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España España · Barcelona
Críticas de Rómulo
Ordenadas por:
196 críticas
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8
15 de enero de 2017
21 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Frantz

Es probable que exista gente en el mundo, incluso de apariencia normal, que ha sobrevivido con razonable naturalidad sin haber visto "Remordimientos", aquel angustioso drama profundamente humano que Ernst Lubitsch filmó hace ahora 85 años. "Frantz", la versión que hoy reseño, sigue sus huellas pero no es una copia, o un "remake", como se dice ahora, de aquella. Tal vez sí una aproximación en la que el reconocidísimo director francés Fraçois Ozon, convertido en uno de los directores más cotizados del cine francés y al que afortunadamente descubrí en la cinta "En la casa", imprime su personalísimo sello distanciándose de Lubitsch prudentemente con un guion que sorprende y seduce desde el principio por su inteligente ambigüedad. Sutileza, elegancia, sobriedad, sean quizá calificativos de muy corto alcance para describir esta maravilla que acabo de ver.
Porque "Frantz" es uno de esos milagros que, de cuando en cuando, sacude nuestros sentidos, despierta la conciencia que el sopor de una despreocupada existencia mantiene anestesiada o nos golpea inmisericorde en esa zona apacible del alma que mantenemos protegida y al resguardo de la intemperie. Ozon nos estremece sin estridencias, con pausada serenidad y nos contagia todo el dolor, la tragedia y el arrepentimiento que puede tolerar un ser humano para finalmente encontrar su propia redención en el perdón. No hay trampas, ni guiños cómplices, estamos ante una realización airada pero contenida, asombrosamente equilibrada bajo la batuta de una dirección que no pierde la fe en sus frágiles y atormentadas criaturas. Un drama antibelicista que deja al descubierto nuestro estúpido comportamiento, ridiculiza nuestra ceguera -secuelas posiblemente de una educación tan anómala como extraviada- para convertir a seres humanos que comparten idénticos anhelos y preocupaciones en enemigos irreconciliables, envìados al gigantesco matadero de una guerra brutal cuyo saldo no fue otro que millones de cadáveres esparcidos sobre las tierras, ahora yermas, de dos países vecinos: la dulce Francia y la laboriosa Alemania.
Ozon filma en un nítido y luminoso blanco y negro. Puntualmente, de forma casi imperceptible, como la piel de un camaleón, colorea la pantalla con tonos pálidos y suavemente difuminados. La ambientación -el comienzo de la historia se sitúa en un pueblecito alemán en 1919 recién terminada la Gran Guerra- es sencillamente perfecta mientras violín y piano, solos o acompasados, nos acompañan en delicadas composiciones de Chopin o Chaikovsky cuando no las del propio director musical Philippe Rombi.
¿Y quién es esa aparición, cuándo descendió a nuestro infierno terrenal ese ángel berlinés de apenas 22 años al que yo desconocía? Con qué soberbia seguridad Paula Beer da vida a la desolada Anna y con qué descarado oficio defiende, a pesar de su edad temprana, a este personaje. Sin un sola expresión de más, su rostro, dulce a veces, acerado otras, pero siempre cautivador, es una luz de infinito poder que brilla a través de su desgarradora mirada. Tampoco le va a la zaga el también joven actor francés y ya consagrado Pierre Ninev en el papel de Adrien y que dio vida a Yves Saint Laurent en aquel biopic del famoso diseñador producido hace ahora tres años. Ninev es un hombre de apariencia extraña y gran personalidad, alto, elegante, de tez lívida, aflautada, con cierto aire descuidado que nos recuerda a algún personaje salido de una pintura del romanticismo. Ambos, sin duda, forman una formidable pareja que se muestra imbatible en esta admirable película.
