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Hablar de “¿Télefono Rojo?...” es hablar de palabras mayores. Y es que muchos al ver su género esperan ver una comedia de Abrahams y los hermanos Zucker, he visto a más de uno preguntarse porqué no se ha reído en esta película y es que no podemos juzgar algo sin haberlo visto y mucho menos sin haberlo entendido. Teléfono Rojo es mucho más que todo eso, es claramente una crítica a la política nuclear de dos de los países más poderosos sobre la faz de la tierra; una sátira política antibélica, que se ríe de todo y de todos.
Si bien en un principio la idea era hacer un proyecto serio, en el último momento Kubrick decidió dar al film un giro de 360 grados, introduciendo ironías, personajes esperpénticos, a cada cual más chiflado y excéntrico y algunas conversaciones que quedarán para siempre en nuestros tímpanos como algo magnífico y genial.
Entre ellas nos quedarán las conversaciones que mantienen Merkin Muffley (presidente de los Estados Unidos imperialistas) y Dimitri (presidente de la URSS comunista) o la cualquiera de las que dirige el general Jack D. Ripper (que también tiene cojones el nombrecillo que puede interpretarse como Jack the Ripper, oséase: Jack el Destripador) con su subordinado, el capitan Mandrake y su risilla nerviosa, hablando de mujeres, fluorización y fluidos corporales, realmente magistral.
El filme goza de un entretenido y enérgico duelo actoral entre Sellers y George C. Scott, este último interpretando al voraz General Buck Turgidson. Por ser una sátira, Dr. Strangelove puede parecer de lejos un filme inferior de Kubrick, una película en la que el maestro se salía de registro y desplegaba una perfecta plataforma para que Peter Sellers (con el que dos años antes había trabajado en Lolita) se luciera interpretando tres personajes: el disciplinado y nervioso Capitan Lionel Mandrake, al calvo presidente de los E.U. Merkin Muffley y al ex nazi Doctor Strangelove.
Fotografiada excelentemente por Gilbert Taylor, y musicalizada soberbiamente por Laurie Johnson, en la que destaca esa marcha militar, sugerente leiv-motiv que parece salirse del registro cómico del filme, Dr. Strangelove es un filme que termina destacando más por su gran contenido crítico, mordazmente dirigido al militarismo estadounidense, que por otra cosa.
Una bomba que dentro del avión parece que nunca llegará a buen puerto, por una serie de desdichas que hacen prever lo mejor para todos. Lástima para la humanidad que los aviadores norteamericanos hayan sido entrenados para cualquier situación, y pase lo que pase decidan lanzar la bomba aunque la vida vaya por ello. Una de las escenas más recordadas del film es justamente una de las finales, con ese grito tarzanesco y ese sombrero de cowboy que firman un desenlace fatídico pero necesario.
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Os dejo a continuación un pequeño trozo de conversación entre Merkin y Dimitri (únicamente vemos cómo habla Merkin, aunque podemos suponer lo que debe estar diciendo Dimitri por lo que oímos de éste primero):
¿Oiga?, ¿oiga?, ¿oiga?, ¿oiga?... ¡Hola Dimitri!, oye... oye... no te oigo muy bien, ¿no podrías bajar un poquito "La Internacional"?.
Ajá, así está mejor... Sí, jejeje, ¡¡sí!!, ahora te oigo perfectamente Dimitri, con la voz clara y potente de un tenor dramático, sí... ¿Ah, que tú también me oyes bien a mí?, bueno, entonces, los dos nos oímos perfectamente, así que... es que ya... ¡claro!. Me alegro de que estés bien y de que yo esté bien. Estoy de acuerdo contigo, lo principal es estar bien, jejejeje... Escucha Dimitri, ya sabes que... eh... siempre hemos hablado de la posibilidad de que ocurra algo grave con la bomba. La... la... la bomba Dimitri, la de hidrógeno hombre. Pues imagínate la faena...
Tan sólo es uno de los inumerables pequeños detalles, destellos de la ironía más macarra que se han filmado jamás, y que hacen de 'Teléfono Rojo...' una joyita para revisionar y seguir disfrutando.
Renoir, un director considerado de corte realista a partir de estandartes tales como la magnífica 'Esta tierra es mía' o la también notable 'La gran ilusión', también tuvo en sus primeros compases de una carrera prolífica cierta tendencia a la fantasía y al onirismo. Lo demuestra en sus primeros cortometrajes ('Charleston') y mediometrajes ('La hija del agua' o la que nos ocupa), con sus juegos de luces y sombras, sus superposiciones, sus rebobinaciones -baste ver cómo saltan los jinetes encima de sus caballos- o sus juegos en dónde realidad y ficción se dan la mano.
