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Críticas de Kasanovic
Ordenadas por:
391 críticas
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3
6 de octubre de 2011
24 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Vaya por delante que considero muy difícil sorprender en un campo tan trillado como es el terror. Las tropecientas películas que han tenido a zombies como el eje central pueden respaldar en cierto modo esta afirmación. Sin embargo, después de haber visto '28 semanas después', cabía esperar bastante más de Fresnadillo, el cual se ha limitado a hacer un copy-paste de todo lo visto desde el nacimiento del género, incluyendo la BSO, los rostros demacrados, el uso de ropa negra, los típicos sustitos que ya no sorprenden a nadie y un sinfín de aspectos que no cito para no sobrecargar el ancho de banda de FA.

El gran mérito que le atribuyo al director es haber elegido para uno de los papeles protagonistas a Ella Purnell, que calca plano a plano todo lo que se espera de una niña-adolescente en un filme de terror. Habrá que seguirla con atención porque tiene pinta de poder convertirse en una buena actriz dentro de unos años. En general, todo el reparto es correcto, aunque podrían haberse ahorrado un par de sueldos*, y debido al doble idioma en que está rodada (ENG-SPA) hay ciertos momentos un tanto confusos** (ambas cosas las pongo en spoiler por si las moscas).

Pero, sin duda, el mayor pero que le encuentro a la película es su resolución (tranquis, aquí no hay spoilers), previsible hasta decir basta. A los 15 minutos ya ves más o menos por donde van los tiros, y pasada la mitad prácticamente te puedes levantar e irte, porque lo que te queda por ver seguramente ya lo hayas adivinado. Pero por si acaso no lo has hecho, Fresnadillo te lo entrega todo mascado en el final, tanto que suena hasta insultante.

Huelga decir que me parece de lujo que el cine español no sea un mejunje de comedias chorra y dramas barriobajeros, y películas que intenten aportar un soplo de aire fresco son bienvenidas (como, en cierta manera, fue Celda 211), pero Intruders no aporta absolutamente nada nuevo al terror en nuestro país. Si quieres pasar miedo, es preferible poner Telecinco un sábado por la noche, porque el "malo" de esta película no asusta ni a un tierno niño.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Kasanovic
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6
20 de enero de 2017
16 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Qué sucedería si en nuestra ciudad surgiese de repente un bicho con capacidad para aniquilar en un pispás vidas humanas e inmuebles? El mito de Godzilla ha sido desarrollado constantemente en la cultura japonesa desde que a mediados del siglo XX apareciese la primera película sobre el ser. A partir de ahí, esta especie de dinosaurio con gran fortaleza física y un aliento atómico devastador ha aparecido varias veces en cómics, videojuegos y sobre todo en el cine, cuya más popular y desgraciada versión occidental fue aquella producción de Roland Emmerich muy al uso de su cineasta. Ahora, Hideaki Anno y Shinji Higuchi, el creador y uno de los guionistas de Neon Genesis Evangelion respectivamente, han unido sus fuerzas para crear Shin Godzilla, enésima revisión del monstruo pero que aquí se presenta con un cariz peculiar y ciertamente original.

Lo primero que resalta en Shin Godzilla es que la cinta ostenta un tono marcadamente paródico, sobre todo en su primera media hora. Lo hace a través de dos vertientes: por un lado, a la hora de representar al monstruo (cuyos ojos y composición general se asemejan más a un juguete de baratillo) y por otro, al sobreimpresionar los cargos de los políticos que aparecen en pantalla, unos puestos de trabajo con nombres empalagadamente largos y que no dejan de ser una crítica al sistema burocrático que hoy día sigue reinando en casi todos los países avanzados.

Shin Godzilla sorprende porque opta por centrarse en cómo se resolverá el conflicto en vez de en la espectacularidad del bicho. Es decir, los directores representan más o menos la situación que se daría en la vida real: la confusión inicial, el lío administrativo para decidir quién actúa y cómo se trata al monstruo, las presiones de ciertos grupos, el relativo escaso interés que se le da a las víctimas… Dejando de lado la propia fantasía de Godzilla, todo está descrito bajo la apariencia de una cierta credibilidad. Hay una circunstancia que no casa del todo bien con esta sensación de caos y es que es difícil captar la esencia del terror que en Tokio provoca un monstruo como Godzilla cuando al inicio de la cinta lo que más se pretendía lograr en el espectador eran risas.

