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Últimos días en La Habana

6,9
155
votos
Sinopsis
Centro Habana, el corazón de La Habana de hoy. Miguel sueña con huir a Nueva York, a la espera de un visado que no llega. Diego sueña con vivir. Postrado por el SIDA, libera toda su energía desde el camastro del solar en que vive. Una galería de sugestivos personajes rodea a la pareja de amigos. Cuando por sorpresa llega el visado, el destino colocará a todos ante una inusitada decisión. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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24 de marzo de 2017
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Festival de cine de Málaga 2017. Últimos días en la Habana. Nos llega esta película escrita y dirigida por Fernando Pérez con centro social en una Habana en ruinas y peligro de derrumbe. Pero no se trata tan solo de edificaciones e infraestructuras. La inviabilidad de la vida buena arrastra consigo la posibilidad de la vida digna. La miseria y la represión truncan las aspiraciones, el modo anhelado de gastar la existencia y la vida queda atada a propósitos perdidos. Si bien sabemos que la vida para ser vivida dignamente requiere de un mínimo de bienes y de condiciones existenciales, lo que la convierte en auténticamente humana son las relaciones llenas de aceptación, cuidado, afecto y solidaridad. Distribución equitativa de la riqueza y reconocimiento interpersonal forma esa dualidad que permite llevar una vida completa dentro de la más estricta sencillez. La tristeza de los pasillos sucios y desgastados por el tiempo contrasta con la creciente belleza de los sentimientos y valores de las personas en acciones llenas de humanidad. Los personajes no necesitan de vestiduras cuidadas, oropeles ni maquillaje para resultar hermosos, su capacidad para leer las intenciones del corazón y sus acciones llenas de generosidad y compromiso hasta la muerte los adornan suficientemente.
JRBoxó
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8 de abril de 2017
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Diego y Miguel conforman una extraña pareja que vive en un humilde piso de La Habana. El primero se encuentra postrado en una cama todo el día mientras lucha contra el SIDA. El segundo trabaja fregando platos, pero su mente solo tiene espacio para Estados Unidos, el país al que desea trasladarse algún día y en el que ya ha solicitado el visado. Mientras tanto, personajes tan variopintos como una adolescente embarazada, un joven que se prostituye o la anciana “jefa” del edificio, revolotean por el domicilio conformando una troupe bastante peculiar.

Últimos días en La Habana sintetiza una semana decisiva para la vida de muchos de estos personajes. Fernando Pérez dirige el largometraje recientemente ganador del premio a la mejor película iberoamericana del Festival de Málaga, un film que pretende transmitir algo más que unos simples retratos de diversos habitantes de la capital cubana, ya que sus escenas son casi un croquis de la realidad social del país, del choque sociopolítico entre generaciones y entre pasado y futuro de Cuba.

En cualquier caso, parece evidente que Últimos días en La Habana busca hacerse fuerte a través de dos vertientes. Por un lado, la construcción de unos personajes que, bajo un aura de extravagancia, contienen muchas cosas interesantes. Sus personalidades, en un primer momento disparatadas, devienen en un cóctel dramático que Pérez resuelve con precisión y bastante naturalidad. Por otro lado, precisamente ese enfoque de cotidianidad es lo que hace interesante el film en su segunda mitad, ya que es entonces cuando alcanzamos a comprender las dimensiones de los sueños de los respectivos personajes y su relación con el “todo” que es la mítica ciudad en la que residen. De esta manera, Últimos días en La Habana no es la clásica obra que toma a la localidad como protagonista por encima de sus habitantes, sino que son precisamente estos los que dan color y vida a sus calles y edificios.

Una de las decisiones que favorecen esta naturalidad es el dejar que el paso de las escenas explique el pasado de los protagonistas, sin provocar que se nos ofrezca una descripción detallada del porqué. Nunca es sencillo alcanzar un término medio entre la sobreexplicación y el desconcierto, pero Pérez consigue aquí algo bastante meritorio. Se nota especialmente en lo referido al personaje de Miguel, un tipo de gélida mirada y escasas palabras pero que, de la mano de una TV, un mapa y un libro, abre su corazón a ojos del espectador. Su carácter contrasta con el de la arrolladora Yusisleydi que, con una presencia vivaz e incansable, marca el punto diferencial que resume la diversidad de personalidades que pueblan La Habana.

