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La propia seriedad de Buster Keaton cuando va unida a una comicidad distinta, inteligente y rayana con el surrealismo, produce escenas magistrales y secuencias inolvidables.
En “Seven Chances” encontramos también esta comicidad “diferente”. Recordemos la secuencia inicial del paso de las estaciones y el crecimiento del perro. Recordemos también al empleado negro sobre un caballo blanco de idénticos andares. Recordemos la tarjeta que llueve en pedazos sobre la cabeza de Keaton significando un rotundo No.
Gestos, ademanes, expresiones y hasta la propia inexpresividad al servicio de la risa y la carcajada.
Pero, a partir de la secuencia de la iglesia, otro de los momentos maestros, la película entra en una fase menor. No mucho menor pero si lo suficiente para que se note, ese, digamos, bajón. Las secuencias se alargan sobremanera (la persecución de las mujeres es obsesiva e interminable, aunque no exenta de momentos geniales) y lo que es peor, los gags se vuelven más convencionales (Buster Keaton cual antepasado de Indiana Jones perseguido por cientos de rocas y brincando desfiladero abajo).
Después me enteré que lo de las rocas se añadió con posterioridad, dado el poco éxito que tuvo la película en proyecciones previas. Pero ese añadido que buscaba una carcajada fácil e instintiva, no encaja con la comicidad inteligente de un rey de la comedia cinematográfica como fue y sigue siendo Keaton.
Por ello, y reconociendo sus muchísimos méritos, en una clasificación provisional, situaré a Seven Chances en tercer lugar detrás de El cameraman y especialmente de la memorable Sherlock Jr. Evidentemente y en la medida que no conozco toda la obra de este cómico irrepetible, la clasificación es, como queda dicho, provisional.
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En algunas críticas encontradas en Internet sobre esta película he llegado a leer cosas como estas: " Polanski juega con la metáfora del cuchillo, como representación violenta" ó "El conformismo final de un tipo de sociedad acomodada y acomodaticia (...) renunciando a cualquier evolución ilusionante sea, quizás, el reproche a un régimen político, paternalista y castrante, de este aburrimiento existencial".
Pero ¿A qué estamos jugando? ¿Si Polanski tose es el símbolo de las trompetas del Juicio Final? ¿Es que el cuchillo, sin metáforas, no es ya de por si una representación violenta? ¿Donde están los reproches políticos de un matrimonio aburrido y con ganas de un poco de marcha?. Disculpen mi ceguera. No los veo por ninguna parte,
Lo que si veo es que Polanski es un buen director. Un magnífico director. Y lo digo después de repasar su filmografía completa. Me maravilló con "El pianista" aunque me produjese cierta repulsión en "Repulsión" debido a un excesivamente recargado, en mi modestísima opinión, lenguaje de símbolos. Pero incluso con este "instintivo" rechazo califiqué como buena la película porque Polanski es un artesano de la cámara que mima cada plano, cada fotograma. Cito textualmente mi comentario a “Repulsión” : “Polanski es un director que cuida al detalle cada plano, cada escena”. Y mientras escribo esto, rememoro la entrada del pianista en las calles de Varsovia ó una mano sobrevolando un viejo piano.
Y a ese artesano lo he vuelto a encontrar en “El cuchillo en el agua” con planos fotográficos magníficos, el fondo de mástiles, la cubierta del barco a vista de pájaro, la carretera, los árboles en el horizonte y muchos más. Pero, también he encontrado un Polanski simbólico, mucho más digerible que en Repulsión (quizás por tratarse de su ópera prima), un Polanski claustrofóbico y en definitiva un Polanski que tamiza la sociedad a través de sus propias vivencias y nos la muestra como él la entiende. En cierta medida es como Picasso ó Dalí dejándonos su universo sobre un lienzo. Solo que aquí las herramientas de que dispone el artista para hacernos llegar su obra son otras.
