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Documental
1996Documental, Voz: Charo López
8
13 de enero de 2025
13 de enero de 2025
1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Entre la Barcelona de principios de siglo y la que recibió con entusiasmo a los Rolling Stones, en 1976, se encierra la vida de un hombre, Ramón Mercader, un hijo de su tiempo y miembro de una familia que encarna las contradicciones de un siglo.” Con esta frase, el documental Asaltar los cielos (1996) resume de manera impecable la complejidad de su protagonista, un hombre que pasó de ser un joven idealista a convertirse en el asesino de León Trotski, atrapado en las sombras de la historia.
Ramón nació en una familia burguesa catalana marcada por las tensiones de su época. Su madre, Caridad del Río, abandonó su vida acomodada para abrazar la militancia comunista, entrando de lleno en el estalinismo más tarde y convirtiéndose en una figura clave en el destino de su hijo. Bajo su influencia, Ramón fue entrenado como agente de la KGB durante la Guerra Civil española, hasta convertirse en una pieza clave del régimen estalinista.
En 1940, asumió la misión que lo definiría para siempre: infiltrarse en el círculo cercano de Trotski en México. Con la identidad de Jack Mornard y un romance meticulosamente planeado, logró ejecutar el asesinato que le ordenaron. Pero el precio personal fue devastador. Tras el crimen, llegaron la cárcel, el olvido y una vida marcada por el exilio y la deshumanización. Ramón Mercader, celebrado como héroe anónimo por la maquinaria estalinista, murió en el más absoluto anonimato, roto y sin identidad.
Asaltar los cielos no solo reconstruye hechos históricos, sino que ahonda en el lado humano de esta tragedia. Nos muestra cómo las grandes ideas y las razones de estado pueden consumir a quienes las sirven, convirtiéndolos en instrumentos desechables. Ramón Mercader no solo fue el asesino de Trotski; fue también una víctima de su tiempo, atrapado en un juego político que lo destruyó por completo.
Este documental es una obra imprescindible para quienes disfrutan del cine histórico y las historias que invitan a reflexionar. Ramón Mercader simboliza las contradicciones de un siglo turbulento, un hombre que asaltó los cielos solo para arder en el infierno.
Ramón nació en una familia burguesa catalana marcada por las tensiones de su época. Su madre, Caridad del Río, abandonó su vida acomodada para abrazar la militancia comunista, entrando de lleno en el estalinismo más tarde y convirtiéndose en una figura clave en el destino de su hijo. Bajo su influencia, Ramón fue entrenado como agente de la KGB durante la Guerra Civil española, hasta convertirse en una pieza clave del régimen estalinista.
En 1940, asumió la misión que lo definiría para siempre: infiltrarse en el círculo cercano de Trotski en México. Con la identidad de Jack Mornard y un romance meticulosamente planeado, logró ejecutar el asesinato que le ordenaron. Pero el precio personal fue devastador. Tras el crimen, llegaron la cárcel, el olvido y una vida marcada por el exilio y la deshumanización. Ramón Mercader, celebrado como héroe anónimo por la maquinaria estalinista, murió en el más absoluto anonimato, roto y sin identidad.
Asaltar los cielos no solo reconstruye hechos históricos, sino que ahonda en el lado humano de esta tragedia. Nos muestra cómo las grandes ideas y las razones de estado pueden consumir a quienes las sirven, convirtiéndolos en instrumentos desechables. Ramón Mercader no solo fue el asesino de Trotski; fue también una víctima de su tiempo, atrapado en un juego político que lo destruyó por completo.
Este documental es una obra imprescindible para quienes disfrutan del cine histórico y las historias que invitan a reflexionar. Ramón Mercader simboliza las contradicciones de un siglo turbulento, un hombre que asaltó los cielos solo para arder en el infierno.
6
21 de diciembre de 2025
21 de diciembre de 2025
4 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Quien busque argumentos documentales potentes nos lo va a encontrar. Quien busque cine que emocione, interpele y recuerde que hubo un tiempo en el que ayudar podía costar la vida, tampoco hallará la nueva versión de "La lista de Schindler", pero sí algo bastante más modesto, imperfecto... y también una ficción histórica honesta, con una trama coherente que encuentra su lugar.
