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El cine de Kim Ki-Duk es diferente, es raro, hasta el punto de que es aconsejable tener la mente abierta para afrontar cada uno de sus trabajos, sin embargo, el desconcierto que crea aquí el autor es difícil de superar, estando o no preparado. La historia aquí mostrada es la historia de un amor posesivo, insano y materialista, hasta el punto de convertirse en locura. Kim ki-Duk se alimenta de lo cotidiano y sencillo para derivar en un surrealismo con pocas respuestas para demasiadas preguntas. El problema es que toda esta miscelánea termina por afectar al conjunto de la película. Es curioso que de todos los trabajos que vi de este autor, el que aparentemente parece más normal, en el que por fin hay no hay diálogos en cuentagotas, el que se puede acercar más al cine occidental, termine por ser el que deje más cabos sin atar.
Jaime Gulín 
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