Aquellos que conocieron a artistas famosos cuando estaban empezando suelen decir algo así como “ya tenía maneras de...” ó “ya apuntaba...”. Bueno, pues aquí lo mismo y en superlativo. Polanski apunta con su primera película a lo que luego sería su filmografía, original e irrepetible, que promueve los amores y los odios más extremos, que sugiere más que muestra y que sobre todo nos descubre el complejo interior de un irrepetible director del siglo XX.
El tiempo es un factor a considerar en cualquier valoración que pretenda ser justa. El caso de Las puertas de la noche de Marcel Carné es un buen ejemplo. La película se filma tras la liberación de París. Los nazis se habían marchado dejando atrás una población llagada de recelos, odios, mercado negro y miseria. Eso sí, “ à nous la liberté”.
Temas demasiado difíciles de digerir para los espectadores y la crítica por mucho que Jacques Prevert esté al guión y Joseph Kosma a la batuta y Les feuilles mortes pongan letra y música al realismo poético de Carné. El tiempo otorga una perspectiva diferente sin resquemores de vecindad ni venganzas que se sirvan frías, lo cual le sienta bien a una película fundamental en la filmografía de Marcel Carné.
Es cierto que la realización de esté trabajo estuvo lastrada por circunstancias tales como la negativa de Jean Gabin y Marlene Dietrich a formar parte del proyecto con la consiguiente elección de nuevos actores, Yves Montad, en su primer papel protagonista, y una semidesconocida Nathalie Nattier, el exceso de bombo, platillo y expectativas creadas en torno a una de las producciones más costosas en su fecha del cine francés, y el recuerdo aún lacerante de una época de supervivencias incluso a precios ignominiosos. Pero el tiempo ha abierto un gran angular y aquello que solo era una pesadilla de la que aprender hoy se ha convertido en historia.
Un film entre el cine negro, el drama cotidiano y el surrealismo, donde el destino se hace carne en la figura de un mendigo, verdadero director de orquesta de una historia de amor entre escaleras, metros, estatuas y restos varios de una guerra que también dejó sus heridas en el alma de París.
Películas como esta se prestan al debate ¿Cine o Canal Historia?. Puede ser un tema de discusión difícil pero interesante. Quienes vean en el cine puro entretenimiento, probablemente sean tolerantes con las inexactitudes históricas, mientras que aquellos que, por encima de todo, vean en él un medio para acercar al pueblo la cultura defenderán a capa y espada la ortodoxia. En mi opinión el punto de equilibrio dista lo mismo de los extremos. ¿Perogrullo? Si, pero es cierto. Entre lo contenido en los papiros originales de donde Mika Waltari concibió su novela y lo que podría contar Mel Brooks sobre la loca historia del antiguo Egipto, puede situarse, con un cierto consenso, esta película.
Lo único que no me acaba de cuadrar es lo de Victor Mature como faraón "suplente". Probablemente a causa de sus múltiples papelitos de romano su imagen siempre parece estar más cercana al Coliseo que a la Esfinge. No obstante pecaríamos de injustos si valorásemos todo su trabajo durante dos horas de película únicamente por las escenas finales. Mature da vida al mejor amigo de Sinuhe, un soldado ambicioso que, casualidades de los dioses, consigue alcanzar el rango de comandante en jefe de la guardia del Faraón mientras que Sinuhé sigue tratando de ejercer la medicina en favor de los pobres aun contando con la amistad del Faraón.
Apartando las inexactitudes históricas que, haberlas háilas y los habituales toques moralistas cristianos tan propios del género histórico made in Hollywood, la película resulta coherente con esos conceptos primarios conocidos acerca de la vida en el Antiguo Egipto. Temas tales como la momificación, la vida tras la muerte, el ejercicio de la medicina, las castas sacerdotales o el conflicto poli-monoteísmo están presentes y aunque su ubicación temporal sea desacertada configuran un escenario atrayente para el espectador.
