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La muerte de Stalin

6,4
1.768
votos
Sinopsis
La noche del 2 de marzo de 1953 murió un hombre. Ese hombre es Josef Stalin, dictador, tirano, carnicero y Secretario General de la URSS. Y si juegas tus cartas bien, el puesto ahora puede ser tuyo. Una sátira sobre los días previos al funeral del padre de la nación. Dos jornadas de duras peleas por el poder absoluto a través de manipulaciones, lujurias y traiciones.
Críticas ordenadas por:
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12 de marzo de 2018
15 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta película da la impresión de ser simplemente una sucesión de tonterías. No hay detrás una historia elaborada, cada personaje se dedica únicamente a salir a escena para hacer su número cómico. Por este motivo, cuando acaba la película te pilla por sorpresa el final. En ningún momento te esperabas que fuera a acabar ahí (lo que no quiere decir que no lo desearas). Más que nada el final fue una interrupción del interminable monólogo. La película carece de fuerza cinematográfica.

La exageración (exagerada) es continua en esta película. Seguro que Iannucci pretendía hacer parecer la sucesión de Kruschev a un circo, lo que no le reprocho. El problema es que la convirtió en uno. Sí es verdad que con algunas escenas me he reído, pero generalmente es una película a la que le falta gracia, o, para ser más modesto, creo que es una película a la que le falta la gracia que exclusivamente a mi me hace reír.
lloryo
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5 de abril de 2018
5 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
El 2 de Marzo de 1953, Josef Stalin recibe un disco grabado esa misma noche exclusivamente para él, que contiene una nota. Tras leerla, sufre un infarto cerebral y cae desplomado en su despacho. Nadie se atreve a entrar hasta la mañana siguiente. Una vez descubierto, y sin que nadie se atreva a tocar el cuerpo, los más destacados miembros del Partido Comunista se reúnen a su alrededor para decidir qué hacer. Aún no ha muerto, pero resulta que los mejores médicos del país han sido asesinados o exiliados, por lo que los médicos que llegan para tratarle no son demasiado competentes. Tras su inevitable muerte, los miembros del Politburó comienzan a mover sus piezas para intentar hacerse con el poder vacante.

Armando Ianucci dirige esta sátira política que resulta ser la adaptación de un cómic francés de Fabien Nury y Thierry Robin. El film se inicia en la última noche de la vida de Stalin, y en las primeras escenas se nos muestra la oscura realidad de aquellos tiempos. El miedo a decir algo inapropiado sobre Stalin, las detenciones y ejecuciones que ordenaba, y el modo en que sus más cercanos miembros del gobierno le adulan y le temen. El dictador quiere la grabación de un concierto que ya ha terminado, y como no se ha grabado, el concierto vuelve a ejecutarse, con otro director y con espectadores cogidos de la calle. Llevamos diez minutos de película, ya nos hemos reído y tenemos la sensación de estar ante una película de Berlanga a la rusa.

Ianucci nos relata estos sucesos históricos en modo de comedia negra, y es un gran acierto, puesto que los hechos que narra son terribles pero al mismo tiempo tan disparatados que son mucho más fáciles de digerir si nos los tomamos a risa. Pero lo hace utilizando el humor en su justa medida, para que el film no caiga en el esperpento. Los hechos son evidentemente ridiculizados (aunque habría que ver si la realidad no superó la ficción) pero tratados con un humor contenido a la vez que sostenido, por lo que te ríes pero al mismo tiempo tomas conciencia de lo que debieron ser aquellos días en la Union Soviética.

El humor negro es especialmente despiadado y mordaz cuando aborda las ejecuciones y las torturas de la época, lo cual parecería a simple vista pasarse de la raya, pero el director logra que no tengamos esa sensación, y sí más bien la de que ridiculiza un gobierno caprichoso y tiránico.

El excelente guión (no conozco el cómic, así que no puedo decir si está más o menos bien adaptado) se basa en unos diálogos chisposos y rápidos apoyados por el movimiento de cámara que le otorga aún más ritmo a la película. El humor a veces subyacente y otras más explícito (muy inglés siempre) hace que el espectador no llegue a tener nunca claro hasta qué punto lo que se le cuenta fue real, y hasta qué punto llega la caricatura de los hechos y los personajes. Poco importa, la película es a un tiempo didáctica y desternillante.