Aunque la segunda mitad de la película está resuelta con bastante tino, la escena final resulta algo desconcertante. Sin entrar en spoilers, diremos que no es poco habitual mostrarla en un desenlace, pero sí se siente extraña en el contexto general del film. Es posible que Pérez haya pretendido otorgar una perspectiva todavía más humana y pareja con la realidad, pero parece inevitable pensar que la presencia de esta secuencia marca un pequeño punto de ruptura formal con el resto del metraje de Últimos días en La Habana. Es, quizá, la rara avis de una película que posee bastante fuerza dramática sin esquivar ni las cosas buenas ni las amargas que existen en toda existencia humana. Cuba ha presenciado muchos hechos históricos durante los últimos 70 años, ha virado política y socialmente en incontables veces y todo ello queda reflejado a través de un puñado de personajes peculiares en apenas hora y media de cinta. Últimos días en La Habana se antoja, pues, como un film recomendable de ver… y de vivir.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para Cine Maldito
Kasanovic
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30 de abril de 2017
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Correcto melodrama sobre dos seres agarrados en medio de la tormenta, atrapados en esa Cuba agonizante desde hace ya tanto tiempo (¿desde siempre?).
Humor, dolor y sensibilidad, además de algún tópico inevitable recorren esta simpática película, convencional, sin alardes ni excesos, cumplidora, humanista, buena en su pequeña y humilde medida. Como un amor pasajero y amable, como un viento dulce que te acaricia con delicadeza mientras se pasea con suavidad por toda la ciudad.
O la muerte o los Estados Unidos. No hay más salida para estas dos criaturas tan opuestas. El que se muere, Don Diego, ama la vida pese a todo, el que vive, el probe Miguel, no la soporta. Dos presos encerrados en esa casa y en esa Habana. El homosexual cachondo, deslenguado y honrado es bastante cliché, el asexual callado, seco y antipático es menos habitual.
Anima la situación el coro que los acompaña, las vecinas queridas en su presencia constante, el pinguero de la ansiada bicicleta y la sobrina que padece la maldición de la sinceridad y la gracia (bonito cante en la noche más destemplada).
A través de estos personajes se puede atisbar un panorama de decadencia y ahogo (moral, sexual, económico, ambiental), de picaresca jocunda y vitalidad carcomida por la pobreza y la estrechez de miras de la gente que padece y puebla ese mundo.
La película, como ya decíamos, es equilibrada, agradable, bondadosa. No peca de nada ni tampoco arriesga demasiado. Sería un buen amigo o una magnífica amante de ocasión. Más que suficiente.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Ferdydurke
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23 de marzo de 2017
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Recuerdo cuando vi "Fresa y chocolate" de Tomás Gutiérrez Alea & Juan Carlos Tabío con un cariño tremendo, esta película me trae recuerdos de aquella y la he disfrutado muchísimo (lo que me he podido reír además) en el pase para prensa esta mañana de Jueves en el 20 Festival de cine de Málaga, película que va a concurso en la sección oficial además.

La Película nos trae un relato conmovedor. Un cuento ambientado en uno de esos corralones isleños donde (sobre)viven personajes desfavorecidos. Como Diego, un enfermo de sida que espera sus últimos días, y Miguel, su amigo de la infancia que lo cuida mientras lava platos en un bar de mala muerte y espera una visa para volar a Estados Unidos.

Una de las grandes bazas de la película es sus interpretaciones, naturales y cargadas de chispa, un contenido Patricio Wood y un vitalista Jorge Martínez, que con su personaje no oculta el homenaje al homosexual Diego de "Fresa y chocolate", que por cierto para adecuar la fisionomía al personaje, tuvo que adelgazar 12 kilos y, para ello, se vio obligado a practicar deporte de noche, ya que no podía ponerse moreno al dar vida a una persona que estaba encerrada todo el día en su habitación. "No soy gay, pero si lo fuera me encantaría ser como Diego, es súper divertido", ha dicho esta mañana en la rueda de prensa de la película. No parece que hayan cambiado muchas cosas en la isla entre aquella película y ésta. Con la que también comparte una humanidad que hace cercano un drama que escapa del pesimismo.
javi rojo
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14 de abril de 2017
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Cuando te sientas en la butaca y empiezas a ver la película, temes, o al menos fue mi caso, un relato plano, difícil de captar en algunos de sus aspectos y con personajes oscuros.
Nada más lejano de la realidad.
En cuanto pasan algunos minutos, empiezas a ver y sentir cerca personas que están llevando una existencia difícil, tanto en el aspecto material porque las situaciones económicas que se retratan son muy penosas, y a la par unas condiciones personales que les ponen dentro de una marginalidad compartida, aunque cada uno de ellos esté allí por motivos distintos.
Es la unión, la solidaridad de los marginados que se abre paso hasta en los momentos más escabrosos.
Cada cuál da de sí mismo lo que tiene poniendo en juego a la par también lo que no tiene.
Durante todo el relato estamos viendo personas, personas de verdad, llenas de vida y de muerte.
Unas interpretaciones sorprendentes llevan de la mano al espectador que empezó dudando de lo que iba a ver y que cuando termina se da cuenta de que le ha enganchado hasta participar plenamente de las vivencias que nos retrata.
Estupenda.
NERI
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