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19 de agosto de 2007
19 de agosto de 2007
26 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Primera película de Dario Argento y primera lección de estilo. Elegante relato en torno a un voyeur accidental y despistado y un psicópata que atemoriza a la (en apariencia) tranquila ciudad de Roma. Aquí está todo lo que haría grande al maestro italiano: una trama alambicada y pelín delirante que irá descubriendo sus cartas poco a poco, un tipo que se mete sin comerlo ni beberlo en una investigación que pone en peligro su vida y la de sus allegados, un asesino misterioso que mata con estilo y enguantado mientras juega al ratón y al gato con sus perseguidores, un dato que se nos oculta y que será la clave de todo el asunto, unas dosis de erotismo bastante malsano, personajes secundarios extraños o como poco misteriosos (el pintor)..., pero está, sobre todo, esa forma de filmar la muerte, el acoso y el miedo: ahí se nota la herencia de los grandes (Hitchcock, etc.), pero sobre todo la de Mario Bava, luz que guía toda la obra del italiano. Y argumentalmente es uno de los trabajos más conseguidos de Argento: pese a lo absurda que pueda ser la historia, todo acaba encajando al final sin ningún problema. Excepcional.
Lo mejor: la estética.
Lo peor: cuesta tomársela en serio.
Lo peor: cuesta tomársela en serio.
13 de noviembre de 2008
13 de noviembre de 2008
23 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Empieza la película: un decorado austero (casi teatral), una chica guapa, una ducha, un asesino que irrumpe de forma abrupta. La música perturba, es muy rara. Lo explícito del crimen revela su propia paradoja: a fuerza de querer ser hiperrealista, se acaba logrando algo parecido a la abstracción. La sangre, la pierna cercenada, esa mano resbalando por la superficie de la bañera: Gordon Lewis se reafirma no sólo como poeta extraño de la violencia, sino como maestro del artificio, como instigador de una forma de representar la muerte y el sufrimiento lindante con el onirismo. Su cine es una pesadilla de celuloide barato, sonidos extraños y malos actores. Su cine fascina tanto como el grotesco gore que lo hizo legendario.
Blood Feast fue la primera piedra que asfaltó su camino al éxito. Utilizó una historia vulgar y corriente, se apretó el cinturón con el presupuesto y supo darle a la gente todo aquello que quería ver: mujeres guapas, suspense y toneladas de sangre e higadillos. Su gran visión comercial chocó con sus limitados conocimientos del medio. Lewis planifica las escenas de diálogo como si aún estuviéramos en la etapa del cine mudo, contrata a un elenco que recita sus frases de cabeza, sin convicción alguna, y anula el cerebro del espectador dando masticada una historia que podría entender un niño de cinco años (inolvidable, en este sentido, el epílogo de la película: breve explicación para subnormales).
No es una buena película ni de cachondeo, pero contiene aquello que amo del cine de Lewis, y que bien podría resumirse en una mínima panorámica: la que describe, con parsimonia, el cuerpo mutilado de una joven obsesionándose con los detalles. Su cine parece una broma, pero transmite un mal rollo que a mí me resulta hipnótico. Quizás no fuera su intención, quizás todo es fruto de sus limitaciones. Lo que es claro es que con Blood Feast triunfó, más en un sentido conceptual que cinematográfico: ¡HE INVENTADO UN GÉNERO! ¡HE INVENTADO UN GÉNERO!
Un grande.
Lo mejor: el descubrimiento de la guarida del monstruo.
Lo peor: su ortopédica concepción del ritmo (entre otras cosas).
Blood Feast fue la primera piedra que asfaltó su camino al éxito. Utilizó una historia vulgar y corriente, se apretó el cinturón con el presupuesto y supo darle a la gente todo aquello que quería ver: mujeres guapas, suspense y toneladas de sangre e higadillos. Su gran visión comercial chocó con sus limitados conocimientos del medio. Lewis planifica las escenas de diálogo como si aún estuviéramos en la etapa del cine mudo, contrata a un elenco que recita sus frases de cabeza, sin convicción alguna, y anula el cerebro del espectador dando masticada una historia que podría entender un niño de cinco años (inolvidable, en este sentido, el epílogo de la película: breve explicación para subnormales).
