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8
15 de febrero de 2010
15 de febrero de 2010
20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mil novecientos treinta y nueve fue un año de gracia para Victor Fleming. Dos películas imperecederas salieron de su taller de maravillas: "Lo que el viento se llevó" (un proyecto comenzado por otros que él acogió entre muchas dificultades, pero que llevó a feliz término) y la infantil "El mago de Oz". Tienen en común una característica que marcó un hito y que dio otro giro de gigante a la evolución del séptimo arte: Fueron rodadas empleando el Tecnicolor. Una revolución que relegó el blanco, el negro y los grises perpetuos de antes a la condición de reliquia de aire añejo y clásico, que seguiría siendo muy apreciada, pero que pasaría a ser un formato más secundario con mayor frecuencia a medida que el color se imponía. La novedad de poder ofrecer a los espectadores toda la rabiosa gama cromática del espectro era un reclamo irresistible. Aún así, el blanco y negro no ha perdido jamás su dignidad, y sigue siendo sinónimo de sutileza, de un tono más sugerente que explícito, de melancolía, misterio, tenebrismo, claroscuros...

Pero cuando el color arrasó en las pantallas con aquellos matices saturados y plenos, se abrió una nueva vía expresiva. El cine mudo se había extinguido para dejar paso al sonoro. Unas maneras irrepetibles de comunicación con la audiencia concluyeron su tiempo con dolor, pero con resignación, siendo conscientes de que lo que ha brillado en su cima, es mejor que se retire en la plenitud. Y así, el cine que prescindía del sonido se hizo a un lado dejando preciosas obras para el disfrute de las generaciones presentes y venideras. De una manera similar, el cine en color significó un nuevo comienzo. Pero el blanco y negro fue más afortunado que el cine mudo, puesto que sobrevivió con holgura hasta la actualidad.
El cine es renovación y clasicismo, es homenaje y vanguardia, es todo recogido en un par de horas de metraje. En definitiva, todo lo que queramos que sea.
Puede ser como el mundo de Oz, a donde van a parar las niñas que un día se ofuscan y creen que han dejado de apreciar su hogar. Es el mundo de todos los posibles, hacia donde los tornados se llevan a Dorothy, para que haga frente a brujas malvadas, y encuentre amigos de verdad que deben aprender que ya llevan dentro las cualidades de las que creen carecer: cerebro, corazón y valor. Y Dorothy necesitará haberse perdido en las mágicas tierras de colores rutilantes, pobladas de hadas, brujas, zapatos protectores, ciudades encantadas y seres peculiares, para sentir con intensidad su añoranza del hogar, de su granja de Kansas donde sus tíos y sus amigos la esperan. Además, se llevará una bella lección: Las personas que creemos excepcionales no tienen poderes especiales. Todas tienen más o menos lo mismo que cualquiera. A menudo, lo que nos falla es la confianza en nosotros mismos, y la errónea convicción de que otros tienen en abundancia lo que nos falta.
El cine es renovación y clasicismo, es homenaje y vanguardia, es todo recogido en un par de horas de metraje. En definitiva, todo lo que queramos que sea.
Puede ser como el mundo de Oz, a donde van a parar las niñas que un día se ofuscan y creen que han dejado de apreciar su hogar. Es el mundo de todos los posibles, hacia donde los tornados se llevan a Dorothy, para que haga frente a brujas malvadas, y encuentre amigos de verdad que deben aprender que ya llevan dentro las cualidades de las que creen carecer: cerebro, corazón y valor. Y Dorothy necesitará haberse perdido en las mágicas tierras de colores rutilantes, pobladas de hadas, brujas, zapatos protectores, ciudades encantadas y seres peculiares, para sentir con intensidad su añoranza del hogar, de su granja de Kansas donde sus tíos y sus amigos la esperan. Además, se llevará una bella lección: Las personas que creemos excepcionales no tienen poderes especiales. Todas tienen más o menos lo mismo que cualquiera. A menudo, lo que nos falla es la confianza en nosotros mismos, y la errónea convicción de que otros tienen en abundancia lo que nos falta.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Quizás sea eso lo que causa esa insatisfacción de no valorar lo propio.
Hasta que tenemos miedo a perderlo.
Cuando veamos que las cosas se tornan de color gris sepia a nuestro alrededor, hagamos como Dorothy, y caminemos por el sendero de baldosas amarillas para llegar a la Ciudad Esmeralda, donde se nos enseñará a mirar lo que ya sabíamos pero no queríamos ver.
