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Detroit

7,0
4.384
votos
Sinopsis
Film ambientado durante los disturbios raciales que sacudieron la ciudad de Detroit, en el estado de Michigan, en julio de 1967. Todo comenzó con una redada de la policía en un bar nocturno sin licencia, que acabó convirtiéndose en una de las revueltas civiles más violentas de los Estados Unidos. (FILMAFFINTY)
Críticas ordenadas por:
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27 de agosto de 2017
32 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Detroit" se estrena en EEUU justo después de cumplirse 50 años de las graves revueltas raciales acaecidas en el estado de Michigan. Después de "Zero dark thirty", Kathryn Bigelow vuelve a sumergirse en una historia basada en hechos reales para sacar a la superficie la realidad social estadounidense. En esta ocasión centra el objetivo de su cámara en un problema tan amargo como casi ancestral, pero de una actualidad pavorosa: los enfrentamientos raciales entre la policía y la comunidad afroamericana.

Pese a no contar con nombres de primer nivel, el plantel actoral se muestra solvente en todo momento y ayuda al desarrollo argumental aportando una buena dosis de credibilidad y tensión.
En cuanto al apartado técnico es de destacar una fotografía correcta e intencionadamente oscura, algunos planos incluso pueden recordarnos a "The Hurricane" de Norman Jewison. El montaje intercala imágenes de archivo, lo que ayuda a imbuirnos en el caótico ambiente callejero estadounidense de 1967, pero sin resultar estas imágenes excesivas, dosificación que logra que la película no se decante por el mero documental.

Quizás el problema de "Detroit" es precisamente su título, ya que puede pensar el espectador que va a visionar una síntesis cinematográfica de todos aquellos acontecimientos que arrojaron más de 40 muertos y más de 2000 heridos. Nada más lejos de la realidad. El título resulta excesivamente ambicioso y empequeñece involuntariamente a la cinta. La película debería llamarse "Hotel Algiers". Indudablemente sería un título más honrado para el espectador.
Luc
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6 de agosto de 2017
88 de 151 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es una de esas películas construidas para que te indignes sin que te hagas preguntas, o busques entender el contexto. Estarás tan enfadado que no preguntaras ¿por qué hubo disturbios?. El escenario es casi una guerra, veteranos de guerra hicieron comparaciones con Vietnam, había francotiradores sembrando el caos, violencia por todas partes, pero la película se las ingenia para hacer que todo lo malo son un par de policías de personalidad cartón. Cuando termine la película te darás cuenta de que no sabes ni un gramo más sobre Detroit y los graves incidentes que ocurrieron en 1967. El director apela de manera burda a unos policías violentos y a unos negros nada dispuestos a colaborar y que se burlan del ejercito haciéndoles una broma para crear una situación insostenible que de lugar a una violencia que no te permita ver que al final, y después de todo, te lo han dado masticado, para que no te hagas preguntas sobre como se llega hasta ahí. Hubo disturbios en más de 100 ciudades y con numerosos muertos, pero todo se centra en un absurdo incidente que se explota económicamente porque ahora es un tema políticamente correcto. Es un caso basado en hechos reales, pero podrían haber llamado a la película por lo que es, y no por los famosos disturbios que en una película seria no hubieran dejado bien parados a nadie.

