Nada es para siempre
1992 

6.6
9,823
Drama
Aunque Norman (Craig Sheffer) y Paul Mclean (Brad Pitt), hijos de un pastor protestante, recibieron una rígida educación, tambien disfrutaron de libertad. Norman, un joven juicioso y reservado, es profesor y está enamorado. Paul, en cambio, es extrovertido, se dedica al periodismo y lleva una vida desordenada. A pesar de todo, hay algo que siempre los mantendrá unidos: el río salvaje que atraviesa Montana, donde aprendieron a pescar. (FILMAFFINITY) [+]
13 de noviembre de 2020
13 de noviembre de 2020
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
De todas las historias que se cuentan en las películas, de todas las películas "contadas", la historia de EL RÍO DE LA VIDA es de las más eficaces.
Por lo mismo que en Montana hay que ser puntual para la iglesia, el trabajo y la pesca, a mí me gusta ser puntual con esta narración de Norman Maclean, catedrático de poesía y truchas, llevada a la pantalla por Robert Redford. Y eso, aunque sólo he pescado, de pequeño, con unos corchos y unos sedales que componía mi padre por que matásemos el rato. Unos corchos y unos sedales que se quedaron en casa, luego, para alcanzar la ropa que desde el tendedero se caía al patio en días de mucho viento. Pero, como Redford, soy un enamorado de los espacios abiertos, de la Naturaleza y de los relatos con planteamiento, nudo y desenlace.
Fantástica ambientación, preciosa banda sonora, maravillosa fotografía, un espléndido Tom Skerritt y un río. Ese río que va a parar a la mar que es el morir y que conoce nuestros secretos. Un río que nos vio cuando éramos perfectos y que nos acogerá, indulgente, cuando ya no podamos saltar por entre las rocas.
Por lo mismo que en Montana hay que ser puntual para la iglesia, el trabajo y la pesca, a mí me gusta ser puntual con esta narración de Norman Maclean, catedrático de poesía y truchas, llevada a la pantalla por Robert Redford. Y eso, aunque sólo he pescado, de pequeño, con unos corchos y unos sedales que componía mi padre por que matásemos el rato. Unos corchos y unos sedales que se quedaron en casa, luego, para alcanzar la ropa que desde el tendedero se caía al patio en días de mucho viento. Pero, como Redford, soy un enamorado de los espacios abiertos, de la Naturaleza y de los relatos con planteamiento, nudo y desenlace.
Fantástica ambientación, preciosa banda sonora, maravillosa fotografía, un espléndido Tom Skerritt y un río. Ese río que va a parar a la mar que es el morir y que conoce nuestros secretos. Un río que nos vio cuando éramos perfectos y que nos acogerá, indulgente, cuando ya no podamos saltar por entre las rocas.
21 de junio de 2026
21 de junio de 2026
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323/35(21/06/26) Hay películas intentan explicar la vida y otras que aceptan que ciertas personas, ciertos dolores y ciertas pérdidas jamás podrán explicarse del todo. “El río de la vida” pertenece a esta segunda categoría. Robert Redford construye una obra hermosa, melancólica y profundamente humana sobre la familia, la memoria y la imposibilidad de rescatar a quienes más queremos. Su lirismo visual es hipnótico y su sensibilidad conmueve sin necesidad de grandes artificios, aunque en ocasiones su deliberada contención emocional y ritmo contemplativo rozan una solemnidad la vuelve menos poderosa de lo que pretende.
La tercera película como director de Robert Redford nació de una larga obsesión personal. Durante años persiguió los derechos de la novela semiautobiográfica de Norman Maclean, publicada en 1976, consciente de que aquel relato encerraba algo más profundo que una simple historia sobre la pesca con mosca. Lo que le atraía era la reflexión sobre la familia, la culpa y la incapacidad de comprender completamente a quienes amamos.
La tercera película como director de Robert Redford nació de una larga obsesión personal. Durante años persiguió los derechos de la novela semiautobiográfica de Norman Maclean, publicada en 1976, consciente de que aquel relato encerraba algo más profundo que una simple historia sobre la pesca con mosca. Lo que le atraía era la reflexión sobre la familia, la culpa y la incapacidad de comprender completamente a quienes amamos.