Y yo, mis queridos amigos, qué puedo decirles. En esta noche de frío invierno, regreso al calor de mi casa con el ánimo de los grandes días, aquellos en los que el espíritu rebosa satisfacción después de haber tenido la inmensa dicha de contemplar, desde la oscuridad de una sala, el resplandor de las estrellas.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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8
6 de diciembre de 2018
34 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
Roma

Había que darse prisa. “Roma” estará únicamente en dos salas -Cines Verdi- de Madrid y Barcelona durante una sola semana. Después pasará a formar parte del patrimonio exclusivo del inabarcable universo de Netflix. “Los tiempos cambian que es una barbaridad”, anunciaba don Hilarión en la famosa zarzuela que, junto al resto, duerme hoy en la acartonada placidez que procuran las más sombrías buhardillas. Por eso corrí a verla en su primer día de estreno con las ansias de un colegial a la hora del recreo.
Porque de la maravillosa y deslumbrante película que ha dirigido, escrito y fotografíado Alfonso Cuarón, este cronista se siente testigo presencial. Y lo que vi me transportó a mis ya lejanas 26 primaveras cuando yo era un joven e inexperto habitante de la Ciudad de México. Cuarón tenía apenas 11 años en 1971 y yo me casaba con una criatura que se me apareció como una diosa para concederme la inmortalidad al aceptarme en su vida contra todo pronóstico.
Cuarón, como él mismo ha declarado, rememora aquí algunos pasajes de su infancia en el seno de una familia de clase media en la Colonia (barrio) Roma. Retazos, fogonazos de pura vida. En un blanco y negro intenso, avasallador y casi hiriente, sus personajes respiran autenticidad por los cuatro costados. El cineasta mexicano -prescinde incluso de la música- da plena libertad a la cámara para que ésta se exprese por sí misma y encuentre en cada mirada, en cada gesto, la insoslayable realidad que aprisiona y asfixia a las mujeres mexicanas.
Yalitza Aparicio -no sé en qué milagroso cáliz ha fermentado esta prodigiosa criatura-, se mete en la piel de Cleo, casi una niña, al servicio de la familia que evoca Cuarón, emigrante de un mundo indígena olvidado y abandonado a su suerte por los sucesivos gobiernos mexicanos. Ella es el espejo, la reencarnación dolorosa y viviente de miles, de millones de mujeres indefensas, humilladas, ultrajadas por el mal aterrador de un machismo amoral, cruel e indecente que persiste hasta nuestros días.
La matanza de Tlatelolco ocurrida tres años antes aún planea como una sombra siniestra y ahora, el grupo paramilitar conocido como “Los Halcones” creado por el Gobierno del Presidente Luis Echeverría, afila sus garras, oculto en las oscuras sentinas del Poder para terminar masacrando a un buen número de los estudiantes que se manifestaron un aciago 10 de junio de 1971, festividad de Corpus Christi.
La superficie frágil e inestable sobre la que se asienta el pueblo de México -en una película llena de alegorías-, tiene también su simbolismo en la eclosión de un angustioso temblor que tantas vidas ha cercenado en el Valle sobre el que se construyó la antigua Tenochtitlan. El caos, la improvisación y esa sensación de constante incertidumbre que preside la vida y destino de sus protagonistas presagiaban ya el devenir de un país que ha terminado por convertirse en un gigantesco campo de batalla sembrado de cadáveres: cerca de 40 mil homicidios y subiendo en este año que finaliza. Hace tiempo que los dioses abandonaron a los pobladores de México. Corrupción, impunidad, inseguridad, desigualdad y todas aquellas lacras imaginables, son los nuevos jinetes del apocalipsis que asola al país. Lo que pudo haber sido y no fue tortura, una y otra vez, a una parte de la ciudadanía que no entiende cómo se ha llegado hasta aquí.
