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Bloomsday rating:
7
Bloomsday rating:
7
7.3
4,592
October 28, 2005
October 28, 2005
64 of 69 users found this review helpful
La Roma de los ´70 y la Roma de la juventud de Fellini recreada con su estilo habitual. Esta vez con la voz en off del propio director sirviéndonos de guía y haciendo más accesible y amable la película. Una especie de justificación ante el espectador avisando de la ausencia de una historia lineal que, por otra parte, le hubiese limitado en sus pretensiones.
La película tiene por tanto dos partes básicas:
Los recuerdos de Fellini: la visión que desde el pueblo se tenía de la capital cuando era niño, la pensión romana, el teatro, los prostíbulos, el vecindario cenando en plena calle...
Esta parte es sin duda la más interesante e, incluso, parecer seguir un cierto orden cronológico y un leve hilo narrativo que luego se romperá. Son recuerdos que tienen un ritmo y una factura similar a lo que haría después Woody Allen (Días de radio...).
La otra parte es la representación de la Roma “actual” (años setenta), sin tanto valor poético como los recuerdos y que no tiene hilo conductor en ningún momento. Aquí destaca la importancia del elemento arquitectónico (fantástico el homenaje que hace al final a la arquitectura clásica romana), los hippies en las calles, Fellini dialogando con jóvenes acerca de la visión de Roma que debe dar la película... No trata de dar una clase de sociología, sólo deja constancia con imágenes de la impresión “felliniana” (un término tan expresivo ya como puede serlo “kafkiano”) de la ciudad, recurriendo al simbolismo (el aire destrozando los frescos del subsuelo) y al lirismo (imágenes bellísimas, muchas veces con un significado puramente emotivo).
Un ejemplo: el ritmo in crescendo de la entrada a Roma del equipo de rodaje donde van apareciendo cada vez más coches, conductores gritando, luego incluso tanques... hasta convertirse la entrada a la ciudad en un auténtico caos de coches atascados, lluvia, luces, bocinazos y sirenas de policía.
La película trata de evocar (toque fellini puro) más que contar, y lo hace empleando una belleza visual que carece de toda contención. Fellini es incapaz de retener su caudalosa inventiva (tenía cinecita a su entera disposición y podía hacer casi todo lo que se le antojaba). También tiene un lugar destacado el sentido del humor; un colmillo de mamut presidiendo una excavación y su satírica visión sobre la iglesia en el onírico desfile de modelos religioso (lo más famoso de la película). Un desfile bufonesco en el que deja constancia del inmovilismo católico.
Lo peor de esta película es que te quedas con las ganas de que te cuenten más sobre ese chico que llega a Roma y sobre las peripecias que le suceden en la pensión en la que vive. Pero bueno, tenemos Amarcord para desquitarnos.
Resumiendo se podría decir que para Fellini Roma es más Anna Magnani que todas las reivindicaciones sociales y políticas que se quieran hacer.
La película tiene por tanto dos partes básicas:
Los recuerdos de Fellini: la visión que desde el pueblo se tenía de la capital cuando era niño, la pensión romana, el teatro, los prostíbulos, el vecindario cenando en plena calle...
Esta parte es sin duda la más interesante e, incluso, parecer seguir un cierto orden cronológico y un leve hilo narrativo que luego se romperá. Son recuerdos que tienen un ritmo y una factura similar a lo que haría después Woody Allen (Días de radio...).
La otra parte es la representación de la Roma “actual” (años setenta), sin tanto valor poético como los recuerdos y que no tiene hilo conductor en ningún momento. Aquí destaca la importancia del elemento arquitectónico (fantástico el homenaje que hace al final a la arquitectura clásica romana), los hippies en las calles, Fellini dialogando con jóvenes acerca de la visión de Roma que debe dar la película... No trata de dar una clase de sociología, sólo deja constancia con imágenes de la impresión “felliniana” (un término tan expresivo ya como puede serlo “kafkiano”) de la ciudad, recurriendo al simbolismo (el aire destrozando los frescos del subsuelo) y al lirismo (imágenes bellísimas, muchas veces con un significado puramente emotivo).
Un ejemplo: el ritmo in crescendo de la entrada a Roma del equipo de rodaje donde van apareciendo cada vez más coches, conductores gritando, luego incluso tanques... hasta convertirse la entrada a la ciudad en un auténtico caos de coches atascados, lluvia, luces, bocinazos y sirenas de policía.
La película trata de evocar (toque fellini puro) más que contar, y lo hace empleando una belleza visual que carece de toda contención. Fellini es incapaz de retener su caudalosa inventiva (tenía cinecita a su entera disposición y podía hacer casi todo lo que se le antojaba). También tiene un lugar destacado el sentido del humor; un colmillo de mamut presidiendo una excavación y su satírica visión sobre la iglesia en el onírico desfile de modelos religioso (lo más famoso de la película). Un desfile bufonesco en el que deja constancia del inmovilismo católico.
Lo peor de esta película es que te quedas con las ganas de que te cuenten más sobre ese chico que llega a Roma y sobre las peripecias que le suceden en la pensión en la que vive. Pero bueno, tenemos Amarcord para desquitarnos.
Resumiendo se podría decir que para Fellini Roma es más Anna Magnani que todas las reivindicaciones sociales y políticas que se quieran hacer.
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