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19 de junio de 2011
19 de junio de 2011
8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Haz patria, mata un cura”. Yo vi esos panfletos con mis propios ojos. Increíbles pero ciertos. Ahora la patria se jacta de ser católica. Así cambia la historia.
“Romero” es un telefilm modesto pero correcto, y en algunas partes, hasta notable. Me da reparos su orientación edificante y religiosa. Natural: está producido por la Paulist Pictures, una productora eclesiástica, para un público incondicionalmente religioso. Lo que explica, a propósito, el evidente esfuerzo de desligar en el film la vida de Romero de posturas sospechosas para la ortodoxia católica: el marxismo y la teología de la liberación.
Pero que sea edificante y religioso no significa que estemos ante un film autocomplaciente ni fanático. No lo estamos porque “Romero” plantea un innegable conflicto dramático. Un conflicto que no es tan sólo el del Arzobispo Romero frente a la autoridad militar y a las injusticias sociales. La trama central se articula en una historia de conversión personal: el conflicto interior de Romero consigo mismo, con sus propios miedos, su aparente debilidad, sus convicciones religiosas, sus privilegios sociales; en suma, con sus profundos y propios pecados.
John Duigan pone en escena esa conversión, por ejemplo, con el recurso del vestuario. Romero al principio: blanco como una paloma. Inocente a costa de ser voluntariamente ciego frente a la situación social de El Salvador y a las tendencias radicalizadas (de derecha e izquierda) en el seno de la iglesia. Luego, en hábito negro en medio de la parafernalia arzobispal. La actuación de Raúl Juliá, sin embargo, destaca en contrapunto la humildad del Arzobispo, quien se alegra por recibir unos zapatos de regalo. A lo largo del film, poco a poco sus distintivos de autoridad se pierden en el trato con la dura realidad salvadoreña (creedme: muy dura). En una intencionada escenificación de la pasión bíblica, los soldados le arrancan las ropas. La conversión es completa. Romero se ha liberado de las ataduras exteriores de una indecisa cúpula eclesial y se entrega en su desnudez a su misión evangélica.
Gracias a que se cuenta una historia sobre problemas universales como la injusticia, “Romero” permite ser vista con independencia de tener tal o cual postura religiosa o política. Incluso al más ateo y escéptico no les dejará indiferentes; precisamente porque se desarrolla en un lugar donde dios ha hecho gala de su ausencia, como el socorrido terremoto de Lisboa.
Personalmente, creo que es deseable prescindir de la religión para vivir. Sobretodo para orientar la política. Pero reconozco que vidas como la de Romero despiertan esperanza. Y eso sí es necesario para vivir.
Para el más cinéfilo, llamo la atención de que el actor que interpreta a Ribera y Damas (en la realidad, sucesor de Romero en el Arzobispado), es Martin LaSalle, el protagonista de la legendaria “Pickpocket” de Robert Bresson.
“Romero” es un telefilm modesto pero correcto, y en algunas partes, hasta notable. Me da reparos su orientación edificante y religiosa. Natural: está producido por la Paulist Pictures, una productora eclesiástica, para un público incondicionalmente religioso. Lo que explica, a propósito, el evidente esfuerzo de desligar en el film la vida de Romero de posturas sospechosas para la ortodoxia católica: el marxismo y la teología de la liberación.
Pero que sea edificante y religioso no significa que estemos ante un film autocomplaciente ni fanático. No lo estamos porque “Romero” plantea un innegable conflicto dramático. Un conflicto que no es tan sólo el del Arzobispo Romero frente a la autoridad militar y a las injusticias sociales. La trama central se articula en una historia de conversión personal: el conflicto interior de Romero consigo mismo, con sus propios miedos, su aparente debilidad, sus convicciones religiosas, sus privilegios sociales; en suma, con sus profundos y propios pecados.
