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Polonia Polonia · Terrassa
Críticas de Taylor
Ordenadas por:
701 críticas
6
5 de mayo de 2008
280 de 394 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todo cinéfilo que se precie debe ver sí o sí films como “A bout de soufflé”. Otra cosa es que, sugestionados por el enorme impacto que en su momento provocó la peli de Godard en particular y la “nouvelle vague” en general, debamos mear bechamel sí o sí ante la mayor chapuza narrativa que ha dado el cine europeo. Seamos serios. Godard era un gamberrete, uno de esos petulantes e iluminados niños de papá que creyeron que dinamitando la sintaxis cinematográfica iba a convertirse en el Picasso del séptimo arte. Afortunadamente, el lenguaje cinematográfico volvió a su cauce y los desvarios anarquistas, nihilistas y antiburgueses de Jean-Luc quedaron como lo que son hoy en día: estrambóticos experimentos que solo salen a la luz cuando, de vez en cuando, algún ‘gafapasta’ con cuatro clases a sus espaldas flipa en colores hablándote de falsos raccords, saltos de eje, asincronías y demás espasmos visuales.

Le adjudico seis estrellitas porque Jean Paul Belmondo (impagable chico Martini) y Jean Seberg (bellísima) forman un pareja excelente y porque, como experimento, la cogorza de Godard fue original e innovadora en su época e iluminó a futuras generaciones de cineastas que, gracias a Dios, supieron emplear muchos de estos recursos gramaticales con mayor cordura y mesura.
Taylor
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7
9 de enero de 2009
223 de 293 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sé de sobras que “Titanic” no es, precisamente, la octava maravilla del séptimo arte... pero tampoco creo que sea tan deplorable como algunos lumbreras pretenden hacernos creer...

Sé de sobras que ganar 11 oscars no garantiza que la obra premiada sea un peliculón del quince... pero tampoco creo que acaparar estatuillas constituya ningún delito cinéfilo...

Sé de sobras que invertir casi 250 millones de dolares en una peli no la convierte automáticamente en una obra maestra... pero tampoco creo que la pasta contamine todo aquello que toque...

Sé de sobras que el marketing y los taquillazos no suelen ir forzosamente unidos a films de valor incalculable... pero tampoco creo que el clamor popular sea sinónimo de truño infumable...

Sé de sobras que Leonardo Di Caprio no será nunca Humphrey Bogart ni Kate Winslet, Ingrid Bergman... pero tampoco creo que lo hagan peor que Pepa y Avelino...

Y es que... ¡qué coño!, me encanta “Titanic”. Una de las historias de amor más apasionantes y espectaculares de la historia del cine. Un auténtico monumento al proletariado cinéfilo. Entre el que me incluyo, claro. Una superproducción vibrante, romántica, dramática, amena, cómoda, disfrutable...

Una de las pelis preferidas de Cristina. Mi mujer. Mi compañera. Mi amiga. La madre de Aina.

Tal vez por eso no me cansaría nunca de verla a su lado. Agarrándola de la mano. Sometiéndome a su belleza. Mimándola. Contagiándome de su coraje, de su generosidad, de su enorme capacidad de sacrificio. Porque Cris es mi roca, mi bastión, mi refugio... Mi razón de ser.

Por fin me he dado cuenta.

Los amores titánicos existen.
Taylor
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9
28 de mayo de 2007
280 de 411 usuarios han encontrado esta crítica útil
Podría haber sido otra película pero incuestionablemente "El buscavidas" me viene como anillo al dedo para poner en práctica un personalísimo experimento cinéfilo.

Yo, TAYLOR_1968, como usuario de FilmAffinity y responsable de esta iniciativa, declino cualquier acusación o querella derivada del seguimiento incorrecto e imprudente de las instrucciones a continuación explicitadas y remito a quien pueda sentirse ofendido, vilipendiado o menospreciado a ejercer su soberano derecho a pulsar el botón del NO. A continuación, todo el que en pleno uso de sus facultades mentales quiera prestarse a participar -sin interés económico de ninguna índole, lógicamente- a esta humilde prueba empírica, lea y siga con atención y detenimiento las siguientes instrucciones:

1.- Acomódese en su sillón o butaca favorita.

2.- Introduzca en su aparato reproductor de DVD la película "El buscavidas" de Robert Rossen.

3.- Arroje con fuerza, lo más lejos posible, sus gafas de pasta. No las necesitará.

4.- Si ud. es fumador o bebedor de whisky, provéase de uno o ámbos elementos.

5.- Inspire profundamente y déle al botón del PLAY de su aparato reproductor de DVD. Dispóngase a ver una Obra Maestra.

6.- Recréese en la oscarizada y exquisita fotografía en B/N de Eugene Shuftan.

7.- Disfrute de la banda sonora. Aprecie esos clamorosos silencios que nos ofrece la película. Escuche el suave rumor de la bola rodando por el tapete del billar.

8.- Deléitese ante las memorables interpretaciones de sus 4 protagonistas, en especial de Paul Newman y George C. Scott.

9.- Paladee todos y cada uno de los diálogos. Empápese de su esencia, de su filosofía.

