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Críticas de Anibal Ricci
Ordenadas por:
233 críticas
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10
3 de febrero de 2017
50 de 59 usuarios han encontrado esta crítica útil
El encuadre fijo, en silencio, muestra a un chico de dieciséis años (Patrick) observando tres retratos, los rostros no aparecen y Patrick empatiza con el dolor de su tío (Lee Chandler). «No puedo superarlo», le confidenciará, simplemente a Chandler no le queda fuelle para afrontar la vida.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Anibal Ricci
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10
14 de febrero de 2017
41 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
Western extemporáneo, cine negro o crítica social, es difícil catalogar este guion que marcha a la perfección al ritmo tejano, sin apuros de ninguna especie, como si la vida diera lo mismo afrontarla de cualquier manera. Dos hermanos se reúnen luego de varios años con el objeto de ejecutar un minucioso plan. El mayor (Tanner) viene saliendo de la cárcel, hombre de pocas luces que siente predilección por las armas. En pocos días asaltaran varias sucursales de un determinado banco para cubrir la hipoteca que pesa sobre el rancho de su madre que acaba de morir.

Los encuadres potencian la narración, las elipsis refuerzan el sello poético de la cinta, al tiempo que Nick Cave y Warren Ellis nos deleitan con una banda sonora inspirada.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Anibal Ricci
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8
15 de julio de 2013
72 de 105 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mazinger Z, anime creado en 1972 por Kishioshi Nagai, daba su nombre a un personaje de ficción, que para los nacidos hacia fines de los años 60 y comienzos de los 70, sería nada menos que el primer robot gigante tripulado. Koji Kabuto era quien piloteaba el planeador, pequeña nave que plegaba sus turbinas y se asentaba en la cabeza de Mazinger Z. El proceso de activación del robot concluía satisfactoriamente solo cuando se encendían los ojos del robot.

Koji Kabuto representaba el poder infinito que desplegamos cuando somos niños. Seres pequeños queriendo ser grandes como los adultos. Amparados en nuestra imaginación, debíamos ser más colosales, para resolver cualquier problema, no solo los familiares, sino aquellos que salvarían a la humanidad.

Por esa época, nuestra televisión estaba poblada de seres monumentales: Ultraman, Ultraseven y Robot Gigante. Todos ellos peleaban contra monstruos enormes que, para los japoneses, representaban mutaciones genéticas, que habrían surgido luego de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Esta cruza de imaginación nos invadió justo en aquella etapa, antes de que despertara nuestro interés por el sexo opuesto, y donde nuestras máquinas eran las bicicletas. Salíamos a pedalear por las plazas, emulando a nuestros héroes y de verdad nos creíamos gigantes.

“Pacific Rim” interpreta a la perfección el sentimiento de esa época. Recordemos que en Chile, los nacidos en esos años, no entendíamos lo que significaba Unidad Popular ni el Golpe de Estado de 1973. Éramos demasiado pequeños, y quizás el gobierno militar solo dejaba que los inofensivos personajes de ficción ocuparan nuestras mentes.

El enemigo perfectamente podría haber sido el Abismo, este portal interdimensional con que Guillermo del Toro inicia la interpretación de esa época. Todo era maniqueísta. Por un lado teníamos a los malos, los Kaijus, que provenían del mundo extraterrestre. Y en este otro lado, estábamos nosotros, los Jaegers, que serían los encargados de impedir la colonización de los clones.

Como se habrán dado cuenta, hay una enorme hibridación tomada de otras películas, donde podríamos incluso hacer un paralelo con los Jedis y su contraparte del lado oscuro. Ahí está también, en tono más reciente, “Independence Day” (1996) de Roland Emmerich, cuando el Abismo debe leer el ADN del cadáver de Kaiju, que nuestros héroes utilizan como llave para ingresar al mundo invasor. Hasta aquí comparaciones positivas, aunque sin duda, Guillermo del Toro va más allá y crea un mundo propio. El detallismo por el funcionamiento de las máquinas nos lleva a revivir la niñez, esas luchas de primer plano entre el bien y el mal.

Quizás el director equivocó el camino al incluir dentro de las secuencias un discurso patriotero del general Stacker Pentecost, un muy buen personaje, cuya arenga tiende un puente a productos cinematográficos de segundo orden (específicamente las películas de Michael Bay: Armageddon, Transformers, y otras peores).

Justamente el personaje del general es el nexo entre el héroe venido a menos (Raleigh Becket) y Mako (la novata a quien el general rescató de los Kaijus cuando era niña). Las mentes de nuestros héroes se fusionan en el enlace neuronal, mezclando habilidades para la lucha con recuerdos que pondrán al ser humano como pieza fundamental de esta película.