Brad Pitt, Craig Sheffer & Tom Skerritt
Resultando una adaptación escrita por Richard Friedenberg (“Patagonia”), que evita los convencionalismos melodramáticos para abrazar una estructura casi memorialística. No estamos ante una película de grandes acontecimientos, sino ante una evocación de recuerdos que aparecen y desaparecen como la corriente del río que atraviesa la historia.
Redford demuestra una madurez notable tras “La guerra del campo de frijoles de Milagro”. Aquí abandona cualquier tentación de discurso social explícito para concentrarse en algo mucho más íntimo: la observación de unos personajes incapaces de verbalizar sus sentimientos.
La acción transcurre entre 1910 y los primeros años de la Gran Depresión, en una Montana que parece existir fuera del tiempo. Es una América previa a la modernidad, donde la naturaleza todavía conserva un carácter sagrado y donde la educación moral se transmite desde el púlpito, la mesa familiar y las orillas de un río.
Redford demuestra una madurez notable tras “La guerra del campo de frijoles de Milagro”. Aquí abandona cualquier tentación de discurso social explícito para concentrarse en algo mucho más íntimo: la observación de unos personajes incapaces de verbalizar sus sentimientos.
La acción transcurre entre 1910 y los primeros años de la Gran Depresión, en una Montana que parece existir fuera del tiempo. Es una América previa a la modernidad, donde la naturaleza todavía conserva un carácter sagrado y donde la educación moral se transmite desde el púlpito, la mesa familiar y las orillas de un río.

Craig Sheffer & Brad Pitt
Si algo convierte a “El río de la vida” en una experiencia memorable es su extraordinario apartado visual. La fotografía de Philippe Rousselot (“Entrevista con el vampiro”), merecidamente ganadora del Óscar, no se limita a registrar paisajes hermosos. Convierte los bosques, las montañas y las corrientes de agua en una extensión emocional de los personajes. Cada amanecer parece teñido por la nostalgia. Cada jornada de pesca posee una cualidad casi espiritual. Hay momentos en los que la película alcanza una belleza visual tan deslumbrante que amenaza con devorar todo lo demás. Algunas secuencias parecen cuadros en movimiento. Redford filma Montana como si estuviera registrando un paraíso perdido del que solo sobreviven recuerdos fragmentarios.
La dirección artística de Jon Hutman (“Algo para recordar”) contribuye decisivamente a la inmersión. Los hogares, las calles, los periódicos locales y los pequeños detalles cotidianos reconstruyen con naturalidad un mundo desaparecido.
A ello se suma la música de Mark Isham (“Crash”), delicada y evocadora, que acompaña la narración sin imponer emociones artificiales. Es una banda sonora que susurra cuando otras producciones gritarían.
Todo el conjunto desprende una elegancia clásica que hoy resulta casi exótica. No hay cinismo, no hay ironía posmoderna ni necesidad de impresionar al espectador cada cinco minutos. Redford confía en la observación paciente. A veces demasiado.
Porque la película también arrastra cierta tendencia a recrearse en su propia contemplación. Algunas escenas podrían haberse condensado sin afectar a la esencia de la historia. En determinados momentos parece que Redford está tan enamorado de sus paisajes como de sus personajes.
Uno de los grandes aciertos del film es convertir la pesca con mosca en algo cinematográficamente fascinante. Sobre el papel, una película centrada en hombres lanzando anzuelos al agua podría sonar tan emocionante como contemplar secarse una pared recién pintada. Sin embargo, Redford consigue que esas secuencias posean una intensidad casi mística.
La famosa frase de la narración: “En nuestra familia no había una línea divisoria clara entre la religión y la pesca con mosca”. resume perfectamente el corazón de la película. La pesca no es un pasatiempo. Es un lenguaje. Es una forma de expresar sentimientos que los Maclean son incapaces de verbalizar. Es el único espacio donde padre e hijos consiguen comunicarse.
