Angustia. Tormento. Un alma desolada y sumida en un abismo profundo, oscuro e inhumano. Desgracias del pasado que no han sido superadas y que condicionan un presente en el que cada segundo puede ser un infierno diferente. Qué jodida que es la vida. Te arrebata lo más querido y luego te da memoria para recordarlo. Y te hunde. Y te confunde. Y te priva de sentir cada momento como único, condenándote a una monotonía insufrible. Realidad turbulenta que acompaña tus días y que te hace buscar desesperadamente una salida. La más cobarde de las salidas, sí, pero al menos una.
Así es como se presenta Nell Forbes (Marilyn Monroe), en una cinta que ahonda en los desórdenes psicológicos y en la incapacidad de la superación emocional del ser humano. Presentada en un formato simple, con una puesta en escena sencilla y poco arriesgada, el guión desarrolla paralelamente la historia de Jed Towers (Richard Widmark), un piloto comercial que viaja a Nueva York para recuperar a su chica, Lyn Lesley (Anne Bancroft), una guapa cantante que ameniza las noches de un club de hotel. Ella recela de la personalidad vehemente y narcisista de Jed. Sin embargo, todo cambiará cuando se produce la aparición de la misteriosa chica de la habitación 809 y que dará una nueva perspectiva a los comportamientos de Jed y a su relación final con Lyn.
El reparto de la cinta tiene dos nombres destacados: Monroe y Widmark. La primera actuando, antes de que el mito devorara a la actriz. Bueno el mito y los hombres, el alcohol, las pastillas, la noche…ya saben. El segundo sumido en ese comienzo de carrera cinematográfica que no ha tenido igual en la historia del cine. Siempre se podrá hablar de G. Robinson, de Cagney, de Bogart…pero el talento de que demuestra Widmark desde su debut en “Kiss of Death” hasta esa obra maestra de Dassin “Night and the City” es sencillamente el mejor registro interpretativo jamás visto.
Con un desarrollo uniforme de un argumento que en ocasiones roza la tragedia, encontrarán pues suficientes alicientes para ver esta buena película y donde descubrirán a una Monroe en uno de sus primeros papeles dramáticos pero sin perder ni un ápice esa belleza salvaje y ese atractivo infinito que la hicieron la mujer más deseada del mundo. Déjense llevar por ella. Sueñen, imaginen. Porque para eso también se inventó el cine.
Alfie
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