La narrativa es irregular y el ritmo no es el que pediría un thriller, pero se deja ver y la premisa funciona. La puesta en escena, la fotografía y el cuidado de la imagen saben jugar con los planos. Los paisajes del Pirineo son relato: frontera física, moral y política. A pesar de sus limitaciones, al final todo fluye.
El uso natural y nativo de varios idiomas —español, catalán, francés y alemán— me parece un acierto que aporta verosimilitud. Además de la variedad idiomática, hay un trabajo brutal sociolingüístico y filológico en el uso de la variante dialectal pallaresa del catalán, que ayuda a transmitir la sensación de aislamiento rural y reflejar el contexto de frontera pirenaica en los años cuarenta, entre la Segunda Guerra Mundial y la posguerra civil más dura.
La narrativa es irregular y el ritmo no es el que pediría un thriller, pero se deja ver y la premisa funciona. La puesta en escena, la fotografía y el cuidado de la imagen saben jugar con los planos. Los paisajes del Pirineo son relato: frontera física, moral y política. A pesar de sus limitaciones, al final todo fluye.
El uso natural y nativo de varios idiomas —español, catalán, francés y alemán— me parece un acierto que aporta verosimilitud. Además de la variedad idiomática, hay un trabajo brutal sociolingüístico y filológico en el uso de la variante dialectal pallaresa del catalán, que ayuda a transmitir la sensación de aislamiento rural y reflejar el contexto de frontera pirenaica en los años cuarenta, entre la Segunda Guerra Mundial y la posguerra civil más dura.

Miki Esparbé encarna a un Manel marcado por la culpa que busca redimirse y el Ovidi de Jordi Sánchez funciona por oposición como arquetipo de alcalde arribista al lado del poder. Lo contrario que Asier Etxeandia, como oficial de la Guardia Civil roto, que hace tiempo que dejó de creer en todo, excepto en su propia coherencia. Bruna Cusí aporta el contrapunto vital de una Juliana enérgica. Kevin Janssens y su Jérôme introduce matices que dan ritmo a la narrativa, la Mercè de Maria Rodríguez ilumina los momentos personales y te deja con ganas de más. El resto del elenco suma, acompaña y sostiene.
La realización prioriza los dilemas internos de los personajes por encima de la espectacularidad. Transmite honradez y delicadeza, aunque también ralentiza y hace que el suspense y la carga emocional aparezcan de forma irregular. Aun así, ahí está la sensibilidad de Judith Colell (Elisa K, 15 horas). La directora es capaz de capturar con sutileza los dramas pequeños dentro de un contexto histórico abrumador.
La realización prioriza los dilemas internos de los personajes por encima de la espectacularidad. Transmite honradez y delicadeza, aunque también ralentiza y hace que el suspense y la carga emocional aparezcan de forma irregular. Aun así, ahí está la sensibilidad de Judith Colell (Elisa K, 15 horas). La directora es capaz de capturar con sutileza los dramas pequeños dentro de un contexto histórico abrumador.

Y después de la mirada viene la escritura; y cuando esa mirada se articula en forma de thriller dramático, político y metahistórico con conciencia de lo que cuenta, el cine no solo recuerda: interpreta y dialoga con el presente. Y eso es lo que hay.
¿La película “toma partido”? Sí, por supuesto. Como toda película con trasfondo histórico, incluso —o especialmente— aquellas que fingen no hacerlo. La neutralidad absoluta no existe cuando se habla de nazismo, fascismo, huidas, fronteras cerradas y vidas en juego. Pretender lo contrario es, en sí mismo, una postura ideológica.
No renuncia al drama, que personaliza el horror y entiende que emocionar no invalida la verdad, sino que la hace comprensible. El cine no es un archivo, ni un museo, ni un acta notarial; es un relato que funciona: salvar vidas no borra cuarenta años de dictadura, ni convierte una excepción en sistema. En Alemania este debate está resuelto desde hace décadas; aquí seguimos discutiendo si recordar es “partidista”.