Para que no haya dudas, en la cena de Stalin con sus colaboradores al principio de la película, el director nos muestra un cartel con los nombres de todos, así les identificamos desde el principio. Son Lavrenti Beria (Simon Russell Beal), mano derecha de Stalin (y georgiano como él) e implacable ejecutor de las purgas que se llevaban a cabo en la postguerra soviética, Nikita Kruschev (Steve Buscemi) que acabaría siendo presidente de la Unión Soviética, Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor) que era el sucesor formal de Stalin, aunque poco espabilado y un tanto blando, era carne de cañón para que no le permitieran serlo, y Vyacheslav Molotov (Michael Palin), sí el del cóctel, que estaba en la lista de sacrificados políticos y al que salvó la repentina muerte de Stalin.

La película se centra básicamente en las interacciones de estos cuatros personajes, sus maquinaciones y manipulaciones, sus idas y venidas, sus alianzas y desacuerdos, todos ellos buscando dentro de las directrices del Partido Comunista, su beneficio personal, lo que da lugar a situaciones tan cómicas como la que se produce cuando el dictador agonizando señala un cuadro en el que se ve una pastora dando el biberón a un cordero, y cada uno de ellos intenta interpretar en ese gesto una cosa diferente, en una de las escenas más desternillantes de la película.

Las interpretaciones son muy buenas. Inevitablemente exageradas pero nunca sobreactuadas. Mi adorado Michael Palin me hace reir aunque no diga nada, solo con verle ya me hace gracia (en la escena de las votaciones del Comité es el Palin de los Monty Python en estado puro), pero destacan sobre todos el siempre brillante Steve Buscemi y Simon Russell Beal en el papel menos amable que el del resto del reparto.

En cuanto a los puntos negativos, a mi juicio el final es un tanto confuso, no por lo que pasa, sino por el tono que adquiere. Me dio la sensación de que la película se cerraba de un modo más dramático y menos humorístico de lo que había sido el resto del film, lo que te deja una sensación de ligero desconcierto. Por otra parte, me dió la impresión de que no se tratan adecuadamente los personajes de los hijos de Stalin, Svetlana (Andrea Riseborough) y Vasily (Rupert Friend), aunque tampoco podría asegurarlo.

Resumiendo, para quien les interese el tema es una película absolutamente recomendable siempre y cuando tengan sentido del humor y sepan que están viendo una parodia. Ianucci nos brinda una obra en la que a través de unos diálogos eléctricos e inteligentes, una puesta en escena sencilla, un humor negro y fino, indispensable para lubricar la terrible realidad que nos relata, y unos intérpretes muy dotados para las escenas que rozan la teatralidad, se logra un retrato tan demoledor como tronchante de Stalin y los que le rodeaban.

https://keizzine.wordpress.com/
keizz
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22 de marzo de 2018
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tómese a Berlanga, mézclese con humor inglés, añádasele un personaje histórico aún poco explotado (Stalin apenas tiene recorrido caricaturesco comparado con coetáneos como Hitler, Mussolini o, más domésticamente, Franco) y el resultado es esta película, cuya principal virtud es que te ríes un rato —también hay momentos en que quisieras apartar la mirada de la pantalla, no olvidemos el gusto inglés por combinar lo cómico y lo macabro—. Uno esperaba una sátira sobre los profesionales del poder y sus luchas intestinas, incluso una de esas críticas a la utopía comunista, tan de moda desde que la “revolución conservadora” alcanzó sus últimos objetivos; pero en este filme hay poco de eso. El realizador ni siquiera se toma la molestia de hacer creíble una URSS donde las advertencias de que un ascensor no funciona están señalizadas en perfecto inglés, los personajes se expresan como si estuvieran en el Bronx (tipo “bésame mi culo ruso”) y las referencias culturales, cinematográficas sobre todo, remiten automáticamente al mundo anglosajón. La lucha por sustituir al finado tampoco se centra en discusiones ideológicas ni maquiavélicas maniobras en la sombra. Todo es brocha gorda, con unos actores que cumplen a la perfección el estereotipo asignado a cada uno: el ambicioso y despiadado, el maquinador y astuto, el tornadizo y sin carácter, el débil y vanidoso... Personajillos de opereta todos ellos, que corren histéricos de un lado para otro entre zancadillas y codazos.

(Al salir de la sala me asalta una duda: ¿acabo de asistir a un esperpento, o hay alguna posibilidad de que los hechos fueran así realmente? Y si todo fue así realmente me asalta también cierta nostalgia: al menos, los poderosos de entonces ocultaban su estulticia a las masas. Ahora ni eso.)
Juan Pini
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22 de febrero de 2018
12 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
El 22 de febrero se ha convertido en una fecha que recordaré siempre con tristeza. Un feo y lúgubre jueves dónde nos dejó nuestro queridísimo Forges, creador de viñetas, dibujante de sonrisas y constructor de un estilo que muchas generaciones llevarán en su corazón toda su vida. Este mismo jueves, con la cabeza nublada por la pérdida de nuestro querido Antonio, decidí ver una película que posee muy buenas críticas en lo que llevamos de año. Eso sí, no se desentiende de la polémica: “La muerte de Stalin“.