No es una buena película ni de cachondeo, pero contiene aquello que amo del cine de Lewis, y que bien podría resumirse en una mínima panorámica: la que describe, con parsimonia, el cuerpo mutilado de una joven obsesionándose con los detalles. Su cine parece una broma, pero transmite un mal rollo que a mí me resulta hipnótico. Quizás no fuera su intención, quizás todo es fruto de sus limitaciones. Lo que es claro es que con Blood Feast triunfó, más en un sentido conceptual que cinematográfico: ¡HE INVENTADO UN GÉNERO! ¡HE INVENTADO UN GÉNERO!
Un grande.
Lo mejor: el descubrimiento de la guarida del monstruo.
Lo peor: su ortopédica concepción del ritmo (entre otras cosas).
18 de agosto de 2007
18 de agosto de 2007
23 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Adaptación libérrima de un texto de H.G. Wells, El alimento de los dioses es una de esas frikadas setenteras hechas con cuatro duros para saciar el apetito de los amantes del cine de serie B, una gamberrada con coartada ecologista que enfrenta a un heterogéno grupo de personas (caben todos los estereotipos: el héroe –jugador de fútbol americano y antecedente directo de McGyver-, el villano cegado por el poder, el amigo del héroe, la chica que pasaba por ahí y de paso se liga al héroe, la pareja de viejunos del lugar, una embarazada...) con una jauría de animalillos agigantados gracias a un brebaje especial (el alimento del título) que surge de la tierra. Por ahí pululan avispas, gusanos y gallos de tamaño sobrenatural, aunque los protagonistas de la función son las ratas, a puñados y cada cual más asquerosa.
Su encanto reside en sus artesanales efectos especiales (muy logrados para la época, especialmente esos perdigonazos a las ratas que pondrían de los nervios a los miembros de la Sociedad Protectora de Animales) y en su camuflada incorrección política: ahí está esa apología de las armas, del individualismo, o la inclusión de esa rata blanca más lista que las demás (¿por racismo?). En definitiva, una fuente de entretenimiento sanote y guasón, de desarrollo previsible e inverosímil pero con escenas y situaciones memorables y un sentido del ritmo que anula por completo la noción de aburrimiento apostando por la acción salvaje desde el minuto 1. Recomendable, aunque depende de para quién.
Lo mejor: los efectos especiales chanan.
Lo peor: el guión no se sostiene, pero tampoco importa demasiado.
Su encanto reside en sus artesanales efectos especiales (muy logrados para la época, especialmente esos perdigonazos a las ratas que pondrían de los nervios a los miembros de la Sociedad Protectora de Animales) y en su camuflada incorrección política: ahí está esa apología de las armas, del individualismo, o la inclusión de esa rata blanca más lista que las demás (¿por racismo?). En definitiva, una fuente de entretenimiento sanote y guasón, de desarrollo previsible e inverosímil pero con escenas y situaciones memorables y un sentido del ritmo que anula por completo la noción de aburrimiento apostando por la acción salvaje desde el minuto 1. Recomendable, aunque depende de para quién.
Lo mejor: los efectos especiales chanan.
Lo peor: el guión no se sostiene, pero tampoco importa demasiado.
11 de enero de 2008
11 de enero de 2008
22 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Agradable, elegante y cuidada producción Hammer, una cosa muy de su tiempo que se acerca al tema zombie tirando de la tradición: Haití y el vudú. No es Yo anduve con un zombie ni se le acerca, pero resulta simpática dentro de su profesionalidad y su falta de pretensiones. Gilling filma vestido de etiqueta y encuadra con primor, aunque en las escenas de acción la credibilidad flojee más de lo debido (peleas de andar por casa, personajes que se salvan por los pelos, etc.). El malo, John Carson, actúa según intereses puramente comerciales, lo cual tiene su gracia y sirve para esbozar, como el White Zombie de Halperin, una tontorrona metáfora sobre la alienación laboral y el trabajo en cadena.
