Hay una clara línea que define la sensiblería y la pedantería del intento sincero y honesto de tratar de narrar el desarrollo de unos sentimientos por profundos que estos sean.
En el caso de la película de Anania existe una gratuidad y autocomplacencia que bordea el desastre. No existe una coherencia narrativa interna que permita seguir el hilo de lo que se nos pretende contar. No hay más fuego que el de una vacuidad exasperante que nace de una anécdota que, aún encima, es harto simplona.
No exploramos el teatro dentro del teatro, tampoco la naturaleza de las enfermedades psíquicas, o un caso, al menos; tampoco se trata de un thriller, es más la repetición delirante de las mismas notas de piano mientras nos atrevemos a que la sucesión de palabras salve o produzca un efecto laxante en el intelecto del espectador.
Ni mucho menos. No se puede caer en esta trampa de profundidad hueca y estéril. No hay apenas ningún momento interesante y lo peor es que las preguntas que nos planteamos acerca del meollo de la historia son más acuciantes al final que al principio, aunque la verdad, tampoco importan demasiado.
En este ejercicio de encantado de haberme conocido, Anania no está en ningún lado, se limita a creer que sus poses son cine o que el cine son sus poses, lo peor para un cineasta que debe contar historias y contarlas bien.
Mal Winona Ryder que parece perderse en lo incomprensible de las reacciones de su papel, aunque la verdad es que está dopada, claro. Mejor, mucho mejor, un James Franco cuyos matices parecen mucho más atinados al misterio que parece envolver a su personaje. Aunque al final todo es un mero bluf.
El ritmo es áspero como una cuchilla de afeitar.
No es necesario ver esta película para comprobar dos cosas o tres cosas evidentes. Que Fassbender es un actor consolidado y versátil lo puede uno comprobar en la filmografía de Steve McQueen, que Charlize Theron aunque tenga pocas escenas y un mal personaje, siempre lo hace dignamente también es fácil de comprobar, y, por último, que un mal guion arruina cualquier película también es axioma recurrente en la historia del cine.
Así que si uno no quiere saber que dos más dos, casi siempre dan cuatro, mejor ahorrarse esta producción.
Y mejor hacerlo porque salvando unos interesantes primeros minutos salvados por la majestuosa fotografía y la soberbia puesta en escena, la cosa se derrite al poco tiempo. Justo en el momento en el que los pulpos engendran sandías y las sandías se aparean con las liebres para procrear seres demoníacos.
Y ahí se acaba la cosa. Se acaba en el momento en el que el espectador se pregunta qué nueva recombinación tendremos que soportar, con qué nuevos bichos y bajo qué nueva perspectiva.
Porque todo el embrollo no es más que un viernes trece futurista con un Jason juguetón que se dedica a recombinarse de todos los colores. En todo caso ya lo ha dicho uno de los guiñapos de personajes que existen en este guion; si te quieres cargar tres siglos de darwinismo, pues allá tú.
Imagino la felicidad de cualquier creacionista de pro que vaya a ver la película porque, efectivamente, es una pelicula más cercana a la ficción que a la ciencia, pero mucho más. Tanto que el guion no tiene peso alguno de credibilidad.
Volviendo al principio, lo que es también comprobable es que Alien ha sido de las mejores películas del género y su memoria no se merecía nada de esto.
Siguiendo con cine ligero, We bought a zoo consigue con armas clásicas y empleadas hasta la saciedad una buena combinación para armar una película con cierto interés, sobre todo cuando es capaz de saltar por encima de lo preestablecido y adentrarse en terrenos algo más originales.
Los momentos de comedia son los mejores, ahí es donde el guion se mueve como pez en el agua para convertir algo rutinario en algo interesante. Sin embargo, los momentos de romance no funcionan y a riesgo de resultar hereje, no funcionan porque Scarlett Johansson se ha convertido en otra cosa pero ya no es la actriz prometedora de sus inicios. Tengo la sensación de que a medida que su fama como mito erótico ha ido engordando con las películas, su desempeño como profesional ha ido adelgazando paulatinamente.
Aquí no da la talla para enfrentarse a todo un actor como Matt Damon quien, literalmente, la hace desaparecer de más de una escena.
Como comedia, We bought a zoo recupera un tono de humor inteligente puesto a prueba por lo absurdo, aunque verídico, de la situación. Las relaciones entre el personal o entre los hermanos son las vetas que el guion explota con mayor éxito. Los momentos entre los dos protagonistas o entre el protagonista y su rebelde hijo, no despiertan mucha pasión porque parecen tejidas a lo largo del espinazo de la historia pero sin que realmente le pertenezcan.
Miramos la historia con mayor interés al comprobar que existe carne y hueso tras este guion, una historia en la que la falta de conformidad y el afán de lucha tienen como consecuencia un hermoso resultado que tiene, vuelvo a decirlo, una vena cómica muy marcada.
Inquietante película firmada por Herzog al que hay que agredecer muchas cosas en esto del cine, especialmente, Grizzly Man, 2005, documental de sensibilidad infinita. Pero también es frecuente en la filmografía de Herzog este tipo de películas inquietantes que a primera vista sorprenden y mucho. Si, para cocinar el pastel, metemos un poco de Lynch, sabemos ya de antemano que esto no va a ser coser y cantar.
