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España España · Zaragoza
Críticas de Juan Solo
Ordenadas por:
235 críticas
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8
23 de enero de 2014
73 de 83 usuarios han encontrado esta crítica útil
“El lobo de Wall Street” supone un nuevo golpe al sueño americano “made in Martin Scorsese”. Tal vez, el definitivo. Nadie, ni siquiera Orson Welles lo supo, conoce el momento preciso en el que ese famoso sueño americano deja de serlo para convertirse en pesadilla, en una espiral perversa y diabólica que te acaba devorando las entrañas. Un hombre decide de repente que sus ambiciones están por encima del bien común. Entonces sus ambiciones se convierten en codicia, pero como resulta que es más listo que los demás se vale de la codicia de los otros para avanzar en el casillero. Dinero llama a dinero y el vil metal termina siendo la droga más dura, con un poder más letal que el de todas las pastillas del mundo juntas que provoca que te olvides de lo que un día fueron tus principios.

Así, sobre la base de la codicia, la propia y la ajena, se han generado todas las crisis que ha habido desde que el mundo es mundo. Martin Scorsese explora en las causas y los efectos de ésta que nos toca sufrir en la actualidad. Ojo sin moralina ni juicios paralelos. Esa tarea corresponde al espectador finalmente. Jordan Belfort es un arquetipo demasiado reconocible, uno de tantos fulanos que han provocado la quiebra del sistema. Marty nos presenta su historia con el envoltorio de una gran farsa y una sátira (cualquier otro envoltorio hubiese resultado equivocado). Durante la película lo pasamos bien y nos reímos pero no se sabe muy bien de qué. Nos reímos con las mismas cosas que nos indignan cuando las leemos en los periódicos o las vemos en televisión. Scorsese, viejo zorro, se las apaña para hacernos creer que la cosa no va con nosotros. Y sí que va, y muy en serio además.

Es un juego demasiado perverso. Los gansters scorsesianos de antaño son más reales, porque somos nosotros las víctimas directas de sus chantajes. Es triste también pensar que todo este desaguisado tuviese su origen en una oficina perdida en medio de la nada poblada de semianalfabetos que no tenían ni idea de números ni de contabilidad. Toda una declaración de principios. La sensación incómoda que te queda después de ver la película se resume muy bien en esa escena que casi cierra el film con un pensativo Kyle Chandler volviendo a su casa en metro y que retrotrae a su vez a esa otra secuencia magnífica que se ha desarrollado minutos antes en el yate del personaje de DiCaprio.

Es un trabajo el de Scorsese al que se le pueden poner pocos peros. La película dura tres horas y no se te hace larga, porque si alguien sabe de ritmo en el cine actual esos no son otros que Marty y Thelma Schoonmaker. Aquí lo vuelven a marcar con esos tics ya marca de la casa como esa voz en off tan característica en las películas del director acompañando las elipsis. El exceso tiene su razón de ser en una película que busca dejarte al borde de la extenuación.

Finalmente sería injusto pasar por alto el capítulo interpretativo. Sorprende Jonah Hill apropiándose de registros de su época con Apatow para seguir madurando como actor. Pero ante quien realmente hay que descubrirse es ante Leonardo DiCaprio con un trabajo superlativo en el que se vacía física y emocionalmente. Genial la escena que empieza en un porche con unas escaleras y acaba en una cocina. Da mucha risa. Toda la película da mucha risa. Pero no tiene ni puta gracia.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Juan Solo
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8
5 de diciembre de 2015
82 de 108 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desde hace ya varias décadas, qué duda cabe, Steven Spielberg ocupa un lugar destacado en el Olimpo de los grandes de la Historia del Cine. Lo ocupa no solo por sus grandes películas y sus obras maestras, sino también por el papel que viene desempeñando en la industria desde casi los comienzos de su carrera, y la repercusión de la “marca Spielberg” a nivel popular. Asociado ya para los restos al epíteto de Rey Midas de Hollywood, un título del que habrá que ir pensando en destituirle un día de estos (desde hace cuánto hace que no tiene un pelotazo en la taquilla; ni siquiera Tintín lo fue), Spielberg es un cineasta a redescubrir a partir de sus títulos más olvidados o menos reconocidos. Y sospecho que “El puente de los espías” lleva camino de convertirse en uno de ellos de aquí a nada.