Aparte de Halperin y Tourneur, Gilling también busca entre las páginas del Drácula de Stoker para buscar inspiración: los personajes de Alice y Sylvia remiten, según lo que les acontece y el orden en que les acontece, a la Mina Harker y su amiga vampirizada de la obra del irlandés. Dado que la originalidad no es uno de sus fuertes, conviene centrarse en otros aspectos mucho más cuidados: la ambientación, por ejemplo, tan convincente y ajustada como es propio en la productora, y el diseño de los zombies, canosas y mortecinas presencias que dan muy mala espina. Esto, más un buen ritmo narrativo y un tramo final bastante inspirado, convierten a La plaga de los zombies en una de las más recomendables cintas de terror que legó la Hammer en la década de los 60, amén de confirmarse como una de las mejores obras del habitualmente mediocre John Gilling.
Lo mejor: la estampa de los zombies saliendo de sus tumbas.
Lo peor: una historia muy vista (aunque con pequeñas variaciones).
Aparte de Halperin y Tourneur, Gilling también busca entre las páginas del Drácula de Stoker para buscar inspiración: los personajes de Alice y Sylvia remiten, según lo que les acontece y el orden en que les acontece, a la Mina Harker y su amiga vampirizada de la obra del irlandés. Dado que la originalidad no es uno de sus fuertes, conviene centrarse en otros aspectos mucho más cuidados: la ambientación, por ejemplo, tan convincente y ajustada como es propio en la productora, y el diseño de los zombies, canosas y mortecinas presencias que dan muy mala espina. Esto, más un buen ritmo narrativo y un tramo final bastante inspirado, convierten a La plaga de los zombies en una de las más recomendables cintas de terror que legó la Hammer en la década de los 60, amén de confirmarse como una de las mejores obras del habitualmente mediocre John Gilling.
Lo mejor: la estampa de los zombies saliendo de sus tumbas.
Lo peor: una historia muy vista (aunque con pequeñas variaciones).
16 de noviembre de 2007
16 de noviembre de 2007
29 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay algo deliciosamente cruel en la idea de celebrar una fiesta de la alta sociedad mientras unos niñitos enfermos agonizan en la habitación de al lado. Hay algo deliciosamente cruel en torturar, física y psicológicamente, al modelo de infancia Kinder Sorpresa que representan los cuatro hermanos de la película, rubitas faces de anuncio publicitario sufriendo en el caserón de la abuela un poco por propio amor materno. Por supuesto, nos movemos entre líneas por los códigos del cuento (de terror) clásico, por lo que la credibilidad del asunto hay que dejarla en cuarentena (y creedme, en la primera media hora es una tarea muyyyy complicada). Masoquismo y cursilería no terminan de rimar en la primera mitad, pero cuando se va descubriendo el pastel (envenenado) la historia toma tintes oscurísimos que compensan el esfuerzo invertido.
Es una lástima que al frente del proyecto esté la mano más bien impersonal y anodina de Jeffrey Bloom, porque uno imagina este guión desarrollado por, por ejemplo, Tim Burton y se le hace la boca agua. En efecto, la negrura (inmensa) de fondo no casa bien con la claridad y concreción de la forma. Un cuento gótico necesita igualmente de una expresividad gótica para funcionar a pleno pulmón. Entre esto y la escasa definición de ciertos comportamientos (que acercan a la película al peligroso terreno de la comedia involuntaria), Flores en el ático no termina de entusiasmar. Pero merece la pena. ¿Un motivo? Contiene el villano más jodidamente perverso que ha presidido jamás una obra cinematográfica. Y no, no es el que uno imagina en un principio...
Lo mejor: no teme ser demasiado cruel.
Lo peor: yo le hubiera cambiado el final (y quizás añadido alguna explicación pertinente).
Es una lástima que al frente del proyecto esté la mano más bien impersonal y anodina de Jeffrey Bloom, porque uno imagina este guión desarrollado por, por ejemplo, Tim Burton y se le hace la boca agua. En efecto, la negrura (inmensa) de fondo no casa bien con la claridad y concreción de la forma. Un cuento gótico necesita igualmente de una expresividad gótica para funcionar a pleno pulmón. Entre esto y la escasa definición de ciertos comportamientos (que acercan a la película al peligroso terreno de la comedia involuntaria), Flores en el ático no termina de entusiasmar. Pero merece la pena. ¿Un motivo? Contiene el villano más jodidamente perverso que ha presidido jamás una obra cinematográfica. Y no, no es el que uno imagina en un principio...
Lo mejor: no teme ser demasiado cruel.
Lo peor: yo le hubiera cambiado el final (y quizás añadido alguna explicación pertinente).
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