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Críticas 1.747
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
8
3 de mayo de 2008
23 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Anoche tuve un sueño fatídico: Más allá de la isla de Skye, vi a un hombre muerto ganar una pelea... y creo que ese hombre era yo."
Esta película bélica posee un gran valor sentimental para mí, porque habla de lugares que me han visto nacer y crecer. Lugares que, hace sesenta y cinco años, tuvieron su parte indirecta en el desarrollo de unas maniobras militares destinadas a engañar a los nazis y, de ese modo, debilitarlos un poco más y contribuir a salvar vidas humanas, aunque fuera una minúscula parte en comparación con tantos millones de bajas que la guerra se cobró.
Con tal propósito, el capitán de corbeta Ewen Montagu ideó un plan sencillo y brillante, que se denominaría "Operación Mincemeat". Para llevarlo a cabo, inventaron a un hombre que no existía: el Mayor William Martin. El gran reto consistía en hacer creer a los nazis que William Martin era genuino. Y nada debía fallar en el plan. Había que prever todos los posibles escollos, y lo demás dejarlo en manos de la providencia. Si los nazis sospechaban que era una maniobra... se harían más fuertes sobre Europa.
El plan se puso en ejecución, y lo dejaron en manos de Dios o del destino. Ahora sólo faltaba que todo saliese como se había previsto...
Las costas de mi provincia fueron el escenario escogido en el que debía producirse el hallazgo crucial, y un hombre sencillo, un pescador a quien todos los de por aquí conocían, ocupó su lugar en los acontecimientos que aportaron su granito de arena para tratar de frenar la barbarie nazi y evitar algunas masacres.
Será a causa de todo ello que experimento una especial empatía hacia esta película que, por otra parte, es muy correcta, está bien interpretada, adolece de un buen guión y de los componentes necesarios para incluirla entre los mejores filmes bélicos. Sin un solo disparo, sin campos de batalla ni escenas cruentas. Con la chispa de unos diálogos inteligentes y brillantes, con cierto sentido del humor, con el respeto debido a la memoria de un hombre que no sabía que le aguardaba un gran papel por desempeñar, con elegancia y huyendo de sensiblerías. Con una acertada sobriedad y sin escenas de quitar el hipo, pero todas bien hilvanadas.
William Martin, "el hombre que nunca existió", descansa en el cementerio de la Soledad de Huelva.
Nunca se ha averiguado su verdadera identidad. Pero eso es lo de menos.
Probablemente aquel hombre nunca imaginó que sería enterrado tan lejos de su casa.
Ni que su memoria sería venerada a lo largo de las generaciones por miles de personas a las que nunca imaginaría conocer.
1 de julio de 2015
22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
El sex symbol Alain Delon encarnaba como nadie al prototipo del galán desangelado, bohemio, sin propósito. Vagabundo geográfico y emocional que no encuentra asiento, huyendo de sus fantasmas, paseando su hastío entre cigarrillos, observando la anodina vida que lo rodea, tan insípida como la suya. Una niebla pesada como las almas cubre Rímini de un gris apagado. Se respira poca paz y ninguna felicidad.
Daniele llega a la ciudad como podría haber llegado a cualquier otra, buscando un empleo con el que tirar durante un tiempo hasta que la veleta vuelva a cambiarle el rumbo. Instruido y culto, quizás con una única pasión: la literatura, la poesía. Lo contratan de profesor en el liceo, aunque admite que no tiene vocación de docente.
Entre el humo del tabaco y versos recitados a una adormecida audiencia de adolescentes, Daniele se fija en una estudiante que lo conmueve. Vanina es preciosa, pero triste. La desesperanza anida en su juventud sin sueños.
Un Rímini de bajos fondos desfila melancólico, escenario de un amor trémulo que surge como un deseo culpable y desafiante, en contra del implacable curso de una vida condenada al vacío.
11 de enero de 2011
22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
No simplemente porque sea justo el solsticio de verano. También porque es la noche en la que Alba y Natasha conocen el amor verdadero. El más grande que hayan sentido.
Quizás a menudo las más intensas historias de amor son las que se guardan bajo llave entre cuatro paredes.
Cuántas habitaciones de hotel habrán sido testigos de romances así. Extraños que se cruzan, abriéndose a un embrujo que sólo es posible si acaso una vez, dos veces (y eso con endiablada suerte) en la vida.
Amores de cuento, jugando a lo imposible, redescubriéndote, puedes mentir e inventarte un yo porque todo es nuevo, porque él o ella no te conoce, porque tienes miedo, o porque las posibilidades son tantas que podrías probar a ser como un héroe romántico de esas novelas que has leído. Aunque también puedes dejarte llevar por el impulso contrario, el de revelar la verdad que tienes ahí tan escondida, tan enquistada que no te creías capaz ni de admitirla ante ti mismo.
Y dejarse llevar por el misterio de la noche romana, poco a poco, tanteando el terreno movedizo hasta que cierras los ojos, tomas aire, te desnudas y te lanzas a la piscina. Nunca antes te habías lanzado así. Seguramente no te volverás a lanzar así. El diálogo de las almas titubeantes y de los cuerpos en confusión, y ahora temor, y de repente fuego, y luego melancolía, y risas, y fuego otra vez, piel contra piel, corazón contra corazón. Dos seres degustando un punto álgido, el más elevado que se pueda degustar en el amor.