Y es que una cosa hay que dejar clara: nadie rueda en el cine actual con la elegancia y la sobriedad con la que rueda Steven Spielberg sus películas. Luego ya podemos hablar de si son películas mejores o peores, podemos entrar a debatir sobre si es un tipo convencional, ñoño, patriotero o manipulador. Son pequeños matices que se quedan en nada cuando vemos esa elegancia y esa sobriedad con la que están enfocadas la práctica totalidad de sus trabajos. Eso que en parte le convierte en un director transgresor que, frente a muchos gurús del cine moderno, antepone la narración al artificio, la elegancia y sobriedad en unos tiempos en los que la elegancia y sobriedad son valores que cotizan claramente a la baja. “El puente de los espías” es una película sobre los años cincuenta que parece haber sido rodada en los años cincuenta; no hay más que ver la película para comprobar que lo que acabo de decir no tiene un pelo de peyorativo.

Spielberg nos coloca aquí ante la historia de un hombre normal – y quién mejor que Tom Hanks para encarnarlo- en medio de un conflicto que le supera y del que sólo quiere desembarazarse cuanto antes. Coger su abrigo y tomar la puerta porque echa de menos su hogar y su cama. No le quedará otra que apelar a sus propios principios e ideales, a su sentido individual de la justicia. Sus valores, los de la sociedad americana de la época que en este caso no podía hacer como los Marx que si no le gustaban tenían otros.El nuevo trabajo de Spielberg entronca muy bien con el anterior, “Lincoln”, en el que también se recalcaba esta idea. La historia frente a la Historia, el hombre frente a la Humanidad. No hay buenos ni malos en un mundo en el que somos simples peones en el gran tablero universal. En el fondo, importa poco sacrificar un peón por un alfil, valen casi lo mismo. Es lo que hay, ante esto no cabe manipulación alguna – en este sentido, el guión viene avalado por unos tipos tan poco sospechosos de manipuladores como los Coen-, a Spielberg sólo le interesa lo que tiene en la cabeza el personaje de Hanks, y con él toda una sociedad dominada por la histeria colectiva, lo que podamos interpretar nosotros a posteriori cincuenta años después se la trae al fresco.

Se ha dicho también que “El puente de los espías” es una película desapasionada, pero francamente, no concibo que se hable de desapasionamiento cuando Spielberg dibuja a sus personajes con tanto cariño. Rodeado de la mayoría de sus habituales y con la acertada incorporación de Thomas Newman sustituyendo al eterno John Williams al frente de la banda sonora,, Spielberg vuelve, digan lo que digan, a dar muestras de su clase, se reafirma como el gran clásico de nuestro tiempo, y nos regala un trabajo incontestable. Otro más.
Juan Solo
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9
15 de octubre de 2015
47 de 49 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ya le he oído a más de uno decir que el Oso de Oro conseguido por “Taxi Teherán” en la última edición de la Berlinale fue un premio político. Negando la mayor, añadiré que en el fondo qué premio no lo es. Hay quienes, no obstante, insinúan o declaran abiertamente que los críticos y jurados de los festivales observan con cierta condescendencia los últimos films del realizador iraní condicionados por la lamentable situación que atraviesa este en la actualidad. Hace ya un lustro que las autoridades persas arrestaron al director de “El círculo” y le condenaron a pasarse las siguientes dos décadas de su vida sin poder ejercer su oficio, además de no poder salir del país en todo ese tiempo ni poder conceder entrevistas a los medios extranjeros.

En los cinco años que han transcurrido desde su detención, Panahi ha tenido tiempo de añadir tres títulos más a su filmografía. Ni que decir tiene que ha tenido que hacer auténticos malabares no sólo para rodarlos sino también para distribuirlos – dicen que la copia de “Esto no es una película” llegó a Cannes 2011 en un pen drive camuflado en el interior de una tarta. Panahi sigue burlando a sus carceleros a base de ingenio y de talento. Los tres trabajos realizados durante su época de cautiverio son tres ejemplos de cine de resistencia en unos tiempos en los que uno creía que eso ya no se llevaba. Tres ejercicios de estilo que se revelan como una metáfora de la situación que vive en estos momentos su autor, pero que en ningún caso merecen una mirada condescendiente. Se podría hablar de condescendencia si estos trabajos fuesen un muermo total o tuviesen un nulo valor cinematográfico. No es el caso.