John Duigan pone en escena esa conversión, por ejemplo, con el recurso del vestuario. Romero al principio: blanco como una paloma. Inocente a costa de ser voluntariamente ciego frente a la situación social de El Salvador y a las tendencias radicalizadas (de derecha e izquierda) en el seno de la iglesia. Luego, en hábito negro en medio de la parafernalia arzobispal. La actuación de Raúl Juliá, sin embargo, destaca en contrapunto la humildad del Arzobispo, quien se alegra por recibir unos zapatos de regalo. A lo largo del film, poco a poco sus distintivos de autoridad se pierden en el trato con la dura realidad salvadoreña (creedme: muy dura). En una intencionada escenificación de la pasión bíblica, los soldados le arrancan las ropas. La conversión es completa. Romero se ha liberado de las ataduras exteriores de una indecisa cúpula eclesial y se entrega en su desnudez a su misión evangélica.
Gracias a que se cuenta una historia sobre problemas universales como la injusticia, “Romero” permite ser vista con independencia de tener tal o cual postura religiosa o política. Incluso al más ateo y escéptico no les dejará indiferentes; precisamente porque se desarrolla en un lugar donde dios ha hecho gala de su ausencia, como el socorrido terremoto de Lisboa.
Personalmente, creo que es deseable prescindir de la religión para vivir. Sobretodo para orientar la política. Pero reconozco que vidas como la de Romero despiertan esperanza. Y eso sí es necesario para vivir.
Para el más cinéfilo, llamo la atención de que el actor que interpreta a Ribera y Damas (en la realidad, sucesor de Romero en el Arzobispado), es Martin LaSalle, el protagonista de la legendaria “Pickpocket” de Robert Bresson.
19 de febrero de 2011
19 de febrero de 2011
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
La primera película de terror china es también un homenaje a las películas de terror de la Universal. Multitud de escenas están inspiradas en clásicos como “Drácula”, “La marca del vampiro”, “El legado tenebroso” y, sobretodo, “Frankenstein” y su secuela (“La novia de Frankenstein”) -ver spoiler.
También asimiló del estudio hollywoodense algo de su estilo: el claroscuro y la ambientación gótica adaptada a un público chino (excelente presentación del celador de uñas largas). La película, sin embargo, es también una particular mezcla de géneros (el melodrama, el musical y la trama política). En cuanto al musical, los números musicales (llamados “chaqu”) están subtitulados en chino para que el público las cantase junto a las estrellas de la pantalla (algo parecido al karaoke), lo que era usual en otros melodramas chinos de la época como “Street Angel” (Mu-jih Yuan, 1937).
Otro cantar es la trama política. La historia está ambientada en Kaifeng (hay una referencia al "Incidente de Jingkang" en esa ciudad), ciudad de provincias, en los años 20, donde gobierna un “señor de la guerra” (una especie de cacique militar en una China desintegrada en zonas rivales) llamado Tang Jun, caracterizado para la ocasión como un villanesco gángster. Contra él pelea el “fantasma”, que presumo se identifica con los comunistas (los subtítulos en inglés y en español no concuerdan; otra posibilidad es que sea un nacionalista del Kuomintang). Pero su pertenencia comunista se puede deducir a partir de la retórica empleada en sus canciones y otras expresiones dispersas de distintos personajes (“opresión”, “liberación” y “pequeño propietario”, por ejemplo).
La película no es, sin embargo, propaganda pura y dura al estilo soviético. Siendo una mezcla de géneros, hay que reconocer que en este sentido el mensaje político está bien integrado con el argumento de una historia de terror. Asimismo, la trama política armoniza con la trama romántica, que encuentra su propia resolución en el film. Además, el mensaje político está disimulado en los números musicales y en el paralelismo que se establece con otra película de terror de la Universal, el del perseguido y catalogado socialmente como monstruo Frankenstein (ver spoiler).
Algo más debe decirse de esta curiosidad fílmica, y me temo que no es halagador. El estado de conservación de la cinta es deplorable, y aparte de eso el montaje de la banda sonora es rudimentario y malo (la música se interrumpe bruscamente, por ejemplo, cuando termina el plano o cuando los personajes hablan). Los actores no son buenos, pero a favor de ellos hay que decir que los personajes son de por sí planos y acartonados. A excepción, claro está, del personaje del “fantasma”, llamado Song Danping, y su intérprete, el actor Jin Shan, al que le basta la voz y la gesticulación (teatral pero adecuada) para caracterizar un personaje que está casi siempre cubierto de la cara (cuyo maquillaje también es acertado).