De hecho, no se puede decir que la cinta esté exenta de las típicas “flipadas”. Shin Godzilla ofrece kilos de espectacularidad y destrucción, pero intenta hacerlo a través de las neuronas y tomando siempre como vía principal el desarrollo de los acontecimientos en los despachos. Anno y Higuchi no se olvidan de Godzilla y constantemente recuperan secuencias del monstruo arrasando la ciudad de Tokio, pero lo hacen con el objetivo de no caer en la modorra que impone el trabajo de despacho. Un bajo ritmo que resulta obligado, ya que de otra forma no se podría haber representado esa crítica a la estructura administrativa que provoca respuestas más lentas a un desastre que hubiera requerido rápidas acciones para reducir las bajas humanas. Con el accidente nuclear de Fukushima aún reciente, quizá la intención crítica queda aún más clara.

Por lo tanto, Shin Godzilla no es una película destinada a gustar a aquellos que amaran la versión de Emmerich (¿realmente hay alguien?) por tomar un ejemplo, sino que se dirige más bien a aquella parte de la audiencia que siempre echa de menos algo más de sesera y cabeza fría en estas películas de catástrofes. Si a eso le unimos su buen aunque irregular tono satírico y el hecho de que tampoco falta espectacularidad, Shin Godzilla se convierte en una gran opción para seguir ampliando perspectivas sobre lo que representa este monstruo en el ideario japonés… y también para ver una representación más o menos creíble acerca de cómo actúan nuestras autoridades cuando ocurre un desastre natural.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para Cine Maldito
Kasanovic
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6
10 de enero de 2014
29 de 43 usuarios han encontrado esta crítica útil
Uno de los aspectos más controvertidos a la hora de entrar a valorar una película es el de los giros de guión. ¿Son un recurso loable o una trampa? En muchas ocasiones hemos visto como películas que aparentemente ofrecían poco, se convierten en interesantes a raíz de un cambio radical en el nudo argumental. Otras, en cambio, abusan de esta técnica hasta tal punto que acaban haciendo perder al espectador el sentido de la orientación.

En el caso de Obra 67, dirigida y escrita por David Sáinz y enmarcada en la iniciativa #littlesecretfilm, es casi imposible evitar hacer mención a este giro argumental. Evitando por supuesto cualquier detalle que se pueda considerar spoiler, diremos que durante la primera hora es una comedia bastante ácida, con un evidente parecido a las historias de Alfonso Sánchez sobre “el Culebra” y “el Cabeza” de El mundo es nuestro, tanto por la caracterización de los personajes (solterones, pobretones, sin estudios y con el único objetivo de hacer algo de dinero fácil) y tras varios giros de guión se termina convirtiendo en un thriller bastante serio, tanto estética como argumentalmente.

Lo cierto es que la parte cómica funciona bastante bien, la historia está planteada de manera muy acertada y evoluciona favorablemente en medio de varios diálogos con un punto de gracia vulgar pero eficaz. Aquí se nos presenta a dos jóvenes, Cristo y Juan “el Chispa”, que van a recoger a la cárcel a Juan “el Candela” (temible Dechent), padre del segundo y que se ha pasado los últimos veinte años en prisión por cometer centenares de atracos en diferentes chalets del país durante los 80 y principios de los 90. Durante este tramo se toca el tema de la (nula) reinserción social en el caso del expresidiario y de las escasas opciones de futuro para la juventud de hoy en día en el caso de la pareja protagonista. También hay un evidente guiño al proceso de creación de las películas mediante el personaje interpretado por Ricardo Mena, que aporta un carácter paródico sobre los directores de cine.

Sin embargo, pasado el ecuador de Obra 67 llega el mencionado cambio de registro tras un (o dos, según se mire) giro argumental que no satisfará a todo el mundo. Acertado o no, lo que es innegable es que el cambio de género puede resultar demasiado brusco para el espectador, más aún teniendo en cuenta que el carácter cómico desaparece casi por completo. En muchas ocasiones se ha conseguido aunar historias violentas con ramalazos cómicos (la escuela de los Tarantino o Ritchie), pero en este caso es muy complicado soltar siquiera una leve carcajada porque no hay ninguna frase o momento que invite a ello.