En el caso de “Taxi Teherán”, la metáfora es más explícita que nunca. Un taxi, habitáculo cerrado y pequeño con el que además el discípulo rinde homenaje al maestro Kiarostami y a su película “Ten” (2002) que utilizaba el mismo recurso. Una cámara oculta en el salpicadero que no puede salir del vehículo subrayando la incapacidad del cineasta por seguir contando historias con libertad. Se diría que subrayando su necesidad. Las calles por las que pasa el taxi y pasa la vida. Los clientes, cada uno con su cada cual, hablando de lo divino y de lo humano. Y Panahi, al volante, escuchando a todos pacientemente, con esa medio sonrisilla permanente de tipo bonachón con el que te irías bien a gusto una noche de copas por Teherán. Su obsesión por contar parece no tener límites ni conocer cortapisas. Nadie como Panahi para explicarnos aquello de que el cine es una mentira que sirve para contar la verdad, y de que el cine, como la poesía, puede ser un arma cargada de futuro. Ya le han robado más de una vez la cámara, y siempre se las ha ingeniado para volver. Seguro que seguirá intentándolo. Resistir es rodar, rodar es resistir. No te rindas, compañero.
Juan Solo
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10
13 de junio de 2005
46 de 47 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta película vendría a cerrar una trilogía sobre el conflicto terrorista en Irlanda del Norte que el tándem compuesto por el guionista Terry George y el realizador Jim Sheridan comenzaran unos años antes con " En el nombre del padre" y continuaran posteriormente con "Some mother´s son" - traducida en España de un modo absurdo y oportunista como "En el nombre del hijo".
A pesar de seguir abordando el conflicto norirlandés, " The boxer " se desmarca de sus dos predecesoras al ofrecer una lectura mucho más universal. Sheridan no renuncia como es lógico al transfondo político de la historia -abre y cierra el film con sendas panorámicas aéreas, subrayando el carácter religioso del conflicto- pero en esta ocasión se centra más en el dilema moral del protagonista. Siguiendo los pasos de su compatriota y maestro John Ford, el director nos cuenta la historia de redención de ese hombre que intenta hacer frente a su pasado tras 14 años en presidio. A diferencia de las películas que abrían la trilogía, mucho más politizadas y en las que se asumían todos los puntos de vista de las diferentes partes en litigio, esta película adopta una postura abiertamente pacifista representada en el personaje que decide reiniciar su vida al lado de la mujer que ama. La imagen del boxeo como un tipo de lucha sometida a unas reglas frente a la irracionalidad de la violencia armada contribuye a remarcar el carácter pacifista del film. Daniel Day Lewis, estupendo en el mejor papel de su carrera. Obra maestra.
Juan Solo
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2
27 de septiembre de 2013
52 de 68 usuarios han encontrado esta crítica útil
Parece mentira que hasta el momento a nadie se le hubiese ocurrido esto. Lo de recurrir a la victoria española en el campeonato mundial de fútbol de Sudafrica como fondo, mcguffin o excusa para una película, digo. La anécdota era lo suficientemente jugosa y ofrecía muchas posibilidades para hacer cine y de paso radiografiar una sociedad y un pueblo, el español, quijote y cainita como pocos.

La cosa prometía y ofrecía ciertos visos de garantía en manos de un director que como Sánchez Arévalo había dado en el pasado sobradas muestras de eficacia. Lamentablemente en mi opinión las expectativas no se han cumplido.

Cursi a ratos, solemne cuando quizá no deba, afectada siempre. Da la impresión de que todo está desaprovechado en esta película que como digo daba a priori para mucho más. Situaciones ridículas, diálogos que parecen haber sido escritos por alumnos de la ESO (¿de verdad es necesario caer tan bajo para reflejar la inmadurez de los personajes?) Con todo, lo más grave en una obra coral y berlanguiana como ésta es el desperdicio de un reparto en el que hasta el grandísimo De la Torre parece estar en offside. Veronica Echegui se empeña en acercarse demasiado a los registros de Penélope Cruz, ignorando tal vez que cuando se lo propone le da ciento y raya a la de Alcobendas. Sólo la ternura que es capaz de imprimir a su personaje Roberto Alamo salva los muebles. Y lo que es definitivamente de escándalo es desperdiciar un talento y una vis cómica como la de Raúl Arévalo. Su cameo es tan breve que resulta difícil determinar si lo suyo ha sido o no un homenaje a “El guateque” de Blake Edwards.

Sinceramente, Dani, creo que estás capacitado para mucho más que esto. Lamento haber sido en esta ocasión “negatifo” en vez de “positifo”. A la próxima, te quedas en el banquillo.
Juan Solo
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