Hasta que tenemos miedo a perderlo.
Cuando veamos que las cosas se tornan de color gris sepia a nuestro alrededor, hagamos como Dorothy, y caminemos por el sendero de baldosas amarillas para llegar a la Ciudad Esmeralda, donde se nos enseñará a mirar lo que ya sabíamos pero no queríamos ver.
16 de mayo de 2009
16 de mayo de 2009
20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Unas botas de agua de color amarillo, unas zapatillas, una navaja, un trozo de cuerda, unas hortalizas, unas verduras... Y los profundos ojos de la persona amada.
Ésas pueden ser las cosas que más importan. Las que nos han acompañado durante toda la vida.
Las que nos han proporcionado más felicidad.
Ése es el tipo de cosas que nos llevaríamos a la tumba.
Aquí tenemos un tributo a la amistad de ocaso. Esa clase de amistad en la que uno se desnuda ante el temor a la vejez, ante el tiempo que se escapó demasiado deprisa, ante lo que ya no se puede arreglar. Pero también de agradecimiento por lo bello que hemos recibido. Por lo que hemos sembrado y por lo que recogemos ahora. No siempre recogemos los frutos más hermosos, y algunos se habrán malogrado. Pero hay un momento en que nos detenemos a contemplar nuestro huerto, y descubrimos que es milagroso.
Somos una alegoría de ese huerto. Sembramos y, dependiendo de los cuidados que le prodiguemos, de la suerte, del clima, de los parásitos y de la bonanza, recolectaremos una cosecha más o menos abundante, más o menos sana, más o menos plena de colorido.
Ésas pueden ser las cosas que más importan. Las que nos han acompañado durante toda la vida.
Las que nos han proporcionado más felicidad.
Ése es el tipo de cosas que nos llevaríamos a la tumba.
Aquí tenemos un tributo a la amistad de ocaso. Esa clase de amistad en la que uno se desnuda ante el temor a la vejez, ante el tiempo que se escapó demasiado deprisa, ante lo que ya no se puede arreglar. Pero también de agradecimiento por lo bello que hemos recibido. Por lo que hemos sembrado y por lo que recogemos ahora. No siempre recogemos los frutos más hermosos, y algunos se habrán malogrado. Pero hay un momento en que nos detenemos a contemplar nuestro huerto, y descubrimos que es milagroso.
Somos una alegoría de ese huerto. Sembramos y, dependiendo de los cuidados que le prodiguemos, de la suerte, del clima, de los parásitos y de la bonanza, recolectaremos una cosecha más o menos abundante, más o menos sana, más o menos plena de colorido.

Jean-Pierre Darroussin & Daniel Auteuil
"Del Pincel" y "Del Jardín" son dos amigos que han llegado a ese momento de contemplar sus cosechas. Y cada uno las venera a su modo. Uno, con su trabajo paciente y esforzado, con su llaneza tan amable como la tierra benigna y fértil que pisa. El otro, con su sensibilidad artística, su capacidad para captar los juegos de la luz y el color en sus lienzos imperfectos. Uno, mimando los productos de la tierra, participando activamente en su crecimiento, conociendo instintivamente sus secretos; el otro, observándolos y grabando su esencia al óleo sobre una tela, inmortalizando lo que ya apenas nos detenemos a considerar. La belleza de las pequeñas cosas.
Porque al final acabamos dándonos cuenta de que todos esos pequeños detalles son los que nos han hecho más felices.
Porque al final acabamos dándonos cuenta de que todos esos pequeños detalles son los que nos han hecho más felices.
29 de noviembre de 2008
29 de noviembre de 2008
20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es infalible. No tengo más que ponerme una de los Marx cuando no me encuentro en uno de mis mejores momentos anímicos, y las carcajadas me brotan espontáneamente, alegres, puras, limpias, sin rastro de adulteraciones. Los sinsabores se diluyen durante ese rato en el que estos hermanos, a los que considero amigos leales, me evaden de mi realidad y me conducen hacia su particular mundo incoherente en el que las penas se conjuran con tragos de alegría e irreverencia.
Porque los Marx poseen la virtud de desatar la risa más sana. Sacan al exterior los restos de nuestra infancia y nos hacen regresar a ella, y hasta los niños pueden desternillarse disfrutando de los delirantes gags dirigidos también a ellos. Estos hermanos cómicos respetan a todas las audiencias y siempre esconden ases que deleitan a todo aquel que se deje deleitar, ya tenga diez años u ochenta.