El río funciona además como una metáfora central. Representa el paso del tiempo, el destino, la memoria y la imposibilidad de controlar completamente nuestras vidas. Es un símbolo tan evidente que en manos menos hábiles habría resultado ridículo. Pero Redford lo maneja con suficiente delicadeza para que conserve su fuerza poética.
La película suele recordarse como uno de los primeros grandes escaparates de Brad Pitt, y no es difícil entender por qué. Su Paul Maclean posee un magnetismo inmediato. Es encantador, inteligente, divertido, imprudente y autodestructivo. Cada vez que aparece en pantalla la película parece despertar. Pitt todavía no había alcanzado la madurez interpretativa de años posteriores, pero ya exhibía esa capacidad casi inexplicable para atraer la mirada del espectador. Paul es el personaje más fascinante de la historia porque ni siquiera quienes lo aman logran comprenderlo. Redford juega además con el evidente parecido físico entre Pitt y él mismo cuando era joven. No cuesta imaginar al propio director interpretando ese papel dos décadas antes.
Craig Sheffer, como Norman, realiza trabajo más discreto pero igualmente importante. Su personaje es menos llamativo porque está construido precisamente desde la observación y la contención. Es el testigo de la tragedia, el hombre que intenta entender aquello que jamás llegará a entender.
Tom Skerritt ofrece la interpretación más compleja del reparto. Su reverendo Maclean combina autoridad, ternura, orgullo y vulnerabilidad sin necesidad de grandes explosiones emocionales.
La dirección artística de Jon Hutman (“Algo para recordar”) contribuye decisivamente a la inmersión. Los hogares, las calles, los periódicos locales y los pequeños detalles cotidianos reconstruyen con naturalidad un mundo desaparecido.
A ello se suma la música de Mark Isham (“Crash”), delicada y evocadora, que acompaña la narración sin imponer emociones artificiales. Es una banda sonora que susurra cuando otras producciones gritarían.
Todo el conjunto desprende una elegancia clásica que hoy resulta casi exótica. No hay cinismo, no hay ironía posmoderna ni necesidad de impresionar al espectador cada cinco minutos. Redford confía en la observación paciente. A veces demasiado.
Porque la película también arrastra cierta tendencia a recrearse en su propia contemplación. Algunas escenas podrían haberse condensado sin afectar a la esencia de la historia. En determinados momentos parece que Redford está tan enamorado de sus paisajes como de sus personajes.
Uno de los grandes aciertos del film es convertir la pesca con mosca en algo cinematográficamente fascinante. Sobre el papel, una película centrada en hombres lanzando anzuelos al agua podría sonar tan emocionante como contemplar secarse una pared recién pintada. Sin embargo, Redford consigue que esas secuencias posean una intensidad casi mística.
La famosa frase de la narración: “En nuestra familia no había una línea divisoria clara entre la religión y la pesca con mosca”. resume perfectamente el corazón de la película. La pesca no es un pasatiempo. Es un lenguaje. Es una forma de expresar sentimientos que los Maclean son incapaces de verbalizar. Es el único espacio donde padre e hijos consiguen comunicarse.
El río funciona además como una metáfora central. Representa el paso del tiempo, el destino, la memoria y la imposibilidad de controlar completamente nuestras vidas. Es un símbolo tan evidente que en manos menos hábiles habría resultado ridículo. Pero Redford lo maneja con suficiente delicadeza para que conserve su fuerza poética.
La película suele recordarse como uno de los primeros grandes escaparates de Brad Pitt, y no es difícil entender por qué. Su Paul Maclean posee un magnetismo inmediato. Es encantador, inteligente, divertido, imprudente y autodestructivo. Cada vez que aparece en pantalla la película parece despertar. Pitt todavía no había alcanzado la madurez interpretativa de años posteriores, pero ya exhibía esa capacidad casi inexplicable para atraer la mirada del espectador. Paul es el personaje más fascinante de la historia porque ni siquiera quienes lo aman logran comprenderlo. Redford juega además con el evidente parecido físico entre Pitt y él mismo cuando era joven. No cuesta imaginar al propio director interpretando ese papel dos décadas antes.
Craig Sheffer, como Norman, realiza trabajo más discreto pero igualmente importante. Su personaje es menos llamativo porque está construido precisamente desde la observación y la contención. Es el testigo de la tragedia, el hombre que intenta entender aquello que jamás llegará a entender.
