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España España · Madrid
Críticas de Charles
Ordenadas por:
984 críticas
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3
17 de julio de 2018
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Qué gracia me hace que esta película se estrene justo ahora.
Pero aún más gracia me hace que Keanu Reeves haya pasado de todo, y lleve exactamente las mismas pintas de vagabundo elegante asociadas al asesino a sueldo que ha revitalizado su carrera.

'Siberia', por desgracia, no es una de acción.
Y mira que lo tenía todo, tiene mucho ruso soplagaitas tocando las narices, mucho mafioso siendo muy desagradable y machaconamente ruso, tiene las mejores carreteras heladas y calles soviéticas para repartir yoyas... pero no cae ni una triste hostia.
(¡Ni una, como te lo cuento!)
Ya es triste teniendo a John Wick en el reparto.

En su lugar, el americano llega para vender diamantes a los mafiosos rusos, pero su contacto le deja tirado en plena estepa fresquita con un abrigo de chichinabo.
Entonces, siguiendo la pista, Lucas Hill/John Wick de vacaciones se dirige a un pueblecito siberiano, donde la tabernera local le mira con ojos de corderito degollado y sirena devorahombres según toque.
Todos sabemos lo que va a pasar, y no frustra tanto que pase como que tarden tanto en acabar los dos bajo la misma casa, en la misma cama.

Pero sucede una cosa: Keanu Reeves NO es un galán romántico, y todavía hay quien no se da cuenta (el director de esta peli, sin ir más lejos).
Él vale si está dirigido al milímetro, si solo tiene que dar presencia sin carisma... pero como supuesto enamorado la cosa va tan justita que es la rusa quien le tiene que preguntar si le molaría acostarse con ella. Literal.
Y la supuesta tragedia de su romance no funciona por mucho sexo que haya entre medias: sí, al tercer polvo ya me he enterado de que los dos se quieren, pero no hay nada en sus expresiones que lo diga.

Había aquí una buena historia, que no necesitaba una estrella.
Una de decisiones que se toman al azar, de vidas disfrutadas por primera vez de verdad, aunque cada vez estén más cercadas por la fatalidad.
Eso era algo, que la mirada pasmada de Reeves convierte en puro trámite.

Así que lo único que habría que criticar es la poca decencia de no convertir esto en "John Wick goes to Russia" y darnos alguna diversión.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Charles
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7
4 de marzo de 2017
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Supongo que, bien mirado, es extraño que a nadie se le haya ocurrido que encerrarse en una jaula no puede ser una buena idea.
Pero supongo también que así somos, buscamos impulsos viscerales, terroríficos, que borren con su impacto las dificultades diarias.
Por eso nos metemos en jaulas, que bajan en medio del mar hasta quién sabe dónde, rodeados de tiburones carniceros como experiencia de vacaciones.

'47 Meters Down' es efectiva porque, tal cual, saca terror de una situación cotidiana, y tan comúnmente aceptada que nunca te plantearías sus posibles dificultades. Al fin y al cabo, siempre te bajan profesionales al gran mar azul, ¿verdad?
Algo parecido les ocurre a Lisa y Kate cuando les ofrecen una inmersión clandestina y barata cerca de la costa, deslumbradas por lo excitante de unas vacaciones entre hermanas y, en el caso de Lisa, resuelta a demostrarse a sí misma que puede atreverse con cualquier cosa.
Sobra decir que todo lo que podría ser sospechoso es sospechoso, y todo lo que podría salir mal sale mal.

Pese a todo, donde parecería que la historia tiene más papeletas de seguir un patrón, la sorpresa está en que decide no hacerlo (o, como mínimo, se aparta lo suficiente de los caminos de siempre).
Lisa y Kate son bajadas al abismo en un ascensor infernal, y una vez allí la dificultad no está en la profundidad o los tiburones (que también) sino en los pequeños detalles que permiten la supervivencia en un medio tan bello como hostil: ecualizar adecuadamente el oxígeno en sangre, no perder la calma ante la inmensidad que se extiende en todas direcciones, evitar consumir la bombona de la máscara respiratoria... por si fuera poco la cámara explora el espacio, gira alrededor del inquietante foco de luz en la oscuridad marina, despertando inquietudes inciertas ante la posibilidad de un depredador misterioso.
Además, se suman los habituales roces que salen a la luz en situaciones extremas, como Lisa confesando a Kate que nunca pudo competir con su extroversión y aparente facilidad para dirigir su vida, una pequeña decepción personal más mortal que nunca en un entorno en que debes mantener la cabeza fría.