Hay que remarcar que en este caso el argumento no es tramposo, revirado o deja lagunas sin resolver. Los pequeños detalles que pudieran dar pie a un agujero en el guión se van resolviendo conforme pasan los minutos. Todo está bien hilado y pasa lo que tiene que pasar, sin deferencias hacia los protagonistas. Además, la escena final deja el típico detalle de muchas películas de intriga, modificando el desenlace que previamente habíamos dado por sentenciado. Todo ello enmarcado bajo una dirección bastante eficiente, sin rezumar espectacularidad pero sin estorbar a la acción.

No se le puede negar a Obra 67 el haber arriesgado con esa radical variación en el argumento. Pero no serán pocos los que crean que hubiera sido mucho mejor el haber mantenido un tono cómico, por sutil y negrísimo que fuese, hasta el final de la obra. El paso de la mordacidad a la seriedad puede echar para atrás a mucha gente incluso en plena película, tanto por resultar inesperado como por la ejecución demasiado brusca. Eso sí, a buen seguro que no dejará a nadie indiferente.


Álvaro Casanova
Crítica para www.cinemaldito.com
@CineMaldito
Kasanovic
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6
6 de noviembre de 2015
18 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
De la misma manera que Madonna rindió tributo a Cayo Ambergris con su tema La isla bonita, Fernando Colomo parece haber hecho lo propio con la isla de Menorca a través de Isla bonita, última película del ya veterano director que, en esta ocasión, también adopta el papel protagonista. O mejor dicho, uno de los muchos papeles protagonistas, ya que estamos ante una cinta de las llamadas corales, donde a cada personaje parece otorgársele igual importancia en el relato, evolucionando paralelamente al desarrollo de los acontecimientos. Además, la peculiaridad que distingue a Isla bonita es que cada actor se interpreta a sí mismo, confiriendo a la pieza final un aspecto bastante entrañable.

Lo que Colomo nos quiere contar en Isla bonita es una mezcla entre lo maravilloso del mundo que nos rodea y, a la vez, lo pésimo que puede ser sobrellevar la existencia, especialmente a causa de las relaciones frustradas. Es el caso de Fernando, un publicista que hoy subsiste a base de rodar documentales de bajo presupuesto, pero que antaño ganaba su buen dinero realizando anuncios televisivos. Con tres bodas y tres divorcios a sus espaldas, desde el principio se fija la idea de intimar con Nuria, una escultora que tampoco ha logrado mantener una relación estable más que la que le otorgó a su hija, Olivia, una joven que ha experimentado lo desastroso que puede ser un romance a distancia. Miguel Ángel, ex jefe de Fernando, tampoco está pasando sus mejores días con su pareja Silvia, ya que siente que ella podría labrarse un buen porvenir en vez de estar junto a él en la isla.

Leído así, tal entramado de relaciones podría indicar que estamos ante una película farragosa en su contenido, pero lo cierto es que es prácticamente la antítesis. Isla bonita se define desde un principio como una obra muy íntima, salida casi del corazón de su cineasta pero con diálogos lo suficientemente trabajados como para que semejante afirmación no implique algo nocivo. Con unos suaves trazos, Colomo esboza el carácter de cada personaje hasta que desde el otro lado de la pantalla nos resulta imposible no entender sus motivaciones y, por tanto, hacer que la película gane mucho interés. A ello contribuye especialmente un humor tan casual como certero, exento de chistes prefabricados, humor que hace reír al saber que entre nuestra familia o amistades también hay individuos semejantes a los que estamos contemplando.

Para ser una película rodada en tan bello paisaje, lo cierto es que Colomo no se regodea en exceso tomando panorámicas de la isla. Utiliza las bondades del entorno de una manera puramente narrativa, procurando no distraer al público de lo que de verdad importa. Esta circunstancia no exime, por supuesto, al hecho de que Isla bonita pueda ser una fabulosa postal turística de Menorca desde el punto de vista visual.

Sin embargo, en sus últimas escenas Isla bonita deja un regusto ciertamente amargo. Las diferentes tramas que tan bien se habían ido constituyendo a lo largo de la cinta se cierran de una manera casi abrupta, no sólo por su impacto en el estilo narrativo (mucho más veloz que la tónica general de la película) o por cómo se llega a ellas (demasiadas casualidades), sino también porque el tono general de este desenlace no casa con el espíritu de la obra y las oportunas reflexiones que de ella habíamos podido extraer.