También asimiló del estudio hollywoodense algo de su estilo: el claroscuro y la ambientación gótica adaptada a un público chino (excelente presentación del celador de uñas largas). La película, sin embargo, es también una particular mezcla de géneros (el melodrama, el musical y la trama política). En cuanto al musical, los números musicales (llamados “chaqu”) están subtitulados en chino para que el público las cantase junto a las estrellas de la pantalla (algo parecido al karaoke), lo que era usual en otros melodramas chinos de la época como “Street Angel” (Mu-jih Yuan, 1937).
Otro cantar es la trama política. La historia está ambientada en Kaifeng (hay una referencia al "Incidente de Jingkang" en esa ciudad), ciudad de provincias, en los años 20, donde gobierna un “señor de la guerra” (una especie de cacique militar en una China desintegrada en zonas rivales) llamado Tang Jun, caracterizado para la ocasión como un villanesco gángster. Contra él pelea el “fantasma”, que presumo se identifica con los comunistas (los subtítulos en inglés y en español no concuerdan; otra posibilidad es que sea un nacionalista del Kuomintang). Pero su pertenencia comunista se puede deducir a partir de la retórica empleada en sus canciones y otras expresiones dispersas de distintos personajes (“opresión”, “liberación” y “pequeño propietario”, por ejemplo).
La película no es, sin embargo, propaganda pura y dura al estilo soviético. Siendo una mezcla de géneros, hay que reconocer que en este sentido el mensaje político está bien integrado con el argumento de una historia de terror. Asimismo, la trama política armoniza con la trama romántica, que encuentra su propia resolución en el film. Además, el mensaje político está disimulado en los números musicales y en el paralelismo que se establece con otra película de terror de la Universal, el del perseguido y catalogado socialmente como monstruo Frankenstein (ver spoiler).
Algo más debe decirse de esta curiosidad fílmica, y me temo que no es halagador. El estado de conservación de la cinta es deplorable, y aparte de eso el montaje de la banda sonora es rudimentario y malo (la música se interrumpe bruscamente, por ejemplo, cuando termina el plano o cuando los personajes hablan). Los actores no son buenos, pero a favor de ellos hay que decir que los personajes son de por sí planos y acartonados. A excepción, claro está, del personaje del “fantasma”, llamado Song Danping, y su intérprete, el actor Jin Shan, al que le basta la voz y la gesticulación (teatral pero adecuada) para caracterizar un personaje que está casi siempre cubierto de la cara (cuyo maquillaje también es acertado).
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Muchas secuencias son un guiño, sino un calco, a películas de la Universal: la presentación de Lu Xia (amante enajenada del Song Danping) en vestido blanco y escoltada por una vela recuerda al “vampiro” femenino de “La marca del vampiro” (Tod Browning, 1935). La llegada del grupo teatral a la inhóspita ciudad bajo la lluvia recuerda a la llegada de Jonathan Harker a la aldea transilvana (“Drácula”, Tod Browning, 1931). Y la exploración del ruinoso teatro en travelling recuerda a la entrada en la mansión de “El legado tenebroso” (Paul Leni, 1927).
El final de “Canción de medianoche” se parece mucho más al final de “Frankenstein” (James Whale, 1931) y no tanto al final de “El fantasma de la ópera” (Rupert Julian, 1925). En el final, el perseguido Song Danping se refugia en un edificio de acusada estructura vertical, un equivalente visual del molino de viento en el que Frankenstein se esconde. Y en claro paralelismo con la película de Whale, este edificio es incendiado por la muchedumbre.
Contribuye a esclarecer el paralelismo con "Frankenstein" el contexto político de “Canción de medianoche”: fue rodada a mediados de los 30 en la China gobernada por los nacionalistas del Kuomintang, acérrimos perseguidores de los comunistas. A esta luz se abre otra lectura adicional: Si Frankenstein fue el “monstruo” rechazado y perseguido por una sociedad intolerante, tal vez el fantasma de “Canción de medianoche” represente ese espíritu revolucionario desfigurado por la manía persecutoria del régimen nacionalista. Una aplicación del mito de Mary Shelley aplicada al contexto chino de los años 30.