Aunque la estructura de todas sus películas es similar, lo que cuenta es el derroche de humor siempre fresco e ingenioso, esas frases mordaces, esa forma de saltarse a la torera las convenciones y las normas de etiqueta más elementales, y esos mareantes momentos de desbordada acción, de entradas y salidas, puertas que se abren y se cierran constantemente, habitaciones desmanteladas y convertidas en un caos absoluto, mujeres guapas manoseadas y personas maquiavélicas que acaban con tres palmos de narices...
Porque los Marx poseen la virtud de desatar la risa más sana. Sacan al exterior los restos de nuestra infancia y nos hacen regresar a ella, y hasta los niños pueden desternillarse disfrutando de los delirantes gags dirigidos también a ellos. Estos hermanos cómicos respetan a todas las audiencias y siempre esconden ases que deleitan a todo aquel que se deje deleitar, ya tenga diez años u ochenta.
Aunque la estructura de todas sus películas es similar, lo que cuenta es el derroche de humor siempre fresco e ingenioso, esas frases mordaces, esa forma de saltarse a la torera las convenciones y las normas de etiqueta más elementales, y esos mareantes momentos de desbordada acción, de entradas y salidas, puertas que se abren y se cierran constantemente, habitaciones desmanteladas y convertidas en un caos absoluto, mujeres guapas manoseadas y personas maquiavélicas que acaban con tres palmos de narices...
E, invariablemente, el triunfo del amor y de la amistad y de todas las cosas que en el fondo merecen la pena.
8
13 de julio de 2007
13 de julio de 2007
20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta serie la emitían hace unos veinte años en el programa "La bola de cristal". Los que ahora estamos por los treinta, algo más o algo menos, tuvimos la suerte de contar con aquel programa original y rompedor que durante cuatro años amenizó todas las mañanas de los sábados. No puedo hablar de "Los Monster" sin asociarlo a dicho programa.
Yo me tragaba todo el programa y, por supuesto, esperaba también con impaciencia el momento en que ponían la serie. Creo que apenas me perdí un capítulo. Hoy día ya se me han olvidado, pero sí recuerdo aquella ambientación de pseudo-terror, en blanco y negro, con aquel caserón destartalado lleno de telarañas y rodeado de un tétrico jardín. También recuerdo a Herman, tan entrañable, brutote, torpón y tierno, que tanto nos hacía reír; a Lily, la atractiva vampiresa coqueta y tan entregada a su familia; el abuelo, un vampiro picarón al que le gustaba hacer experimentos en su laboratorio; Eddie, el pequeño hombre lobo traviesillo y muy apegado a su abuelo; y la sobrina de Lily, el único miembro de la familia con un aspecto normal.
Yo me tragaba todo el programa y, por supuesto, esperaba también con impaciencia el momento en que ponían la serie. Creo que apenas me perdí un capítulo. Hoy día ya se me han olvidado, pero sí recuerdo aquella ambientación de pseudo-terror, en blanco y negro, con aquel caserón destartalado lleno de telarañas y rodeado de un tétrico jardín. También recuerdo a Herman, tan entrañable, brutote, torpón y tierno, que tanto nos hacía reír; a Lily, la atractiva vampiresa coqueta y tan entregada a su familia; el abuelo, un vampiro picarón al que le gustaba hacer experimentos en su laboratorio; Eddie, el pequeño hombre lobo traviesillo y muy apegado a su abuelo; y la sobrina de Lily, el único miembro de la familia con un aspecto normal.

Esta inteligente serie representa una tierna y simpática sátira de las familias estadounidenses y nos hace reflexionar sobre los prejuicios y lo que se puede considerar "normal" o no en la sociedad. Esta "monstruosa" familia, que en realidad es totalmente inofensiva y tiene la aspiración de ser como cualquier otra familia, buscará su camino tratando difícilmente de integrarse en la sociedad sin dejar de ser ellos mismos, demostrando que en el fondo no son tan diferentes como aparentan.
Una serie de las de siempre, muy recomendable para todos los públicos.
Una serie de las de siempre, muy recomendable para todos los públicos.