Creo que es un acierto la idea de ficcionar hechos históricos, tramas o esos personajes "atípicos" como el del funcionario republicano o el jefe de la Guardia Civil como figuras simbólicas: la de quienes, desde dentro o desde los márgenes, actuaron por conciencia y no por obediencia. El cine lleva más de un siglo recurriendo a personajes compuestos o ficticios para explicar procesos complejos, sin que nadie exija certificados notariales a cada protagonista.
Memoria no es propaganda, igual que no lo es enseñar el Holocausto, las dictaduras argentina, chilena, franquista... o el apartheid. Es política, sí. Igual que es política haber vivido medio siglo de fascismo y seguir arrastrando sus sombras. El problema no es que el cine tenga discurso; el problema es cuando pretende no tenerlo (o directamente se venden mentiras).
Si la película molesta, es que algo han hecho bien. Si la Historia no tuviera opinión, no habría historia que contar.
¿La película “toma partido”? Sí, por supuesto. Como toda película con trasfondo histórico, incluso —o especialmente— aquellas que fingen no hacerlo. La neutralidad absoluta no existe cuando se habla de nazismo, fascismo, huidas, fronteras cerradas y vidas en juego. Pretender lo contrario es, en sí mismo, una postura ideológica.
No renuncia al drama, que personaliza el horror y entiende que emocionar no invalida la verdad, sino que la hace comprensible. El cine no es un archivo, ni un museo, ni un acta notarial; es un relato que funciona: salvar vidas no borra cuarenta años de dictadura, ni convierte una excepción en sistema. En Alemania este debate está resuelto desde hace décadas; aquí seguimos discutiendo si recordar es “partidista”.
Creo que es un acierto la idea de ficcionar hechos históricos, tramas o esos personajes "atípicos" como el del funcionario republicano o el jefe de la Guardia Civil como figuras simbólicas: la de quienes, desde dentro o desde los márgenes, actuaron por conciencia y no por obediencia. El cine lleva más de un siglo recurriendo a personajes compuestos o ficticios para explicar procesos complejos, sin que nadie exija certificados notariales a cada protagonista.
Memoria no es propaganda, igual que no lo es enseñar el Holocausto, las dictaduras argentina, chilena, franquista... o el apartheid. Es política, sí. Igual que es política haber vivido medio siglo de fascismo y seguir arrastrando sus sombras. El problema no es que el cine tenga discurso; el problema es cuando pretende no tenerlo (o directamente se venden mentiras).
Si la película molesta, es que algo han hecho bien. Si la Historia no tuviera opinión, no habría historia que contar.
16 de febrero de 2025
16 de febrero de 2025
4 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
En La Infiltrada, el miedo se esconde tras cada mirada y el peligro acecha en cada sombra. Basada en la infiltración real de Elena Tejada, la primera mujer que logró desmantelar un comando de ETA desde dentro, la película se mueve con pulso firme entre el suspense y la acción. Pero, tras su impecable envoltorio no hay una mirada más profunda. No vamos a encontrar un análisis profundo del conflicto; su enfoque es básicamente el de un thriller clásico efectivo y bien hecho.
Carolina Yuste deslumbra como Arantxa Berradre (nombre ficticio de Tejada), con una interpretación llena de nervio y matices. Frente a ella, Luis Tosar, como Ángel Salcedo, “el Inhumano”, impone presencia y dureza, un muro de experiencia y sombras. Entre los secundarios, Diego Anido hiela la sangre como Sergio Polo, sicario terrorista de mirada fanática, mientras que, en el otro extremo, Nausicaa Bonnin, como Andrea, aporta profesionalidad y temple en su breve pero firme papel.
En lo visual, cumple, pero no marca. Euskadi, con su cielo plomizo y su eco de pasos vigilados, debería ser un personaje más, pero queda en decorado. Falta textura, falta frío en los huesos. Como retrato humano de los protagonistas lo borda, y también en su trasfondo psicológico. En cambio, en lo social el conflicto queda reducido a buenos y malos, policías y terroristas. Un blanco y negro que se queda en la superficie, pero no desmerece la calidad de la película.
