No tengo muy claro lo que hace de El Sueño de mi Vida algo agradablemente soportable. Al fin y al cabo, todo lo que en ella aparece ya lo hemos visto antes: su lado mágico en Big, sus lecciones morales y humanas en cualquier comedia romántica reciente, su batalla en el ámbito de la moda, idem, Nueva York miles y miles de veces (aunque nunca deje de fascinarme), y su historia de amor en cualquier película de Meg Ryan, Kate Hudson, Anne Hattaway y un largo etc.
Pero sin embargo, y pese a su alarmante falta de originalidad, El Sueño de mi Vida no cae en las vertientes más grotescas de este género, puede que debido a el agradecido tono melancólico que adopta la cinta desde su inicio en los ochenta, pasando por esa infancia que a todos nos marca, y que en ningún momento se pasa de la raya en lo sentimentaloide, lo moralizante o lo sencillamente estúpido.
Aunque es posible que el verdadero sustento de El Sueño de mi Vida sea la presencia y labor de Jennifer Garner, una actriz a la que aún no le ha llegado la oportunidad de oro, pero que es capaz de soportar cualquiera de las horripilantes cintas en las que ha participado sobre sus hombros; y que sabe hacer reír o emocionar cuando tiene que hacerlo (prueba palpable en esta película).
El Maestro George Cukor se despidió del cine con su subgénero favorito y el que mayores alegrías le dio a lo largo de su carrera: el retrato de la amistad y las complejidades entre mujeres. Ricas y Famosas fue su última aportación al séptimo arte, y como tal merece ser apreciada.
Aunque no se trate de una obra maestra como otras de las que firmó Cukor (My Fair Lady, La Costilla de Adán, Mujeres, Nacida Ayer), Ricas y Famosas contiene esa sensibilidad tan especial que Cukor sabía dar a las heroínas de sus melodramas. A lo largo de veinte años asistimos a los avatares de la amistad entre Merry y Liz, dos amigas unidas frente a todo y enfrentadas por el propio nivel de amor y confianza que se profesan.
Una obra que al tratarse de un remake adolece de que en ciertas ocasiones se aprecian unas maneras de hablar un tanto alejadas de los tiempos en que sucede la película, pero que sus dos protagonistas salvan gracias a un carisma arrollador y a una presentación de una relación absolutamente emocionante.
Con reminiscencias a otra obra clave del subgénero femenino de la época, Paso Decisivo, Merry y Liz se esfuerzan a lo lago de toda su vida por ser felices juntas, a la vez que tratan desesperadamente de cumplir sus sueños y sus ambiciones, pese a que estos choquen en ocasiones con su propia amistad. Pero el mensaje de la cinta, certero y emotivo, es que no hay complicación ni rivalidad que pueda acabar con la amistad, femenina en especial.
Y con Gerge Cukor tras la cámara se aprecia la elegancia de sus localizaciones (las bellísimas Nueva York, Connecticut y Malibú) y la emotividad de sus temas esenciales, a saber: la liberación de la mujer, la pulsión artística de las protagonistas, las deferencias y diferencias de géneros, y, por encima de todo, el poder de la amistad, de la complicidad, de la comprensión y del amor.
Jacqueline Bisset y Candice Bergen se mueven como pez en el agua en las vidas de Merry y Liz, llevando al extremo los detalles esenciales de sus personajes: la intelectualidad y la vitalidad; la liberalidad y el conservadurismo, la belleza inconsciente y la buscada... Dos actrices que no han llegado a alcanzar la fama y el reconocimiento que merecen, pero que en Ricas y Famosas dan un verdadero recital de clase, emotividad y amistad.
No hay otro título más acertado para esta película que Normal. ¿Qué es lo normal? ¿Porqué someterse a lo establecido por una sociedad que en ningún caso invita a ser un individuo, sino uno más de la masa? ¿Porqué dejarse arrastrar por lo establecido negando así la propia naturaleza personal y los deseos más interiores de nosotros mismos?
Normal versa acerca de estas preguntas, y aunque no acabe de responder a todas ellas, se trata de una cinta valiente en su acotado planteamiento televisivo, y emocionante aún con la -posiblemente- decidida frialdad de su enfoque.
En un pueblo de la profunda América Rural, un hombre querido y aceptado por la comunidad decide dejar de vivir una mentira. Nuestro protagonista se siente desde siempre como una mujer, y en vez de seguir luchando contra eso, decide vivir la verdad, con las consecuencias que eso acarree, con su mujer, sus hijos, sus demás familiares, sus vecinos, sus amigos y su trabajo en contra. Decide comenzar un proceso que le convertirá por fin en la mujer que es, pese a que todo lo que conocía cambie para siempre.