“Canción a medianoche” sugiere también la naturaleza “sufriente” y “redentora” de dicho movimiento revolucionario chino, cuando a Song Danping lo atan a una vieja viga para azotarlo, imagen que recuerda al martirizado monstruo de “La novia de Frankenstein” (James Whale, 1935).
El final de “Canción de medianoche” se parece mucho más al final de “Frankenstein” (James Whale, 1931) y no tanto al final de “El fantasma de la ópera” (Rupert Julian, 1925). En el final, el perseguido Song Danping se refugia en un edificio de acusada estructura vertical, un equivalente visual del molino de viento en el que Frankenstein se esconde. Y en claro paralelismo con la película de Whale, este edificio es incendiado por la muchedumbre.
Contribuye a esclarecer el paralelismo con "Frankenstein" el contexto político de “Canción de medianoche”: fue rodada a mediados de los 30 en la China gobernada por los nacionalistas del Kuomintang, acérrimos perseguidores de los comunistas. A esta luz se abre otra lectura adicional: Si Frankenstein fue el “monstruo” rechazado y perseguido por una sociedad intolerante, tal vez el fantasma de “Canción de medianoche” represente ese espíritu revolucionario desfigurado por la manía persecutoria del régimen nacionalista. Una aplicación del mito de Mary Shelley aplicada al contexto chino de los años 30.
“Canción a medianoche” sugiere también la naturaleza “sufriente” y “redentora” de dicho movimiento revolucionario chino, cuando a Song Danping lo atan a una vieja viga para azotarlo, imagen que recuerda al martirizado monstruo de “La novia de Frankenstein” (James Whale, 1935).
7
27 de agosto de 2010
27 de agosto de 2010
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
El argumento. En un hospital, los doctores atienden a un hombre agonizante de identidad desconocida. En delirios, éste recuerda su historia. Se llama Prokop y es un científico. Ha ingeniado un explosivo potentísimo (el krakatit) del que se siente responsable por su capacidad de destrucción de la humanidad.
El contexto de la película. 1947. Hace dos años estalló la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Los comunistas llegarán al poder al año siguiente en Checoslovaquia. La Guerra Fría todavía no había empezado a cocerse, pero Vávra anticipa su devenir en toda su amplitud con esta obra, que injustamente es poco conocida desde entonces.
El estilo. Onírico; me atrevería a decir que surrealista. La oscuridad y la neblina están omnipresentes. Los personajes, turbios. Expresionista y pesadillesco al mejor estilo del film noir. La música de Jirí Srnka encaja perfectamente con el hiperbólico mundo que se nos manifiesta.
La dirección. Se agiganta, por ejemplo, en la secuencia inolvidable de las flores, en la que el tiempo se detiene. Una muestra de cómo Vávra expresa, tan sólo con recursos visuales, que todo ese mundo sale de las pesadillas de Prokop; o más bien de su sentimiento de culpabilidad.
El visionado. Difícil. Al principio se tiene la sensación de estar ante una historia convencional de intrigas que nos explique, de paso, la llegada de Prokop al hospital. Pero hacia la mitad se abandona la idea de seguir un hilo argumental. La transición de un episodio a otro no tiene más lógica que la de un sueño. No hay engaño. Desde el inicio, un letrero nos advierte de que “la acción tiene lugar en la fantasía de un sueño afiebrado”.
Pero a cambio, una recompensa. El discurso sobre el krakatit es lúcido y ofrece cierto hilo conductor en los desvaríos de Prokop. “Krakatit” anticipa la histórica carrera armamentista pronto a desatarse y que también, como en la realidad, se revelará absurda. Los autoengaños de Prokop de una pax romana recalca el engañoso discurso de ambos bandos durante la Guerra Fría. El diplomático D’Hemon (el Demonio vestido de cordero) tiene toda la sartén por el mango, como si Vávra sugiriera que el aparato diplomático es la continuación de la guerra por otros medios.