Por eso supongo que existe cierta satisfacción en esta historia, que te hace sufrir más ante la posibilidad de que salga mal: porque no hay dos hermanas resentidas, sino una mujer que intenta crecerse ante la situación, pese a todas las penurias, para concederse una más que merecida segunda oportunidad.
La jaula varada en las profundidades quizá era el necesario purgatorio para darse cuenta de que puede aspirar a algo más, y la inmensidad submarina un adecuado reto para su fracturada psique.

Es probable que no vuelvas a ver las jaulas para avistar tiburones de la misma forma.
Un merecido privilegio que consiguen lugares comunes, en apariencia inofensivos, cuando se ha visto una impactante historia personal en ellos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Charles
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7
10 de octubre de 2016
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
En la genial intro de esta serie se presenta una curiosa imagen: el cuerpo de un hombre donde se proyectan distintas calles y avenidas del barrio de Harlem, casi como tatuajes que llevara marcados en la piel, que forman parte de su esencia tanto como él de la suya.
Es justo esa idea la que se establece y se desarrolla a lo largo de los trece capítulos que la componen, porque Luke Cage es el primer héroe de clase obrera con conciencia social. Para él, no importa tanto dar su merecido a los villanos, como despertar a su gente para que dejen de aclamarlos como ídolos.

Una idea que ya estaba en la raíz 'blaxploitation' del cómic original, y que esta nueva versión ha tenido el buen gusto de transplantar a un S.XXI que sigue igual de convulso: ya no hay un Harlem rugiente y ansioso de probarse a si mismo, pero el racismo y la delincuencia siguen siendo problemas de la comunidad negra.
Y justo esa es la palabra clave, "negros". En un movimiento que honra a sus creadores, esta es una serie que elige pasar amablemente por la izquierda de la corrección política, y llamar a las cosas por su nombre, a sabiendas de que de cualquier otra manera se perdería el impacto que busca conseguir (y que ya era parte del espíritu del original). O en otras palabras, no hay miedo ninguno a señalar que en cuestión de temas raciales sigue habiendo un claro sesgo de la opinión pública cuando se habla de negros, fomentado por comportamientos puntuales de los cuatro cretinos que hacen más ruido, mientras no se le presta atención a los actos sencillos de los que prefieren mantener una buena convivencia.
Uno de estos últimos sería Pops, el humilde barbero de Harlem que da cobijo y trabajo a Luke Cage, y del cual vemos pronto que es la clase de hombre que ve más allá de lo elemental, aunque no sea fácil: para él, que los jóvenes vengan a pasar el rato en su pequeño rincón del barrio es una oportunidad para que no se metan en líos, más que un simple gesto de buena voluntad. Es la clase de comportamiento desinteresado, de hombre consciente de tener más responsabilidad de la que aparenta, que su influencia se deja notar en toda la serie para que Luke coja el testigo de su silenciosa cruzada.
El clásico un gran poder conlleva una gran responsabilidad, solo que esta vez aplicado a un hombre que preferiría ocultar ese poder y que no siente la responsabilidad de tener que ser un icono para su gente, aunque sea el único que puede hacerlo.

Personas como el mafioso Cottonmouth o la concejala Mariah Dillard no van a ser ese icono, ese lugar corresponde a alguien conectado a la realidad a pie de calle. Ellos, como cualquier político, solo están pensando en el dinero, el negocio y el mantenimiento de ambos pese a los que puedan negarse a su influencia. No es algo especialmente novedoso, pero sí lo es para una serie, en principio, "de superhéroes": mostrar que el poder, la corona de la que en algún momento habla Cottonmouth, siempre aguanta su peso en cabezas podridas por ambición que nada piensan en los que dicen apoyar y a los que las masas aclaman por desconocimiento, convencimiento o pura ignorancia.
En un barrio que lucha día a día por sobrevivir, qué sentido tendría no estar con los únicos que han logrado sobresalir de él, aunque no sea con los mejores métodos. Justo entonces es cuando llega Luke Cage, y aunque al principio sus intereses están lejos de ponerse en medio, poco a poco queda en evidencia que es la única persona capaz de plantar cara: con integridad suficiente para negarse a manipulaciones, con valor necesario para no dejar que nadie le pise, y con piel indestructible para hacer rebotar las balas. Todo ello son superpoderes en ese contexto.