La película es dura, pero también aburrida y previsible. Desde el principio te presentan unos personajes y ya sabes de que va todo. El bueno, el malo y el feo. Pero a diferencia de los espagueti western, la vida es más compleja. Y una pseudo guerra merecía algo menos tendencioso.
Capagris
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1 de septiembre de 2017
23 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desde hace casi una década, la realizadora norteamericana Kathryn Bigelow está atravesando una excelente racha creativa. Tras hacerse un nombre en los 90 con el redescubierto clásico de acción Le llaman Bodhi y filmar un puñado de thrillers, enamoró a audiencia y crítica con la oscarizada e interesante película bélica En tierra hostil, y se superó a sí misma con la apasionante La noche más oscura, enfocada en la lucha contra el terrorismo islámico. Tras tres años de espera llega su nueva película, de nuevo a partir de un guión de Mark Boal: Detroit, basado en el incidente del Algiers Hotel durante las revueltas de la 12th Street de la ciudad homónima en 1963, del que ahora se cumplen 50 años. Las primeras críticas eran muy positivas, pero si bien acudí a los cines de Covent Garden con poco escepticismo, lo hice con moderado entusiasmo. Las dos obras previas habían sido netamente sobrevaloradas, y el oportunismo político que subyace bajo esta nueva hornada de cine racial no acaba de ser de mi agrado. Pero la épica e intensidad del filme que me iba a encontrar eran absolutamente impredecibles, y pese a no tener la mejor predisposición me sedujeron con voracidad durante el implacable visionado, trepidante y demoledor. Si bien sus perspectivas maniqueas, su desarrollo narrativo no ajeno a convencionalismos y su regodeo escabroso pueden desagradar a los más críticos, la veracidad con la que se recrean los hechos y la magnética intensidad con la que está filmada y montada transforman Detroit en uno de los filmes más impactantes del año.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Nestie
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17 de septiembre de 2017
15 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Soy fan de Bigelow como el que más. En tierra hostil me fascinó. La noche más oscura, también. No he visto nada de lo anterior, así que poco puedo opinar al respecto. Detroit me ha gustado. Menos que esas dos, pero me ha gustado. Esperaba mucho más, cierto. Pero ha cumplido. Ha arrojado luz sobre un episodio de la historia norteamericana que desconocía. He salido indignado, pero ni mucho menos lo que esperaba. No he salido tan cabreado, emocionado ni lloroso que cuando fui a ver Selma o acabé American Crime Story (muchísimo mejores que esta). Los actores están impecables; la fotografía, increíble. Pero más allá de todo eso, me extenderé en las 4 cosillas que no me convencen de esta película:

1) No está bien estructurada. Tenemos un inicio caótico donde uno cree que la película va a abarcar todos los disturbios acaecidos en la ciudad. Hay cambios de escena continuos, la cámara se bambolea de un lado para otro sin saber muy bien dónde quiere Bigelow centrar el objetivo ni qué contar. Luego sobreviene un segundo acto que va a lo concreto de sopetón (los hechos ocurridos en el motel Algiers), alargado en exceso y extenuante en la recreación de la violencia y la humillación (algo de lo que ya adolecía 12 años de esclavitud, de alargarse demasiado en el sufrimiento y la tortura. A veces menos es más). Un segundo acto que ocurre un poco por sorpresa, sin que uno sepa que la película tuviera como objetivo centrarse en ese caso tan concreto, olvidando la panorámica general por la que había apostado en la primera media hora de metraje, hasta el punto de que uno empieza a pensar que el título de la película está algo equivocado. Y luego tenemos un tercer acto apresurado, que se centra demasiado en unos personajes concretos y olvida o no dibuja todo lo bien que debería a los demás, quedándome con las ganas de saber más de lo que ocurrió después del incidente del motel y de los disturbios en general. Qué ocurrió a nivel político, a nivel policial, a nivel de la calle. Todo eso, en Detroit, no está. Hubiese sido más certero haberla titulado Motel Algiers.

2) El mensaje de fondo, el de la brutalidad policial, es demasiado evidente y hasta cierto punto demasiado reiterativo (como ocurría en 12 años de esclavitud, por ejemplo). Es necesaria, es indignante, arroja luz sobre un hecho del que yo, al menos, no había oído hablar. Pero acaba olvidando por un momento que las cosas no son tan blanco y negro como las retrata, que hay matices. No se centra en ningún momento en los negros que participaron en los disturbios, en el papel que jugaron, ni los saca en pantalla tanto para lo bueno como para lo malo. A partir de lo del motel, se olvida del contexto deliberadamente.