Tom Skerritt ofrece la interpretación más compleja del reparto. Su reverendo Maclean combina autoridad, ternura, orgullo y vulnerabilidad sin necesidad de grandes explosiones emocionales.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Brenda Blethyn aporta humanidad a la madre; mientras Emily Lloyd dota de frescura a Jessie, aunque su subtrama romántica resulta menos interesante que el núcleo familiar.
El gran tema de la película no es la pesca. Ni siquiera es la familia. Es el misterio. Paul constituye un enigma para todos los que lo rodean. Bebe. Juega. Se mete en problemas. Desaprovecha oportunidades. Y, sin embargo, sigue siendo profundamente querido. Lo más interesante es que la película se niega a ofrecer explicaciones psicológicas sencillas. No hay trauma revelador. No existe una escena donde alguien explique el origen de sus demonios. Redford rechaza las respuestas fáciles. Eso provoca cierta frustración narrativa, pero también dota al personaje de una autenticidad dolorosa. En la vida real muchas personas funcionan exactamente así: son imposibles de descifrar.
El padre termina expresando la idea central de la película cuando afirma que quienes más amamos son precisamente quienes a veces menos comprendemos. Es una reflexión devastadora porque destruye una fantasía muy humana: la creencia de que el amor basta para salvar a alguien.
El gran tema de la película no es la pesca. Ni siquiera es la familia. Es el misterio. Paul constituye un enigma para todos los que lo rodean. Bebe. Juega. Se mete en problemas. Desaprovecha oportunidades. Y, sin embargo, sigue siendo profundamente querido. Lo más interesante es que la película se niega a ofrecer explicaciones psicológicas sencillas. No hay trauma revelador. No existe una escena donde alguien explique el origen de sus demonios. Redford rechaza las respuestas fáciles. Eso provoca cierta frustración narrativa, pero también dota al personaje de una autenticidad dolorosa. En la vida real muchas personas funcionan exactamente así: son imposibles de descifrar.
El padre termina expresando la idea central de la película cuando afirma que quienes más amamos son precisamente quienes a veces menos comprendemos. Es una reflexión devastadora porque destruye una fantasía muy humana: la creencia de que el amor basta para salvar a alguien.

Craig Sheffer & Emily Lloyd
Hay imágenes que sobreviven mucho después del visionado: Las jornadas de pesca junto al padre; La infancia de los hermanos escuchando lecciones de disciplina; Los desafíos imprudentes de Paul; Las conversaciones familiares cargadas de afecto reprimido; Y, especialmente, esa secuencia donde Norman contempla a su hermano ejecutar una pesca perfecta; Es entonces cuando escucha la reflexión más hermosa de toda la película: “En ese instante supe que estaba contemplando la perfección”. La frase continúa desarrollando una idea aún más poderosa: la perfección existe, pero solo durante un instante. Después desaparece. Como la juventud. Como la felicidad. Como las personas que amamos.
También resulta inolvidable el desenlace elegíaco y la célebre conclusión: “Finalmente, todas las cosas se funden en una, y un río las atraviesa”. Podría haber sido una frase pretenciosa. En cambio, llega después de un viaje emocional tan cuidadosamente construido que adquiere una resonancia genuina.
Pese a sus enormes virtudes, la película no es irreprochable. Su principal problema es que la contemplación a veces sustituye al conflicto dramático. Hay momentos en los que el relato parece observar a los personajes desde demasiada distancia. La historia nos habla continuamente del sufrimiento de Paul, pero rara vez nos permite penetrar realmente en él. Ese misterio resulta fascinante, aunque también limita el impacto emocional de algunas secuencias. Asimismo, la relación entre Norman y Jessie nunca alcanza la intensidad necesaria. Comparada con la complejidad del vínculo entre los hermanos, parece pertenecer a otra película menos interesante.
Y aunque admiro profundamente la apuesta clásica de Redford, hay pasajes donde el ritmo se vuelve excesivamente pausado. No llega a aburrir, pero sí exige una paciencia que parte del público contemporáneo probablemente haya perdido.
