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Críticas 1.256
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
7
16 de diciembre de 2008
33 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo que antes eran diálogos espontaneos, esquivos, concisos y planos sumidos en la más absoluta calma, sustentados por atmosferas ásperas, y embelesados por su armonía y longitud, ahora son extractos detallistas, atípicos y cautivadores sustentados por un montaje impregnado de lucidez e inteligencia, que logra que cada imágen por separado dote de una fuerza extraña a "Paranoid Park".

Aquí, la imágen se independiza para formar parte de un todo en el que cada fragmento cobra su propio sentido, arrolla con perspicacia e introduce al espectador en una situación tan resbaladiza como incómoda, donde cualquier punto puede resultar determinante, donde el menor quiebro puede dejar sumido al respetable en una aureola de amargura e inquietud.

En ella, las imágenes y el sonido reflejan un mundo nuevo. Un mundo en el que la simetría se rompe con estridentes acordes que nos transportan a ese universo roto por unos compases discordantes con el resto de la humanidad, universo compuesto por chavales de edades que no comparten el yugo de sus mayores, y buscan una vía alternativa.
El contrapunto lo ofrecen unas notas que diluyen ese efecto, y otorgan un increíble halo de tristeza y desgarro a "Paranoid Park", un halo que, fundido con una historia mínima pero humana a más no poder, otorga a este trabajo la suficiente envergadura como para verse sumido en esa atmósfera, para sólo salir de ella cuando esa fotografía granulada y vivaz nos recuerda, de nuevo, que hasta esta juventud marcada tiene recónditos lugares a los que acudir cuando todo parece derruido, cuando la inocencia se ha ido por la borda y ya sólo unas sinceras palabras de respaldo podrían servir para algo.
21 de agosto de 2007
33 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Puede que muchos al sumergirse en el nuevo trabajo de Friedkin, no caigan ante el complaciente espectáculo que deseaban ver, ni "Bug" es un thriller típico made in Hollywood, ni una de esas cintas con mánido giro final que sólo hace que desvirtuar.
Quizá su inicio resulte para más de uno aborrecible, puesto que la acción transcurre con calma, los personajes poseen una presentación que les da el margen necesario como para conocerlos bien y en el ambiente empieza a palparse una tensión inquieta entre los distintos protagonistas, una angustia que remueve, un desasosiego irritante tras observar sus pugnas que los hacen retorcerse en una espiral de dudas y desconfianza.

Tras todo ello, comienza el camino hacía la locura, el desvarío y el desquicio que nos muestra a dos personajes totalmente desbordados, que terminan por no saber como actuar, por encogerse en una realidad distinta a la nuestra y dar imprevisibles movimientos que logran hacer que la pantalla vibre pero, sobretodo, con las interpretaciones de una Ashley Judd que derrocha talento, pese a un par de desmanes, y de un Michael Shannon (actor al que desconocía hasta día de hoy, todo sea dicho) que aporta un aplomo impresionante a su personaje, un personaje desaforado totalmente por su pasado.
Si hubiese que tender en una balanza sus defectos y virtudes, seguramente "Bug" obtendría un equilibrio desviado hacía el interés que marca una propuesta que en ningún momento se permite el lujo de dar más vueltas de las necesarias y cuyo final, ensalza todavía más la línea ascendente que cierra unos últimos minutos del todo desquiciantes y desequilibrantes, para dejar el trabajo de Friedkin en una cinta a tener en cuenta.
30 de mayo de 2007
33 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ante todo, y en primer lugar, agradecer la sincera recomendación de la persona que me acercó a este film, básicamente, porque aunque servidor respete y defienda temas como los que aquí se tratan, siempre resulta difícil para mi entrar en una obra de estas características, y tener un punto a través del cual partir siempre ayuda lo suyo. Pero además de ello, "Beautiful thing" resulta una cinta tan natural, agradable y divertida, que uno no puede más que verse inmerso en ella a los pocos minutos (aunque a mi me costó lo suyo terminarla, problemas de insomnio, ya se sabe) de haber entrado en la misma gracias a su galería de pintorescos personajes y tan ácidos como humorísticos diálogos, que enganchan de buenas a primeras.