Así, Isla bonita es capaz de dejar una hora y media de película muy agradable, convirtiendo los minutos que pasamos frente a la pantalla en una de las principales virtudes del cine como es vivir, por unos instantes, la vida de otras personas. Máxime cuando estas vidas que contemplamos están repletas de detalles que podemos apreciar en nuestra vida cotidiana y que lógicamente realzan el realismo de lo que nos están contando. Una pena asistir a tan decepcionante final, porque la cinta de Colomo iba camino de ser una de esas geniales sorpresas que la filmografía patria depara cada año.


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para www.cinemaldito.com (@CineMaldito)
Kasanovic
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5
23 de junio de 2017
17 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Por experiencia, los españoles ya nos conocemos prácticamente al dedillo las reacciones políticas y sociales a la noticia de un caso de corrupción. Sin embargo, solo los allegados de los fatales protagonistas de tal hecho sabían lo que significaba que un familiar o conocido fuese imputado (o investigado) por una causa de este estilo. Ahora, Víctor García León quiere acercarnos a esa esfera a través de Selfie, una curiosa comedia rodada en un estilo cercano al documental y en la que un ministro es acusado de varios delitos que conforman una verdadera trama de corrupción. Pero el protagonista de la película es el hijo de ese ministro, un joven llamado Bosco cuya vida da un rotundo giro al revelarse las corruptelas de su progenitor. De repente, el fastuoso entorno de buenrollismo y postureo que rodeaba su día a día se cae como un castillo de naipes: sus colegas dejan de hablarle, sus parientes huyen despavoridos a otro lugar lejos del foco mediático, es desahuciado de su propia casa, le echan del Máster que estaba empezando a cursar… En definitiva, una abrupta caída social y económica que le llevará por caminos que hasta entonces jamás creía posible recorrer.

En Selfie, una de las cosas que menos sorprenden a los que estamos al otro lado de la pantalla es el retrato que García León realiza de los personajes que pululan por la cinta. Bosco es un tipo de buenos estudios y mejor cuenta corriente, pero que ignora muchos aspectos de la vida y apenas sabe discutir de temas sociales si no es disparando tópicos. En cierta manera, parece encajar en el prototipo del cuñadismo, un término horrible bajo el que se encuadra a la gente que quiere aparentar ser más que lo que sus burdas opiniones reflejan. Acabará conociendo a Ramón, un tipo que alquila habitaciones de su piso a gente desfavorecida, acude a manifestaciones en pro de los derechos sociales y asegura estar preparando unas oposiciones. Se encuadraría cerca de otro de esos vocablos de reciente uso como es el de perroflauta, adjetivo muy utilizado tras el 15-M por aquellos ideológicamente opuestos a este movimiento. Son dos ejemplos de unas representaciones tan estereotipadas como fidedignas, y que nos llevan a preguntarnos si los españoles somos así realmente o si el film apuesta por llegar al humor a través de la exageración.

Otra de las cuestiones que define a Selfie es su indefinición a la hora de establecer lo que pretende con estos 85 minutos de película. Una circunstancia que se agradece en el sentido de que lleva implícita una ausencia de moralina que hace que la obra no resulte tendenciosa. Ninguno de los dos lados socio-políticos que se reflejan en Selfie resulta beneficiado por la representación que de ellos se efectúa. En todo caso, si un aspecto intenta reflejar la cinta es lo catetos que en muchas ocasiones podemos ser los españoles y lo maltrecho que está este país tanto en el sentido económico y laboral como en el ideológico. Sin embargo, este es un mensaje algo sencillo y repetitivo para una película cuyo hábil e inteligente planteamiento invitaba a alcanzar mayores cotas.

Al menos, Selfie está lejos de fracasar en otra de sus bazas: la comedia. Sin ser un humor elaborado y pese a caer en ocasiones en el chascarrillo, García León ni pretende ser políticamente correcto ni tampoco inundar de humor cada fotograma hasta pervertir la parte realista del film, lo que otorga varias escenas en las que es fácil esbozar una sonrisa quizá no tanto por la propia acción que vemos en pantalla sino porque sabemos que esta podría perfectamente suceder en la vida real. En cierta manera, este hecho nos vuelve a remitir a la principal pregunta que se desprende del visionado de Selfie: ¿ficción o realidad?


Álvaro Casanova - @Alvcasanova
Crítica para Cine Maldito
Kasanovic
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