Carolina Yuste deslumbra como Arantxa Berradre (nombre ficticio de Tejada), con una interpretación llena de nervio y matices. Frente a ella, Luis Tosar, como Ángel Salcedo, “el Inhumano”, impone presencia y dureza, un muro de experiencia y sombras. Entre los secundarios, Diego Anido hiela la sangre como Sergio Polo, sicario terrorista de mirada fanática, mientras que, en el otro extremo, Nausicaa Bonnin, como Andrea, aporta profesionalidad y temple en su breve pero firme papel.
En lo visual, cumple, pero no marca. Euskadi, con su cielo plomizo y su eco de pasos vigilados, debería ser un personaje más, pero queda en decorado. Falta textura, falta frío en los huesos. Como retrato humano de los protagonistas lo borda, y también en su trasfondo psicológico. En cambio, en lo social el conflicto queda reducido a buenos y malos, policías y terroristas. Un blanco y negro que se queda en la superficie, pero no desmerece la calidad de la película.
No es un retrato sociopolítico, ni lo pretende. Lo que encontramos es un thriller que funciona: ritmo trepidante, tensión bien sostenida e interpretaciones de alto nivel.
Nota: B+
Nota: B+
10
10 de enero de 2025
10 de enero de 2025
7 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
En El 47, Eduard Fernández encarna a Manolo Vital, un conductor de autobús que desobedeció órdenes para llevar el transporte público hasta Torre Baró, uno de los barrios más olvidados de la Barcelona de los años setenta. Vital no era un héroe convencional ni un político profesional; era un vecino comprometido, un militante de su barrio que entendió que la dignidad no se pide, se ejerce.
Uno de los mayores logros de El 47 es la integración de su banda sonora como un elemento narrativo esencial que, junto con el uso de imágenes reales de archivo entrelazándose con las secuencias recreadas en un formato semi-documental, aporta autenticidad y profundidad histórica. Estas transiciones, sumadas a una cuidada caracterización física del entorno, transportan al espectador directamente, tanto al centro urbano como a los barrios periféricos de una Barcelona marcada por la desigualdad. La fotografía refuerza este realismo, mostrando tanto la crudeza como la resistencia de quienes habitaban esos lugares.
Uno de los mayores logros de El 47 es la integración de su banda sonora como un elemento narrativo esencial que, junto con el uso de imágenes reales de archivo entrelazándose con las secuencias recreadas en un formato semi-documental, aporta autenticidad y profundidad histórica. Estas transiciones, sumadas a una cuidada caracterización física del entorno, transportan al espectador directamente, tanto al centro urbano como a los barrios periféricos de una Barcelona marcada por la desigualdad. La fotografía refuerza este realismo, mostrando tanto la crudeza como la resistencia de quienes habitaban esos lugares.

Eduard Fernández & Zoe Bonafonte
Destaca el buen trabajo de Clara Segura como Carme, la esposa de Manolo Vital, interpretado por un Eduard Fernández enorme. Zoe Bonafonte, en el papel de Joana, la hija de la pareja, ofrece un contrapunto generacional, equilibrando dulzura y firmeza en una actuación que complementa a la perfección a los protagonistas.
No sobresale en su capacidad para representar las tensiones políticas y sociales del tardofranquismo. La trama, situada en 1978, plantea de manera efectiva los conflictos y esperanzas de una sociedad en plena transformación, eso es incuestionable. Pero se podría argumentar que la visión de este periodo es demasiado dulcificada, sin profundizar del todo en las tensiones políticas y sociales que marcaron aquel momento. No obstante, hay que entender que El 47 no pretende ser una película de Ken Loach; su enfoque está más centrado en el individuo y su entorno inmediato que en una radiografía exhaustiva del sistema.
La película revive los años de lucha y militancia de no hace tanto, un tiempo de calles, batallas cotidianas y valores que definieron nuestras vidas. A finales de los setenta y principios de los ochenta, la militancia era algo tan concreto como pegar carteles, defender espacios verdes o reclamar derechos básicos como los semáforos o la educación. El filme te transporta a esos días de construcción, tanto social como personal. Los pies en el barrio y el grito en el cielo (con permiso del maestro Sabina).