'La cerillera' reside en ésa fase experimental de Renoir dónde, a pesar de realzarse ya su gusto realista lo conjuga perfectamente con el ficticio. Éste mediometraje, basada en un cuento infantil homónimo de Hans Christian Andersen, si bien no llega al nivel del cuento infantil, es una buena muestra de que en poco metraje puede contarse una historia conmovedora.
Es Noche Vieja y una pobre niña -realmente era la mujer y musa de Renoir- sale en la fría noche a vender cajitas de fósforos para ganarse el pan, ya que ella y su padre son muy pobres y no tienen dónde caerse muertos. Un joven apuesto está a punto de comprarle una cajita, pero se mete en una casa con prisas, pues es la hora de cenar. La pobre muchachita mira hacia el interior de la casa, en dónde el joven y su familia disfrutan de una sabrosa y exuberante cena de final de año ¡lo que daría ella por tener algo que llevarse al estómago! Poco después un bondadoso policía se cruza con ella y junto observan un escaparate dónde hay montones de juguetes, ella los mira con ilusión, aún sabiendo que jamás podrá jugar con ellos. El policía se va y la muchachita se queda sola. Cansada ya de vagar sin poder vender ni una triste cajita intenta calentarse con la llama de un fósforo, y, presa de la hambruna y el frío empieza a tener alucinaciones y se queda agonizando en la fría calle.
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En su sueño, ella es parte del escaparate de juguetes. Osos que juegan con pelotas, conejos que mueven las orejas, bailarinas que danzan mecánicamente en sus cajitas...y los soldados de plomo, uno de los cuales, de carne y hueso, tiene la misma efigie que el apuesto joven con que se topó. Entonces llega La Muerte -misma efigie del policía bondadoso- para llevársela, pues la muchachita tiene una cita con ella. El soldado intenta impedirlo en una persecución a caballo por los cielos, pero acaba sucumbiendo al poder de La Muerte y cae al vacío. La muchachita ha muerto, y con ella, la fe y la esperanza de futuros menos desoladores.
El problema del mediometraje de Renoir es que, a pesar de la bella historia de Andersen, nunca llega a emocionar y, sin duda, los mejores momentos son aquellos en los que se atreve a innovar, a hacer algo novedoso, y se ven reflejadas en el 'sueño' durante la inconsciencia de la muchachita. Eso sí, más que recomendable primer mediometraje mínimamente importante de Renoir.
Lois Weber. Me juego parte del cuello que me queda a que la mayoría de usuarios de esta página desconocían su existencia hasta hace bien poco. No hace falta decir que me encuentro entre ellos. Y es, desde ya, una verdadera lástima, una ignominia, que se haya dejado tan de lado la obra de tan ilustre trabajadora. Muchos la sitúan junto a aquél pacifista entrañable llamado Griffith en el foto finish de la época silente, tanto cuantitativa como cualitativamente.
Yo, como buen amante de lo viejuno, me he tragado unas cuantas obras del buenazo de David Wark Griffith (entre ellas, su infame obra maestra ‘El nacimiento de una nación’) y diré, con toda la humildad de la que dispongo, que la señorita Weber, con un cortometraje de 10 minutos, ha conseguido que olvide todos los engendros perpetrados por Griffith que he visto hasta el momento. Que no estoy negando sus cualidades ni su importantísima aportación al lenguaje cinematográfico. Sólo digo que, viendo ‘Suspense’, me da la inquietante sensación que la señorita Weber se la mete cuadrada, doblada y con un lacito en cada una de las secuencias que componen el cortometraje.
Y es que ‘Suspense’ es una completa lección de cine, válgame el tópico. Y lo es por el endiablado ritmo que acaba adquiriendo la historia, por un montaje que deja en paños menores a cualquier mierdecilla de la época con ganas de hacer cine (en este sentido, remarcar el excepcional uso de la pantalla partida, dotando al cortometraje de una tensión memorable) o por unos planos que derrochan maestría por los cuatro costados y que seguirían siendo modernos hoy en día (casi innumerables: el cenital cuando llega el vagabundo a la casa, el picado en la jeta del vagabundo mientras este mira directamente a cámara, el del ojo de la cerradura o cualquiera de los que vemos durante la persecución por el retrovisor –chúpate ésa Spielberg–). Y ojo, también existe un pequeño espacio para los más sentimentales…¿o he sido el único al que se le han empañado los ojos con la ternura que desprende el plano final?
Así las cosas, servidor de momento –y habiendo visto sólo este cortometraje– se queda con Weber, tanto cinematográfica, como física, como ideológicamente, antes que con Griffith. Sé que es lamentable defender un cortometraje atacando a un director, lo sé. Pero reconoceréis que Weber tenía su puntillo. Y yo también.