Esta es la premisa de una película que hubiera podido ser mucho más incisiva y emotiva, pero que aún así resulta interesante por el punto de partida polémico y verídico de su historia, y sobre todo por dos interpretaciones magistrales que lejos de invitar al morbo y a la polémica, se enfrentan a sus personajes con respeto y cariño. Jessica Lange y Tom Wilkinson (un actor extraordinario, aunque no demasiado conocido) son la razón de ser esencial de Normal, y verlos juntos, en esta, al fin y al cabo, historia de amor, es un privilegio que ningún amante de las grandes interpretaciones debería perderse.
Aquel que aborrezca el cine de Lynch, será mejor que se aleje rápido de esta cinta, cumbre de la incongruencia que ha caracterizado a muchos (momentos) de sus películas. Aquel que esté dispuesto a hacer un viaje sin freno a los límites de la lógica, y esté dispuesto a traspasarlos, aunque no llegue a ningún destino, disfrutará con Inland Empire de una manera que el séptimo arte nunca había ofrecido.
Es ilógico buscarle la lógica a una ¿película?, como esta.
Inland Empire no aspira a contar una historia, ni siquiera quiere que los espectadores empaticemos con sus personajes.
Inland Empire es un descenso a los mecanismos de la locura desde un punto de vista metafórico con la “tranquilidad” de un estado de ánimo en exaltación constante.
Inland Empire es un (inolvidable) experimento que va más allá de la la narrativa para adentrarse en el inconsciente, todo lo relacionado con el estímulo y el instinto, y con los rincones malsanos de los recovecos de la mente.
¿Y si pudiésemos escribir una sinopsis que hiciera justicia a Inland Empire, cual sería? Tal vez diríamos que se nos cuenta la historia de una famosa actriz que tiene una aventura con el compañero de reparto de su próxima película, advertido de que no lo haga. Y de que esa película es un remake de una cinta polaca supuestamente maldita porque sus protagonistas murieron. Y que en el set donde se rueda, nuestra famosa actriz cae como Alicia en un agujero negro, atrapada en una realidad que no existe, que perturba su yo interior, y que ni ella ni nosotros llegamos a saber si es real o si existe lo real.
Pero no merece la pena tratar de vulgarizar a Inland Empire convirtiendo su estilo particular en el general. Lo que Lynch nos ofrece aquí es un ejercicio de estilo y perturbación, en el que disfrutar del poder onírico de unas imágenes que se parecen a aquello que vemos cuando cerramos los ojos pero no soñamos. Lo que podemos disfrutar de una película que provoca tal desazón, es el apasionante descenso a los infiernos de lo desconocido. Y lo que podemos disfrutar, es, sin lugar a dudas, el extraordinario e inaudito trabajo de Laura Dern, en el mejor papel de una carrera sembrada de tropiezos, pero que con este personaje, para todo aquel que lo vea, convierte su labor como actriz en algo histórico y nunca visto.
La impresionante recreación artística de Vatel no es su única virtud. Hay en esta película mucho más de lo que se ve, mucho más que suntuosos banquetes y palacios; hay, de hecho, un bellísimo canto a la libertad y a la justicia, que nos hace a todos bendecir la revolución en la que rodaron tantas cabezas de los monarcas absolutos.
Estaban día tras día, hora tras hora, rodeados de gente cuya vida se consagraba a la comodidad de sus señores, cuya creatividad estaba orientada a la diversión zafia de sus reyes, al capricho de sus deseos.
Y Vatel, además de situarse en este lugar en el mundo, creaba arte. Su puesto en el Palacio del Príncipe de Condé era lo que le permitía alcanzar lo sublime con cada acto que preparaba, fiesta que organizaba o plato que servía. Como vemos en el filme, su amor al detalle era expresado con la más grande de las sensibilidades y el mayor aprecio por el buen gusto. Todo el afán de Vatel es crear, crear belleza, convertir una serie de elementos, en algo perdurable, aunque su duración fuese efímera. Infundir arte en todo lo que hacía, era para Vatel su manera de canalizar su libertad, su manera de vivir plenamente.
Así pues, Vatel es un retrato de un artista y su tiempo, de la relación entre una mente con ansia de creación y una sociedad superficial y castradora. De Pardieu es buen conocedor de la vida que se deja en sus manos y por ello su trabajo es de lo más extraordinario que ha hecho en años.
Y, por supuesto, la dirección artística de Vatel, es sublime. Pocas veces se disfruta tanto en el cine como con esta película en lo referente a la perfección, composición, complejidad y belleza de todos y cada uno de sus planos. Ver Vatel es asistir a un inolvidable recital de creaciones más allá de lo hermoso y lo perfecto.