No sobresale en su capacidad para representar las tensiones políticas y sociales del tardofranquismo. La trama, situada en 1978, plantea de manera efectiva los conflictos y esperanzas de una sociedad en plena transformación, eso es incuestionable. Pero se podría argumentar que la visión de este periodo es demasiado dulcificada, sin profundizar del todo en las tensiones políticas y sociales que marcaron aquel momento. No obstante, hay que entender que El 47 no pretende ser una película de Ken Loach; su enfoque está más centrado en el individuo y su entorno inmediato que en una radiografía exhaustiva del sistema.
La película revive los años de lucha y militancia de no hace tanto, un tiempo de calles, batallas cotidianas y valores que definieron nuestras vidas. A finales de los setenta y principios de los ochenta, la militancia era algo tan concreto como pegar carteles, defender espacios verdes o reclamar derechos básicos como los semáforos o la educación. El filme te transporta a esos días de construcción, tanto social como personal. Los pies en el barrio y el grito en el cielo (con permiso del maestro Sabina).

Eduard Fernández & Clara Segura
A inicios de los ochenta lo del 47 todavía estaba fresco y por entonces Manuel Vázquez Montalbán dijo algo en una charla en los barracones del IB Sant Andreu de Nou Barris : “Hay muchos afiliados que no son militantes y muchos militantes que no son afiliados. Es más importante la militancia que la afiliación”. Esa frase, entonces abstracta, cobra todo su significado en la figura de Manolo Vital.
La fuerza de El 47 radica en su autenticidad, en cómo conecta las luchas del pasado con los retos del presente. Hoy, en la misma Barcelona, la vivienda es el nuevo frente. Los contratos de temporada revientan precios, restan derechos y encubren alquileres turísticos fraudulentos. Los barrios se vacían de vecinos para llenarse de turistas, mientras la especulación convierte los hogares en mercancías. Los Airbnb de hoy son los 47 de ayer.
La película es mucho más que un homenaje a Manolo Vital. Es un recordatorio urgente de que la militancia sigue siendo esencial. Porque, en un mundo donde lo esencial se mercantiliza, El 47 nos inspira a luchar por la dignidad, empezando por nuestros barrios, nuestras calles y nuestras acciones.
Un filme poderoso, urgente y necesario que conecta la memoria colectiva con las luchas que todavía quedan por ganar.
La fuerza de El 47 radica en su autenticidad, en cómo conecta las luchas del pasado con los retos del presente. Hoy, en la misma Barcelona, la vivienda es el nuevo frente. Los contratos de temporada revientan precios, restan derechos y encubren alquileres turísticos fraudulentos. Los barrios se vacían de vecinos para llenarse de turistas, mientras la especulación convierte los hogares en mercancías. Los Airbnb de hoy son los 47 de ayer.
La película es mucho más que un homenaje a Manolo Vital. Es un recordatorio urgente de que la militancia sigue siendo esencial. Porque, en un mundo donde lo esencial se mercantiliza, El 47 nos inspira a luchar por la dignidad, empezando por nuestros barrios, nuestras calles y nuestras acciones.
Un filme poderoso, urgente y necesario que conecta la memoria colectiva con las luchas que todavía quedan por ganar.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La banda sonora es corta pero tremendamente efectiva. Canciones populares como "Los dos gallos" se contraponen a la delicadeza de "Rossinyol, que vas a França", subrayando la riqueza cultural y el mestizaje que define la identidad de la película y un reflejo de las luchas sociales y del encuentro entre distintas raíces, dignificando especialmente la cultura charnega en el contexto barcelonés.
El uso de la música alcanza su punto álgido en la emotiva escena final, donde las notas de Rossinyol resuenan como un canto de resistencia y esperanza. En contraste, los momentos de tensión se acompañan de temas más terrenales como Los dos gallos, subrayando la conexión entre lo colectivo y lo íntimo. La banda sonora, en su conjunto, funciona como un vehículo emocional que amplifica los momentos clave de la historia.