Por si no fuera poco el interesante dilema que analiza las consecuencias de ser un héroe público, con cara reconocible, la historia se guarda un interesante as en la manga, en forma de doble enfrentamiento con los poderosos: si la primera mitad de la serie elige centrarse en una "pelea de gallos" donde gana el que más honestidad esté dispuesto a poner en Harlem, la segunda mitad toma el camino difícil, en forma de manipulación política de la situación de "héroe de barrio" de Cage, para lograr pintarle como el mismo tipo de amenaza que él está tratando de combatir.
Y, como interesantísimo añadido, la gran pregunta: ¿es el hombre imbatible realmente imbatible? El pasado de Luke Cage, aquel en el que solo le conocían por Carl Lucas, también acabará haciendo acto de presencia, solo para dibujar a un hombre triste y solo que, por azares del destino, se volvió aún más triste y solo gracias a su piel impenetrable. La diferencia es que él continuó luchando desde entonces: para ser un buen hombre, un buen amigo, y en última instancia un buen icono en el que la gente se ve reflejada. "Siempre hacia adelante" dice Pops, y Luke lo toma al pie de la letra.
Cottonmouth y Mariah Dillard también tuvieron sus propias historias, y es logro absoluto de esta serie no demonizar a sus villanos con ellas, pero la diferencia es que ellos nunca avanzaron hacia adelante, sino que siempre se llevaron a gente por delante.

Digámoslo claro: ‘Luke Cage’ no es de los mejores ejemplos superheróicos en un audiovisual plagado de ellos.
Pero si es uno de los más diferentes, originales y carismáticos que vas a encontrarte. El mérito es de Netflix, sacando a estos personajes de la oscuridad, de dónde nunca van a conseguir su propia película, dándoles su propia voz, su propia tragedia, y haciéndolos relevantes a día de hoy.
Atrévete a perderte en un Harlem de forzudos duros como el diamante, intrigas políticas o criminales y mucha conciencia social. Lo menos que puede pasar es que te encuentres con un superhéroe que no esperabas encontrar.
Charles
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5
18 de agosto de 2016
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Sabes cuándo estás viendo la tele por verla, siguiendo un programa con moderado interés, hasta que la apagas y cuando te levantas ya ha olvidado lo que estabas viendo?
Algo parecido le ocurre a 'Mascotas'.

La ligereza que la recorre es impresionante: apenas sigue una historia principal, cuya mayor aspiración es acumular chistes que harán reír a cualquier amante de los animales y diseños "bonicos" de los mismos.
Ni un solo personaje que despierte más empatía que tu cama (que la quieres mucho porque es muy blandita cuando duermes), ni una sola situación que te haga pensar que sus muchos (demasiados) protagonistas están en peligro, en tensión, acorralados o superados.
Es la extirpación pura y dura del drama más simple, el conflicto de ALGO, mientras solo quedan persecuciones frenéticas sin ningún tipo de consecuencias, porque es difícil temer por tus protagonistas cuando se caen desde alturas terroríficas y se quedan espachurrados en el suelo cual Looney Tunes para levantarse al segundo después.

Quizá ese es el secreto del buen rato que se pasa viendo esta historia: a nadie nunca le importó lo que el Coyote tuviera contra el Correcaminos, solo que sus persecuciones eran un festival de humor físico.
Teniendo eso en cuenta, la aventura del perro Max y colegas (DEMASIADOS colegas) se puede ver como un dibujo animado largo y caro, con una exquisita animación que recrea una Nueva York gigantesca e imponente, donde lo que menos importa es su enemistad con el nuevo perrazo que llega a su casa, una enorme bola de pelo llamada Duque.
La odisea de ambos está plagada de entretenimiento: gatos pellejudos que actúan como bandas de pandilleros, los infaltables y tontos perreros que siempre salen en películas como esta, perros viejos y venerados como líderes del local de moda (la casa que se ha quedado sin dueño), y hasta un culto subterráneo de los animales desterrados que desprecian a los humanos. Cualquier intento de asomarse al abandono o complejos que cada uno de los dos llevan encima casi parece un insulto, y así lo concibe la historia, que los deja a un lado tan pronto como los plantea.

Todo esto está muy bien, pero ya sea porque no tengo mascota o porque pienso que hay mejores ejemplos de este mundillo plasmado en animación, nada consigue quitarme la sensación de que los creadores detrás de todo están agitando unas llaves delante de mis narices, como si fuera un bebé que se va a quedar embelesado por su brillo y tintineo.
No es algo catastrófico, porque la cosa tiene diversión para rato, pero sí es lamentable que semejante nivel de representación animada no haya servido para algo más interesante.