Un consejo al espectador. No espere una historia de intrigas. Es una película surrealista. Pero tampoco desespere: no es Buñuel ni Lynch. Hay un denso simbolismo que impregna todos los episodios y permite cierta interpretación global. El krakatit y las intrigas son detonantes, el resto constituye la expiación onírica de Prokop.
“Krakatit” es “El gabinete del Dr. Caligari” checoslovaco. Fruto de una sociedad que acaba de salir de una locura y está a punto de meterse en otra. En esos años de crisis en el país eslavo, Vávra expresa la incertidumbre ante el régimen entrante y nos advierte con lucidez (en la forma de una pesadilla excesiva) el sinsentido de la Guerra Fría.
Totalmente recomendable.
El contexto de la película. 1947. Hace dos años estalló la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Los comunistas llegarán al poder al año siguiente en Checoslovaquia. La Guerra Fría todavía no había empezado a cocerse, pero Vávra anticipa su devenir en toda su amplitud con esta obra, que injustamente es poco conocida desde entonces.
El estilo. Onírico; me atrevería a decir que surrealista. La oscuridad y la neblina están omnipresentes. Los personajes, turbios. Expresionista y pesadillesco al mejor estilo del film noir. La música de Jirí Srnka encaja perfectamente con el hiperbólico mundo que se nos manifiesta.
La dirección. Se agiganta, por ejemplo, en la secuencia inolvidable de las flores, en la que el tiempo se detiene. Una muestra de cómo Vávra expresa, tan sólo con recursos visuales, que todo ese mundo sale de las pesadillas de Prokop; o más bien de su sentimiento de culpabilidad.
El visionado. Difícil. Al principio se tiene la sensación de estar ante una historia convencional de intrigas que nos explique, de paso, la llegada de Prokop al hospital. Pero hacia la mitad se abandona la idea de seguir un hilo argumental. La transición de un episodio a otro no tiene más lógica que la de un sueño. No hay engaño. Desde el inicio, un letrero nos advierte de que “la acción tiene lugar en la fantasía de un sueño afiebrado”.
Pero a cambio, una recompensa. El discurso sobre el krakatit es lúcido y ofrece cierto hilo conductor en los desvaríos de Prokop. “Krakatit” anticipa la histórica carrera armamentista pronto a desatarse y que también, como en la realidad, se revelará absurda. Los autoengaños de Prokop de una pax romana recalca el engañoso discurso de ambos bandos durante la Guerra Fría. El diplomático D’Hemon (el Demonio vestido de cordero) tiene toda la sartén por el mango, como si Vávra sugiriera que el aparato diplomático es la continuación de la guerra por otros medios.
Un consejo al espectador. No espere una historia de intrigas. Es una película surrealista. Pero tampoco desespere: no es Buñuel ni Lynch. Hay un denso simbolismo que impregna todos los episodios y permite cierta interpretación global. El krakatit y las intrigas son detonantes, el resto constituye la expiación onírica de Prokop.
“Krakatit” es “El gabinete del Dr. Caligari” checoslovaco. Fruto de una sociedad que acaba de salir de una locura y está a punto de meterse en otra. En esos años de crisis en el país eslavo, Vávra expresa la incertidumbre ante el régimen entrante y nos advierte con lucidez (en la forma de una pesadilla excesiva) el sinsentido de la Guerra Fría.
Totalmente recomendable.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Imposible terminar sin spoiler después de ver una película con tanta amplitud de sentidos.
La carta que le entrega la Dama del velo a Prokop. Esta escena sucede luego de que Tomes “le robe” el secreto del krakatit a Prokop. La carta podría representar el detonante que pone a Prokop en movimiento en búsqueda de la fórmula robada. Como los McGuffin en las películas de Hitchcock (porque el contenido de la carta es irrelevante).
La Princesa. En una imagen, está sin rostro y representa la impersonalidad del Estado. En la misma imagen aparecen aunados “cama y trono”: la fría utilización del sexo como arma política.
El diplomático D’Hemon “tienta” a Prokop: le ofrece el poder sobre el mundo y sus ciudades. La referencia es el pasaje bíblico de las tres tentaciones de Jesús. En efecto, esta secuencia parece recapitular las vicisitudes de Prokop (una de ellas, la Princesa sin rostro) para destruir el krakatit.