Otro de los elementos destacados es el excelente trabajo con los extras, que añade un gran nivel de realismo. Un ejemplo sobresaliente es la escena en el comedor de las cocheras, cuando el jefe de los conductores exige que se delate al responsable del daño en un vehículo. La dirección de los extras en su lenguaje no verbal —como los breves pero expresivos gestos a lo largo de toda la toma de un conductor anónimo, sentado en la primera mesa, que se gira cuando el jefe les empieza a hablar—, refuerzan la tensión y la autenticidad de la escena.
El uso de la música alcanza su punto álgido en la emotiva escena final, donde las notas de Rossinyol resuenan como un canto de resistencia y esperanza. En contraste, los momentos de tensión se acompañan de temas más terrenales como Los dos gallos, subrayando la conexión entre lo colectivo y lo íntimo. La banda sonora, en su conjunto, funciona como un vehículo emocional que amplifica los momentos clave de la historia.
Otro de los elementos destacados es el excelente trabajo con los extras, que añade un gran nivel de realismo. Un ejemplo sobresaliente es la escena en el comedor de las cocheras, cuando el jefe de los conductores exige que se delate al responsable del daño en un vehículo. La dirección de los extras en su lenguaje no verbal —como los breves pero expresivos gestos a lo largo de toda la toma de un conductor anónimo, sentado en la primera mesa, que se gira cuando el jefe les empieza a hablar—, refuerzan la tensión y la autenticidad de la escena.

Lo mismo ocurre en la secuencia dramática del incendio, donde la crudeza y el caos se plasman con una intensidad que atrapa al espectador. Por otro lado, la escena final, cuando el autobús sube hacia Torre Baró, adopta un enfoque más simbólico. Si bien carece del realismo de otras secuencias y puede parecer más cercana al videoclip de una romería, logra transmitir un mensaje de esperanza y celebración colectiva que encaja con el espíritu de la película.
También existen licencias y olvidos. La decisión de convertir a Joana en la hija de Manolo Vital es un claro ejemplo. En realidad, Joana es su nieta, hija de su hijo Manuel Vital, quien además colaboró en el desarrollo del filme. Sin embargo, visto el resultado dramático y artístico, esta licencia narrativa puede considerarse un acierto.
Por otro lado, la película opta por no reflejar la militancia sindical y política de un Vital que actúa de manera individual, casi fruto de un impulso espontáneo. En la realidad, la acción de llevar el autobús 47 a Torre Baró fue parte de un movimiento colectivo, organizado y profundamente ideológico. Vital era, además de un dirigente vecinal, militante del PSUC y de las todavía clandestinas Comisiones Obreras (CCOO), aunque en la película no se haga referencia explícita a ello.
En cualquier caso, El 47 logra combinar con sensibilidad el drama humano con el retrato social, construyendo una obra que trasciende el homenaje a las luchas vecinales de los años setenta para dialogar con las problemáticas actuales. Su capacidad para conectar pasado y presente se transforma en un recordatorio poderoso de la importancia de la acción colectiva frente a las desigualdades.
Aunque su visión de la Transición puede parecer algo edulcorada, el filme no pretende ser una simple denuncia política, ni mucho menos un biopic riguroso. En esencia, es un reconocimiento emotivo a la fuerza de la comunidad y a quienes, como Manolo Vital, entendieron que la militancia, como decía Manuel Vázquez Montalbán, es más importante que la afiliación. Una película conmovedora y necesaria.
También existen licencias y olvidos. La decisión de convertir a Joana en la hija de Manolo Vital es un claro ejemplo. En realidad, Joana es su nieta, hija de su hijo Manuel Vital, quien además colaboró en el desarrollo del filme. Sin embargo, visto el resultado dramático y artístico, esta licencia narrativa puede considerarse un acierto.
Por otro lado, la película opta por no reflejar la militancia sindical y política de un Vital que actúa de manera individual, casi fruto de un impulso espontáneo. En la realidad, la acción de llevar el autobús 47 a Torre Baró fue parte de un movimiento colectivo, organizado y profundamente ideológico. Vital era, además de un dirigente vecinal, militante del PSUC y de las todavía clandestinas Comisiones Obreras (CCOO), aunque en la película no se haga referencia explícita a ello.