Se rueda en Cinemascope y Leon Shamroy resulta nominado al Oscar por su fotografía en color, sin embargo su elevado presupuesto no consigue ser equilibrado por el "box-ofice" y sus decorados se reutilizan en la superproducción de Cecil B. de Mille, Los diez mandamientos. La elección de los actores tampoco resultó fácil. Marlon Brando estuvo contratado hasta el último momento para interpretar a Sinuhé pero se retiró del proyecto argumentando problemas de salud cuando en realidad ni le gustaba el guión ni la presencia de Bella Darvi, amiguita de Leonard. Se barajaron nombres como Farley Granger pero al final se optó por un quasi desconocido Edmund Purdom quien venía de prestado de la MGM. No obstante, no debemos sacar conclusiones erróneas, las interpretaciones son dignas, destacando, a mi juicio, Jean Simmons, Peter Ustinov, Michael Wilding y el propio Purdom. La codiciosa seducción de Bella Darvi es también otro activo a considerar.
En resumen, absténganse quienes busquen fidelidades espacio-temporales. El resto, viajen al Egipto de los Dioses y los Faraones y disfruten de una historia bien contada...
No sé si será cosa de estos tiempos de crisis o achaques de la edad, el caso es que cada vez con más frecuencia acabo refugiándome en valores cinematográficos de rentabilidad fija, sin albures que presagien sorpresas poco agradables. Esto, en la mayoría de las ocasiones supone un riesgo, tal vez no económico pero si sentimental. De tal manera, películas que en nuestra vida dejaron huellas positivas, pueden acabar malparadas tras segundas o terceras revisiones, porque ellas siguen siendo las mismas, pero nosotros no.
Los siete magníficos fue una de las primeras películas que vi en mi vida. Recuerdo aquella noche en el cine Marina, un cine del barrio barcelonés de La Barceloneta y veo a aquel niño de ojos extremadamente abiertos ante aquellos inmensos y heroicos personajes. Seguramente, por aquel entonces no sabía que las notas de aquella partitura musical de Elmer Bernstein ya sabían a cine y a western y por supuesto desconocía que la obra de otro genio como Kurosawa había inspirado esta película. No sabía nada de ello. Solo sabía que me acababa de asomar a un mundo mágico, al mundo del cine, del western y de la aventura, un mundo que me parecía ilimitado e inalcanzable. Los sueños de Akira Kurosawa (versión Sturges) desde aquella noche formaron parte de mis propios sueños.
Muchos años después, vista por tercera o cuarta vez, la dilatación de la pupila ha sido menor, pero aun así, ¡se ha seguido dilatando! ¿Cuántas películas pasadas o presentes pueden o podrán decir lo mismo?. La historia del cine nos ofrecerá muchísimos personajes con el rostro y las facciones de Yul Brynner o de Steve McQueen o de Charles Bronson, pero para mí todos ellos, especialmente Brynner, seguirán siendo siempre Los siete magníficos con aquellos valores que desde aquella primera visión, y sin darme cuenta, hice míos. Valores de honradez, de lealtad, de amistad, de compromiso, de ayuda. Es verdad que eran siete pistoleros a sueldo. Es cierto que eran siete samuráis cuyas armas servían al poderoso caballero, aunque como en este caso las rentas de los campesinos no fuesen muy boyantes. Es cierto que formalmente se regían por contratos de obra determinada, ahuyentar definitivamente a la banda de saqueadores mexicanos al mando de Caldera (Eli Wallach), pero para mí y desde aquella noche de marras fueron siete tíos muy legales. Y es que hasta por una vez el título resultaba súper apropiado: Los siete magníficos.
Muchos de los que escribimos comentarios en esta web, valoramos las películas no tanto por sus aspectos técnicos y profesionales sino por el impacto que un film deja en nosotros. Los dieces son caros de dar. No todas las películas tienen ese calado profundo. Obras maestras no hay tantas. Pero tal vez coincidan conmigo en que una película que marcó nuestra vida y nos dejó su huella, amén de valores éticos y personales, es una película maestra, en el sentido más etimológico del término. La pupila sigue dilatada. Sin duda y “para mí y por mí ” : Un 10.