Mis partes favoritas: el paraíso perdido de Tynice y la conversación final en la carreta. Hay que recordar que Prokop llega a Tynice en la mencionada carreta. Mi interpretación del final: da la impresión de que Prokop muere regresando a su paraíso perdido de la aldea de Tynice, donde abandonó un amor puro y virginal. El Viejo cartero parece personificar la muerte, que se compadece tiernamente de su sufrido protagonista.
La carta que le entrega la Dama del velo a Prokop. Esta escena sucede luego de que Tomes “le robe” el secreto del krakatit a Prokop. La carta podría representar el detonante que pone a Prokop en movimiento en búsqueda de la fórmula robada. Como los McGuffin en las películas de Hitchcock (porque el contenido de la carta es irrelevante).
La Princesa. En una imagen, está sin rostro y representa la impersonalidad del Estado. En la misma imagen aparecen aunados “cama y trono”: la fría utilización del sexo como arma política.
El diplomático D’Hemon “tienta” a Prokop: le ofrece el poder sobre el mundo y sus ciudades. La referencia es el pasaje bíblico de las tres tentaciones de Jesús. En efecto, esta secuencia parece recapitular las vicisitudes de Prokop (una de ellas, la Princesa sin rostro) para destruir el krakatit.
Mis partes favoritas: el paraíso perdido de Tynice y la conversación final en la carreta. Hay que recordar que Prokop llega a Tynice en la mencionada carreta. Mi interpretación del final: da la impresión de que Prokop muere regresando a su paraíso perdido de la aldea de Tynice, donde abandonó un amor puro y virginal. El Viejo cartero parece personificar la muerte, que se compadece tiernamente de su sufrido protagonista.
14 de febrero de 2011
14 de febrero de 2011
6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una frase del viejo Marco Aurelio sugiere lo que las sofisticadas herramientas informáticas de las modernas teorías psicológicas de la conducta no logran: averiguar el paradero e incluso la naturaleza más profunda de Buffalo Bill (Ted Levine).
De paso, en la misma escena, Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) ayuda a revelarnos la verdadera naturaleza de Clarice Starling (Jodie Foster). Su motivación para convertirse en agente del FBI arranca de una necesidad de recuperar la paz perdida de su infancia, cuando matan a su padre. Sólo después Hannibal nos la presenta retratada como lo que verdaderamente es: como una Virgen María que protege a un cordero, con el trasfondo terrible de la crucifixión.
No es esta una película en la que importe primordialmente la resolución de la investigación policial (spoiler). Importa mucho más la revelación de los móviles ocultos de sus personajes, de su naturaleza profunda, de su identidad real. “El silencio de los inocentes” es una obra magistral entre otras cosas porque revela la naturaleza profunda de dos enemigos a muerte (Buffalo Bill y Clarice) y porque escenifica su enfrentamiento final como si se tratara de un combate entre dos principios vitales. La mano anhelante de Buffalo, un ser que en el fondo se odia a sí mismo, que acaricia en la oscuridad la silueta de Clarice; y una tenaz Clarice que busca acallar el balido de los corderos, aunque resulte inútil.
De paso, en la misma escena, Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) ayuda a revelarnos la verdadera naturaleza de Clarice Starling (Jodie Foster). Su motivación para convertirse en agente del FBI arranca de una necesidad de recuperar la paz perdida de su infancia, cuando matan a su padre. Sólo después Hannibal nos la presenta retratada como lo que verdaderamente es: como una Virgen María que protege a un cordero, con el trasfondo terrible de la crucifixión.
No es esta una película en la que importe primordialmente la resolución de la investigación policial (spoiler). Importa mucho más la revelación de los móviles ocultos de sus personajes, de su naturaleza profunda, de su identidad real. “El silencio de los inocentes” es una obra magistral entre otras cosas porque revela la naturaleza profunda de dos enemigos a muerte (Buffalo Bill y Clarice) y porque escenifica su enfrentamiento final como si se tratara de un combate entre dos principios vitales. La mano anhelante de Buffalo, un ser que en el fondo se odia a sí mismo, que acaricia en la oscuridad la silueta de Clarice; y una tenaz Clarice que busca acallar el balido de los corderos, aunque resulte inútil.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El rescate de la hija de la senadora Martin en manos de Buffalo Bill.