Siempre es sabido que debido a la sociedad que nos rodea hoy en día todo puede llegar a influir en el momento de escoger un camino u otro (en este caso rechazo, humillaciones, etc..). Y si a ello añadimos un par de personajes en plena vía de exploración sexual, obtenemos esta cinta donde ni se pretende emitir un juicio sobre ambos protagonistas, ni siquiera valorar las causas y consecuencias que se pueden dar debido al camino elegido, sino narrar con mucha gracia y energía el periplo de Jamie y Ste, dos jóvenes que por culpa del entorno que les rodea, encuentran el uno en el otro un enorme parapeto para resguardarse y darse cobijo cuando las cosas no terminan de funcionar como debería.
Ambos protagonistas abordan sus papeles con una sencillez innata que le otorga un punto a favor al trabajo del realizador inglés, así como ese brillante elenco de secundarios donde sobresale la muchacha que interpreta a Leah, cuyas secuencias son tremendamente divertidas.

Si lo que buscan es terminar con una sonrisa en la boca, no se la pierdan, pues propuestas tan eficazmente ejecutadas y que, además, dejen ese regusto dulce, pocas veces pueden hallarse con tal facilidad. Y también, para qué mentir, mucho mejor que su homóloga nominada a nosecuantos premios de la Academia el pasado año, por ser más desenfrenada y vivaz, y por con mucho menos saber decir más.
2 de septiembre de 2006
33 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Visto lo visto, a estas alturas, cuando uno se encuentra con una propuesta como Kolya, lo mínimo que puede hacer es atender, disfrutar y agradecer el esfuerzo realizado por llevarla a cabo.
Ya que, en el tercer largometraje conducido por el cineasta checo Jan Sverak, nos encontramos con unos engranajes tan simples como lúcidos, que logran aportar al espectador una buena dosis de melancolía y encanto al mismo tiempo, donde una trama sencilla funciona de modo notable gracias a los múltiples aspectos que se nos presentan en la cinta, desde las entrañables y penetrantes interpretaciones, hasta momentos de cine con mayúsculas, verdaderamente sensibles y delicados.

Sin embargo, nada funcionaría igual sin la cuidada y trabajadísima realización de Sverak, que combina a la perfección planos detalle que sugieren más que muestran, una banda sonora gratamente racionada a lo largo de toda la película, sin caer en los peores excesos sensibleros, una fotografía magníficamente manejada, en la cual ningún encuadre parece estar fuera de lugar o un tempo llevado con estabilidad y fuerza, pese a lo largo que se pueda llegar a tornar dicho trabajo en el tramo final.
Detrás de esa gran labor, también hay alguna que otra falencia, como un final que parece poco trabajado, aun y sin caer en los abusos sentimentaloides, un relato al que le falta algo más de dedicación durante ciertos puntos o algunas secuencias que no parecen tener cabida dentro de esta deliciosa historia.