Hay elementos en esta realización que me recuerdan al neorrealismo italiano y sobre todo a la inmortal “Los olvidados” de Buñuel. Cuarón ha llevado a cabo un colosal trabajo de ambientación y tanto la inocente Cleo como su ama, aún en distintos planos sociales, representan la parte más humana y tierna, lo mejor de México: las mujeres. Ellas son los cimientos que han sostenido y aún sostienen los frágiles pilares que todavía quedan en pie en una sociedad agusanada, fragmentada y a la deriva, cautiva de su propia ignorancia e incapaz de diagnosticar el mal que padece.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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7
23 de febrero de 2016
13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ave César

Este par de avispados tunantes capaces de reírse hasta de su propia sombra, Joel y Ethan Coen, convertidos ya en referentes del cine independiente de EE.UU., han pergeñado, en esta su última película "Ave César", una de las gamberradas más hilarantes de su carrera cinematográfica.
A pesar de haber hecho siempre lo que les ha venido en gana y trabajado al margen del sistema, han conseguido urdir estupendas historias, contar con espléndidos actores, atraer al gran público y, como consecuencia, hacer muy rentables sus películas que es, finalmente, lo que mantiene permanentemente engrasada y en funcionamiento la maquinaria de esta industria que llamamos cine.
Un soberbio Josh Brolin en el papel de Eddie Mannix, es el alma y el hilo que une el tejido de este colosal disparate. Parodia -pues toda esta urdimbre desternillante de los Coen no es más que un colosal disparate y una desenfrenada parodia- al competente director de unos estudios de cine en el Hollywood de los años 50. Este esforzado fontanero lo mismo apacigua las irritantes veleidades de sus estrellas que se las arregla para ocultar a la prensa los escándalos que rodean sus vidas privadas; recicla a un pésimo actor para cumplir la arbitraria orden de su superior o lidia hábilmente con directores convencidos de su condición divina. Todo con el fin de que no detener el frenético tren de producción del estudio y evitar así indeseables desviaciones presupuestarias que perjudiquen los intereses de sus exigentes accionistas.
Eddie Mannix, exacerbado católico y anticomunista acérrimo, carga su propia cruz para redimir los pecados de su equipo. No tiene horarios, trabaja a destajo, no es consciente de la perversidad de los actos a los que le somete su profesión, mientras que, por otra parte, se arrastra cada 24 horas hacia el confesionario hasta casi exasperar a su paciente confesor con ridículos pecadillos que no harían sonrojar ni a un niño de siete años.
En el fondo se trata de una sucesión de divertidísimos gags que a ratos remiten a los esperpénticos y delirantes diálogos de los Monty Python pero, bajo el desenfado y la aparente superficialidad de la cinta, subyace una buena cantidad de ácido que los Coen esparcen sin escatimar la dosis. Verán números musicales que les recordarán a Gene Kelly, cabriolas que evocan a Esther Williams en piscinas de rabioso azul, circenses cabalgadas emulando la candidez de los primeros westerns o precisas referencias a las millonarias producciones de Cecil B. DeMille, parodiados siempre con infinito buen gusto y sin caer en el exceso.
Y aunque los Coen nos descubran la amarga realidad que esconde el trampantojo, nos enseñen las tripas agridulces del engaño o nos muestren la nada edificante naturaleza que se oculta bajo la fina piel de la farsa, los hombres seguiremos buscando la seducción del cine porque necesitamos evadirnos y porque en esta prodigiosa fabrica de sueños encontramos el bálsamo que suaviza nuestra azarosa existencia.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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7
11 de octubre de 2018
11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
El capitán (Der Hauptmann)

El cineasta alemán Robert Schwentke, del que no había visto nada con anterioridad, ha escrito y dirigido “El capitán”, una brillante película que bucea en las nauseabundas aguas de la más absoluta y degradante abyección humana.