“El río de la vida” es una elegía sobre el amor familiar, la memoria y los límites de nuestra capacidad para comprender a los demás. Robert Redford firma una de las películas más personales y sensibles de su carrera como director, sostenida por una fotografía extraordinaria, una atmósfera hipnótica y un joven Brad Pitt que ya irradiaba el magnetismo de una futura estrella.
No todo funciona con la misma intensidad. La excesiva contención emocional y cierta tendencia a la solemnidad impiden que alcance la grandeza absoluta que persigue. Pero incluso con esas reservas sigue siendo una obra profundamente conmovedora, una película que entiende que algunas heridas jamás cicatrizan y que ciertos seres queridos permanecen para siempre como un misterio.
Porque, al final, el río de la vida sigue avanzando. Nosotros apenas podemos observar cómo se aleja la corriente, llevándose consigo aquello que nunca terminamos de comprender.
Gloria Ucrania!!!
También resulta inolvidable el desenlace elegíaco y la célebre conclusión: “Finalmente, todas las cosas se funden en una, y un río las atraviesa”. Podría haber sido una frase pretenciosa. En cambio, llega después de un viaje emocional tan cuidadosamente construido que adquiere una resonancia genuina.
Pese a sus enormes virtudes, la película no es irreprochable. Su principal problema es que la contemplación a veces sustituye al conflicto dramático. Hay momentos en los que el relato parece observar a los personajes desde demasiada distancia. La historia nos habla continuamente del sufrimiento de Paul, pero rara vez nos permite penetrar realmente en él. Ese misterio resulta fascinante, aunque también limita el impacto emocional de algunas secuencias. Asimismo, la relación entre Norman y Jessie nunca alcanza la intensidad necesaria. Comparada con la complejidad del vínculo entre los hermanos, parece pertenecer a otra película menos interesante.
Y aunque admiro profundamente la apuesta clásica de Redford, hay pasajes donde el ritmo se vuelve excesivamente pausado. No llega a aburrir, pero sí exige una paciencia que parte del público contemporáneo probablemente haya perdido.
“El río de la vida” es una elegía sobre el amor familiar, la memoria y los límites de nuestra capacidad para comprender a los demás. Robert Redford firma una de las películas más personales y sensibles de su carrera como director, sostenida por una fotografía extraordinaria, una atmósfera hipnótica y un joven Brad Pitt que ya irradiaba el magnetismo de una futura estrella.
No todo funciona con la misma intensidad. La excesiva contención emocional y cierta tendencia a la solemnidad impiden que alcance la grandeza absoluta que persigue. Pero incluso con esas reservas sigue siendo una obra profundamente conmovedora, una película que entiende que algunas heridas jamás cicatrizan y que ciertos seres queridos permanecen para siempre como un misterio.
Porque, al final, el río de la vida sigue avanzando. Nosotros apenas podemos observar cómo se aleja la corriente, llevándose consigo aquello que nunca terminamos de comprender.
Gloria Ucrania!!!
17 de agosto de 2019
17 de agosto de 2019
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Debería haber visto algo más de esta película antes de ponerme a escribir la crítica. Pero no puedo. Lo que he visto -acaso una hora- no me invita a seguir haciéndolo. Admito que las escenas que narran la niñez de los hermanos tienen cierto interés. Pero no van mucho más allá.
Uno de los problemas que encuentro durante el visionado de esta película es que no hay emoción donde debiera haberla. Nunca sabemos hacia dónde va. Es amable y se deja ver pero no tiene escenas memorables (ni siquiera la aventura en barca) porque siempre se queda a mitad de camino. El reencuentro de los hermanos es decepcionante. No hay tensión sino una placidez sin contrastes, zonas oscuras ni desarrollo de personajes (con la excepción de la figura del padre).
Lo más emocionante que he visto es cuando picaba una trucha. Más que río, es el lago de la vida.
Uno de los problemas que encuentro durante el visionado de esta película es que no hay emoción donde debiera haberla. Nunca sabemos hacia dónde va. Es amable y se deja ver pero no tiene escenas memorables (ni siquiera la aventura en barca) porque siempre se queda a mitad de camino. El reencuentro de los hermanos es decepcionante. No hay tensión sino una placidez sin contrastes, zonas oscuras ni desarrollo de personajes (con la excepción de la figura del padre).