Es realmente destacable el manejo tecnológico y la madurez emocional que deben tener los combatientes, que supera con creces a esa policía o escuadrones que acompañaban a Ultraman o Ultraseven, que no eran más que un adorno, incapaces de afrontar la potencia destructiva de los monstruos del espacio. Si hilamos fino, la película muestra el equilibrio que debe existir entre el ser humano y la tecnología para no perder el control de las cosas realmente importantes. Justamente Becket le dice a Mako: “No te pierdas en la memoria… solo es un recuerdo… nada de esto es real”.

Hay momentos para el sacrificio kamikaze del general, y también para que los protagonistas escapen en una cápsula al final.

Notable el tratamiento del romance, que no aparece, e incluso la sexualidad y la armadura de Mako es infantil, algo así como las tetas de Afrodita A, lanzando sus proyectiles a las creaciones del Dr. Hell.

La película es una matiné para disfrutar desde el comienzo hasta el fin. “El Abismo está sellado… detengan el reloj”.
Anibal Ricci
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7
19 de diciembre de 2015
33 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película que trabaja en dos niveles, la del escritor Herman Melville buscando la historia que lo redima de su vocación, y por otro lado, los hechos verdaderos que inspiraron la novela "Moby Dick" (1851). Hay un paralelismo entre la epopeya de Melville y las dificultades que abordó el Essex, ballenero que en 1820 se embarcó en la empresa temeraria de cazar ballenas para obtener el aceite que permitiría iluminar las ciudades de Nueva Inglaterra. Es una empresa heroica, a la vez que un negocio ambicioso para los banqueros. Recuerda al periplo de Ulises para volver a Ítaca, pero a la película le falta corazón (no reivindica al título) a pesar de ofrecernos imágenes bellísimas y un sonido y banda sonora sobresalientes. Es un relato de sobrevivencia y regreso aciago, al contrario del regreso triunfal del "Apollo 13" (1995) del propio Ron Howard. Si a esta última le sobraba tensión, esta nueva incursión resulta algo previsible y quizás demasiado formal en su puesta en escena. Se nos viene a la mente la fabulosa "Capitán de Mar y Guerra" (2003) de Peter Weir, donde se lucen las actuaciones y el ritmo narrativo a diferencia de lo que ocurre con esta cinta. El elenco es apropiado, pero Howard (esta vez) no logra el lucimiento de los actores. Los efectos visuales son increíbles y, junto al lenguaje náutico, nos sitúan como espectadores privilegiados de una empresa que desde un comienzo estuvo destinada al fracaso. La rivalidad entre los dos protagonistas, el primer oficial y el capitán, de distinta cuna, se desdibuja tan rápido que contribuye a emparentar la película a otras muchas de naufragios.
Anibal Ricci
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10
14 de noviembre de 2016
70 de 112 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los espacios entre palabras son infinitos, es lo que intenta explicarles la doctora Louise Banks (Amy Adams nos emociona) a unos militares apostados en Montana, en las inmediaciones de una de las doce naves que se han posado sobre la tierra. El lenguaje permite interpretar la realidad, expande nuestro mundo, pero también puede limitarlo. Banks es una experta lingüista que entiende las modulaciones idiomáticas e intenta entender el lenguaje alienígena para descubrir cuál es el propósito de los extraterrestres en su venida a la tierra. Apenas surge el concepto de «arma» los militares se asustan e intentarán atacar a las naves de otros puntos del planeta. Las escenas son limpias, higiénicas a la manera de Kubrick, con planos muy bellos intercalados por lo que parecen recuerdos, estableciendo un puente entre el lenguaje y las emociones, la manera de interpretarlas, pero el director es ambicioso, introduce el concepto del tiempo como una dimensión no bien explorada por nuestra mente, una cuarta dimensión si se quiere, tal como visionó Christopher Nolan en Interstellar (2014), donde «Ellos» construían una representación tridimensional de otras dimensiones no apreciadas por nosotros los humanos y en donde el piloto Cooper podía establecer un puente temporal con su hija, esto es, el tiempo presente y el futuro podían ser experimentados al mismo tiempo. La película de Denis Villeneuve agrega un nuevo enfoque para percibir el tiempo: la clave es el lenguaje. La palabra que confunden en un principio con «arma» significa en realidad «regalo», un lenguaje más avanzado proveniente de una civilización más evolucionada cuyo conocimiento permite una mejor comprensión del tiempo: pasado, presente y futuro pueden ser apreciados simultáneamente. Banks aprende a comunicarse con los seres del espacio, lo que conlleva comprender esta nueva concepción temporal y, por ende, los recuerdos intercalados por el director son la percepción de algo que sucederá en el futuro, el tiempo es uno, no importa la correlación lineal, la conversación que la doctora aún no ha sostenido con el líder chino ya ha transcurrido al adoptar este «regalo» de los extraterrestres. Obviamente la toma de decisiones de la doctora Banks se transforma en un ejercicio mucho más complejo, el nuevo lenguaje no sólo expande la comprensión de realidad sino también de las emociones que surgen a partir de esta nueva percepción. Guion, sonido y un montaje de artesano nos implican en una experiencia alucinante que expande nuestra consciencia como seres humanos.
Anibal Ricci
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