3) Es algo fría. Debería haber salido emocionado, con la piel de gallina, rabioso. Y esto no ha ocurrido. Quizás es que Bigelow no ha sabido calcular bien los tiempos (véase punto anterior), o no ha sabido encajar bien sobre quién recaía la acción. Quizás porque no conocía nada del background de los protagonistas. Quizás porque es demasiado obvia.

4) Y, finalmente, si no he acabado mareado durante esa primera media hora ha sido de milagro. Qué manera más parkinsoniana de mover la cámara, qué manera de saltar de plano en plano cada cinco segundos, qué manera de no centrarse en nada y escarbar aquí y allá sin detenerse un segundo. Suerte que durante el segundo acto se relaja la cosa (el movimiento de cámara, que no el espectador).

En este sentido, Selma y American Crime Story, por poner dos ejemplos recientes, son mucho más satisfactorias tanto como radiografías de un momento como poliédricas al abordarlo, no escatimando repartir palos a todo el mundo. Van más allá, intentando sacar conclusiones y entender la mentalidad americana. Además, los realizadores saben imprimir un sello emotivo que esta no es capaz. En Detroit todo es supuestamente indignante, claro, pero de un modo demasiado obvio. Como dice cierto crítico, es un relato despojado de todo trasfondo y absolutamente deshistorizado. Me olvidaré de ella y volveré a revisionar The Wire, que eso sí es realidad intravenosa.

@Cinergicos
Ivan_Rumar
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17 de septiembre de 2017
17 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Han pasado 50 años, pero las similitudes y analogías con el momento actual angustian y horrorizan por igual. La violencia como válvula de escape sin atajos ni disimulos, la crudeza de unos disturbios dantescos que sacan a relucir lo peor de cada cual y resaltan la impotencia de unos – que además dirigen su rabia y su orgía de sangre y saqueos hacia ellos mismos y su comunidad – y la prepotencia de los otros, que tratan de defenderse de sus endémicas suspicacias y fantasías totémicas a base golpes, disparos y abusos. Nada nuevo pero relatado con garra y fuerza, aunque quizás se haga demasiado larga y repetitiva hacia el final de su excesivo metraje, pero ofrece un retablo descorazonador de las miserias más tristes y repugnantes del ser humano, que parece aferrarse como un mantra al terror hacia lo desconocido – lo diferente – cuando no queda otra forma de lenguaje a su alcance.

Quizás su mayor característica – y cortapisa – sea que la potencia de sus imágenes (la recreación de la época, la violencia exacerbada, la arbitrariedad y el terror que irrumpe a cada paso e ilustra la sinrazón del ensañamiento policial) casa mal y resulta incongruente con la debilidad de un guión demasiado plano y repetitivo, poblado por unos personajes reconocibles pero en exceso simples y sin hondura, meros clichés que sirven de pretexto para vehicular una narración intensa y desabrida, hosca y tremebunda, pero que acaba por engullir y neutralizar la ira que pretende reflejar. Vemos, padecemos y nos conmovemos con lo que ocurre, pero nos importan más los hechos y las circunstancias que las personas, el retablo en su conjunto y no tanto los individuos que padecen la vesania de un comportamiento histérico y bestial que sucumbe sin pudor a lo histriónico y de tanto repetirse acaba por repeler y hastiar. Un poco de mesura – o, al menos, una más calibrada dosificación de los atropellos – le habría sentado bien.

Por lo tanto, resulta admirable la intención inconformista y rebelde que recorre toda la cinta, lo oportuno de su denuncia, lo pertinente de su discurso reivindicativo, la virulencia de su compromiso con la igualdad de oportunidades y su acusación agresiva y sin remilgos de los fallos sangrantes y ponzoñosos de un sistema que hace aguas por doquier. Pero al finalizar la proyección queda un cierto regusto de insatisfacción. Como si el ruido y la furia hubieran ahogado los gritos de socorro de las víctimas, abandonadas a su suerte en la cuneta de los deshechos. La abrumadora tensión, virtuosismo y efectividad del montaje nos arrolla, pero no consigue poner en pie una obra inapelable, que trascienda las limitaciones de su punto de partida.
antonalva
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