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Raíces (Miniserie de TV)

7,1
819
votos
Sinopsis
Miniserie de TV de 4 episodios. Una adaptación de "Raíces" de Alex Haley, que relata la historia de un esclavo africano vendido a Estados Unidos y sus descendientes. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
1 2 >>
25 de julio de 2016
12 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
133/16(20/07/16) Notable miniserie estadounidense de cuatro episodios de hora y media cada uno, adaptación del best-seller homónimo de Alex Haley de 1976, que la cadena ABC ya adaptó en 1977. La televisión USA era muy diferente en 1977, en enero de aquel año, una miniserie sobre la esclavitud negra en el país, basada en esta novela de Alex Haley sobre sus propios antepasados, era considerada por la cadena, un desastre en potencia, tan grande que se emitió a toda prisa en ocho días consecutivos. Se temía que en los tiempos en los que la tele, noticias aparte, era un entretenimiento para no calentarse la cabeza, este tema tan escabroso del llamado "pecado original" de toda una nación fuera a espantar a los televidentes. El resultado fue opuesto: un tremendo éxito de crítica y público que fue cogiendo carrerilla e importancia de acontecimiento social durante toda la semana, y para cuando se emitió el último episodio, treinta y seis millones de personas estaban haciendo lo mismo todos a la vez: ver en directo qué le pasaba al bisnieto de Kunta Kinte. Esa 'Part VIII' es aún hoy, y probablemente lo sea ya siempre, el tercer episodio de ficción más visto en la historia de la televisión norteamericana, ganando nueve Emmys y un Globo de Oro. Han pasado 39 años desde la original, y esta nueva versión ha sido alimentada con una gran depurada investigación, se ha sido más puristas en los acontecimientos, sabiendo refrescar y dar nuevos enfoques al relato aportando riqueza y profundidad que hacen atractiva la serie, aun habiendo visto la anterior. Es la historia de tres generaciones desde su África natal como mandinga los Kinte, su paso a tener que ser esclavos en el Sur USA, hasta que tras la Guerra de Secesión fue abolida la esclavitud.

Una atractiva serie, que da momentos emocionantes, que te hace reflexionar sobre el pasado, sobre el racismo, sobre los prejuicios, sobre la lucha por los derechos del ser humano, sobre como el hombre es un lobo para el hombre, nos habla del valor de la familia, de la amistad, de la justicia social, de los sacrificios, de la mezquina condición humana. Con guiones sugerentes delinean con solidez a los personajes, con lo que empatizamos con ellos, no hace clichés acartonados de los personajes, los matiza y los hace humanos, saben exponer el vergonzante universo que fue el esclavismo (aunque aún existe en muchos lugares), lo hacen valientemente pues muestran que hubo negros que estuvieron aprovechándose de vender negros para la esclavitud, exhiben con crudeza el retorcimiento moral de la los esclavistas, su brutalidad, su sadismo, y es que la serie no nos priva de imágenes de enorme salvajismo, como latigazos, violaciones, amputaciones, ahorcamientos, masacres sangrientas, secuencias necesarias para que sintamos las humillaciones y vejaciones que sufrían estos infelices esclavos. Es un tratamiento minimalista de la esclavitud, no intentan mostrar las motivaciones de el poderío de la raza blanca, apoyado muchas veces en el estrangulamiento de la religión, es una odisea en la que seguimos la evolución generacional de una familia, de cómo deben las distintas descendencias adaptarse a la situación, entrelazándolo con situaciones sugerentes que te dan un fresco impactante del modo de vida en este microuniverso.