En cualquier caso, El 47 logra combinar con sensibilidad el drama humano con el retrato social, construyendo una obra que trasciende el homenaje a las luchas vecinales de los años setenta para dialogar con las problemáticas actuales. Su capacidad para conectar pasado y presente se transforma en un recordatorio poderoso de la importancia de la acción colectiva frente a las desigualdades.
Aunque su visión de la Transición puede parecer algo edulcorada, el filme no pretende ser una simple denuncia política, ni mucho menos un biopic riguroso. En esencia, es un reconocimiento emotivo a la fuerza de la comunidad y a quienes, como Manolo Vital, entendieron que la militancia, como decía Manuel Vázquez Montalbán, es más importante que la afiliación. Una película conmovedora y necesaria.
Episodio
2025
9
17 de abril de 2025
17 de abril de 2025
11 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me encanta Casablanca, me encanta Sam al piano y toda esa gente en su garito cantando la Marsellesa. Es historia del cine, y esto es un homenaje actualizado: me encanta que Bogart ahora sea una mujer, que sea lesbiana, que sea negra y que esté empoderada... y está muy bien que sea así.
Un homenaje con distopía romántica que entra por los ojos y se queda en la cabeza. El arte no se conserva encerrándolo en una vitrina, sino dejándolo respirar, reinterpretando, sintiéndolo como algo nuevo... Esta versión no borra a Bogart ni a Bergman: les tiende la mano y sigue la música de Sam hacia otros corazones.
Hotel Reverie mezcla el glamour del cine clásico con existencialismo cuántico (si es que eso existe), como si Casablanca se hubiera liado con un episodio de Black Mirror. ¿No es eso lo que ha pasado, en el fondo? Y además, el resultado funciona.
Issa Rae y Emma Corrin tienen una química peculiar, como dos imanes que van girando. No sabes si van a besarse, discutir o marcarse un duelo de miradas con banda sonora… Una es como si estuviera de after en un bar cutre de Brooklyn; la otra parece salida de un fotograma de los años 40. Y juntas… ¡chispa!
Un homenaje con distopía romántica que entra por los ojos y se queda en la cabeza. El arte no se conserva encerrándolo en una vitrina, sino dejándolo respirar, reinterpretando, sintiéndolo como algo nuevo... Esta versión no borra a Bogart ni a Bergman: les tiende la mano y sigue la música de Sam hacia otros corazones.
Hotel Reverie mezcla el glamour del cine clásico con existencialismo cuántico (si es que eso existe), como si Casablanca se hubiera liado con un episodio de Black Mirror. ¿No es eso lo que ha pasado, en el fondo? Y además, el resultado funciona.
Issa Rae y Emma Corrin tienen una química peculiar, como dos imanes que van girando. No sabes si van a besarse, discutir o marcarse un duelo de miradas con banda sonora… Una es como si estuviera de after en un bar cutre de Brooklyn; la otra parece salida de un fotograma de los años 40. Y juntas… ¡chispa!

Emma Corrin
Hay mucho que masticar: el tiempo, la identidad, el libre albedrío, la memoria, el cine dentro del cine… Pero todo encaja. No abruma. Más bien flota con elegancia, como un cóctel de nombre impronunciable o un chupito de bourbon en el garito de Sam.
El romance cumple, pero es más una excusa narrativa. Lo que gana puntos es el envoltorio para las reflexiones, visualmente delicioso, emocional y con un regusto a clásico que no caduca. Al final, sobresale el homenaje al cine, que es un vehículo para todo lo demas... y está muy bien que sea así.
Nota: A, de amor de cine, literalmente.
El romance cumple, pero es más una excusa narrativa. Lo que gana puntos es el envoltorio para las reflexiones, visualmente delicioso, emocional y con un regusto a clásico que no caduca. Al final, sobresale el homenaje al cine, que es un vehículo para todo lo demas... y está muy bien que sea así.
Nota: A, de amor de cine, literalmente.
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