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Umberto D.

Drama Umberto Domenico Ferrari es un jubilado que intenta sobrevivir con su miserable pensión. Sumido en la pobreza, vive en una pensión, cuya dueña lo maltrata porque no consigue reunir el dinero necesario para pagar el alquiler de su habitación. Los únicos amigos que tiene en este mundo son una joven criada y sobre todo su perro Flike. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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5 de julio de 2010
81 de 90 usuarios han encontrado esta crítica útil
Umberto D. es un retrato inolvidable de la dignidad. Captura el flujo de las horas. Nos muestra que existir consiste en una serie de sucesos no dramáticos. Encuentra poesía en cada escena. Elude las elipsis. Emociona fragmentando lo sencillo: rutinas, quehaceres cotidianos. No es perfecta (alguna línea de diálogo parece recitada en exclusiva para el espectador, algún encuentro se percibe muy medido). Como la vida vista desde el fin, cada pieza encaja/desafina en su lugar, formando un cuadro de amargura.

Umberto D. se apoya en cierto patetismo: la sociedad humilla al pobre a base de pequeñas y frecuentes dentelladas. Miríadas de insectos diminutos se afanan tristemente en construir el nido de la soledad. El hombre aquí no es ni siquiera un lobo para el hombre.

La cámara, en un contrapicado suave, sigue a Umberto. Una bombilla cuelga en medio de la habitación. El cable es fino y tenue como un hilo. Oímos el trajín y vemos los reflejos.

Umberto mira afuera. Se pasa de la luz de una existencia en ruinas a la oscuridad que reina al otro lado.

Cruza el tranvía iluminado por una farola.

Umberto abre la ventana.

La cámara, con un temblor ligero y expresivo, encuadra el rostro del anciano.

Un zoom severo, aterrador, dibuja un pensamiento.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Servadac
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27 de octubre de 2007
67 de 73 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Cómo preservar la dignidad en un contexto tan denigrante? Es el conflicto que mueve el corazón de la película. Una cuestión universal que en el cuerpo de Umberto se convierte en una angustia desnuda, insoportable. De Sica tiene el don de transportar al espectador del regocijo a la aflicción en un simple cambio de plano. Pero no es su meta manipular desde lo emotivo, sino lograr que la realidad del mundo en toda su aspereza se filtre a través de la cámara. Fotografiar los extremos psicológicos, los balanceos del ánimo que padece el hombre en su afrenta cotidiana contra el sinsentido. Dejar que los tiempos interiores de los personajes determinen el ritmo, el tono, el devenir. Quien encarna al protagonista es Carlo Battisti, un profesor de filosofía de 70 años a quien De Sica conoció por azar al asistir a una conferencia en Roma. Aunque para Battisti no fue nada fácil recordar las líneas de diálogo durante el rodaje, lo cierto es que su Umberto es hoy una de las creaciones más entrañables del cine italiano. En definitiva, toda la congoja que provoca la película podría sintetizarse en la imagen su desamparo. Rescatar a Umberto D del olvido se impone hoy como mandato. Por su calidez, por su rigor dramático, por su coraje político. Por su perfección.
Max
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25 de diciembre de 2011
46 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tercer título de la trilogía neorrealista (junto con “Ladrón de bicicletas” y “Milagro en Milán”) del actor, productor y realizador italiano Vittorio De Sica (1902-1974) y del guionista Cesare Zavattini. El guión, original de Zavattini y De Sica, se inspira en la figura del padre de éste, al que se dedica el film. Se rueda en las calles del centro de Roma (el Panteón y alrededores) y en los platós de Cinecittà Studios (Roma) a finales de 1951. Obtiene una nominación a los Oscar (guión original). Producido por Giuseppe Amato para Rizzoli Film, Produzione Films Vittorio De Sica y Amato Film, se estrena el 21-I-1952 (Italia).