Lo más emocionante que he visto es cuando picaba una trucha. Más que río, es el lago de la vida.
11 de enero de 2024
11 de enero de 2024
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Robert Redford es uno de los nombres propios más importantes de la historia del cine. Más allá de su brillante carrera actoral, su personalidad propia y marcada, la de un cineasta progresista y profundamente ecologista, ha dado lugar a un puñado de películas que ha dirigido de manera magistral e incluso a la creación del festival de cine independiente más importante del mundo, Sundance. “El río de la vida” es un film portentoso, épico, humanista y visualmente apabullante, una lección de cómo hacer arte eterno desde premisas sencillas pero imborrables.
Estamos ante un de los mejores cantos a la belleza del mundo rural, a una Montana idílica en los años 20 del siglo XX donde la naturaleza es respetada por los seres humanos que saben que deben girar alrededor de ella y donde la familia del pastor protagonista (interpretado por el infravalorado Tom Skerritt) aprende dos religiones, la de Dios y la de la pesca con mosca en el río de su pequeño pueblo. Todo sustentado por un maravilloso guión de Richard Friedenberg adaptando la novela autobiográfica de Norman MacLean que obtuvo el Premio Pulitzer.
Estamos ante un de los mejores cantos a la belleza del mundo rural, a una Montana idílica en los años 20 del siglo XX donde la naturaleza es respetada por los seres humanos que saben que deben girar alrededor de ella y donde la familia del pastor protagonista (interpretado por el infravalorado Tom Skerritt) aprende dos religiones, la de Dios y la de la pesca con mosca en el río de su pequeño pueblo. Todo sustentado por un maravilloso guión de Richard Friedenberg adaptando la novela autobiográfica de Norman MacLean que obtuvo el Premio Pulitzer.

Craig Sheffer, Brad Pitt & Tom Skerritt
Se narra la vida de dos hermanos, desde su infancia hasta alcanzar la edad adulta, hijos del pastor protestante de un remoto pueblo de Montana. Norman (Craig Sheffer), el narrador de la historia, es el hijo mayor, serio, estudioso y responsable; lo contrario que su hermano pequeño Paul (el primer gran hito en la carrera de Brad Pitt), que lleva una vida desordenada y peligrosa alrededor del alcohol y el juego. La historia de ambos será la bisagra en torno a la que se desarrolle este inolvidable relato que, sin prisa pero sin pausa, va calando el alma del espectador y que lo acaba emocionando por ósmosis.
Todo resulta plásticamente deslumbrante además por la antológica dirección de fotografía de Philippe Rousselot que enamora al cinéfilo más exigente retratando la luminosidad plástica de unos parajes naturales que son un auténtico ensueño. Y como colofón, acompasada por la emotiva e inolvidable partitura musical de Mark Isham.
Todo resulta plásticamente deslumbrante además por la antológica dirección de fotografía de Philippe Rousselot que enamora al cinéfilo más exigente retratando la luminosidad plástica de unos parajes naturales que son un auténtico ensueño. Y como colofón, acompasada por la emotiva e inolvidable partitura musical de Mark Isham.
29 de abril de 2024
29 de abril de 2024
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
'El río de la vida' ó 'A River Runs Through in' es una historia real cinematográficamente impresionante de Norman Maclean ambientada en el salvaje oeste de Montana en la década de 1920. La historia sigue a Norman y su hermano Paul a través de las experiencias de la vida y su crecimiento, y cómo su amor por la pesca con mosca los mantiene juntos en el oeste de Montana, a pesar de las diferentes circunstancias de la vida durante la década después de la primera guerra mundial. Las mañanas las dedican a estudiar y las tardes a pescar con mosca en el río cercano. Sin embargo, la incapacidad de la familia para expresarse debidamente sus emociones sugiere que emergerán problemas. Y así, mientras el buen chico Norman (Craig Scheffer) madura y sale con la buena chica Jessie (Emily Lloyd), el imprudente Paul (Brad Pitt) recurre al alcohol y al juego. Crecen bajo la atenta mirada de su padre, un exigente ministro presbiteriano (el siempre maravilloso Tom Skerritt) de ascendencia escocesa y su amada madre (la Británica Brenda Blethyn). Mientras tanto, Paul consigue un trabajo como periodista y se hace un nombre en el lugar. La historia trata sobre el regreso de Norman al hogar después de sus estudios y continuando con el caluroso verano que él y Paul pasan juntos. ¡La historia de una familia americana!. Nada perfecto dura para siempre. Excepto en nuestros recuerdos.

