TOM REGAN
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8 de enero de 2008
22 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película extraña, inclasificable para todo aquel, que como en mi caso, nunca antes se haya acercado al cine de Imamura o al cine cercano que se consideró la nueva ola del cine japonés.

En no pocos momentos me recordó esta película a la esperpéntica película de José Luis Cuerda “Amanece que no es poco”. Pero mientras que en esa rara avis de Cuerda, la historia está contada desde el humor, Imamura nos narra el cuento de los desfavorecidos desde el prima del drama, desde la óptica de lo escatológico.

Podemos dividir en dos este trabajo. La primera parte es bastante somera y aburrida. Es excesiva y degenerada. No me aporta nada y no entiendo mucho los comportamientos de un pueblo y una gente enterrada en la prehistoria. Me resuelta desagradable ese comportamiento y me aburre mucho la forma de contármelo.

En la segunda parte la película levanta el vuelo, la historia de Narayama es en sí tan trágica como interesante y eso si consigue trasmitirlo Imamura, pero lo hace tarde, con la losa del principio y con la incertidumbre que nos ofrece tanta inverosimilitud antes expuesta. Lástima que este gran final, que el verdadero jugo de la historia, quede enterrado por tanto minuto perdido.
Chagolate con churros
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