Sólo quedan dos semanas para que se declare el fin de la Segunda Guerra Mundial. Corre el mes de abril de 1945 y aún hace mucho frío en Alemania. Sopla un aíre helado y los restos de nieve todavía aparecen visibles sobre sus campos yermos. Y es ahí, en este desolado y caótico escenario en el que Alemania percibe ya el amargo sabor de la derrota, donde Schwentke sitúa su pavoroso relato. La horrible pesadilla que presenciamos está basada en hechos reales: un joven soldado alemán desertor de su Regimiento, Willy Paul Herold, de apenas 19 años y conocido como “El verdugo de Emsland”, convertido por una caprichosa pirueta del destino en un capitán de la Luftwaffe, fue el autor de uno de los episodios más horripilantes acontecidos en aquella sangrienta y estúpida guerra. El instinto de sobrevivencia en una huída suicida hacia adelante harán de esta bestia depravada un auténtico carnicero.
Rodada en un nítido y contrastado blanco y negro que mereció el premio a la mejor fotografía en el último festival de San Sebastián, obtuvo también cinco nominaciones -incluida la de mejor película- en los “Deutscher Filmpreis” del cine alemán.
El extraordinario intérprete alemán Max Hubacher da vida a Herold en una actuación más que memorable, acompañado de un grupo de actores como Milan Peschel, Frederick Lau o Bernd Hölscher que en ningún momento desmerecen ante la gran actuación de su compañero.
Y la desagradable sensación de abatimiento y desencanto que sentí al término de la película ante la feroz e insaciable capacidad depredadora de nuestra especie no pudieron soslayar el firme convencimiento de haber asistido a una excepcional función de cine.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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7
7 de enero de 2018
11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
The square

El andamiaje en el que se sustenta el discurso intelectual sobre el arte moderno se tambalea. El propio lenguaje, en demasiadas ocasiones, se traiciona o presenta preocupantes fisuras. Los exquisitos críticos o especialistas de tan espinosa cuestión se enredan -o se ocultan- tras una jerga poco legible, cuando no incomprensible, incluso para ellos mismos. Y algunos museos, por desgracia, se han convertido en mastodónticos contenedores sin contenido, más preocupados por el aspecto de la fachada que por la excelencia de su interior, más por la arquitectura y la firma de autor que por su verdadera razón de ser, más como imán y atracción turística que como templo de conservación y exposición de sus obras.
Estas y otras cuestiones se dirimen en "The square", una película del director sueco -también responsable del guion- Ruben Östlund que mezcla con humor y ácida ironía el conflicto existente en una sociedad totalmente fracturada. Por un lado, una sofisticada elite intelectual que, como "sumos sacerdotes", dictan controvertidos juicios sobre la concepción e interpretación del arte; por otro, una aburguesada y aburrida clase media que sigue sus consignas como un rebaño descabezado de todo poder analítico; y finalmente, los dammificados del sistema, parias expulsados del paraíso, emigrantes marginados, más preocupados por su propia sobrevivencia que por las elevadas y doctas consideraciones de sus satisfechos vecinos que miran sin pudor hacia otro lado.
Con estos mimbres, Östlund construye una cruel metáfora, irreverente, gamberra e hilarante, cuya finalidad no es otra que la de incomodarnos y a fe mía que lo consigue. Es cierto que Östlund se extiende innecesariamente en alguna de las diferentes historias que -como matrioskas- contiene en el guion y que, de no haberse recreado excesivamente, hubiera corregido sin mayores dificultades en el montaje. A pesar de ello, disfruté mucho con esta inteligente fábula que, entre otras cosas, tiene la virtud de ridiculizarnos sin piedad y mostrarnos la cara más esperpéntica y desagradable de un modelo de sociedad a la que nos ha dado por llamar "occidental". Y ese espejo no siempre es del gusto de un público cómodamente instalado que evita ver la pus que ha invadido su propia herida.
Y como contrapunto, Östlund utiliza con acierto los delicados acordes del "Ave María" de Gounod, que repiquetea insistente a lo largo de la cinta como para suavizar, en parte, la salvaje y a la vez desenfadada ferocidad de su parodia.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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