Natasha Yarovenko, Enrico Lo Verso & Elena Anaya
Lo sublime no abunda. Es su destino. Si no existiera la mediocridad, o la medianía, o la ordinariez de los días corrientes, tampoco sería posible saborear la plenitud que en muy raras ocasiones, en brevísimos destellos, puede llegar a rozar a unos cuantos afortunados.
Podemos hacernos la siguiente pregunta: “¿Yo he tocado el cielo alguna vez?” Si la respuesta es sí… Somos los más bienaventurados del mundo.
Un hermoso escenario, un marco exquisito para el cielo de Alba y Natasha, una preciosa idea inspirada por el chileno Matías Bize… Pero Medem no me conduce a los reinos celestiales pese a tan prometedoras premisas. Me quedo con la película chilena, nada glamourosa, en una habitación mucho más sencilla, con dos personajes más naturales, más próximos. La fotografía no era de ensueño, no daba tanta impresión de estar estudiada al milímetro, los protas eran dos desconocidos del montón a los que se les veía a la legua que eran como el promedio de la gente. A las chicas de Medem les detecto cierto aire a falso, a rebuscado. Luciendo cuerpazos, haciendo poses (sobre todo Anaya, la Yarovenko sí me ha parecido más auténtica). Se le ha notado un poquito a Medem, o así lo aprecio yo, la urgencia por diseñar la noche más “sensual-chic” del panorama cinematográfico del pasado año.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Pero hay algo que la rescata. Tras pensármelo un poco, y tras todas estas reflexiones, he decidido subirla al seis, que pensé en ponerle un cinco.
Y es que esta película nos recuerda esa historia de amor que algunos guardamos bajo llave entre cuatro paredes.
9 de septiembre de 2010
22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Por una vez, dejemos a un lado los laureles del éxito. Aparquemos durante hora y media la interpretación, el personaje ficticio, el clásico guión destinado a que Anna Amendola, Emma Danieli, Alida Valli, Ingrid Bergman, Isa Miranda y Anna Magnani dejen de ser ellas para ser otras.
Aquí cada una es ella misma, con su identidad real. No tienen que hacer de la chica de un gángster, ni de una mujer romana en la segunda Guerra Mundial, ni de una inmigrante atrapada en una isla volcánica… En cinco mediometrajes unidos, vemos trocitos de las auténticas, fragmentos, anécdotas de las que no salen delante de la cámara, de las que no necesita escribir ningún guionista, porque con frecuencia el más soberbio guionista es la vida cotidiana.
Aquí encontraremos esos nervios de las aspirantes que ni por asomo imaginarían que conseguirían dedicarse a su vocación actoral; tedio y añoranza originados por la exigente vorágine de la fama; atisbos de sencillez doméstica; el vacío que siente una estrella que se ha volcado por entero a su profesión y que ha llegado a la edad madura sin familia, sin hijos, sola en su casa decorada con los vestigios del estrellato; y por último, un gracioso suceso callejero, derivado en disputa en una gendarmería llena de divertidos agentes, que da lugar a uno de los sonados retrasos de una artista como no ha habido muchas en Italia.
Fugaces recuerdos sabiamente rodados y ensamblados, rostros universalmente conocidos expuestos al desnudo, mostrando diversos momentos personales y profesionales. Los inciertos comienzos, seguidos de espléndidas carreras consolidadas que dan paso a la cresta de la ola, lo cual no implica plenitud íntima en todos los casos. Hay artistas que no soportan bien o que acaban afectados por la dureza de ser famosos. La intensiva entrega a su imagen de divas/os de la pantalla conlleva su parte negativa. En este sentido, los episodios más dramáticos son los de Valli y Miranda: las consecuencias de ser quienes son. Pero otras lo llevan de una manera mucho más distendida, como Bergman y Magnani. Las promesas de futuro están en Amendola y Danieli: las puertas se les acaban de abrir y la incógnita se despliega como una alfombra roja de posibilidades.
Cinco bellos episodios, seis mujeres próximas que regalan su espontaneidad en una agradable comedia a ratos dramática, que se podría definir como comedia-drama-crítica-homenaje sobre la vida, el cine y el mundillo del espectáculo.
Las actrices no son diosas, las estrellas de cine están hechas del mismo material que el resto: un poco de carne, un poco de alma, y un mucho de la materia de los sueños.
22 de noviembre de 2008
22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta es otra de mis series de dibujos animados intocables.
Al recordarla, de nuevo vuelvo a sentirme afortunada por haber nacido en el momento propicio para que esta serie se cruzara en mi trayectoria vital en mis años tiernos.
Entre tantos dibujos animados que seguí, los de "La abeja Maya" son de los que recuerdo con más cariño.
Cuántas tardes la dulce Maya me cogió de la mano y me condujo volando a su país multicolor, me presentó a todos sus amigos, que se convirtieron automáticamente en amigos míos también, y me hizo pasar por cientos de aventuras, entre las cuales la de crecer y transformarse en una persona mejor cada día era la aventura más hermosa.
Maya, la traviesa y entrañable Maya, una abeja obrera inquieta e imaginativa, nos enseñó lecciones de humanidad.
En algún momento de mi crecimiento, ella me tomó de la mano y avanzó a mi lado dejándome en los labios el regusto dorado de la miel, y ya nunca me soltó.
Siempre volará conmigo.
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