Tampoco le faltan intérpretes competentes (todos cumplen su parte del compromiso con sencillez y amabilidad) y un tema, que se podría haber tratado con mas pericia, y se deja en un segundo plano, en detrimento de la historia principal.
Ojalá de vez en cuando pudiesemos contemplar y aplaudir simpáticas crónicas como esta, aunque hoy en día el cine parece más empeñado en sorprender con forzada originalidad o torpones giros que no con naturalidad y lucidez.
Un aplauso para Jan, y otro para su guionista y protagonista, que pese a no tener un gran guión, pone empeño y fuerza, obteniendo un más que encomiable resultado para los amantes del arte cinematográfico más clásico.
11 de febrero de 2018
32 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
Disney World, Florida. Resorts de lujo, grandes atracciones, espectáculos noche y día… un paraíso que nos transporta a un imaginario fantástico instaurado ante la más patente de las miserias. The Magic Castle, Futureland… moteles-cuchitril de los que huyen brasileños en busca de un lugar donde celebrar su luna de miel para cobijarse en el lujo, paredes pintadas de morado, una historia en cada habitación —al que siempre viene a buscar la policía, a la que está casada con Dios…—, y las mínimas circunstancias para poder salir adelante ya sea en condiciones, o no. Dos universos tan cercanos, pero al mismo tiempo tan lejanos que, paradójicamente, Sean Baker no confronta en ningún momento. Un hecho, huir de esa confrontación, que sin embargo el autor de Tangerine contrasta al situar a sus personajes cerca de un complejo turístico cuya presencia se sugiere en todo momento, exponiendo de ese modo un contexto muy distinto: de la fantasía fomentada por un lugar quimérico e inalcanzable hecho realidad, a la imaginación y el dejar fluir la propia esencia como si de un mecanismo de escape se tratase.
Es así como a partir de situaciones mínimas, inalterables para el devenir de sus protagonistas —dar la bienvenida a los ‹freshies› en el Futureland, importunar al gerente de cualquier modo… hacer y deshacer sin responsabilidad alguna, en definitiva—, Baker fomenta un microcosmos complementado por ese ambiente kitsch y colorista que les rodea. Las ruinas —ya no sólo esos moteles dominados por lo estridente de sus colores, también esos complejos abandonados que sirven como cobijo para drogadictos— que bordean Disney World, anidando cerca del lujo, mutan en torno a una óptica genuina e inocente: la de Moonee y sus compañeros de fatigas, que exploran cada rincón habido y por haber, y amoldan sus características a un parque de recreo donde ellos parecen tener el control absoluto, por más que en alguna ocasión se les escape de las manos. El cineasta reformula de este modo todos y cada uno de los espacios donde se mueven, y esas “ruinas” dejan de serlo para acontecer una suerte de extensión vívida de la perspectiva que sostienen los dos protagonistas, como si el drama que les rodea —el clima viciado en el que policías, peleas callejeras e incluso pederastas se dan cita— no importase lo más mínimo y, conscientes de ello o no, todo formase parte de un proceso liberador.
Sean Baker logra escindir de tal modo el entorno de la realidad, abordando a través de ese tono atenuante un carácter social que no condiciona a sus personajes en apariencia, por más que en el fondo sepamos que su circunstancia es otra. The Florida Project se aleja de la miseria que debería reflejar un marco como el que se nos presenta, minimizando su efecto hasta que sólo queda la desacomplejada e incontrolada mirada de Moonee, mitigando un conflicto que en realidad no existe. Y es que, como ya sucedía en sus anteriores trabajos —como en Starlet, donde sorteaba con acierto ese choque dramático que se podría haber producido en su conclusión—, el de Nueva Jersey vuelve a jerarquizar la importancia de lo liviano, impulsando así la búsqueda de una humanidad más cercana, en pos de un contexto que, sin dejar de ser una herramienta mediante la cual dar voz a esas situaciones desfavorables, nunca consigue ganar terreno a sus personajes, tan independientes como presos de una coyuntura ineludible al fin y al cabo.

Toda esa composición, dotada de unas capacidades escénicas tan coherentes como particulares y guiada por esa apreciación del sentido dramático que lo logra desposeer de todo su peso, se ve reforzada por un elenco que rebasa sus propios lindes para conectar a la perfección con el microcosmos descrito. Baker se confirma pues como un gran director de actores, algo no únicamente reflejado en interpretaciones como las de una Brooklynn Prince que, pese a su edad, se come la pantalla a bocados, o un Willem Dafoe que revela tanto una autoridad como una ternura encomiables, también en una química que logra imbuir a cada nueva secuencia un extraño magnetismo; como si el buen ambiente que se deduce del rodaje —la complicidad entre Dafoe y Bria Vinaite parece delatarlo— fuese capaz de contagiarse al propio espectador. The Florida Project es, en ese aspecto, un film que delata pasión y mimo, una complicidad que es difícil ver en pantalla y que Sean Baker ha transformado en un milagro, en un escenario rebosante de autenticidad donde tan fácil es reír como llorar, o incluso palpitar con una maravillosa conclusión que deviene consecuente extensión de su imperecedero universo.


Crítica para www.cinemaldito.com
@CineMaldito
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