Fresas salvajes nos introduce de lleno en la mente de un laureado y pedante doctor que tiene que asistir a su jubilación y que a lo largo del viaje hasta la universidad donde se desarrollarán las honras (que decide a última hora realizar en coche tras un extraño sueño, uno de los puntos clave del film, un clímax justo al inicio) hace un recorrido interior por lo que ha sido su vida.
Una vida llena de altibajos. Para la mayoría, normalmente conocidos del doctor (como puedan ser los que llevan la gasolinera o los tres alegres viajeros que les acompañan fortuitamente) fue un gran hombre, inteligente, de unos modales exquisitos y unas formas intachables.
Pero no para su hijo, que le odia, ni para su nuera ni siquiera para la persona que más le conoce y más ha tenido que batallar contra su carácter, su ama de llaves.
Todos ellos coinciden en que el doctor siempre fue un hombre frío, extremadamente egoísta, solitario y sin una pizca de sensibilidad.
Bergman nos muestra el ocaso de un hombre soberbio, disciplinado y duro, pero que también evoca momentos de ternura de su juventud, en su casa de verano. Es una dualidad que probablemente se encuentra dentro de cada uno de nosotros, pero que es difícil retratar con la maestría y sensibilidad que Bergman lo hace aquí.
Así, a caballo entre lo real y lo surrealista, nos muestra las debilidades de un hombre fuerte, severo, pero que a la vez contempla como se le ha escapado la vida de entre las manos sin haber demostrado que es una persona tan capaz de amar como cualquier otra.
Todo ello adornado por una extraordinaria interpretación (especialmente la del protagonista Victor Sjöström) y un manejo magnífico de las sombras y las luces en una época en la que los medios, evidentemente, no eran los de ahora.
En resumen, un film muy entretenido que nos habla de la degeneración de las personas, muy avanzado técnicamente (estamos hablando del 57) y que ahonda en lo más profundo de las personas.
Tras el descalabro perpetrado por los Edison y Le Prince de marras en la conspiranoia anterior (véase 'El jardín de Roundhay'), mi ojo clínico y voraz no ha podido evitar realizar una comparación sesuda y terrible con el actual estado de la monarquía española.
Idénticas fuentes que con Le Prince me han dado el chivatazo. Nuestro Borbón favorito descubrió hace unos días un cortometraje danés, silente, titulado 'Løvejagten'. No sé si es necesario recordar el don de lenguas que tiene nuestro entrañable monarca (en este caso tiró de la didáctica Gomaespuminglish), pero le ayudó, y mucho, a la hora de entender que lo que ocurría en aquél cortometraje, sólo podía ser fruto del amor hacia los animales.
El argumento es sencillo y rezuma inocencia e ingenuidad por los cuatro costados: dos hombres blancos y vigorosos deciden ir de caza con un guía morenito. Se cruzan con hipopótamos, con cebras, con avestruces. Incluso tienen tiempo de adoptar un pequeño simio. El moreno les prepara la cama y se acuestan. Por la mañana un león irrumpe en esa zona, matando a su caballo y a otro bichejo que no logré discernir. Dos tiros y sin aliento. Aparece otro, dos tiros más y pa’l huerto. Se fuman un pitillo a la salud de los animalicos y los rajan para quedarse con sus magníficas pieles. Empalan sus cabezas y sonríen a cámara, mientras en un acto de filantropía y respeto al prójimo, ceden uno de sus cigarrillos al morenito.
Técnicamente no es un cortometraje que me interese. Ni es original ni ofrece ningún plano para el recuerdo. Su argumento tampoco va más allá, y el trato que se le da es de lo más convencional. Entonces, ¿porqué mis fuentes me han dicho que al finalizar el cortometraje, a nuestro campechano Juan Carlitos no le bastaban las palomitas y los aplausos para alabar con regocijo a los daneses?
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Porque él sabía, antes de empezar a verlo, que estaba BASADO EN HECHOS REALES, que la caza a los leones no era ficticia, a pesar de que se intentase abortar el intento de filmación del corto. Es por ello que su entrepierna real sufrió una placentera erección y, siendo imposible dominar sus instintos atávicos, arregló en cuestión de segundos un safari expréss a Botswana. Se dice que, durante el trayecto en jet privado, JuanCa estuvo viendo una y otra vez el cortometraje 'Løvejagten'. Especialmente memorables (comentan) eran los momentos en que veía que el ardiente acero atravesaba el cráneo de los leones. Cuatro gayolas cayeron a su salud. ¿Pis and Løve, eh bribón? Es por eso que tiro de oportunismo y demagogia de mercadillo para proclamar la tercera desde las sombras. Por eso y porque ésta chorrada no la va a leer ni Piter.