Brad Pitt
Una cinta agradable que debe verse con calma y dejarse cautivar por la fotografía, los sonidos naturales y la poesía que emana de las palabras. Sigue la vida de dos hermanos a través de sus propias experiencias y su crecimiento, y cómo su amor por la pesca con mosca los mantiene unidos a pesar de las diferentes circunstancias de la vida. Esta es una historia brillante y conmovedora, aunque a veces resulte algo lenta y cansina, pero está desarrollada con verdadera inteligencia y extrema sensibilidad. El río es un pasatiempo casi místico que sirve como metáfora central de la película: mientras hacen sus preparativos para pescar y esperan, los chicos aprenden la importancia de la armonía, la hermandad, el afecto familiar, la gracia y la paciencia. En el film se tratan temas éticos y morales narrados con gran sentido de equidad y ductilidad. Robert Redford -que lee pasajes de la novela original de Norman MacLean en voz superpuesta- explora la relación cambiante de los hermanos con moderación e inteligencia; sin embargo, debido a que los eventos se filtran a través de la personalidad ficticia del autor, ciertas secuencias que involucran a Paul carecen de una más profunda perspectiva que tanto lo necesita. Un poco de humor hace que las cosas vuelvan a la tierra y evita que la película se vuelva demasiado seria. Aunque la película está ambientada en Missoula, en realidad se filmó en Livingston, Bozeman y Big Timber, Montana y sus alrededores. Muchas de las escenas de pesca se filmaron en el Cañón Gallatin en el río Gallatin al sur de Bozeman. Aunque el autentico protagonista es Craig Scheffer, aquí Brad Pitt provee una agradable actuación, el se entrenó para pescar con mosca durante cuatro semanas antes del rodaje y como no estaba cerca de ningún río en Los Ángeles, entrenó en lo alto de un edificio. Casi 10 años después, Brad Pitt y Robert Redford protagonizaron juntos Spy Game (Juego de espías) (2001). Y supone el debut cinematográfico de Joseph Gordon-Levitt, el interpreta al joven Norman al comienzo de la película. Y también debut cinematográfico de Michael Cudlitz (Walking Dead), quien en el momento del estreno de este film era conocido por Sensación de vivir (1990).
Muestra una excelente y atractiva partitura musical de Mark Isham, que incluye un atrapante leitmotiv. Además, una cinematografía excepcional e impresionante del camarógrafo francés Philippe Rousselot, que se muestra asombrosamente en los maravillosos exteriores, de las montañas, ríos y bosques de Granite Falls, Wyoming, Livingston, Montana, Bozeman, Redeemer Lutheran Church, Livingston, Montana. Esta película sensible y vistosa fue bien dirigida por Robert Redford. Este gran actor de Hollywood ha dirigido algunas pocas pero notables películas, tales como: la primera y oscarizada ¨Ordinary People (Gente corriente)¨, ¨The Milagro Beanfield War¨, ¨The Horse Whisperer¨, ¨Quiz Show¨, ¨The Legend of Bagger Vance¨, ¨Leones por Corderos¨, ¨The conspirator¨, ¨The Company You Keep¨, ¨Catedrales de la cultura¨ y este ¨El río de la vida¨. Calificación: 6,5/10, mejor que la media ordinaria. Deja tus ideas preconcebidas sobre la pesca en la puerta, aquí te quedarás atrapado con el anzuelo, el hilo y el plomo. Filmada con gran sensibilidad y buenos sentimientos, es por eso que resulta ser una cinta que vale la pena verla y atraerá a los fanáticos de Brad Pitt.
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