29 de julio de 2010
29 de julio de 2010
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Historia de un soldado” es un “whodunit” (pronúnciese “ju-dónet”). Un whodunit -wikipedia- es una trama centrada en la investigación de un crimen por parte de un detective, quien responde al final a la pregunta de “¿quién lo hizo?” (who done it?). No conviene que aquí haya profundidad psicológica de los personajes; por ello “Historia de un soldado” juega con personajes acartonados (el negro bonachón, el racista bobalicón, etc.), diseñados según tópicos convencionales, porque en el whodunit están puestos exclusivamente al servicio de la trama detectivesca. Por ejemplo, el papel del capitán Davenport (Howard Rollins Jr.), el “detective”, se limita a resolver el crimen. Aunque ser negro sea un obstáculo, el film no se desvía hacia ello en beneficio de la investigación.
Sin embargo, Jewison juega con la estructura y tópicos del whodunit para que su film sea algo más que una mera investigación. Y es que el tema obliga: un crimen de tintes racistas. El esfuerzo institucional de encubrirlo hace que Davenport represente otra cosa que su papel de detective: Davenport simboliza la conciencia crítica de los principios ilustrados de justicia e igualdad en una institución que aún se niega a aplicarlos en sus propios cuarteles, y que sólo los proclama como justificación ideológica de una guerra distante contra la Alemania Nazi. Esa cualidad lo asemeja más que a un Sherlock al carabinieri Bellodi de “El día de la lechuza”, la novela de Sciascia sobre la mafia siciliana. Ya no es un personaje plano: se hace arquetipo, un “héroe”.
Sin embargo, Jewison juega con la estructura y tópicos del whodunit para que su film sea algo más que una mera investigación. Y es que el tema obliga: un crimen de tintes racistas. El esfuerzo institucional de encubrirlo hace que Davenport represente otra cosa que su papel de detective: Davenport simboliza la conciencia crítica de los principios ilustrados de justicia e igualdad en una institución que aún se niega a aplicarlos en sus propios cuarteles, y que sólo los proclama como justificación ideológica de una guerra distante contra la Alemania Nazi. Esa cualidad lo asemeja más que a un Sherlock al carabinieri Bellodi de “El día de la lechuza”, la novela de Sciascia sobre la mafia siciliana. Ya no es un personaje plano: se hace arquetipo, un “héroe”.

Denzel Washington & Adolph Caesar
Otro punto donde Jewison trasciende el whodunit hacia la crítica social es el tratamiento que da al Ejército, símbolo de las instituciones americanas. Este no deja pelear a los negros en la guerra por ser negros. Cuando los dejan pelear y los negros celebran, la alegría es contagiosa porque parece que las cosas cambian para bien en Estados Unidos. En realidad, tras la celebración parece esconderse el miedo del Alto Mando de que estallen las tensiones raciales del Fuerte de Alabama. Mandarlos a Europa para pelear contra Hitler es una válvula de escape del segregacionismo institucional americano. Porque el Ejército de Alabama está más interesado en encubrir el crimen de indicios racistas (niega interrogar oficiales blancos) que en luchar contra la instauración del racismo nazi en Europa.
Otro ejemplo es el interés que muestran los oficiales blancos por los soldados negros: exclusivamente como peones deportivos a sueldo de soldado. Los oficiales blancos capitalizan así el mencionado orgullo negro de la victoria de Joe Louis (campeón negro de boxeo) contra Max Schmeling (el campeón nazi). Se interpreta el gesto de los soldados de perder el último partido de pelota como una rebeldía implícitamente racial contra el Ejército.
Otro ejemplo es el interés que muestran los oficiales blancos por los soldados negros: exclusivamente como peones deportivos a sueldo de soldado. Los oficiales blancos capitalizan así el mencionado orgullo negro de la victoria de Joe Louis (campeón negro de boxeo) contra Max Schmeling (el campeón nazi). Se interpreta el gesto de los soldados de perder el último partido de pelota como una rebeldía implícitamente racial contra el Ejército.