Y a fe que no lo es. Es difícil, a simple vista, coger el hilo y responder al porqué de esta cinta. Yo he encontrado ciertas claves, por otro lado bastante evidentes, repasando el olvidado mito de Orestes, muy presente en toda la película.
Existen similitudes muy grandes entre el Orestes de la Grecia clásica y lo que vemos en la película de Herzog. La recreación del mito de Orestes sufre, a manos de Herzog, una presentación un tanto más centrada en la caracterización psicológica de Brad McCullum y menos en el hecho que lleva al asesinato.
La madre de Brad muere a manos de su hijo al igual que la madre de Orestes y ambas son ensartadas por una espada.
El Orestes griego mata a su madre y a su tío por venganza, porque ellos habían matado al padre de Orestes siendo niño. En la película, el tío de Brad y su madre, parecen negarle como persona; son dos figuras que, mediante reproches, el tío, y con una relación morbosa, la madre, cohíben la personalidad del hijo sobrino.
Brad, al igual que Orestes, escucha su destino de forma mística, en Delfos el griego, en Perú Brad. Ese destino marca la vida de ambos para ejecutar lo que ellos creen que es ley divina. Cuando Brad va a asestar el golpe mortal pide que, por favor, le detengan para no cumplir con el destino, castigar a su madre. ¿Por qué el castigo?, ¿por arruinar su vida?, ¿porque la considera la culpable de la desaparición de su padre? Son preguntas que quedan abiertas en el guión.
La utilización durante la película de aves de cuello largo también es un dato que ofrece una simbología muy cercana a la griega debido a que, en muchas ocasiones, dichos pájaros se usaban como símbolo de la virilidad masculina. Los flamencos con los que parece obsesionarse Brad son símbolos del proceso castrador de la madre que le llevan a desear su propia masculinidad a través de esos pájaros.
No es muy laborioso encontrar los paralelismos entre la historia de Orestes y la película de Herzog, otra cosa es por qué se nos recrea esta historia y si la recreación está bien conseguida. Hay muchos directores que traen de nuevo estas historias griegas porque cuentan narraciones universales en torno a los hombres y sus preocupaciones, la tragedia griega, además, educaba a los ciudadanos en cuanto a su comportamiento social, ¿Herzog pretende hacernos creer que los parámetros culturales no han cambiado tanto desde la antigua Grecia?, ¿prevenirnos de las lecturas religiosas extremas?, ¿de nosotros mismos?, puede ser.
Sigo en spoiler por falta de espacio
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)Ver todo
spoiler:
La otra cuestión es si la narración está bien hecha. Aquí es donde tengo más dudas, creo que el excesivo uso de símbolos y la fiel traslación al momento real de la historia de Orestes hacen que se pierde frescura y ritmo en beneficio del intelectualismo de la pelicula. Además, nuestra cultura siempre estará impreganda por las lecturas psicoanalíticas de dichos mitos y esas lecturas ya vivieron momentos mejores y ya han sido muy explotadas en el cine, por el propio Lynch, sin ir más lejos.
El reparto es de muchos quilates y el desempeño de todos, con Michael Shannon a la cabeza, resulta un elemento más para que en la película pesen más los pros que los contras.
Película fresca donde las haya con narración ágil y muy buena dirección de la primera película como realizador del que fuera productor de The Full Monty, 1.997.
Es inusual encontrar en el cine relatos sobre desfavorecidos, y, los más, acuden allí buscando despertar conciencia. En este caso se trata de algo completamente diferente, la mirada es cercana a la comedia pero la trasciende para conseguir una narración acerca de valores. Los desposeídos que se convierten en protagonistas de esta historia real dan una lección en la pantalla acerca del compañerismo, la lealtad, el honor y el respeto.
Es, por tanto, en el terreno más difícil del que se puede hablar en cine, el de la moral, en el que este largo triunfa poniendo en pie una reflexión como hacía tiempo que no veía acerca de lo que supone vivir con unos determinados valores frente a otros. Pobres sí, pero honrados. Los lazos que se van tejiendo entre los personajes son casi imperceptibles pero dominan la sutileza de la historia hasta que nos damos cuenta que eso, realmente eso, era lo fundamental en la anécdota.
Lejos de las escenas cómicas en las que se aprovecha la situación para lograr escenas de altura en el conglomerado que representan estos veintitrés buscavidas, la película logra presentar algo mucho más difícil y necesario, que la dignidad no sabe de cuentas bancarias, que toda persona merece una oportunidad y lo difícil que resulta poner límites al viento.
La humanidad que destila el guión es muy difícil de conseguir sin caer en los recursos fáciles y plañideros en los que caen producciones con muchísimos más medios.
La sobriedad de la cinta ayuda muchísimo a conseguir sus logros. Un esmerado trabajo de actores y una interesantísima banda sonora, acaban por pintar uno de los mejores filmes que he visto últimamente.
La narración, además, marca los tiempos de una forma admirable consiguiendo mantener la tensión hasta el momento justo aprovechando los puntos fuertes de la misma.
Hubiera sido muy sencillo haber caído en el otro lado, es mérito del director y guionistas haber conseguido la destreza que se traslada a la pantalla de una forma tan armónica, sincera y abierta.
La película se lanza a tumba abierta por caminos en los que tantos y tantos largos han fracasado por un defecto en las virtudes que este film representa. Un hallazgo en toda regla que viene a representar un ejemplo más de que un buen guión hace una buena película. Sus defectos, que los hay, pasan desapercibidos porque el nivel general está a gran altura.