Cada episodio tiene un director diferente, el primero es realizado por el australiano Philip Noyce (“Calma total”), refleja con gran naturalismo la épica odisea de Kunta Kinte, con tres marcados escenarios, la selvática África, el barco negrero, y la esclavista Virginia, una labor loatoria de conmover al espectador, de los espacios abiertos de la libertad, a la claustrofobia física y existencial que empieza a sufrir el protagonista en el barco, al choque atroz en América cuando quieren “domarlo”, con el ya mítico “Mi nombre es Kunta”. El segundo capítulo es dirigido por el afroamericano Mario Van Peebbles (“New Jack City”), comienza a hacer aflorar las nuevas generaciones de los Kinte, de cómo deben ir aceptando su nuevo sino, el escenario se templa. El tercer episodio es dirigido por Thomas Carter (“Coach Carter”), aparece el electrizante “Pollo” George, nieto de Kunta, creciendo el complejo antagonismo con su “dueño” Tom Lea, hay lugar para el vibrante mundo de las peleas de gallos, lo que se puede entender como una especie de alegoría sobre el esclavismo, animales entrenados para matarse entre sí, o sea blancos viendo a negros como seres irracionales a los que se puede adiestrar a voluntad propia, según guste. El cuarto y último episodio es realizado por Bruce Beresford (“Paseando a Miss Daisy”), es el ocaso del mundo de la esclavitud, estalla la Guerra Civil estadounidense, vemos una tremebunda batalla basada en hechos reales, lo que se dio en llamar la Masacre de Pillow, donde decenas de negros alistados con los unionistas fueron matados sumariamente, buenos momentos se mezclan con otros chirriantes, concluyendo con un lírico final.

Un lienzo donde no falta una brillante puesta en escena rodándose en el estado USA de Louisiana, en St. Francisville y Rural Life Museum de Baton Rouge, con sus decadentes mansiones, con sus plantaciones, los ríos, los bosques, la escalofriante recreación del viaje en barco negrero, todo de un tremendo realismo, realzados los escenarios por la fenomenal fotografía de Peter Menzies Jr. (“La Jungla de Cristal III”, “El increíble Hulk” o “Furia de Titánes”), y Sharome Meir (“Coach Carter” o “Whiplash”), resaltando el color verde esperanza, moviéndose con fuerza dramática en la semioscuridad, añadiendo efusivos primeros planos llenos de expresividad. La música de Alex Heffes (“El último rey de Escocia” o “La sombra del poder”), y Philip Miller (“La chica” o “Atrapa el fuego”), aportando vibrantes melodías de coros.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
TOM REGAN
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4 de junio de 2016
12 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
No voy a compararla ahora con la versión de 1977, porque hace muchos años que la vi, y la recuerdo vagamente. Solo voy a decir que a mí, está de 2016, me parece casi una super-producción, muy por encima del nivel que suelen mostrar los productos del canal history. Desde que ganase el Oscar "12 años de esclavitud" se veía venir que ese éxito traería más producciones sobre la esclavitud. Recomiendo también la serie "Underground" del 2016

La miniserie costa de cuatro capítulos de algo más de hora y media cada uno, centrados en tres generaciones distintas de los Kinte, guerreros mandinga que conservarán en secreto el nombre africano y el mismo anhelo de libertad.
Lo mejor, sin duda, las interpretaciones, un reparto de caras relativamente conocidas que dan mucho realismo a sus personajes, y avisar que no esconde nada, a lo largo de los capítulos hay momentos visualmente muy duros, no faltan las escenas de latigazos a los esclavos, de violaciones de esclavas por sus amos blancos, incluso de ahorcamientos y amputaciones de pies a los prófugos reincidentes.

Me ha gustado el tratamiento que dan a un tema tan complejo como la esclavitud. Arranca mostrando la vida de los Kinte, caciques africanos que viven precisamente de capturar esclavos para los barcos ingleses, hasta que por una venganza entre reyezuelos, el hijo, Kunta Kinté,es vendido como tal. (Mención aquí a las escenas donde nos muestran como eran las condiciones de los barcos negreros)
No deja de ser irónico que la serie, que arranca en 1767, durante la Revolución Americana, los llamados luchadores por la libertad mantuvieran la esclavitud, y la serie se centra en ello, sobretodo en su segundo capítulo, cuando los esclavos eran usados como carne de cañón por los ingleses a cambio de una supuesta libertad en caso de victoria. En los últimos capítulos ahondará más en las raíces que llevarían a la Guerra de Secesión.

El guión también merece atención especial. Se nota que está trabajado. No faltan las frases que buscan sacudir la conciencia del espectador ante la tragedia que está viendo:
Frases como:
No puedes comprar al esclavo tienes que hacer al esclavo.

No soy un asesino, pero un día me convertirán en uno.

Te podrán poner cadenas en el cuerpo, pero no dejes que te las pongan en tu mente.