Aunque parezca inofensiva por su apariencia de whodunit, “Historia de un soldado” pone el dedo en la llaga del segregacionismo en la América antinazi.
Sobre el final, ver spoiler.
Sobre el final, ver spoiler.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Sólo queda por añadir el asombroso papel que tiene la víctima, el sargento Waters, interpretado por un inolvidable Adolph Caesar. También hace que el film trascienda el whodunit:
1. La víctima es también el villano de la película, uno de los mejores que he visto en el cine, que no se enfrenta al “héroe”, el detective Davenport. El capitán Davenport tiene su propio antagonista. Curiosamente no es el asesino, sino el cuerpo de oficiales del Fuerte de Alabama.
2. Frente a los demás personajes de la película y del whodunit en general, Waters ostenta una psicología profunda, contradictoria y desgarrada. Su presentación mediante flashbacks –al margen de la investigación argumental del whodunit– no sólo brinda pistas que apunten al culpable, sino que componen los trazos psicológicos cada vez más oscuros de su alma (un recurso que, con el mismo fin narrativo, también aparecerá en otro desmitificador film racial también de apariencia detectivesca, “Lone Star” -John Sayles, 1996). Su tormento es psicológico y contradictorio. Waters se odia a sí mismo por ser negro. Y a todo negro por serlo. Waters es un asesino de negros en nombre de una raza negra empalidecida, asimilada a las costumbres y maneras de los blancos.
1. La víctima es también el villano de la película, uno de los mejores que he visto en el cine, que no se enfrenta al “héroe”, el detective Davenport. El capitán Davenport tiene su propio antagonista. Curiosamente no es el asesino, sino el cuerpo de oficiales del Fuerte de Alabama.
2. Frente a los demás personajes de la película y del whodunit en general, Waters ostenta una psicología profunda, contradictoria y desgarrada. Su presentación mediante flashbacks –al margen de la investigación argumental del whodunit– no sólo brinda pistas que apunten al culpable, sino que componen los trazos psicológicos cada vez más oscuros de su alma (un recurso que, con el mismo fin narrativo, también aparecerá en otro desmitificador film racial también de apariencia detectivesca, “Lone Star” -John Sayles, 1996). Su tormento es psicológico y contradictorio. Waters se odia a sí mismo por ser negro. Y a todo negro por serlo. Waters es un asesino de negros en nombre de una raza negra empalidecida, asimilada a las costumbres y maneras de los blancos.

Adolph Caesar & Denzel Washington
3. La lucidez de “Historia de un soldado” reside en que a través del retrato psicológico de Waters se ofrece la clave del whodunit. El mismo mecanismo psicológico, el autodesprecio racial, es el detonante tanto de los asesinatos de Waters como el de su propio asesinato. Su asesino, el soldado de primera clase Peterson (Denzel Washington), es también víctima del desprecio racial generalizado, que acaba interiorizándose y revelándose en el asesinato de Waters, “un negro que no merece serlo”. Efectivamente, los crímenes del Fuerte de Alabama resultan racistas, cometidos sin embargo por sus mismos hermanos.
Dejando atrás al whodunit, que a Jewison le ha bastado para presentar algo más que una investigación detectivesca, lo que está detrás de los asesinatos materiales y del autodesprecio psicológico de Waters y Peterson es el segregacionismo real de los Estados Unidos de los años 40 del s. XX, anidado en el corazón institucional de una sociedad autoproclamada libre e igual, y por tanto, llena de contradicciones, como el atormentado sargento Waters.
Dejando atrás al whodunit, que a Jewison le ha bastado para presentar algo más que una investigación detectivesca, lo que está detrás de los asesinatos materiales y del autodesprecio psicológico de Waters y Peterson es el segregacionismo real de los Estados Unidos de los años 40 del s. XX, anidado en el corazón institucional de una sociedad autoproclamada libre e igual, y por tanto, llena de contradicciones, como el atormentado sargento Waters.
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