Se trata de un film de Armando Iannucci, un director satírico escocés (a pesar de su claro nombre italiano) que ha realizado varias obras políticas, cortometrajes y demás productos audiovisuales. Abraza un tema delicado: Stalin muere en 1953, dejando un vacío de poder inmenso. ¿Quién será el que le sustituya? Con este ambiente empieza un guión, altamente teatralizado, con un elenco increíble y una sátira exquisita.

Por la escena pasean el propio Stalin, sus dos hijos (Svetlana y Vasily), Khrushchev, Malenkov, Beria (líder del temido NKVD), Molotov, Zhukov e incluso Bulganin, Mikoyan o Kaganovich. En definitiva, la plana mayor soviética en los años 50. Bajo la satírica batuta de Ianucci, todos estos personajes sobreviven, combaten, pelean entre sí en los días posteriores a la muerte del Camadara Iósif. Ridiculizados, exageradas sus manías, sus posiciones y evidentemente, augmentadas las tesituras siniestras que ejercía la URSS bajo su propia población (algo que ni el más soviético o comunista podría o debería negar). Empezamos a llegar a mi argumento.

¿No debería hacerse una obra así? Mejor dicho, ¿la sátira puede amparar absolutamente todo? Yo creo que no, pero películas así se deben realizar. Más aún. Pero tenemos muchos problemas de percepción, educación y enfoque.

Sí, ingleses ridiculizan la URSS, el comunismo, a los soviéticos. Otra vez. Siempre los rusos. Los malos de las pelis de Hollywood, los villanos de los Bond. Pero que esas lamentables construcciones de personajes no entorpezcan una obra satírica, inteligentemente escrita y con una percepción diferente de la crítica política.

Ya existen sátiras hirientes, muy ofensivas e incluso insultantes contra el bloque antagónico soviético, los Estados Unidos. Pero en nuestra retina de mundo occidental seguimos demonizando rusos, buscando rojos comunistas como villanos de una serie infantil e incluso todo lo que tenga que ver con el bloque oriental del mapa mundi.

Esto debe terminar. La sátira es un instrumento histórico, inteligente, visual, educativo y constructivo para las democracias. Para la sociedad en general, para fomentar un espíritu crítico pero también una oposición simbiótica, no asesina. La coexistencia de poder con los contrapesos que lo fiscalizan debe incluir la sátira, la crítica, la oposición directa a dicho poder. ¿O pretenden callarnos a todos?

Nuestro querido Forges venía de esa época. Era un maestro con la tinta, escenificando una España envejecida, de tipografia falangista y rodada en blanco y negro. Quiero reivindicar esa revolución satírica, algo que parece muy moderno pero fueron los antiguos griegos los que empezaron a usarla (al final deberíamos preguntarnos que no empezaron los habitantes del Peloponeso).

Sea soviético o norteamericano. De España, el Reino Unido, un país europeo o Costa de Marfil. Cualquier país del mundo debería tener normalizada la sátira, permitirla y sobretodo, aceptarla sea cual sea tu sesgo ideológico, político, social, deportivo, sexual y cualquier adjetivo que haga falta.

Una sátira bien hecha es oxigeno democrático para ese país. Es un fiscalizador perfecto para un gobierno. Es un chasquido en la cara de una sociedad para que, como mínimo, se plantee dudas, se ponga a pensar y los engranajes cerebrales sirvan para algo más que ver partidos deportivos, series banales o programas superficiales.

Nunca creí que en un mismo texto pudiera juntar la muerte de dos personajes históricos tan dispares, en un jueves tan gris.

Antonio, te echaremos mucho de menos.
VictorRodrigo
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1 de abril de 2018
3 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
La película trata en modo de parodia, los momentos anteriores y posteriores a la muerte de Stalin y la lucha por sucederle. Para ello, los autores se olvidan de la sutileza, el humor fino y el cuidado a un hilo argumental coherente que mantenga el interés, y se quedan con la exageración y el tópico sin más. El resultado es una torpe y a ratos aburrida bufonada, con algunas gracias divertidas y un humor negro a menudo fuera de contexto. Nada que ver, por ejemplo, con la excelente "Ser o no ser" (y también su secuela), en las que se podrían haber inspirado.
Jurelo del norte
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