10.- Si después de haber seguido a pies juntillas los pasos anteriores ud. no ha disfrutado como un camello ante este rotundo, brutal y apabullante ejercicio de CINE, descarte cualquier posibilidad de llegar algún día a adquirir el preciado status de cinéfilo. No tiene ud. remedio, es un caso perdido. Dedíquese al macramé, la repostería o la papiroflexia.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Taylor
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9
19 de diciembre de 2009
186 de 230 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Verás, el mundo se divide en dos categorías…” decía El rubio en “El bueno, el feo y el malo”. Pues bien, si me lo permitís voy a parafrasearle. Solo un poquito.

Veréis, FA se divide en dos categorías: los que aman “Centauros del desierto” y los que no. Los que le adjudican esas merecidas 8, 9 o 10 estrellas y los que la castigan con 5, 6 o 7. De los que la catean prefiero no hablar. Sería desagradable.

Yo soy, como habréis adivinado, de los que la veneran. No porque sea mi western preferido ni porque la considere perfecta, porque no lo es. La venero, sencillamente, porque jamás había visto a un cineasta sacarle tanto partido a un personaje. Un personaje, el de Ethan Edwards, que podrá gustar poco o nada, pero que sintetiza -en cualquier caso- la personalidad más compleja jamás observada en un icono del western. Y solo por eso vale la pena ver “Centauros del desierto” las veces que sea necesario.

Todo lo demás, a mi juicio, es secundario. Tanto lo bueno como lo malo. La rapidez de los caballos, la tonalidad del río, la puntería de los indios, las incongruencias geográficas o cronológicas… todo eso ni me molesta, ni me disgusta. Me parece poco relevante, vaya. Tan poco relevante como la fotografía, la extraordinaria selección de planos, el montaje o cualquier aspecto que tenga que ver con la narrativa clásica de Ford. Y digo que no me parece relevante porque en un maestro como Ford todo eso y más se da por hecho.

Lo que sí me parece extraordinariamente relevante, excelso y sublime es -como ya he dicho antes- la inconmensurable hondura psicológica con la que Ford modela a su protagonista. Un tipo solitario, hosco, desagradable, intolerante, obstinado, racista y cruel. Un tipo con el que resulta imposible empatizar pero por el cual uno no puede evitar sentirse fatalmente atraído. Porque por mucho que podamos llegar a deducir a través de sus propias reacciones o a través de las sutiles y metafóricas imágenes de Ford, Ethan Edwards es una persona que alberga un oscuro pasado. Un pasado que le impide adaptarse o integrarse a ningún tipo de ámbito social o familiar y que le obliga a vivir tan errante como los indios a los que odia y que no son más que el reflejo de la repugnancia que siente hacia sí mismo.

En fin, que cada cual es muy libre de extrapolar la inevitable animadversión que suscita Ethan Edwards a la peli en sí pero creo, sinceramente, que establecer este tipo de paralelismos constituye un tremendo error. Pero bueno, tampoco pretendo convencer a nadie. Ni tan solo pretendo buscarle justificaciones a la peli porque, francamente, no las necesita. Solo quería dejar bien claro que Taylor pertenece a la categoría de los que aman esta peli. Y ese es un privilegio que nada ni nadie me podrá arrebatar. Amén.
Taylor
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6
5 de enero de 2008
188 de 235 usuarios han encontrado esta crítica útil
Wenders se empeña en ser más papista que el Papa exhibiendo una vez más el catálogo iconográfico oficial de la América profunda: rectilíneas carreteras sin fin, solitarias estaciones de servicio, moteles sórdidos y, como no, el polvoriento Mohave. Todo ello impecablemente solapado a una banda sonora que acentúa a la perfección la tremenda carga melancólica de sus imágenes, dicho sea de paso, filmadas con meticuloso empaque.

El germano me engatusó, para que vamos a negarlo, merced a su innegable sensibilidad estética, pero al final el metraje acaba por pasarle factura. Me explico. La peli arranca bien. Enérgicamente. La aparición de un enigmático personaje deambulando en pleno desierto bajo un sol abrasador plantea cierta intriga inicial. Cuando descubrimos que ese pintoresco individuo ataviado con gorra de béisbol roja y traje andrajoso anda desaparecido desde hace cuatro años, nuestro interés aumenta. Su estado pseudocatatónico lo intensifica considerablemente. Sin embargo, a medida que el amnésico Travis (Harry Dean Stanton) va recuperando la memoria y empieza a comportarse como una persona normal, nuestro estímulo decrece paralelamente. Sabemos que tiene un hijo de siete años (Hunter), fruto de su relación con Jane (una bellísima Nastassja Kinski), truncada abruptamente por causa desconocida. Carecemos de indicios y la intriga inicial empieza a tambalearse. Travis y Hunter inician un viaje en búsqueda de Jane, el vértice perdido de ese triangulo familiar desestructurado. Tal vez resulte imposible recomponer esa Sagrada Familia, pero Hunter tiene derecho a conocer a mamá Jane. Y ahí es donde Wenders arrancó mis primeros bostezos, estirando el chicle en demasía. La síntesis narrativa no es su fuerte y en ese punto el chicle pierde elasticidad, se torna fláccido y la peli revela disfunción eréctil. Total, que esos 40 minutos de más le pesan como una losa a “Paris, Texas”, restándole agilidad, contundencia y brillantez .

Afortunadamente, la secuencia de la conversación (monólogo casi) entre Travis y Jane en la cabina del Peep-show remontó mi líbido cinéfila satisfaciéndome plenamente en el rush final. Sin lugar a dudas, uno de los diálogos más bellos, francos y profundos del cine de los ochenta.
Taylor
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