Te tratan como a un animal hasta que te vuelves uno y entonces te matan como a tal.
Rufus T Firefly
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27 de agosto de 2016
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dicen los más castizos, aquello, de… “la morcilla siempre se repite”, y la historia también. Han pasado, casi 40 años, del estreno de la legendaria miniserie Raíces en enero de 1977—mejor dicho en enero de este inmediato 2017— por el canal ABC (producida por un viejo conocido en el mundo de los documentales David L. Wolper), cuando se convertía en lo que los popes de hoy en día denominan, eso, de un Hype. Pero no un Hype cualquiera. Raíces fue un grandísimo acontecimiento socio-histórico-cultural, en todos los sentidos, y para la TV una enorme sorpresa dentro del mundo del drama clásico norteamericano de los 70. Hito que superó a la mismísima Nashville de Robert Altman, en 1975, de la gran epopeya, de la película americana por excelencia. Raíces conseguía los laureles, de la auténtica turbia y patética historia de la esclavitud —de un modo más sangrante— a todo el intocable mainstream de clásicas series históricas donde el hombre blanco velaba por los intereses de los ciudadanos de color y los nativo/americanos: aquellos indios, tan queridos por Ford, auténticos pobladores de esa utopía llamada América. Raíces puso en dedo en la llaga y su alegoría de la sociedad afroamericana, como un tema social urgente. Raíces fue capaz de concentrar —delante de pequeña pantalla— a más de 80 millones de espectadores y unos 100, en su capítulo final. Los premios y la crítica coincidían con el trabajo que deslumbraba a propios y extraños. Raíces consiguió más de 39 nominaciones a los Emmys y ganó 9. Además de un Globo de oro. La obra de Alex Haley, un elaboradísimo best seller desmembraba el movimiento genealógico de infinidad de memorándums de investigadores universitarios, donde AH invirtió años en trazar un árbol ascendente del primer afroamericano hasta llegar al continente africano en 1750. No entraremos en el análisis de determinados revisionistas, al respecto de las denuncias por plagio, a las que el autor tuvo que enfrentarse. Empero, más sorprendente, es el hecho, en sí, de la nueva narración del remake, en un ejercicio de revisión de la cuestionada obra de Alex Haley. Alguno se preguntará del porqué de susodicho alboroto, cuando un tal Richard Fleischer rodó toda esta vergonzosa humillación, en torno, a la esclavitud en su maravillosa Mandingo (1975). Claro, que también deberíamos de hablar con el amanuense de esta excelente obra, Kyle Onstott. Pero, ese, es otro cantar. Ahora, en mitad de un país fracturado, que durante estos últimos años ha tenido el primer presidente de color, desde su constitución como nación independiente; Barack Obama. Lo sigue siendo, todavía, ya cuenta los días por horas… Un hombre que parece despedirse de su país, con el pesar de no haber podido cauterizar las viejas heridas raciales, que siguen sangrando a borbotones. Obviamente, el hecho de ponerse delante de un informativo local o nacional de los EE.UU, es una radiografía de un país que narra sin parar enfrentamientos constantes por el odio racial, el abuso de la autoridad policial y las armas de fuego. California, Kentucky, Ohio o Milwaukee son lugares cercanos para cualquier ciudadano anónimo de occidente que anduviese por sus calles comprobaría que Norteamérica dejó de ser una anuncio de Benetton en Venice Beach. Sin embargo, el país, para mayor inri, sigue en metido en una contienda electoral de alto voltaje, con dos candidatos que poco aportan a este problema.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Jon Alonso
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11 de febrero de 2017
8 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las historias feas no pasan de moda y, por supuesto, la esclavitud es un caldo de cultivo idóneo para alumbrar una ficción lo bastante dramática y trágica, en sintonía con lo que le hace sentir bien al espectador.

Porque se me ha ocurrido que, efectivamente, las personas disfrutamos (disfrutan) con el sufrimiento ajeno. Y no es por maldad, sino por una especie de lloro compartido, de golpear de pecho, de disculpa generalizada en la que nos sintamos bien con nosotros mismos al pensar «yo no soy tan malo como ese blanco que mata negros y cómo me compadezco de tantas desgracias». Así somos felices. Nuestra conciencia queda a salvo de la barbarie que vemos reflejada en la pantalla y estamos en paz con nuestra alma y nuestro modo de vida al crearnos la falsa sensación de denuncia moral que nos ofrece.