Eh, Illumination Entertainment, las cositas monas muy bien, pero el guión puf. ¿Sabrán que no hay que elegir y que podrían quedarse con las dos?
Charles
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8
4 de diciembre de 2018
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cualquier imagen vale más que mil palabras.
Con solo recuerdos o impresiones podemos contar nuestra historia.
Pero en algún momento olvidamos esa cualidad mágica, y sentimos la necesidad de rellenar con prosa lo que cada vez sentimos más lejos: preñamos situaciones de sílabas, nos regocijamos en discursos elevados sobre lo que queremos hacer, y damos pie a cháchara intrascendente que se come nuestros dudosos silencios.
Y, de vez en cuando, una imagen fugaz, puramente accidental, nos recuerda esa belleza por la que tanto hemos estado charlando.

La vida del famoso director Guido Anselmi se ha convertido en una verborrea incesante, en una hemorragia de imágenes: un todo que no le deja nada, porque en esas no es posible que suceda algo que le importe.
Productores, mujeres y periodistas pasan por delante de su mirada, preguntando acerca de su nueva película, esperando saber de su próximo proyecto, bromeando sobre cómo se nutre de ellos para filmarlos… y él, en un alarde de elocuencia, simplemente se ajusta con un dedo las gafas negras para que no le cacen ni un gramo de inseguridad.
Piensa en esa muchacha de la fuente, que le ha capturado la mirada entre la muchedumbre, devolviéndole el placer de observar algo bello sin tener que crearlo él; pero su Pepito Grillo crítico, su asesor de escritura Carini que frena esa creatividad anticomercial, le dice que menudo esfuerzo vago para dar un significado a su confusión.

No hay nada que justifique dicha confusión.
Era inevitable, se esperaba su llegada y es absolutamente personal. Solo, probablemente, da rabia que pille justo en medio de la ausencia de musa que le impide seguir escribiendo, con lo que podría por lo menos huir hacia adelante.
Todas las ¿afortunadas? portadoras de ese título ya no pueden ostentarlo más, le aburren y le confunden, piden más escenas en su vida de las que él estaría dispuesto a rodar, y ya no son las dóciles muchachitas que se conformaban con estar al abrigo de su genio: ahora le piden estar más cerca que el albergue al lado del rodaje, escuchar sus reflexiones y que las escuchen sus divagaciones; "¡qué contrariedad, quizá mañana se les pasa!” piensa calmadamente Guido.
No será casualidad que Fellini aisle los únicos momentos de claridad entre las dos mujeres que no han vivido un romance con Guido, expresando sutilmente lo que él mismo no se atreve a admitir, que tal vez cuando ya ha vivido el todo con ellas se asusta de su propia nada que reflejan. Son islas de razón y calmada belleza, los protagonizados por Rossella, hermana de su mujer, y su actriz protagonista Claudia: momentos lejos del mundanal ruido en sitios que parecen nunca haber existido hasta que llegaron, dejándose arrullar por la viveza reflexiva de la primera y la candidez sencilla de la segunda, donde por fin se atreve a verbalizar que su película no va a ser grandiosa porque su enorme ego no va a caber en zapatos de director tan pequeños (“porque no amas” le dice Claudia, en una de esas sonrisas que te hacen afortunado de pasar tiempo a su lado).

Pero entre esos bálsamos está la construcción del decorado más grande, tan grande como la incomodidad de su amante Carla y su esposa Luisa encontrándose, solo para justo después llevar a cabo audiciones en las que gana la que más mudo deje a Guido con la triste repetición de las mismas palabras: “me has dejado sola, y contigo nunca sabré la verdad”.
Él le dice que la quiere en las butacas, por si acaso, ya que cuando menos hay que tener en cuenta la ficción es al representar fielmente la realidad.
Podrían ser esas pruebas, con un productor desesperado porque el director diga por fin algo, el reverso incómodamente real de esa fiesta pícara y despreocupada con todas las mujeres pasadas de la vida de Guido, desde la más imbatible amazona a la más inocente actriz, jugueteando sus atenciones como si el tiempo o las decepciones no hubieran hecho mella alguna: un raro paréntesis ideal en la bella confusión, que hace reflexionar al emperador autoproclamado si tanto la corista animosa como la criada sumisa no merecían más líneas de guión, ahora que están resignadas a ser leves figurantes.

Me esperaba un tratado solemne sobre la mente del creador, pero al final me encuentro con trazos gruesos al borde del patetismo divertido, sonriendo cuando llega el mal tiempo, donde justo lo que te desespera es el final del camino.
Un corro infinito y circular, donde si no tropiezas dos, tres, cuatro, veinte veces con la misma piedra es porque agarras la mano de tus errores o aciertos.
De vez en cuando ves alguna muchacha en la fuente y no tienes por qué ajustarte las gafas. Pero mientras, toca ir tirando.

(Eso, o charlar con la Cardinale de lo divino y lo humano, allá donde no nos alcance el tiempo)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Charles
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