La acción dramática tiene lugar en Roma a lo largo del otoño de 1951, cuando el país todavía no se ha recuperado plenamente de las secuelas de la IIGM. Humberto Domenico Ferrari (Battisti) es un funcionario del Estado jubilado, de 70 años, sin familia y sin amigos, al que la pensión no le alcanza para cubrir las necesidades básicas propias y las de su mascota, el perro Flag o Flakie, la única compañía que tiene. Umberto es un anciano saludable, lúcido, autónomo, comprensivo, tolerante y detallista, que se enfrenta a las estrecheces de su condición de pensionista con resignación y sin protestas. Dispone de una habitación (con hormigas, humedades, rotos y manchas) que desde hace más de 20 años tiene alquilada en la vivienda particular de la presuntuosa y egoísta Antonia Belloni (Gennari). Sus antiguos amigos y compañeros le rehuyen y la casera le trata con dureza y desconsideración. La sirvienta María (Casilio), soltera y embarazada, espera que la despidan cuando la Sra. Belloni, aficionada al “bel canto” y a alquilar por horas habitaciones a parejas furtivas, se entere del embarazo.

El film compone un entrañable y conmovedor retrato de los problemas con los que se enfrenta un jubilado a causa de la insuficiencia de la pensión, las desatenciones que recibe de sus antiguos compañeros y amigos y la desconsideración con la que es tratado por parte de las personas de las que depende (la casera). La historia es sencilla, simple, pequeña y profundamente triste. Pone de manifiesto la trágica realidad de las condiciones de vida a las que se ve abocado un servidor público tras 50 años de trabajo.

La jubilación supone para el pensionista una importantísima reducción de los ingresos, la pérdida del prestigio social, el enfriamiento de las relaciones de amistad y camaradería, la soledad, la reducción de la capacidad de gestión de los asuntos propios dependientes de terceras personas (venta del reloj, venta de libros…) y el olvido, como expresivamente indica el título del film. Nadie le echa una mano, nadie le facilita la ayuda que necesita, nadie le dedica tiempo, afecto y consideración. Muchos no le recuerdan y solo cuenta con la cortesía fría, hueca, hiriente y convencional de algunos. El personaje se ve inmerso en una situación angustiosa de soledad y desamparo que hiela el alma.

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SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Miquel
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20 de enero de 2008
40 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película neorrealista tardía, dirigida por Vittorio de Sica, y con guión de Cesare Zavattini, primer espada y máximo teórico del "movimiento". De Sica fue, entre los neorrealistas originales, el más popular, tanto porque era un actor conocido, como por el éxito masivo de sus películas y por ser el director con planteamientos más accesibles, su neorrealismo siempre fue más suave, más agradable y más melodramático que el de Rossellini o Visconti, directores con mucha más personalidad y que respondían con más claridad al concepto de "autor".



"Umberto D." parece haber envejecido un poco, no tanto porque se la vea envejecida cinematográficamente, sino porque la situación social responde a un lugar y un momento concretos, lo que a priori le resta dentro de nuestra sociedad de clase media acomodada...pero en otras partes del mundo esto se da con frecuencia y nos gustaría pensar que en un país rico, como en definitiva es el nuestro, esto no puede ocurrir, pero hace poco leí un artículo sobre los ancianos que malviven prácticamente olvidados y sin medios en Barcelona, olvidados por todos y sin apenas recibir ayudas públicas (que tienen una capacidad de acción limitadas)... no lo queremos ver, no queremos pensar... pero Umberto quizás esté más cerca de lo que creemos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Raúl
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27 de enero de 2009
46 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay quien dice que el cine social es una patraña, una corriente que suele estar manipulada, una movimiento aburrido, cotidiano y sin interés. Otros afirman que el cine de acción es absurdo, jamás nos vemos representados, está lleno de clichés y poco importa la veracidad de lo que se cuenta. Los primeros manifiestan que el cine social no entretiene. Los segundos se quejan de que el cine de acción no emociona.

Si usted espectador es de los primeros no la vea.
Si usted espectador es de los segundos, véala. Pero aviso, quizá descubra que el cine social ya estaba invitado antes de Loach.

Quizá descubra que aún sabiendo que de Sica busca la lágrima, termina con emocionar.
Quizá descubra que no es necesario inventar las penas, simplemente sobra con mostrar.
Quizá descubra que no se necesiten diálogos ni lágrimas dentro del cine, solo basta con filmar.
Quizá descubra que no es necesario golpear al espectador hasta dejarlo seco de tanto llorar, conviene dejar que sea el espectador quien busque “su” final.
Quizá descubra que hace una semana no habla con sus padres.

Y ahora os dejo… tengo unas llamadas que realizar.
Chagolate con churros
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