30 de abril de 2012
30 de abril de 2012
19 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Se reconoce inmediatamente la esencia de una de las más universales novelas. Tan inquietante e inescrutable que sus innumerables matices asombran, porque Dostoievsky reprodujo las retorcidas profundidades humanas con escalofriante fidelidad. Un joven estudiante muy pobre y solitario comete un asesinato, en un principio movido por los objetos de valor de la víctima, pero en realidad por móviles más viscerales, complejos, quizás por un instinto sádico y depredador que anida en su subconsciente, o por un impulso de desafío, el grito de protesta de un patético y sombrío desgraciado que se muere de hambre y soledad y que busca un reto, un autocastigo, demostrando que es aterradoramente fácil cometer un crimen ante las narices del mundo, perder el alma y que siga amaneciendo como si nada, reduciéndonos a piojos devorados de indiferencia que en último caso dependen de su propia moral, de su propio sentido de la justicia, o del sinsentido. En el crimen de Raskolnikov está implícito su castigo personal, el que él se autoinflige, y también deja en evidencia que la justicia institucional es alarmantemente insuficiente ante los precipicios de la psique humana.
Un plano inicial repugnante abre la película, en el que una cucaracha se mueve por una tabla de carnicero con los ruidos de sus patas y antenas amplificados y acaba decapitada por el pesado cuchillo de Raikainen, quien corta y despieza con displicencia la carne en una gran nave industrial. No charla con los otros empleados y realiza su trabajo como realizaría cualquier otra tarea insignificante, y se encuentra una gran similitud entre la frialdad de su entorno, su rostro inexpresivo y la muerte de ese asqueroso bicho entre los repulsivos trozos de carne ensangrentada destinada a la venta y consumo. Al acabar la jornada, se riega todo a manguerazos, el agua rojiza se desliza hasta los desagües del suelo y los pedazos que habían sido animales quedan colgando de los ganchos, aguardando al monótono día siguiente.
Con este bofetón metafórico Aki inaugura la particular visión kafkiana de la humanidad que ha incluido en este largo, y que se continúa con la estéril historia dostoievskiana de Raikainen-Raskolnikov, ex-estudiante inteligente carcomido por la desidia de la vida, inquilino de un cuartucho miserable, acompañado de cigarrillos, un individuo tan gris que, sin nada más que perder, decide asesinar a un hombre que tuvo algo que ver con él en el pasado. Se muestra ambiguo, punzante y desafiante con la policía, da vueltas en torno al lugar del crimen, deja pistas adrede, sometiendo a la autoridad a su juego, burlándose de ella, dejándole claro que la sentencia ya la cargaba él dentro, quien no tiene miedo al abandono y el ostracismo social porque ha vivido en él siempre. Su extraña relación con Eva-Sonja, la única testigo ocular de los hechos, la dualidad rechazo-compasión, amor-desdén, atracción-miedo, gravita en torno al misántropo homicida.
Un plano inicial repugnante abre la película, en el que una cucaracha se mueve por una tabla de carnicero con los ruidos de sus patas y antenas amplificados y acaba decapitada por el pesado cuchillo de Raikainen, quien corta y despieza con displicencia la carne en una gran nave industrial. No charla con los otros empleados y realiza su trabajo como realizaría cualquier otra tarea insignificante, y se encuentra una gran similitud entre la frialdad de su entorno, su rostro inexpresivo y la muerte de ese asqueroso bicho entre los repulsivos trozos de carne ensangrentada destinada a la venta y consumo. Al acabar la jornada, se riega todo a manguerazos, el agua rojiza se desliza hasta los desagües del suelo y los pedazos que habían sido animales quedan colgando de los ganchos, aguardando al monótono día siguiente.
Con este bofetón metafórico Aki inaugura la particular visión kafkiana de la humanidad que ha incluido en este largo, y que se continúa con la estéril historia dostoievskiana de Raikainen-Raskolnikov, ex-estudiante inteligente carcomido por la desidia de la vida, inquilino de un cuartucho miserable, acompañado de cigarrillos, un individuo tan gris que, sin nada más que perder, decide asesinar a un hombre que tuvo algo que ver con él en el pasado. Se muestra ambiguo, punzante y desafiante con la policía, da vueltas en torno al lugar del crimen, deja pistas adrede, sometiendo a la autoridad a su juego, burlándose de ella, dejándole claro que la sentencia ya la cargaba él dentro, quien no tiene miedo al abandono y el ostracismo social porque ha vivido en él siempre. Su extraña relación con Eva-Sonja, la única testigo ocular de los hechos, la dualidad rechazo-compasión, amor-desdén, atracción-miedo, gravita en torno al misántropo homicida.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Una cucaracha más aplastada por un cuchillo carnicero, olvidada entre desperdicios sanguinolentos esperando a ser arrojada por el desagüe al que van todas las cosas que no valen nada.
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