«Raíces» es otra historia de esclavos que sufren mucho y de blancos sádicos y psicópatas que los hacen sufrir. Esto puede ser aceptable como panfleto, como exorcismo patriótico norteamericano o como oda a tus antepasados de la que nadie pida veracidad, pero si ninguna de estas tres opciones te interesa, entonces «Raíces» te resultará anodina, intrascendente y de poco entretenimiento. A fin de cuentas, la vida de Kunta Kinte y sus descendientes en realidad no tiene demasiado condimento, porque todo consiste en a ver cuánto sufrimiento aguantan y qué perrerías le harán sus amos blancos. Ni un mísero discurso sobre la ideología sureña, sobre la visión esclavista y antiesclavista, sobre la economía que la sustentaba, sobre las diferencias dentro de los esclavos y dentro de los amos; nada sobre rencillas en la población negra. Buenos y malos, así de fácil es la historia hoy en día. De esta manera, sin ir más allá, el espectador no tiene que hacerse preguntas, no tiene que ni siquiera pararse a pensar en el porqué, en el cómo, en el qué. Esto, como ya dije en una crítica anterior, supondría para quien lanza el discurso y para quien lo recibe una justificación, un acto de comprensión, aun sin estar de acuerdo, de un fenómeno sobre el que no se debe pensar excepto para redundar en lo malo que es.

Lo más interesante es, de lejos, la historia del nieto de Kunta Kinte gracias a la aparición del mejor personaje de toda la serie: el irlandés Tom Lea interpretado por un magnífico Jonathan Rhys Meyers. No, no me puede la pasión por este actor; es que simplemente ese personaje es el que tiene más matices, más luces y sombras, más relevancia y profundidad. A veces incluso llega a caerte bien, o al menos crees que puede caerte bien, que ya es mucho. Así que, de verdad, ponte el capítulo tres. Antes viene un resumen con el que ya te enterarás de lo que ha pasado y de ahí puedes engancharte sin dificultad. Luego, si quieres, ves el principio del cuarto para cerrar la historia y «Raíces» está despachada.

Hacedme caso.
Kaori
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3 de febrero de 2017
5 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Encumbrada miniserie de cuatro capítulos, ha sido nominada a los Emmy, que viene a ser un remake de aquel clásico setentero "Raíces" (1977), a su vez adaptación de la novela-histórica hómonima de Alex Haley. La presente destaca por un reparto con unas cuantas caras famosas, Laurence Fishburne, Matthew Goode, Anna Paquin, James Purefoy, Jonathan Rhys Meyers o Forest Whitaker, si bien ninguno llega a protagonista. La serie no está mal hecha pero cuenta con varios inconvenientes. El primero, es que me suena a que todo está muy visto, como si fuera "12 años de esclavitud" (2013) pero presentada de otra manera. Quizás por este motivo nunca me ha llegado a enganchar o a interesarme por la vida de este Kunta Kinte (Malachi Kirby), que de buenas a primeras desaparece del relato. Efectivamente, "Raíces" no es la historia de Kunta sino de su linaje o más aún, la de la población negra de los Estados Unidos que se supone que se verá reconocida en esta odisea entre generaciones. Esto está muy bien pero yo me esperaba otra cosa: estos saltos en el tiempo y estos cambios del personaje principal me han desconcertado.

Dicho esto, lo que más le reprocho a este trabajo, además de querer meterle el dedo en el ojo a Inglaterra innecesaria y falsamente, es la escasa profundidad con la que se aborda todo el asunto de la esclavitud y el racismo. Es decir, "Raíces" se limita a mostrarnos lo mal que lo pasaron los negros, que eran todos muy buenos, corrección política al máximo, y lo malvados que eran los blancos, que eran todos muy malos si eran esclavistas. Esa falta de matices, además de convertir a los personajes en ángeles o en demonios, hace que el fenómeno se nos vuelva inexplicable. Así, si después de ver "Raíces" alguien nos pregunta por qué los blancos esclavizan a los negros la única respuesta que podemos dar es "porque eran muy malos". De todos modos, la solución no es sencilla. Por ejemplo, Steve Pinker en su parcialmente desatinado "Los Ángeles que llevamos dentro" (2012) vincula la abolición de la esclavitud al humanismo ilustrado del siglo XVIII, pero se le olvida que precisamente el apogeo de la trata negrera llegó con la Ilustración, incluso en las mismas personas, como en firmes defensores de la esclavitud, como en Locke o Voltaire.
Reaccionario
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